Nada es mío, tan sólo el placer del adaptar


CAPÍTULO 7: Secretos a voces

Como había predicho, Edward ya se había ido cuando Bella se levantó la mañana siguiente. Había dormido más de lo normal y despertó con una tirantez en la cabeza que achacó a los efectos secundarios del vino. Quizás también fuera el poso del vino lo que la hacía sentirse deprimida. O quizás era el hecho de que su marido, esa nueva pero ya vital parte de su vida, no estaba presente.

Vamos, jovencita, se dijo mientras se restregaba la cara y aclaraba la boca, esto no lleva a nada. No le harás ningún favor si cada vez que se va lejos del hogar te quedas toda decaída.

Al desayunar, analizó resuelta su vida, buscando solamente lo positivo.

No podía negar que el reciente cambio había sido asombroso y para mejor. Supuso que una verdadera dama se habría sentido tan deshecha por todo lo sucedido que la recuperación habría sido larga y difícil. Quizás su madre había tenido razón al lamentarse que nunca sería una verdadera dama, que carecía de sensibilidad. Esa noche horrible, sin embargo, siempre había parecido ser una pesadilla más que realidad, y desde su matrimonio solamente había tenido un mal sueño sobre ello. No tenía mucha dificultad en empujarlo a la esquina oscura de la mente donde se almacenaban tales acontecimientos desagradables.

Solamente como resultado de esa noche, ahora era una mujer independiente, o con tanta independencia como era posible dentro del matrimonio. No, consideró, bastante más. Pocas mujeres tenían maridos tan insistentes en la libertad de sus esposas.

Tenía un marido bueno y atento, bastante más que eso también, apuntó su honradez. Tenía una casa encantadora, un vestuario a la moda y tanto dinero que no sabía en qué gastarlo. Podía pedir su carruaje o pasar el día en cama; salir y comprar cualquier cosa que se le antojase o encargar algún artículo fabuloso especialmente diseñado para su gusto.

¿Y qué debía por todo aquello?, consideró mientras revolvía el té. Todo el pago requerido era que fuese una esposa que no hiciese exigencias.

Si su marido era un manipulador listo, no parecía utilizar sus mañas en detrimento suyo. No debía estar tan resentida por ello. Tampoco debía empezar a decaer cada vez que se fuera, ni sentirse dolida si no le contaba todos sus negocios. Por encima de todo, nunca debía mostrar que sabía que tenía una amante, y mucho menos que le importaba.

A su mente le llevó algunos minutos manejar esto a su satisfacción, pero al final sintió que lo había conseguido. Se dijo con valentía que incluso si trajese a Madame Tanya a casa para cenar, ella ni parpadearía.

Habiéndose ocupado de todo eso, Bella tenía planes que hacer. No era suficiente, sabía, quedarse sentada en casa y ser complaciente. Edward tenía que ver que vivía feliz su propia vida y se había hecho un lugar en sociedad.

Su resolución casi falló con ese pensamiento. La hermana de James Swan... Bien, ya podía dejar a un lado todo pensamiento sobre Almack's, de eso estaba segura. Se rió entre dientes al recordar el horror que habían expresado los jóvenes ayer por la noche al pensar en mercado matrimonial, y aquí estaba ella, deseando poder ganarse la entrada.

Entonces, con un pedazo de tostada a medio camino de la boca, pensó en las tías Esme y Emly, quienes se movían en los mejores círculos. ¿Le ayudarían? No estaba muy segura. Sin embargo, si encontrase una manera de utilizar su rivalidad, puede que estuviesen dispuestas a intentarlo.

¿Cuál sería el truco para conseguirlo? Si iba a una antes que la otra corría el riesgo de que la desairada se ofendiese. Deseaba poder consultar con su enrevesado marido, pero estaba fuera de la ciudad y esto tenía que estar dispuesto inmediatamente.

¿Lord Cullen? No estaba feliz con la idea de buscar su ayuda. Por otra parte, sentía que debía hacer algo para compensar sus acciones, incluso si parecía inverosímil que las fuese a reconocer. Con una inclinación de cabeza, puso la comida a un lado y fue a la biblioteca a escribir una nota pidiéndole que la visitase a su conveniencia.

También se hizo una nota para pedir material de escritorio personal.

Claramente, Lord Cullen no sentía la incomodidad de su situación. Llegó en sólo una hora.

Ella cortó brevemente las preguntas sobre su bienestar y le expuso su idea.

—Sí —dijo—. Tiene razón en que ellas podrían conseguirlo, poniéndole empeño. Tía Esme es muy íntima de los Drummond-Burrell. Si alguien puede meterte en Almack's es ella. Y tía Emily está extremadamente bien conectada.

Se quedó en silencio, considerando, mordiéndose los labios. Se encontró agradeciéndole a los cielos que Edward no tuviese hábitos tan irritantes. Obviamente era eficaz, pero para no permitirle tomar decisiones.

—La única manera —dijo por fin—, es darles tareas separadas, y recalcar cómo la otra no podría hacerlo. Tía Esme puede encargarse de conseguirte la entrada en Almack's. Es seguro que tía Emily nunca podría conseguirlo. Pero podría pedirle a tía Emily que dé una fiesta para usted. Organiza hermosos entretenimientos, únicamente porque tiene un personal excelente y sus invitaciones raramente se rechazan. Los invitados son un grupo selecto, sólo los más correctos, por supuesto, pero justo del tipo de los que necesita conocer.

—Entonces, ¿qué tengo que hacer? —le preguntó.

—Nada. Déjemelo a mí. Creo que puedo llevar el engaño. Sólo esté preparada para actuar lo más correcta y apreciativa que pueda.

Se levantó para marcharse, pero vaciló en la puerta. Sabía que venía algo que lo hacía sentir incómodo. Se preguntaba si por fin le iba a expresar remordimiento.

—Sobre su hermano... —dijo.

—¿Sí?

—No sentirá necesario tener mucho que ver con él, ¿no? Sé que es su única familia...

Bella se dio cuenta que era poco realista esperar que alguna vez se refiriera a esa noche terrible. Probablemente la había limpiado de su mente. En conjunto, no estaba apesadumbrada. No tenía idea de cómo debería responder.

—James es un sapo —dijo con rotundidad—. No deseo volver a verlo.

