Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son obra maestra de Stephenie Meyer, yo sólo los tomé prestados para que protagonizaran esta historia.

Este capítulo contienes escena rating M.

Susurros al viento

Capitulo 3.

Mientras Edward arrancaba el auto para ir a buscar a Bella comenzó a recordar el día que conoció a esa mujer capaz de poner su mundo de cabeza sin ningún remordimiento.

Dos años atrás

Edward manejaba su Aston Martin negro con la intensión de ir a buscar a su hija para que pasara el fin de semana con él; en el año que llevaba de divorciado habia tenido que contar los días que faltaban para pasar dos miserables días con su hija, le tocaban dos fines de semana al mes y quince días en vacaciones, era lo único que lamentaba del divorcio.

Si había aguantado un matrimonio desastroso por ocho años solo por su hija, ella no tenía la culpa de los errores de sus padres. Aunque fue el resultado de un condón roto Edward asumió la responsabilidad y amo a su hija desde el mismo momento que supo que venía en camino.

Edward pensaba en los planes que tenía con su hija para ese fin de semana cuando vio en el camino a una adolescente de melena castaña manejando una bicicleta por el carril de los ciclistas, no pudo evitar reírse cuando observó que la bicicleta era igual a la de las muñecas Barbie de su hija, y hasta pensó en comprar una igual a su hija, era rosada con una cesta blanca en el manubrio.

Estaba riendo al imaginarse a su hija en una bicicleta igual cuando un motorizado apareció de la nada rebasándolo justo en el momento que un carro venía por el canal contrario haciéndolo maniobrar hacia el canal por donde circulaba la joven.

Edward detuvo el auto con el corazón latiendo aceleradamente porque vio cómo su coche golpeaba a la joven de la bicicleta por culpa de ese malnacido e irresponsable motorizado. Se bajó del coche y corrió a auxiliar a la joven que estaba en el piso a unos pasos de la bicicleta en posición fetal.

El cabello cubría su rostro y Edward notó que la joven agarraba su brazo izquierdo con su mano derecha mientras se estremecía, la posición de ella era una imagen impactante, algo en su interior se removió cuando la vio tan indefensa en el piso. Se acercó lentamente hasta que se arrodilló a su lado.

-Lo siento, el motorizado no tuvo cuidado de rebasarme justo cuando venía otro coche por el canal contrario – se excusó mientras intentaba auxiliarla, pero no se atrevía a tocarla por no saber qué tan herida estaba.

-Lo sé – gimió la chica después de tomar una respiración profunda -, escuché la moto acercarse y las bocinas de los coches – continuó hablando mientras soltaba su brazo y quitaba el cabello de su cara dejándolo completamente sin aliento al despejar su rostro –. Debí hacerle caso a Mike y a Bree y tomar un taxi, pero no, tenia que ser cabezota y tomar la bicicleta para sentir el viento – se quejaba en voz alta mientras hacía gestos de dolor cada vez que se movía.

-¿Qué te duele? – le preguntó después de tragar grueso y aguantar la risa ante el auto regaño de la chica.

-¿La verdad? El alma, eso me dolía antes de caerme y ahora me duele mucho el brazo izquierdo – le respondió la joven que tenía los ojos color chocolate más impactantes que había visto en toda su vida, también notó que no se trataba de una adolescente como había pensado en un principio, frente a él estaba una hermosa joven de más o menos la edad de su hermana, hecho que lo desconcertó más porque su hermana nunca a su edad utilizaría una bicicleta como medio de transporte y mucho menos en las calles de Nueva York. Edward negó con la cabeza tratando de alejar sus locos pensamientos y tratando de concentrarse en ayudarla.

-No sé cómo hacer para aliviar el dolor del alma, pero si sé lo que te ayudaría con el dolor en el brazo, te llevaré al hospital – le dijo sonriéndole para darle ánimo –. Ven, te ayudo a levantarte – ofreció mientras metía una mano debajo de su cuerpo con cuidado para que no hiciera movimientos bruscos pero de pronto se paralizó –. No debería moverte, más bien debería llamar a una ambulancia – reflexionó inmóvil.

-¡No!, una ambulancia no, por favor – le suplicó la joven mientras se estremecía y se aferraba a su chaqueta con su brazo derecho –. Solo es el brazo, lo sé, no tengo ningún otro hueso roto, te lo aseguro – le habló firmemente viéndolo a los ojos y convenciéndolo –. Solo hazlo rápido.

