Disclaimer: InuYasha y cía. no son de mi autoría (lamentablemente).
Categoría:
K.

Notas
InuYasha siempre ha sido mi droga, ¡y no he podido rehabilitarme! Esta pequeña historia de tres capítulos nació luego de terminar de ver (zamparme) la serie en tiempo récord. Y ojo, que no es un fluff empalagoso (por mucho que en un principio lo parezca) si no un drama. El drama (no literalmente) que imaginé sería la vida de InuYasha y Kagome juntos. Porque el drama es la vida misma, yeah.

Si aún te dan ganas de leer: ¡adelante!


DE HIERBA Y TIERRA


Por la mañana

InuYasha no recuerda exactamente la fecha. En aquel entonces los días transcurrían o muy rápido, o muy lento. Eran tiempos de guerra, por lo que es completamente posible que no recuerde el momento exacto. A pesar de eso, una vez al año, InuYasha se aleja de la aldea y se aísla en medio del bosque. Desaparece en medio de la graba verde de los árboles, se mimetiza entre las ramas y, por segundos, pareciera que deja de existir.

Pero solo son segundos. Al instante siguiente, en medio de mis dudas, su presencia vuelve a flotar en mi rededor. No tan cerca como en otros días, pero siempre expectante. Entonces, yo me permito una sonrisa, esperando, sabiendo. Y respeto su huida del mundo por el transcurso de esas únicas veinticuatro horas, anhelante de volver a estrecharlo entre mis brazos a la mañana siguiente. Resignada a embriagarme por el aroma de las flores que ha recogido y que han impregnado su haoir hasta mezclarse con el olor a sudor y tierra de su cuerpo.

No puedo mentir. Las primeras veces sentía la desolación tragarme. Evitaba llorar frente a una sonriente y feliz Sango, quien jugaba con sus niños y acariciaba su redondeando vientre con una mano. Con el paso de los años, entendí que una parte de él me abandonaba ese día para ir a reencontrarse a sí mismo. Pero que, luego de aquella catarsis, no quedaba más que retornar a los brazos que le anidarían en la calidez de un confortable hogar. Siempre, siempre fue así.

Posteriormente, comencé a sonreír al percatarme de que sus ojos, su presencia, aunque nimia, no desaparecía del viento que jugueteaba a mi alrededor. Pero por escasas milésimas de segundos, InuYasha se desdibujaba, alejándose.

Pero vuelve. Y allí está otra vez. Observándome. Y yo sonrío nuevamente, reincorporándome del césped luego de cortar la hierba exacta para curar la alergia de uno de los pequeños de Sango. Y se acerca, quizás preocupado al verme sobar la parte baja de mi no muy pronunciado vientre; el bebé se ha decidido por dar un saludo de buenos días.

Y fijo mi mirada donde sé que se encuentra, exactamente sobre una rama. Y pinto en mis facciones una mueca tranquilizadora, pero a la vez, desesperada. Muy, muy en mi interior, desesperada.

Pero él entiende la primera parte de mi mensaje, y se aleja nuevamente.

Porque InuYasha, una vez al año, se desdibuja en medio del viento. Perece en medio de la hierba hasta retirarse de este mundo. Y yo le espero, paciente, pero a la vez ansiosa.


Sus dedos cálidos y perfumados de olores verdes inician una caricia desde mi mentón rumbo a mi mejilla. No puedo evitar suspirar. Sé que está sonriendo, y me fascina que lo haga porque aquello es signo de que ha vuelto a ser mío luego de pertenecerle al viento. He vencido silenciosamente una vez más, y la paz que se extiende dentro de mí es suficiente para que vuelva a suspirar.

—Está amaneciendo, dormilona —susurra. Su voz es grave pero llena de ternura—. Es hora de levantarse.

La caricia de sus dedos es ahora una caricia plena, de piel, yemas y manos que descienden por mis hombros. Percibo como su rostro se encuentra junto al mío, la cercanía tan íntima que siento sus pestañas rozar mis mejillas. Sus labios besan mi cuello muy suavemente.

—Hmm, un poquito más —ronroneo, adormilada. Él esboza una sonrisa, y entonces es su boca la que busca a la mía, y son mis brazos los que se enredan a su cuello. Y somos dos. Él y yo estrechándonos, besándonos como si pudiésemos ser solo yo. O solo él.

Un último roce de sus labios deshace el contacto, y me siento enrojecer al suspirar alegremente. Sus brazos alrededor de mi cintura me transmiten la tibieza de un cálido día soleado. Y sus ojos, fijos en mí, descienden hasta topar con la pequeña curva de mi vientre. InuYasha sonríe. Esa sonrisa que jamás vi antes, y de la que soy testigo desde que un pequeño pedacito de él comenzó a crecer en mí.

—Ojalá sea una niña —murmura, levantando su mirada ámbar nuevamente rumbo a mis ojos.

—Ojalá no tenga tu carácter —bromeo, sin poder evitar sonreír.

La risa que escapa de entre sus labios es suave, contagiosa—. Apuesto a que será igual a mí.

—Por favor no —resoplo, frunciendo los labios.

—Lo será —sentencia él, deslizando la palma de sus manos sobre mi pequeño vientre—. Y sabes que te encantará tener dos mini InuYasha solo para ti. Admítelo.

A veces es tan engreído que me dan ganas de patearlo. Pero me quedo únicamente en las ganas—lo que no quita que pueda hacerlo sentar una o dos veces en algún futuro cercano—. Pero sí, tiene toda la razón del mundo. Y resoplar ya no es suficiente para demostrar el desacuerdo conmigo misma por haber perdido frente a él una vez más.

—Si es niña no le pondremos InuYasha.

Él ríe, como si lo que acabara de decir fuera obvio—y es que lo es—. Mueve su cabeza de un lado a otro, negando ante la barbaridad de mis palabras.

—Sigues siendo una tonta, Kagome.