—Bien, bien. Eddie dijo que lo manejaría, así que supongo que no le molestará...

—No creo que lo haga —dijo—, sobre todo ahora que debe estar moviéndose para hacerse cargo de mi parte de nuestra herencia. Debe serle suficiente para un año o así, si sus deudas no son demasiado enormes.

Él palideció ante esto.

—Tendrá que probar que ha roto los términos del testamento. Me pregunto cuál...

Cuál será su queja, terminó Bella silenciosamente. Lo tranquilizó.

—Mi "fuga" será excusa suficiente si no le disputo el asunto, y no lo haré.

—Puede haber papeles legales —dijo—. No haga nada sin consultar a Eddie, ¿vale?

—Por supuesto que no.

—¿Dónde está mi hermano?

El corazón de Bella se hundió. Había dudado que pudiese evitar la pregunta, pero había tenido esperanzas.

—Ha tenido que salir de la ciudad durante algunos días. Se fue esta mañana.

Sus labios se apretaron como siempre sucedía cuando estaba molesto.

—¿Qué podía ser tan importante…?

—Eran negocios que había arreglado hacía tiempo —interrumpió tranquilamente—. Estará de vuelta para la reunión familiar del viernes.

—Dice que lo hará. ¡Está realmente muy mal! Dejarla en una casa extraña así, hacer todos estos preparativos sin ninguna ayuda cuando debe saber lo poco acostumbrada que está a todo esto…

—No creo que vaya a romper su palabra, Lord Cullen —interrumpió Bella antes de que su paciencia se acabase y dijese cosas que mejor se quedaban sin decir—. Soy una persona bastante independiente, y me siento totalmente feliz por haberme quedado para arreglar mi vida a mi entera satisfacción. Es un lujo que nunca he tenido antes, o por lo menos no con el dinero para hacer la situación cómoda. Si necesitase ayuda —agregó diplomática—, estoy segura que usted sería más capaz que él de ayudarme con estos asuntos sociales.

Con esto se retiró feliz a su destino. Bella pensó con pesar que tenía pocas razones para quejarse de su marido por manipular a la gente como marionetas cuando estaba copiando tan asiduamente la técnica.

Aún así fue un alivio librarse del conde y haber evitado la peor pregunta, referida al paradero de Edward. Solamente sabía que estaba en Hampshire, un condado que se extendía hasta la costa. Sabía que habría visto su ignorancia como otra afrenta para ella y otra causa para quejarse a su hermano.

¿Una esposa tenía derecho a saber? ¿Y si hubiera algún desastre en la familia, no se esperaría que lo mandase llamar?

Dejó el problema a un lado de momento y comenzó su ataque a la Sociedad. Ordenó el carruaje y a Jane para acompañarla, y salió para abrir una suscripción en Hookham's. Siempre estaba la oportunidad de que al moverse en los círculos adecuados se pudiese encontrar con alguna conocida de sus días de escuela, aunque como Miss Swan no atraía los niveles más altos de la sociedad. Había sido elegida para Bella debido a sus bajos honorarios.

De hecho, no encontró ninguna amiga de la escuela en aquel elegante y altivo establecimiento, y salió con libros y no personas conocidas. Eso no la sorprendió, y por lo menos tenía el tan deseado Gaiour.

Cuando volvió a casa envió a Ben, el lacayo, a encargar tarjetas para su marido y ella. Cuando dejase tarjetas suyas se esperaría que dejase una de su marido para el amo de la casa, y Bella no tenía forma de saber si Edward tenía suficientes. También solicitó estilos de material de escritorio para considerarlos.

Envió una orden bancaria a un florista recomendado por la Sra. Cope, para que siempre hubiese flores frescas en las salas de estar. Invadió los tesoros almacenados de su marido de una manera más sistemática, encontrando artículos convenientes para ser mostrados.

Finalmente convocó a un decorador y un ebanista para el día siguiente. Por el gusto que había demostrado Edward hasta ahora en la casa, sabía que podría ser mejor esperar a que volviese, pero sintió que la tendencia a esperar siempre su consejo no era saludable.

Entonces, satisfecha con el trabajo de ese día, se permitió relajarse con Lord Byron.

Al día siguiente Lords Seth Claerwater la visitó con su hermana, Miss Leah. Sin duda, fue con intención amable, pero Leah resultó ser una intelectual mordaz con un espíritu prosélito. Bella aceptó la invitación a una tarde literaria que la dama iba a celebrar la semana próxima, pero condicionalmente, ya que el orador era al parecer Mr. Walker, el autor de un análisis crítico de la filosofía de Lord Bacon. Bella estaba segura que debería estar fascinada por tal tema, pero no pudo reunir mucho entusiasmo.

Estuvo más contenta cuando se encontró con Lord Quil Ateara en Green Park y fue presentada a su prima, Kim. Esto también dio lugar a una promesa de invitaciones para una pequeña velada planeada la semana próxima, una que Bella podía esperar con ganas, ya que la dama era tan animada e ingeniosa que estaba segura que sus entretenimientos serían encantadores.

Sin embargo, no había posibilidad de desarrollar una amistad. Bella había pensado que la dama era simplemente regordeta, pero Lady Ateara le confió que se iba a ir de Londres en unas semanas, estando otra vez —emitió un suspiro— en una condición interesante.

—Como siempre en la temporada —se lamentó la mujer.

Después, Bella recibió una invitación a una fiesta teatral dada por Lady Marie McCarthy, la hermana del marques de Goat Rocks. La invitación fue traída por Lord Emmett, junto con la oferta de escoltarla.

—¿Y qué le dijo a su hermana, milord? —preguntó Isabella, sorprendida de ser reconocida por semejante miembro de la alta aristocracia.

—La verdad —dijo con una sonrisa—. Que eres nueva en la ciudad y necesitas introducciones. Tiene muy buen corazón —con un centelleo travieso agregó—. Si vienes, verás a Rosalie Hale.

—¿En la fiesta de tu hermana? —preguntó Bella con asombro.

Él rió.

—En el escenario. La señora Rosalie Hale, la Paloma Blanca de Rochester.

Bella encontró cariñoso su reconocimiento orgulloso de la mujer, y tuvo que admitir que le había picado la curiosidad. Tenía un interés mórbido en el tema de las amantes.