-¿Qué? – le preguntó desconcertado ya que se había perdido viendo sus ojos.

-El levantarme, un solo dolor, te lo aseguro, es mejor así a tener dolor en grandes cantidades por movimientos lentos – le explicó mientras tomaba aire repetidas veces preparándose para el dolor que le vendría con el movimiento.

-Lo dices muy convencida – bromeó tratando que se relajara.

-Te lo dice una experta, soy propensa a los accidentes y a las depilaciones con cera cortesía de mis amigas sin corazón – le contestó para después gruñir de dolor ya que él habia aprovechado que estaba hablando para levantarla en sus brazos -. ¡Puta madre, odio a los motorizados desnaturalizados y a los huesos que se rompen! – Gritó de manera inesperada logrando que él riera por lo absurdo de su exclamación, pero la entendía, su brazo no tenía buena pinta.

-Dijiste que no tenías huesos rotos – le habló tratando de distraerla de su dolor al verla morder su labio inferior con fuerza mientras pasaba el dolor por el movimiento.

-No tengo más aparte del brazo – jadeó la respuesta respirando de manera entrecortada mientras Edward luchaba para abrir la puerta del coche para sentarla. En algún momento lo logró y cuando la tuvo acomodada en el asiento se alejó para cerrar la puerta pero ella lo detuvo –. Por favor, mi bicicleta, no puedo dejarla allí, si no puedes llevarla conmigo entonces me quedaré allí con ella – le aseguró con los ojos brillantes por las lágrimas.

Edward estaba impresionado por su fortaleza, otra en su lugar estuviese llorando como una niña pero se contenía y su voz era completamente segura cuando habló de su medio de transporte.

-Es una bicicleta, te compraré otra para compensar el daño de ésta – le dijo viéndola fijamente a los ojos hasta que ella entrecerró los suyos.

-No quiero que me compre una bicicleta nueva, quiero esa, allí toda torcida como la ve, esa bicicleta para mí vale más que este coche, por favor – le susurro lo último con mirada suplicante –. Fue un regalo de mi padre – le explicó y algo dentro de él le dijo que de verdad la bicicleta ahora inservible le era de mucha estima.

-Tranquila, no la dejaremos allí – le aseguró antes de cerrar la puerta y dirigirse hasta la bicicleta, tomarla y luego guardarla en la cajuela de su auto, acto que le costó bastante ya que la cajuela de su auto no era muy grande para que la bicicleta entrara fácilmente.

Después se montó en el coche y con mucho cuidado arrancó camino al hospital más cercano.

-Bien señorita experta en huesos rotos, no he tenido la oportunidad de presentarme como se debe, mi nombre es Edward Cullen – le dijo rompiendo el silencio que se había instalado en el auto y sonriéndole de medio lado para deslumbrarla y así hacer que olvidara el dolor, pero ella solo hizo una mueca antes de responderle.

-Isabella huesos rotos – le contestó la chica sin darle mucha importancia a su intento de coqueteo y tratando de reprimir una sonrisa, logrando que él se riera de manera ruidosa por su fallido intento y el nombre absurdo que se había puesto.

El trayecto al hospital fue rápido y aunque intentó saber su nombre completo ella nunca dio su brazo a torcer y no le dio la información que le pedía, sin duda era alguien bastante cabezota.

Cuando le preguntó por su familia vio como el rostro de Isabella se ensombrecía y solo obtuvo como respuesta que estaban bien, que ya le avisaría a un amigo. Mientras luchaba por sacar su teléfono del bolsillo de su chaqueta para luego bufar sonoramente al darse cuenta que éste se había dañado en la caída, Edward le ofreció el suyo para que ella contactara a quien necesitara.

Al llegar a emergencia ella suministró sus datos y le indicaron que esperara unos minutos para ser atendida. Isabella sin ninguna vergüenza lo corrió del hospital, no sin antes asegurarse que dejara su bicicleta amarrada afuera. Pero si ella era cabezota Edward también lo era, y más cuando se sentía responsable del estado en el que se encontraba aunque ella le hubiese asegurado de que no fue su culpa.

Sintió su teléfono vibrar en su bolsillo y se disculpó con Isabella antes de tomar la llamada, para descubrir que era su hija preocupada de que todavía no hubiese llegado a buscarla. La había tranquilizado diciéndole que había surgido un imprevisto y que buscaría la manera de que alguien pasara por ella.

