Capítulo 1

Aunque todo había estado en su contra y él ya la había perdido dos veces producto de su inmadurez, y aun cuando la suya había sido una relación marcada por el dolor, las peleas y una loca pasión amor juvenil… pese a todo y a todos, Candy y Terry por fin estaban juntos.

Albert se había llevado la sorpresa de su vida (la más amarga de todas) cuando al regreso de sus largos viajes para consolidar su posición como cabeza de los Andrew, la propia Annie, temerosa como siempre, le había dado la noticia. Terry finalmente había dejado a Susana en buenos términos y había vuelto junto a Candy.

Era algo que Albert no se esperaba. "Pudo haber sido…", pensaba solo en su habitación. "Pudo haber sido tan bueno… pudo haber sido todo, pero no fue nada. Siempre fue sólo eso: nada."

Durante los pocos meses que compartieron en Chicago tras haberle revelado quién era en realidad, poco antes de partir de viaje, Albert había llegado a convencerse de que él y Candy tenían un futuro juntos, que tenía, por fin, una esperanza, que ella ya casi había olvidado. Con esa certeza inició el que sería un viaje de varios meses.

Pero se había equivocado.

Las cartas, todas sus cartas, le habían dicho entre líneas que podía seguir aferrado al sueño de una vida a su lado. ¡Ella misma le había dicho que en el próximo viaje tendría que llevarla consigo! Y luego… nada. Sólo una o dos notas muy breves. Al principio no le dio importancia, pero tras dos meses sin noticias de ella, se había preocupado y, temiendo que algo estuviera mal, había decidido adelantar su regreso a Chicago. Todo, para encontrarla otra vez en brazos de Terry.

- ¿Es feliz?

Era lo único que Albert había conseguido preguntarle a Annie. Al principio, la chica había dudado en contarle todo, pero era imposible tapar el sol con un dedo. Albert no sólo era el tío de su novio, sino que también era su amigo desde los lejanos días en Inglaterra y ella, a su manera, también lo había cuidado y atendido en sus días de amnesia. Pero sobre todo, Annie tenía en gran estima a Albert por todo lo que él había hecho por Candy, por haberle salvado la vida, por haberla protegido y haber sido capaz de sacarla adelante cuando Terry se había ido.

- Creo… creo que sí.

- ¿Sólo lo crees o estás segura? –preguntó Albert enfrentándola con una mirada gélida.

- Estoy segura –admitió Annie con tristeza.

- Bien. Es lo único que importa. Me alegro por ella.

Annie buscó la mirada de su novio. Archie y ella sabían que la noticia lo devastaría, pero no tenía caso ocultarlo más. Albert había llegado hacía dos semanas a Chicago, y Candy ni siquiera había ido a saludarlo.

- Se mudó hace dos meses a Nueva York para estar más cerca de… su… novio –agregó Archie, leyendo los pensamientos de su tío, dando con ello el golpe de gracia para cerrar una conversación poco feliz.

- Comprendo.

- Al menos ese actor tiene sangre real. Esa chiquilla sabe muy bien dónde pone los ojos, qué duda cabe –comentó en tono despectivo la tía abuela, siempre pendiente de dejar en claro su rechazo a la pupila de los Andrew.

Albert la miró con ojos inexpresivos durante largos segundos, en el más profundo silencio, impasible. La mujer no sabía si estaba a punto de estallar o a punto de llorar, si debía retractarse por sus palabras o continuar. Albert la intimidaba y no fue capaz de sostenerle por más tiempo la mirada. Annie se sentía incómoda y Archie ya no sabía qué más decir.

- Bien –dijo de pronto–, eso significa que ya no tenemos que seguir esperando para la cena. Pasemos, al comedor, por favor.

La inesperada respuesta de Albert no dio pie a cuestionamientos y el tema de Candy no volvió a tratarse durante el resto de la velada. Una velada larga y silenciosa. Una velada amarga que había terminado hacía ya cuatro horas. Eran casi las dos de la mañana y Albert no sabía qué sentía. Un nudo en la garganta. Un agujero en el pecho. Un remolino en su cabeza. Y nada en el corazón. Confusión, sorpresa, pena, rabia, desconcierto. Todo en una misma persona; todo dentro de él. Quería gritar, pero no podía. Quería llorar, pero no tenía lágrimas. ¿Debía llorar porque ella era feliz? ¿Debía odiar a Terry por haber vuelto? ¿Debía odiarse a sí mismo por haber sido tan idiota como para creer que ella sentía amor por él? ¿Podía darse el lujo de estar triste y pedir consuelo si nunca, jamás, se había atrevido a confesar su amor por Candy ante nadie?

La noche era muy cálida y pese al largo baño que había tomado, Albert no podía relajarse ni conciliar el sueño. Vestido sólo con el pantalón de su fino pijama, miraba sin ver, solo en su balcón. Abajo, el jardín de la enorme mansión de Chicago estaba lleno de flores, lleno de aromas y rincones que invitaban a una caminata romántica. A lo lejos podía ver incluso la luna reflejada en las oscuras aguas del lago, el lugar que, en sus sueños, había elegido para declararle su amor. "Tendría que haber sido en una noche como esta. Tendría que haber sido hoy", pensaba abrumado por mil emociones, "y sin embargo, aquí estoy… Solo. Solo otra vez. Solo… como siempre".

La fresca brisa de la noche acarició su rostro y sin ya poder evitarlo, las lágrimas bañaron su rostro. Por primera vez en muchos años, Albert lloró en silencio, desesperado, frustrado, acabado. Nunca debía haber hecho ese maldito viaje. Nunca debió dejarla sola. Nunca debió haber soñado.

Ya eran casi las tres de la mañana; no podría dormir. ¿Y Candy? Tal vez ella… a esa hora… No, era mejor no pensar. Necesitaba estar solo y hundirse en su dolor para poder seguir adelante, ocultarse de todos como tantas veces había hecho. George se encargaría de todo. Ahora él tenía que encargarse de sí mismo.

Se cambió de ropa, buscó sólo lo necesario y con el sigilo acostumbrado, bajó a la biblioteca. George no necesitaba mayores explicaciones, un par de líneas bastarían. Él también había estado esa noche en la cena y lo conocía como a un hijo. "George entenderá", pensó Albert mientras cerraba el sobre en el que había escrito el nombre de su asesor.

Tomó las llaves de uno de sus autos y partió.

Siempre tendría Lakewood.

Continuará...