Lady Marie demostró ser una agradable mujer unos diez años más mayor que su hermano. Guardaba poca semejanza con su apuesto hermano, siendo de cabellos castaños y tez amarillenta, pero era impresionantemente elegante. No importaba lo que le hubiese dicho a Lord Emmett, Bella se dio cuenta del intenso escrutinio al que la sometió antes de empezarle a caer bien a la mujer. Sin embargo, a partir de ese momento, todo el mundo en la fiesta fue muy agradable.

Bella comenzó a pensar que quizás pudiera ser capaz de establecerse en Sociedad sólo por su buen comportamiento… con el apoyo del nombre Masen y la ayuda de la Manada de los Lobos.

La obra era una comedia titulada Esteban y Elizabetta, con Rosalie Hale en el papel principal. La actriz era una criatura encantadora que, Bella rápidamente inspeccionó, había hecho característica suya el vestir siempre de blanco para combinar su cabello rubio platinado, casi blanco. De ahí su nombre: la Paloma Blanca. Era una actriz regular, pero su talento más grande consistía en una gran gracia de movimientos y una abundancia de encanto e ingenio que fácilmente cruzaba de las luces del escenario a la audiencia. El marqués miró a la mujer con cariñoso orgullo.

Bella reflexionó que su esposa, cuando finalmente eligiese una, haría frente a un desafío considerable. Después recordó a Edward y a su hermosa prostituta francesa y suspiró. ¿Cómo podía competir una mujer ordinaria?

Para cuando llegó el viernes, el día programado para la cena familiar y la vuelta de su marido, algunos de los proyectos de Bella estaban progresando. Había encargado los muebles para su dormitorio y decidido sobre su estilo y el del tocador. Había elegido una combinación de colores ligeros, para ser enriquecido por los nuevos muebles de amboina incrustada. Las nuevas tarjetas habían llegado, así que si tuviese ocasión de hacer visitas matutinas, podría hacerlo de la manera correcta.

Por último y más maravilloso, tras una dura entrevista con la formidable Lady Drummond—Burrell, le había sido prometida la entrada a Almack's. Lady Esme había llamado después para acentuar el trabajo hercúleo que había sido y para ordenar a Bella que estuviese segura de no presentar a su hermano a nadie. Aunque a Bella no le podía gustar su tía por matrimonio, había estado tan agradecida como cualquiera pudiese desear.

Debido a todo esto, Bella pudo saludar a su marido cuando volvió con la charla alegre que, esperaba, trasladase la impresión de que apenas había notado su ausencia.

Mientras Bella le servía té y seleccionaba pastas para colocar a su lado, le relató sus actividades.

—... y tu tía Emily está planeando un desayuno veneciano para mí la semana próxima. Para ti también, si puedes ir.

—¿Debo ir? —preguntó con una sonrisa perezosa. Ella se dio cuenta de que sus acciones lo satisfacían. Edward parecía un poco tenso cuando entró, pero ahora estaba relajado.

—Por supuesto que no, si no deseas ir. Es sobre todo para que pueda conocer al tipo de gente adecuada.

—Intentaré estar —prometió, pero sin entusiasmo.

—¿Recuerdas la cena familiar? —preguntó ansiosamente. Parecía que iba a caer dormido en cualquier momento—. Estoy segura de que preferirías una tarde tranquila en casa, pero no creo que podamos perdérnosla.

Edward se frotó la cara.

—Oh, sí, lo recuerdo. Si no fuese por eso habría retrasado mi vuelta algunos días. El negocio resultó no ser tan simple como esperaba —hubo una repentina crudeza en su expresión que le dijo que este "negocio" era más serio de lo que había supuesto. Y medio sospechaba que había estado con su amante.

—Estoy segura que esto es ridículo, Edward —dijo por culpa—, ¿pero puedo ayudarte de alguna forma?

Le sonrió directamente y el corazón de Bella hizo una pequeña danza.

—Gracias, querida, pero no. Es... un encargo para un amigo que tiene que arreglarse pronto. El único problema es que me forzará a descuidarte un poco más. Si pudieses soportar eso con amabilidad, es toda la ayuda que pido.

—Por supuesto. No te debes sentir obligado por mí.

Bella vaciló y después decidió que era un buen momento para plantearle un problema.

—Edward, lo siento si soy impertinente, ¿pero no sería prudente que me dijeses a dónde vas cuando te ausentas del hogar? ¿Y si hubiese una emergencia familiar? Me sentiría tonta si no supiese a dónde avisarte.

Nada más empezar supo que era lo incorrecto a decir. El humor se esfumó de la cara del joven y sus ojos se desviaron para estudiar el paisaje en la pared.

Cuando respondió, sin embargo, su voz sonó serena.

—Por supuesto. Tienes toda la razón. Debes perdonarme si a veces me olvido. Ser un marido es nuevo para mí.

Sus ojos volvieron a los de Bella, cogiéndola desprevenida. La expresión en ellos era ilegible pero de alguna manera perturbadora. Sospechó con sorpresa que simplemente no sabía qué decir después.

Se sentaron mirándose el uno al otro durante mucho tiempo.

Edward sacudió repentinamente la cabeza como si saliese de un sueño.

—Bella, mi cabeza está vagando, o es simplemente agotamiento. Perdóname, pero si debo brillar para los buitres de la familia creo que debería descansar un rato.

Se levantó de la silla en un movimiento suave y fluido, y se acercó para depositar un beso gentil sobre su mano.

—Si tienes un vestido que haga justicia a las perlas, creo que deberías llevarlas.

Con eso, la dejó. Bella se quedó considerando el encuentro, con las manos apoyadas en el regazo. De acuerdo con sus planes había ido bien, pero no pudo ocultarse que al final el ánimo de Edward no había estado calmado. ¿Era culpa suya o del fastidioso negocio que él había emprendido? Durante su corta relación, nunca lo había visto perder el control como hasta entonces.

Se había tomado su cansancio como el típico de una persona que acababa de viajar todo el día, pero no era así. Aquel levantamiento suave de la silla había expuesto el hecho de que no estaba físicamente cansado. Era una pesadez de espíritu lo que lo presionaba.

Bella suspiró. Sabía que no le gustaría verla melancólica por él. Incluso tendría que ocultarle la carga de su preocupación.