Esa llamada le dio pie a Isabella para seguir insistiendo que se fuera a hacer lo que fuera que iba a hacer, pero Edward se mantuvo en su posición y cuando indicaron su nombre para ser atendida se hizo pasar por su esposo para que le permitieran estar a su lado, ganándose una mirada envenenada por su parte pero las preguntas del doctor que la estaba atendiendo salvaron a Edward de la réplica de Isabella.

A Isabella se la llevaron para tomar unos rayos X de su brazo y él aprovechó ese momento para ir hasta la tienda de regalos del hospital para comprarle algo a Irina y calmar su molestia por haberla hecho esperar y de paso incumplir su palabra de que sería él quien la pasara buscando; había conseguido que Alice la pasara buscando y la llevara a casa de sus padres y eso imaginaba que no tenía nada contenta a su hija.

En la tienda vio un pequeño ramo de flores, y no pudo dejar de seguir el impulso de comprarlas, eran margaritas amarillas y le llamaron la atención por su vistosidad. Esperaba que el detalle alegrara a Isabella. Pero cuando llegó hasta el box donde la tenían escuchó que ella discutía con alguien, no podía distinguir si era un hombre o una mujer hasta que gritó el nombre de Mike exasperada, por lo visto en su ausencia había llegado su amigo y Edward se sintió por primera vez inseguro sobre pasar a un sitio hasta que escuchó al amigo de ella hablar y se atrevió a hacerlo.

-Ahora tendrás que aguantar mi presencia en tu recuperación o llamaré a Bree y sabes que ella no será delicada contigo, yo soy mejor amiga que ella para cuidarte. – Edward vio que le aseguraba un muy amanerado Mike señalándola con un dedo mientras su otra mano estaba en su cadera.

Él se aclaró la garganta logrando que Mike saltara gritando como niña causando la risa de Isabella y del propio Edward, pero la risa de ella llegó a su fin en cuanto vio las flores que tenía en su mano transformando su cara con un gesto de dolor.

-No me gustan las flores – susurró mientras cerraba los ojos fuertemente –. Las flores son para los muertos – terminó sin abrir los ojos dejándolo paralizado hasta que se aclaró la garganta.

-Tranquila, Isabella, son para mi madre que en este momento está cuidando a mi hija – le respondió y vio como ella soltaba el aire que tenía retenido y abría los ojos lentamente.

-Gracias, Edward, pero como verás ya no estoy sola, ya puedes ir por tu hija, no quiero causarte más problemas con ella ni con tu esposa – le dijo y él se sintió impotente al no tener cómo rebatirle su punto que ya no estaba sola y que su hija lo esperaba, pero si tuvo la necesidad de aclararle que era divorciado –. Te presento a mi amigo Mike. – Edward extendió su manos estrechando la del otro hombre que trataba de no hiperventilar.

-Edward Cullen, y solo como información, soy divorciado y ya que no te quedarás sola, iré por mi hija. Aquí tienes mi tarjeta, cualquier cosa que necesites, no dudes en llamarme – le pidió intentando nuevamente con la sonrisa de medio lado pero solo tuvo como resultado que ella bufara y que su amigo riera sin pudor.

-Te recomiendo que te sientes a esperar la llamada de la señorita en caso de que necesite algo – aseguró Mike y Edward solo pudo reír.

-Gracias por la información, espero que te recuperes pronto- se despidió de de ambos con una inclinación de cabeza y salió del box, no quiso agobiarla más después del intento fallido con las flores, una vez afuera no pudo evitar escuchar al amigo de Isabella hiperventilar.

-¡Bella, te aseguro que ese hombre tiene la vacuna perfecta contra tu mal! Lástima que sea cien por ciento heterosexual porque en caso contrario me lo llevaría al infinito y más allá. – Edward reprimió la carcajada ante la efusividad del amigo de Isabella y salió del hospital con una sensación extraña en su pecho.

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Salió de sus recuerdos justo en el momento que aparcaba fuera de la casona Swan donde estaba su esposa. Él sabía que ese era su refugio predilecto.

Mientras Edward llegaba a casa de Bella, ella también recordaba el día que lo conoció, Emmett la había llamado para prácticamente despedirse de ella por tiempo indefinido, su misión comenzaba y no tenía permitido mantener contacto alguno con ella, cualquier novedad él se la haría llegar por medio de Jacob, el esposo de su amiga Leah, militar al igual que Emmett.