Jane y Bella trabajaron duramente en la preparación de la tarde. Bella sabía la imagen exacta que quería crear; algo agradablemente digno, pero con connotaciones sobrias, respetables.

El vestido de seda color marfil con bordado rosado, recomendado por Madame Alice como conveniente para las perlas, acababa de llegar. Bella quedó satisfecha al ver que el escote era moderadamente alto, aunque era tan amplio que las mangas abullonadas sólo le rozaban el borde de los hombros. Sin embargo, cuando estuvo vestida, se dio cuenta de que aunque había dos capas de tela, ésta era tan fina que podía ver la sombra de sus pezones por debajo. En un momento de pánico pensó en llevar una camisola, pero era claramente imposible, y Madame Alice nunca la perdonaría.

—Jane —susurró—. ¿Crees que este vestido es indecente?

—Oh, no, señora —dijo la muchacha con los ojos brillantes—. ¡Es maravilloso!

—Pero es... es transparente.

—No, no lo es señora —la aseguró Jane, tirando de la falda para ponerla recta—. De alguna forma lo sugiere, pero no lo es. Hará estallar los ojos del amo, seguro.

—Pero esta noche quiero estar respetable —se quejó Bella.

—Está respetable —manifestó la criada firmemente—. Sólo les dará ideas a los hombres. Y ése es problema de ellos, ¿no, señora?

Bella cedió por el momento. Ya vería lo que dijese su marido. Siempre tenía tiempo de cambiarse, pero no tenía otro vestido conveniente para las perlas. Eligió un peinado simple y solamente una pulsera tallada de marfil como adorno.

Entonces, esperando nerviosa la aprobación de su marido, incluso su admiración, golpeó ligeramente en la puerta del vestidor de Edward.

Ben lo abrió de par en par para que entrase, y vio a Edward sentado ante el espejo haciendo los ajustes finales a un pañuelo maravillosamente dispuesto, con los volantes de su camisa dificultando a sus dedos largos y expertos.

Entonces se levantó y se dio la vuelta, ágil y elegante en sus formales pantalones de rodilla. Bella, sin embargo, estaba concentrada en su cara. Primero, la tranquilizó ver restaurado su normal buen humor. Aquellos demonios que lo habían asaltado antes se habían ido. En segundo lugar, no demostró más que aprecio por su vestido.

—Esa debe ser una de obras de arte de Madame Alice —dijo con una sonrisa—. Comedido pero con un toque de maldad, sofisticado pero con algo fresco y joven. Y habría podido ser hecho para las perlas.

Permitió que su ayuda de cámara le pusiese un rico chaleco bordado y una ajustada chaqueta oscura. Entonces eligió algunos adornos, un anillo, y, negligentemente, un enorme alfiler de diamante para el pañuelo.

—¿Te haré justicia? —preguntó con una sonrisa, haciendo una pose.

Bella no pudo evitar reír de una manera que había olvidado, como lo hacían los niños, por simple alegría. De este humor Edward era un deleite, y temió que si él lo pidiera, le pondría su corazón para que lo usase como escalón. Oh, era peligroso lo que le hacía sentir este hombre.

Por un momento, encontrando sus ojos brillantes con destellos de esmeralda, Bella sintió que con sólo inclinarse tendría la luna en sus manos. En un momento, quizás en respuesta a lo que él vio en su cara, pasó de la brillantez a una cortesía amistosa. La oportunidad, si es que la había habido, se había ido.

O casi.

Todavía estaba de muy buen humor. Como niños, se apresuraron abajo para sacar el fabuloso collar, y después se pasaron quince minutos arreglándolo hasta su mejor aspecto. Finalmente se quedaron satisfechos con tres lazos que caían contra la piel femenina, brillando intensamente como un pálido amanecer. Edward enganchó el prendedor de diamantes que los sostendría juntos en la nuca de Bella.

Sus nervios, sensibilizados ya por el continuo recorrido de los dedos masculinos contra su piel, saltaron cuando sus labios se posaron donde habían estado los dedos. En el espejo, pudo verlo mirándole los hombros. Seguro que era dulzura lo que había en su cara.

Entonces levantó los ojos para encontrarse con los suyos y una sombra los nubló.

Bella estaba en desventaja. No sabía nada de los hombres, de cómo se esperaba que se comportase incluso en circunstancias normales, por no hablar de este extraordinario matrimonio que había hecho. ¿Qué quería Edward de ella? Recordó la noche antes de que se fuese. ¿Esperaba que ahora respondiese tan calurosamente como había hecho entonces en el calor del vino? ¿Se suponía que tenía que girarse de cara al joven?

Pero lo que fuera que necesitase o esperase, el momento pasó. Edward se apartó y llamó para que les trajesen los abrigos. Pronto estaban de camino a la mansión de Lord Cullen.

Pasaron horas antes de que Bella volviese a tener tiempo para una introspección. Había veinte parientes reunidos para examinarla, desde el abuelo de los gemelos, que claramente aterrorizaba a su hija, Mrs. Esme Cullen, a un grupo de primos jóvenes, incluyendo Rebeca y su hermano Brady.

Siempre que era posible Bella gravitaba al grupo más joven. Era menos probable que examinasen la historia de su vida. Se daba cuenta que Edward la observaba, y estaba segura que la rescataría si se desarrollasen problemas, pero estaba totalmente ocupado en encantar al grupo de mayores y sobrevivir a su inquisición por su manera de vida.

Sin embargo, como Bella mantuvo conciencia periférica de él, observó un momento extraño.

Miembros de varias ramas del clan de Cullen habían sido invitados para después de la cena, y entre éstos había dos jovenzuelos. Al entrar en la habitación la cara de Edward se congeló un mero segundo antes de entablar conversación con una tía abuela.

Bella esperó con impaciencia ser presentada a los recién llegados. Resultaron ser Paul y Jared Masen, un par de frívolos bastante agradables pero sin mayor importancia. Sólo pudo asumir que había un rencor de muchos años entre uno de ellos y su marido.

Esto pareció confirmado cuando observó a Paul mirándola con lo que parecía desprecio. Sin embargo cuando los jóvenes se acercaron a felicitar a Edward, no pudo detectar nada fuera de lo normal por parte de ninguno. Sabía que su marido disimulaba muy bien, pero no podía haber razón para que los dos dandis ocultasen algún mal sentimiento.

Sus nervios sobrecargados le debían estar jugando trucos.

Sin embargo, antes de que la tarde terminase, iba a aprender mucho más.

Cedric Masen, primo distante del conde que se había constituido historiador de la familia, insistió en llevarla a ver los varios retratos familiares en la casa. A Bella le pareció de lo más interesante.

Los rasgos de los gemelos parecían haber venido casi enteramente de su encantadora madre. Un retrato nupcial la mostraba sentada bajo un árbol frondoso, riéndose de las travesuras de un pequeño King Charles spaniel. Se parecía mucho a Edward en su divertido humor. El padre de los gemelos, nada divertido, de pie detrás de su esposa, tenía el cabello oscuro y facciones más pesadas. Si había alguna semejanza en sus hijos estaba en el conde, en su semblante serio.

Pasaron algunos bosquejos de Holbein que Cedric comentó eran de bastante interés. Desafortunadamente, las lámparas de aceite que colgaban no iluminaban la zona, por lo que se apresuró a encontrar velas suplementarias. Bella se quedó a solas un rato en la galería del segundo piso, que recorría tres lados del alto vestíbulo de entrada. Descubrió que en el vestíbulo se levantaba una magnífica claraboya que transmitía maravillosamente el sonido. Mientras esperaba oyó claramente las instrucciones en voz baja del mayordomo a los ocupados criados, y también algunos comentarios irreverentes de ellos.

Entonces, cuando empezó a pensar que tendría que abandonar a su guía y volver abajo, oyó las voces de Jared y Paul.

—Dios, Paul —dijo Jared con voz cansina—. Tuve que escapar un momento. El esfuerzo de no echarme a reír me está matando, vaya si lo hace.

—¿Qué pasa?

—Es Edward Jodido Masen y su hermosa novia. Allí de pie actuando como el marido perfecto. ¡Hace ni dos días que lo encontré con otra potra en cierto lugar cercano a Denali Street! Parecía totalmente ridículo1 cuando entré. Le di un soplo, por supuesto. No le voy a chafar los planes, pero cuando Lady Esme empezó a decirme que estaba sentando la cabeza y que debería hacer lo mismo... Bien, casi dije "¡Dame una cosita como esa, y está hecho!"

—Dios, sí. Te refieres a Madame Tanya Denali, ¿no? ¿Quieres decir que estuviste en su pequeño establecimiento campestre? No sabía que ya estaba funcionando. Jared! Ojalá me llevases. ¡Va a ser el lugar!

—Ciertamente, Paúl. Éste era el gran estreno. La fabulosa madame finalmente ha llegado, ya ves. Solamente fui hasta allí porque había ido al establecimiento de la ciudad con bastante regularidad. No paraban de decir lo genial que sería cuando viniese, y no estaban exagerando. ¡Menuda mujer! Sabes lo que te digo, te llevaré a su casa mañana. En el campo es sólo por invitación, por si no lo sabes.

—Maldita tu suerte, Jared. Pero seguro que no es tan malo que Masen esté allí. He oído a un montón de compañeros ir al de la ciudad para una tarde agradable. Sin usar las comodidades, ya sabes.

—Bastante cierto, Paul, pero te digo que yo no —hubo un cacareo de risa—. ¡Las rameras que había, Paul! Nunca has visto unas iguales. Nada de pequeñas perras de la calle. Los trucos que saben... Pero no, el querido primo Edward no estaba sólo bebiendo y escuchando música, créeme. Él era el personal de la Madame. Un accesorio permanente. El hombre de la casa. No son nuevos conocidos. Los habituales Derby y Joan. Si crees que se está encariñando de ésta, tendrías que verlo con la otra.

Bella, congelada por esta conversación, recordó respirar. Realmente debería irse. Sabe Dios que más escucharía si permanecía... La necesidad de aprenderlo todo, cada amargo detalle, abrumó a su razón.

—¿Quieres decir que la madame es su amante? Es una carne más fuerte de la que me atrevería a manejar, por lo que he oído.

—Espera a conocerla, Paul. Una mirada de sus grandes ojos oscuros y estarás preparado para todo. Si me entiendes.

Los dos hombres se rieron con disimulo, pero entonces la voz de Mr. Yates se volvió pensativa al continuar.

—Pero no diría que era su amante, exactamente. Si me lo preguntas, él es el ansioso por complacer. Está loco por ella, te digo, y personalmente no creo que sea algo sano. Lo dejará seco y se deshará de él.

—¡Por Dios, Jared, qué manera de ir!

Más risas envidiosas, enlazadas con lujuriosa envidia.

—Bueno, si alguien puede manejarla es el primo Edward. Las damas parecen derretirse a sus pies. Ojalá supiese el truco. No importa lo domesticada que la tenga, apuesto que su nueva esposa lo cortaría en pedazos si oyese hablar de sus aventuras, así que está en deuda conmigo. Me voy a asegurar que arregle algo especial de parte de la Madame. Sabes qué, Paul, te introduciré ahí. Conseguiremos dos bonitas...

En ese punto Bella se movió resuelta fuera de su alcance. Su corazón golpeaba violentamente y sus piernas se sentían tan débiles que se hundió en una silla próxima. No se sentía ultrajada. No tenía ninguna inclinación de "cortarlo en pedazos". Se sentía como si estuviese abandonada en un punto muerto emocional.

Qué agotador para Edward, pensó con desgana, tener que mantener dos mujeres contentas. Debe cansarle incluso el encanto. No me extraña que pareciese gastado.

Madame Tanya Denali. La mujer en Volterra. Una mujer para enredar a hombres en nudos. Y aparentemente tenía a Edward totalmente atado. Bella había asumido que la mujer era su amante, pero de la manera normal. Había supuesto que la pondría en una pequeña casa en alguna parte y la visitaría de tiempo en tiempo.

Esta sirena, este objeto de adoración, no era para nada lo que había esperado. ¡La mujer llevaba un burdel!

Desesperadamente Bella no quería imaginarse a Edward postrándose por los favores de ninguna mujer, ni siquiera los suyos, y especialmente no de una como esa. Y mientras supuestamente había estado fuera por negocios, había estado con ella, adulándola, babeando por ella, sin duda.