Ese día ella se sentía completamente sola en la vida, no tenía la certeza de que su hermano regresara con vida y todavía hoy el miedo le acompañaba cada vez que veía a Jacob llegar.

Edward fue muy amable con ella, un hombre muy atractivo de paso, pero en ese momento no era capaz de ver más allá de eso, las flores con las que él entró al box donde la tenían fueron un recordatorio del destino de sus seres queridos, el vacío que se adueñaba de su vida y que no deseaba sentir más, por eso había decidido alejar a todos de ella.

Bella no escuchó más el sonido del coche y se asomó a su ventana. Edward estaba allí, como siempre luchando contra su deseo de estar sola, desde su segundo encuentro fue así, no importaba lo mucho que ella se esforzara en alejarse de él, siempre la alcanzaba.

Bella suspiró alejándose de la ventana después de verlo dentro de su coche y se dejó caer pesadamente en la cama, esperando que él entrara por esa puerta, como lo hizo desde la primera vez que ella se entregó a él.

Edward suspiró y cerró los ojos con fuerza cuando el recuerdo de su segundo encuentro lo hizo reír, nunca imaginó que dos meses después volvería a tropezar con ella en un café de los alrededores de Central Park. El resultado del encuentro fue Isabella bañada con su té helado, la bebida de Edward se derramó en el pecho de ella endureciendo sus pezones y dejando unos muy apetitosos senos bastante expuestos por la humedad de su camisa blanca.

-Entiendo tu emoción al verme, Edward, pero hay otros métodos para endurecer mis pezones – le dijo ella mientras se estremecía y soltaba el suéter que amarraba en su cintura y lo pasaba por su cabeza para cubrirse el pecho –. Deberías buscar mejores técnicas para atrapar a las mujeres – se burló antes de salir y dejarlo en medio del café completamente paralizado y con una erección que atender.

Desde ese día ella se convirtió en su obsesión, ya no se trataba de la mujer que había atropellado, ahora se trataba de una mujer que fue capaz de dejarlo parado en un café en pleno Central Park con una erección. Edward golpeó su cabeza contra el volante al darse cuenta que ella seguía teniendo el mismo efecto en él.

Dos semanas después de haberla bañado con su té, descubrió y entendió su recelo de revelar su identidad, la encontró en un baile de beneficencia representando la fundación de protección a la mujer maltratada que ella dirigía.

Nunca imaginó que la mujer que había atropellado se trataba nada más y nada menos que de Isabella Swan, la hija del fallecido Charlie Swan, reconocido empresario que se vio envuelto en el escándalo por una estafa que fraguó uno de sus socios para despojarlo de su empresa causando su muerte.

A su deseo se sumó también la admiración por esa mujer, admiración que cuando por fin pudo amanecer con ella entre sus brazos, supo que no podría dejarla ir porque se había enamorado de ella.

Y ahora estaba realmente jodido porque sabía que no sería fácil que ella lo perdonara, aunque no sería imposible, él estaba seguro que ella lo amaba y eso era un punto a su favor.

Salió del coche y fue hasta la entrada principal agradeciendo internamente el mantener siempre una copia de la llave de la casona consigo y haber memorizado la clave de la alarma.

Entró en silencio y sin encender ninguna luz subió las escaleras en dirección a la habitación de Bella.

Abrió la puerta lentamente y se encontró con unos ojos chocolates observándolo fijamente desde la cama acostada de frente a la puerta de su habitación.

-Creí que te encontraría dormida – susurró mientras entraba y cerraba la puerta detrás de él.

Isabella negó mientras se sentaba sin despegar los ojos de él.

-No fuiste nada silencioso, sentí el coche – le respondió.

-Lo siento – dijo llevando sus dos manos a su cabello jalándolo con frustración mientras se acercaba a la cama.

-Eso lo sé, pero lo que quiero saber ahora es, ¿qué haces aquí? – le preguntó sin moverse de la cama. Edward rió con amargura mientras negaba frustrado.

-Vine a buscar a mi mujer – le respondió sentándose junto a ella

-¿Tu mujer, Edward?, ahora soy tu mujer – replicó y bufó negando con la cabeza -, pero hace unas horas fui solo tu instrumento para descargar tu frustración – le reprochó logrando con eso que él frenara su impulso de tomarla entre sus brazos.

-Lo siento, yo no quería… - intentó defenderse aunque sabía que Bella tenía mucha razón de estar molesta con él.