Ahora la invadió la cólera. Le había mentido. Recordó las palabras del horrible Mr. Jared. "Las damas parecen derretirse a sus pies." Bien, pues esta no.

Bella no se vio capaz de hacer frente a Cedric Masen. Preferiría no enfrentarse a nadie, pero simplemente era imposible huir para lamerse las heridas. En lugar de eso volvió con rapidez abajo para ocultarse entre la muchedumbre. Allí podría ocultar sus sentimientos bajo la charla ociosa.

Pero Edward se dio cuenta.

Él se acercó con un vaso de vino para ella.

—¿El primo Cedric te dejó toda agotada, querida? —dijo con una sonrisa amistosa—. Está obsesionado con la historia familiar, pero sabe mucho. Aunque probablemente debería tomarse en pequeñas dosis.

Bella no supo cómo reaccionar y tomó la opción fácil.

—Estoy algo cansada. ¿Crees que nos podemos ir, Edward?

—Por supuesto. Si estás como esperamos, te tienes que cuidar.

Mientras se despedía y pedía sus abrigos, Bella disfrutó pensando en censurarle por su comportamiento. Aunque no lo haría. Había prometido no crear ese tipo de problemas, y sólo porque la situación había resultado ser ligeramente peor a la esperada, no era razón para romper su palabra.

Oh, pero se moría de ganas de decir algo, cualquier cosa, para romper la superficie lisa de su calma.

En el carruaje la tomó de la mano.

— ¿No fue tan malo, verdad?

Bella bloqueó el impulso de separarse.

—Oh, no —dijo tranquilamente—. Creo que están dispuestos a ser amables.

—¿Estás cansada, no? —Dijo con suavidad, alisando un mechón perdido en su frente—. Ven y ponte cómoda.

A pesar de una resistencia leve por su parte, la colocó cómodamente reclinada contra su hombro. Se dijo que sería raro rechazar tales atenciones amables. Pero la magia volvía a trabajar. A pesar de lo que había aprendido, estaba sucumbiendo a lo que parecía ser preocupación y cuidado genuinos. Admitió triste que probablemente aceptaría cualquier migaja, si era todo lo que podía conseguir.

Edward no la incomodó con conversación, simplemente la sujetó con seguridad contra el movimiento del carruaje. Bella recordó el extraño discurso en su propia cena sobre las mujeres que no querían ser esposas o madres. ¿Era esa Madame Denali? ¿La mujer prefería dirigir una casa de dudosa reputación a ser respetable? ¿Habría querido casarse con ella y lo habría rechazado? La francesa debía tener cerca de quince años más que él.

Bella odió pensar en Edward adulando a una mujer como esa y repentinamente decidió luchar contra ese encaprichamiento artificial. Soy su esposa, se recordó. Eso me da una ventaja. Llevo un niño que aceptará como suyo.

¿Pero podría competir con la fascinante francesa? No sabía nada de las artes sensuales que claramente estaban en las manos de la otra mujer. ¿Era la lujuria la única manera de atar a un hombre?

Si era así, pensó triste, ¿cómo podría ganar?

Cuando alcanzaron Quileute Street, Edward dijo.

—Ven, tenemos que llevarte a cama. ¿Quieres tomar algo?

El pensamiento de la cama se ligó a sus pensamientos anteriores y ella lo miró. No había nada amoroso o lujurioso en su cara, sólo amabilidad.

—No, gracias —dijo Bella—. Puedo arreglármelas perfectamente. No estoy agotada, sólo un poco cansada del escrutinio familiar.

—Bien, entonces —le devolvió una sonrisa—, quizás podríamos salir otra vez. Aún no es medianoche y tenemos invitaciones para bastantes fiestas.

—Que hemos rechazado.

El joven chasqueó los dedos.

—¿Crees que no nos dejarían pasar?

En momentos como esos parecía un niño revoltoso, y no pudo evitar devolverle la sonrisa.

—Nunca impliqué que tuviese tanta energía. Quiero mi cama, pero puedo arreglármelas para encontrar sola el camino.

Bella se dio cuenta de que sonaba como si lo estuviese rechazando, y se apresuró, ruborizándose.

—¿Por qué no sales si lo deseas...?

Se calló al pensar a donde iría probablemente. ¿Cómo podía una simple conversación estar tan llena de trampas?

Con rapidez le vino el pensamiento que si hiciese un cierto movimiento, le diese un cierto estímulo, quizás no saldría.

Dios sabe lo que Edward vio en su cara, porque frunció el ceño levemente y le tomó las manos.

—Bella, ¿qué pasa?

Ella se separó.

—¡Nada!

Edward le agarró las manos.

Es algo. Me gustaría que me lo contases —la miró más cerca—. ¿Esta tarde alguien te hizo algún comentario que te alteró?

—No, por supuesto que no —en un minuto lo adivinaría y le arrancaría la verdad. Una vez que el tema de su amante fuese público no volverían a estar en paz. Sabía lo que debería decir, aunque sería difícil.

Bella bajó la vista a uno de los botones de plata.

—Es sólo que parecía que otra vez te negaba nuestra cama, Edward —murmuró—. No quería que sonase así.

Cuando Edward le levantó la cara suavemente, Bella se sintió aliviada al ver sólo diversión en su mirada.

—Sé que no lo hiciste. ¿Crees que soy un monstruo para molestarte cuando estás tan cansada? De todas formas, para ser franco, también estoy bastante cansado. Vete subiendo, Bella. Tengo algunas cosas que hacer y entonces, si no te opones, me uniré a ti. La cama de día no es demasiado cómoda.

—Por supuesto —dijo apresuradamente, intentando no pensar por qué estaba tan cansado—. En una semana o dos mi propio dormitorio estará listo. Eso hará las cosas más fáciles

Con desesperación, supo que había vuelto a decir lo incorrecto. Con un precipitado "buenas noches", huyó.

Las lágrimas picaron sus ojos al apresurarse por las escaleras y entrar en su vestidor, en donde Jane la esperaba. La criada se preguntó obviamente por su angustia, aunque no le preguntó. Bella no quería que empezasen rumores de que su matrimonio era infeliz o que Edward no era bueno.

—Tengo un dolor de cabeza terrible, Jane —dijo Bella como explicación mientras la criada le retiraba las horquillas del cabello—. Simplemente átalo. Quiero meterme en cama.