-Ese es el problema, Edward, no querías, sentí que me buscaste para evitar una discusión pero ya no puedo soportar esta situación – le explicó mientras seguía negando repetidamente con la cabeza y se levantaba de la cama alejándose de él.

-Bella por favor – le suplicó mientras sentía que la distancia se instalaba entre ellos.

-¿Por favor, qué, Edward?, me cansé, de luchar, de pelear contra la empresa, contra Rosalie y sus ataques; contra Irina y su falta de respeto. Soy una mujer que está a punto de terminar su carrera por fin, en dos días defiendo mi trabajo de grado para de una maldita vez recibir mi título de trabajadora social y tú ni siquiera lo sabes – le reclamó clavando un dedo acusador en su pecho para después alejarse nuevamente, estaba cansada de luchar sola contra todos, había dejado muchas de sus prioridades a un lado por él, y ahora sentia que había llegado el momento de retomar el control de su vida.

Edward se sintió como el peor de los hombres al escuchar esas palabras, ella tenía toda la razón, la había descuidado por completo, dando por sentado su amor hacia él sin siquiera tomarse la molestia de alimentarlo y cuidarlo. Ni siquiera había dado importancia al hecho de que ella retomara sus estudios, para él fue un alivio porque así estaría ocupada y no reclamaría su atención cuando estaba más ocupado en la empresa.

-¿Por qué no me lo dijiste? – le preguntó perplejo causando un estallido de frustración en ella.

-¡Porque maldita sea, nunca me dieron una maldita audiencia para que pudiese hablar con mí esposo mientras estabas en la oficina, y cuando por fin llegabas a tu casa te encerrabas en tu jodido despacho hasta la madrugada! Claro, eso cuando no salías de viaje – le gritó Bella mientras levantaba los brazos exasperada y se alejaba más de él, le parecía absurda toda esta situación ¿cómo no había sido capaz de ver todo lo ella soportaba por él?

-Tú no necesitas una audiencia para verme ¡por Dios! Eres mi esposa, y eso lo sabe todo el mundo, eres importante para mí al igual que Irina – espetó tratando de contener la furia, en su oficina comenzarían a rodar cabezas.

-Edward, no, no se trata de qué o quién es más importante en tu vida, sé que el proyecto es importante, sé que tu hija debería estar por encima de todo, pero no estoy dispuesta a aguantar una humillación más, ni de ella ni de Rosalie. Edward has pasado por alto muchas cosas, y aunque sé defenderme muy bien ya me cansé; me cansé de pelear con ella para poder estar con mi marido, para robarle a ella unos minutos, me he sentido como la amante miserable que se las ingenia para pasar unos minutos… odio eso, ¡me cansé de ser miserable! – declaró Bella casi sin aire y dejándose caer al otro lado de la cama con la cabeza entre sus manos.

Sentía que se ahogaba, se reprochaba el haber soportado tanto tiempo esa situación, sus padres le enseñaron que nunca se dejara intimidar por nadie, que no dejara de luchar por lo que quería, y ella había fallado estrepitosamente, abandonó su carrera apenas se casó con él, lo único que no abandonó fue la Fundación de ayuda a la mujer maltratada, todo por él ¿y ella qué?

¿Cómo podía vivir con la sensación de que él se olvidaba de ella? ¿Sería capaz de ver lo cansada que estaba de estar sola aun cuando se encontraban viviendo en la misma casa? Sentía que podría enloquecer en cualquier momento si no retomaba el control de su vida, siendo libre en el sentido de no depender de él para ser feliz.

Él se levantó de donde estaba y caminó hacia ella y se dejó caer de rodillas a su frente.

-Bella, ¡por Dios! – exclamó tomando el rostro de ella entre sus manos – el único miserable aquí soy yo, y soy tan jodidamente miserable que vengo aquí a pedirte perdón porque no quiero perderte, porque de solo imaginar que ya no estés en mi vida hace que me falte el aire, por favor – suplicó mientras se acercaba a sus labios, sediento de ellos, necesitado de sentirla y de hacerle olvidar todo el dolor que albergaba en su alma –. Por favor – volvió a susurrar antes de besarla, demostrando en ese beso lo mucho que la amaba.

-No – jadeó tratando de mantenerse firme pero los labios de Edward nublaban sus pensamientos, logrando que se olvidara de luchar.