Con compasión, la criada hizo lo que le pidió, y pronto Bella se quedó en el tenue silencio del cuarto. La débil luz nocturna era lo único que rompía la oscuridad y provocaba extrañas formas en el techo.

¿Qué iba a hacer? Demasiado pronto empezaría a engordar con el bebé como una sandia. Si quería atraer a su marido debía ser ahora. A veces la deseaba. Seguramente todo eso no era por estar fingiendo. Si lo satisficiese, ¿no abandonaría a esa otra mujer? ¿No estaría alegre por liberarse de una como esa?

Aunque, ¿podría hacerlo? ¿O los recuerdos de esa noche volverían para estropearlo?

Enredada en pensamientos embrollados y planes, se quedó dormida antes de que Edward se acostase.

Se despertó a la luz matutina y a Edward sonriendo y tirándole de la cinta que sujetaba su cabello chocolate. Le devolvió la sonrisa espontáneamente, satisfecha simplemente por tenerlo de vuelta en su vida.

—¿Qué haces? —le preguntó.

—Investigando. La pregunta es, si lo intento muy cuidadosamente, ¿puedo cubrir toda tu almohada con tu cabello?

Era como un niño jugando a un juego mientras sus dedos se movían por su cabello para separarlo. Bella se quedó quieta y lo miró. Le producía simple placer la línea limpia de su mandíbula y los suaves músculos de su cuello, las arrugas por la risa que enmarcaban su boca y los leves pliegues en las comisuras de sus ojos. Atrevida, dejó que sus ojos bajasen al moldeado perfecto de su pecho, liso y marrón. Sus dedos hormigueaban con el deseo de explorar esos contornos satinados, pero no era tan atrevida.

Eventualmente él dijo.

—Quieta. No te muevas.

—¿Pero cómo sabré si realmente lo has hecho? —preguntó, adoptando un tono juguetón para emparejar el suyo. Su corazón golpeaba y se sentía falta de aire.

Sus ojos eran cálidos con humor.

—Honor de un Masen. Aunque si mueves un solo músculo, lo estropearás.

Entonces bajó sus labios para besarla, y supo lo que iba a venir. Oh, déjame hacerlo bien, rogó.

Puesto que él lo deseaba, intentó permanecer quieta mientras sus labios hacían magia aterciopelada a su alrededor y sus manos empezaban a explorar su femenino cuerpo. Era difícil. Se sentía como si su rápido corazón fuese a sacudir su cuerpo, y sus manos estaban frustradas por sentir la piel de Edward.

El cuerpo del joven se movió complaciente para que Bella pudiese posar una mano en su torso sedoso y caliente. Trazó pequeños círculos con las yemas de los dedos por el puro placer que le producía.

Cuando los labios masculinos soltaron los suyos y se movieron a su oído, ella intentó pensar en algo que decir que le demostrase su estímulo.

—¿Apruebas mi camisón nuevo? —le preguntó. Su voz sonó susurrante y desmayada.

La prenda era de fina seda, adornada con cordones y cintas verdes de satén.

—Mucho mejor —aprobó Edward suavemente, deslizando un dedo en el bajo escote para jugar en los montículos de sus pechos.

Ella tragó pero mantuvo la cabeza quieta.

Animada por la calidez de sus ojos, se atrevió a deslizar la mano por su pecho y lo exploró con los dedos. Bella suspiró con la satisfacción que le daba. Qué extraño que una cosa tan simple pudiese sentirse tan maravillosa.

Edward le sonrió con sus ojos mientras su mano deslizaba la seda del hombro femenino para exponer enteramente un pecho. La mano exploradora de Bella se detuvo y lo miró. Los dedos del joven trazaban círculos en su pecho, acercándose cada vez más a su pezón. Con un esfuerzo consciente Bella se relajó y movió los dedos otra vez.

Él sonrió otra vez y bajó la cabeza a su pecho. Ante el tacto gentil de sus dientes ella jadeó, y un estremecimiento involuntario la recorrió.

—Lo siento —dijo Bella con rapidez. Pensaría que le causaba repulsión.

Edward levantó la vista.

—¿Por qué?

Ella no podía pensar qué decir.

—Yo... no tengo aversión a lo que estabas haciendo.

Los ojos del joven se llenaron de risa.

—¿Podría ser, dulce insensata, que quizás te gustase?

Ella empezó a asentir pero recordó su cabello.

—Sí... sí, creo que me gustó.

—Hmm. Si trabajamos un poco más en ello, quizás estés segura —comenzó otra vez la magia con sus labios, sus dientes y sus manos curiosas.

Pronto Bella encontró imposible quedarse quieta bajo sus expertas caricias. Se movió para dejar a sus propias manos y boca explorar sin habilidad o control consciente, sólo con necesidad. La realidad, los recuerdos, todas las preocupaciones diarias huyeron ante las sensaciones y deseos de la clase más inexplicable. Bella permitió que el instinto la llevase a tocar, besar y lamer la cálida piel masculina, mientras algo crecía en su interior. Algo de tremendo poder.

Barrida en una tormenta, la joven le hundió los dientes en el hombro. A Edward se le cortó la respiración y un resto de cordura volvió.

—¡Oh, lo siento! —gritó.

Edward se rió y la lanzó hacia arriba de modo que quedó sujeta sobre él, con su cabello cubriéndolos como una tienda.

—¿Tienes hambre? —le preguntó, con los ojos oscurecidos por la pasión.

—No lo sé —le contestó.

El cuerpo de la joven resonaba y dolía. Sus ojos se dieron un festín con la belleza masculina estirada debajo. Inconscientemente se humedeció los labios, y Edward dejó salir un suspiro estremecido.

La bajó lentamente, demostrando su fuerza, hasta que pudo lamer un pezón, ya hinchado por el deseo. Ella arqueó la espalda y gimió. Parecía que ya no tenía ningún control sobre sus acciones.

—Tienes hambre —murmuró—. Te alimentaré si prometes no morder.

Cuando la bajó, Bella lo besó por primera vez por iniciativa propia. Sus manos se movieron firmemente por la espalda de la joven y por sus redondeadas nalgas, presionándola hacia abajo contra él. Edward había dicho que ella tenía hambre, y de hecho, se sentía como si estuviese intentando consumirlo completamente.

Entonces le dio la vuelta. Lentamente introdujo su plenitud en la joven, y ella sintió cada centímetro. Lugares que Bella no conocía volvieron nuevamente a la vida. Descubrió el alimento que le había prometido, la unión que realmente había estado buscando, y el placer que había pensado que no era para ella.

Bella nunca había imaginado que tales sensaciones fuesen posibles. Había una necesidad que abarcaba el mundo entero, y un dolor que era placer exquisito. Había un lugar que temía y deseaba intensamente visitar.

Perdida en esta tierra extraña, se aterró, volteando su cabeza.

—No puedo... ¿Qué...? ¡Por favor!

La trató con suavidad y la llevó a la cima. Nunca había soñado con lo que se encontró en ese vacío arremolinado. Se aferró a Edward como la única realidad, la desenfrenada respiración del joven emparejada a la suya, la carne masculina en su boca y bajo sus dedos que agarraban, el corazón golpeando con un ruido sordo al lado del suyo.

Cuando la realidad volvió se quedaron tumbados juntos. Bella temía la separación. ¿Cómo podrían alguna vez separarse? Sentía como si algo vital se fuese a perder. Eventualmente, sin embargo, se separaron, y le apartó suavemente los mechones húmedos de la cara para verla mejor. Bella no tenía ningún miedo de lo que él encontraría. No tenía necesidad de fingir.

—¿Es de esa manera siempre para un hombre? —preguntó

—De alguna forma, pero no realmente —dijo, con el dedo trazando la mandíbula de Bella—. Eres hermosa, esposa mía.

Nunca antes la había llamado así.

Intentó pensar en algo igualmente significativo para decir cuando él rodó de nuevo de espaldas para mirar fijamente el techo. Mirándolo un nudo se alojó en su garganta. Por su expresión pudo adivinar que los diablos estaban de vuelta. ¿Qué había hecho ella? ¿Qué había ido mal?

Bella puso una mano en su pecho. Ahora parecía perfectamente natural tocarlo de cualquier manera que desease.

—¿Edward? ¿Qué pasa?

Le cubrió la mano con la suya pero durante un momento no contestó. Entonces se giró para mirarla, sin restos de risa en su expresión.

—Bella —dijo apretándole la mano con la suya—. Recuerda esto. Eres la persona más importante de mi vida. Nunca intentaré lastimarte. Fallaré, pero por lo menos lo intentaré.

Liberó su mano y dejó que un dedo trazase líneas de amor sobre él.

—Supongo que de vez en cuando todos podemos hacer daño a otra gente, no importa lo buenas que sean nuestras intenciones.

La mano del joven volvió a cubrir la suya, deteniéndola.

—Recuerda —insistió—, que me importa.

—Por supuesto —dijo calmándolo—. Y a mí también me importa, así que perdonaré estos daños con los que me amenazas.

Le acercó su mano a la boca y le besó la palma. Su cara, sin embargo, estaba incluso más triste que antes. Bella sintió comenzar un escalofrío. Aquí estaba perdiendo una batalla, pero aún así no tenía idea de lo que pasaba.

—Voy a hacer que cumplas esa promesa de perdón —dijo, y después salió de la cama.

Bella se preguntó por un momento si iba a confesar tener una amante. Esperaba que sí. Podría perdonarlo, y entonces todo estaría acabado. Claramente ahora no necesitaba a la mujer.

Pero se acomodó en el traje y entró en su vestidor.

Bella se quedó otra vez intentando darle sentido a todo eso. Por un corto momento había pensado que todo iba a salir bien, que juntos habían encontrado la manera, pero no era así. Seguramente ahora estaba mejor, pero no tan perfecto como sentía que podría ser.

Bella suspiró y se dijo que mejor no esperar demasiado muy pronto. Hoy habían puesto los cimientos sobre los que seguramente podrían construir un palacio de placeres.

Lord Claerwater encontró a Edward en su puerta antes de haber acabado el desayuno. Compartió su comida con él.

—¿Problemas? —preguntó, llenándole una taza de café a su amigo.

Edward suspiró.

—Creo que he caminado alegremente a un atolladero, Seth. Por lo que puedo decir, esta conspiración quijotesca es real, y Tanya está demostrando ser tan fácil de dirigir como una anguila recién cogida.

Lord Clearwater rió.

—Debo confesar que parece haber una cierta justicia en que te encuentres contra una mujer a la que no puedas seducir inmediatamente.

Edward desmenuzó un pedazo de pan.

—No es un asunto de risa, Seth. ¿Qué voy a hacer con Bella? Le hice el amor esta mañana.

No fue el tema sino algo en el tono de su amigo lo que hizo que Seth enrojeciese levemente.

—¿Seguramente eso no es extraordinario?

Edward lo miró directamente.

—Sí lo es. He decidido, ya que obviamente voy a tener que pasar más tiempo cortejando a Tanya, maldita sea, que debo dejar a Bella totalmente sola. Hay algo repugnante en ir de la cama de una amante a la de la esposa. Pero simplemente me encontré... No estoy acostumbrado —dijo ferozmente—, a estar fuera de control.

Seth sabía que aunque Edward tenía un apetito potente para el amor, no se tomaba a las mujeres a la ligera y siempre las trataba con respeto. De alguna forma, podía entender su lío.

—¿Abandonarás el trabajo, entonces?

Edward seguía destruyendo más pan y no comiendo nada.

—¿Cómo podría hacerlo? ¿Podría afrontar las consecuencias si esta maldita conspiración tiene éxito?

—Seguramente Jenks puede encontrar otra manera de evitarlo, ¿no?

Edward se dio cuenta de lo que le estaba haciendo al pan y miró los restos de un panecillo con exasperación.

—Tengo intención de visitarlo hoy para discutirlo, pero temo que no haya otra manera. Tanya es la única conexión con los líderes que conocemos hasta ahora. Ha intentado un acercamiento directo, e incluso un cierto hostigamiento, pero nada ha funcionado. Ella ha dejado claro que, por alguna razón, sólo tratará conmigo. ¡Voy a acabar como un loco de Bedlam!

A pesar de estar genuinamente preocupado, Lord Clearwater no pudo evitar hacer un comentario.

—Eso te pasa por ser un amante tan maravilloso —dijo.

Edward Masen le lanzó los restos de su panecillo a la cabeza.

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