Él poco a poco la fue acostando en la cama, esa cama donde la había convertido en una mujer, su mujer.

Bella intentó negarse pero era una batalla perdida cuando sentía sus labios en los suyos, el simple toque de su piel le hacía sentir fuego recorriendo sus venas, ella lo amaba y a la vez odiaba ser tan vulnerable ante su ser.

Edward acariciaba cada rincón de su cuerpo borrando todo pensamiento en ella, tanto así que no se dio cuenta del momento en que ambos se despojaron de sus ropas, sus cuerpos estaban enredados, piel con piel.

Ya no tenía sentido luchar, ella se rindió y se dejó hacer, se permitió sentirlo, lejos de cualquier pensamiento. Mientras ella se abandonaba a sus caricias él se esmeraba en demostrarle lo mucho que la amaba por medio de su toque, sus caricias hacían que ella temblara y él sentía el fuego consumiéndolos, no podía perderla, su amor iba más allá de todos los obstáculos que se interpusieran en su camino. Se posicionó en su entrada mientras buscaba su mirada, cuando sus ojos se conectaron pudo ver la necesidad de ella en los suyos.

Ella deseaba que él viera en sus ojos su necesidad de más, no solo caricias en momentos de crisis, quería volver a encontrar en los ojos de él, aquel hombre que la enamoró, que la convenció de que un "nosotros" valía la pena, ese rayo de luz en la penumbra que envolvía su vida.

Edward no pudo reprimir un estremecimiento al ver la necesidad en los ojos de ella, no imaginó nunca el infierno que la estaba haciendo pasar, y deseaba borrarlo por completo, la haría arder de pasión demostrándole lo mucho que la deseaba y amaba.

Bella vio el fuego y determinación en los de él, no tenía sentido negarlo, la verdad estaba dicha, y de parte de ella no le negaría otra oportunidad, solo rogaba a Dios o a quien fuese necesario que valiera la pena.

-Te amo, perdóname – le pidió él en el momento que comenzaba a entrar en ella de manera lenta, prolongando el placer, y cuando por fin su cuerpo lo acogió por entero comenzó la entrega de manera lenta, con adoración de parte de él y aceptación de parte de ella. Los gemidos de ambos comenzaron a inundar la habitación, no hacían falta palabras cuando sus cuerpos se encontraban, ni tampoco los gritos para que no existieran dudas de la pasión, eran dos amantes casi silenciosos en ese momento.

Bella se aferró a la espalda de Edward, necesitaba que la abrazara fuertemente, en cuerpo y alma, esos brazos que la acunaban cuando soñaba con una vida feliz juntos, aunque la realidad fuese un cuento de horror.

Cuando estaba llegando al clímax sus uñas arañaron su espalda como acto reflejo del inmenso placer que le estaba dando cuando comenzó a besar sus senos.

-No me lastimes, por favor – jadeó ella rendida ante la verdad de que en ese momento no podría escapar de ese amor, aunque se sintiera caminar sobre un campo minado.

Edward estaba sediento de ella, con sus senos en sus labios los succionaba con fervor mientras sentía cómo el placer de ella aumentaba, él estaba para adorarla, amarla, y eso fue lo que hizo por largos minutos, darle placer y entregarse en la misma medida que ella se entregaba a él

-Bella, perdóname, te lo suplico – gimió en su oído para después seguir bebiendo de su pecho.

Edward se sintió cerca de su orgasmo al sentir las paredes internas de Bella aferrarse a su pene, las uñas de ella le arañaron la espalda y su cuerpo se arqueaba a causa del placer. Así tendría que haber sido hace unas horas, el placer de Bella sobre el de él, y por una cadena de errores casi la pierde, de ahora en adelante se encargaría de hacerla feliz.

Bella no pudo reprimir un largo gemido cuando llegó al clímax arrastrandolo con ella al éxtasis, dejando el cuerpo de ambos temblorosos ante la intensidad del placer vivido.

Cuando lograron controlar su respiración, Edward salió de ella con renuencia, no quería abandonar su cuerpo y sentirse vacío de nuevo, pero no quería ahogarla con su peso y él estaba agotado para mantenerse mucho más tiempo sosteniendo su peso. Se acostó a su lado y la acercó a él enredando sus piernas.

La observaba en silencio y agradeciendo al cielo que ella lo hubiese perdonado, mientras ella seguía convenciéndose que valía la pena luchar por él. Solo esperaba no haberse equivocado.

Después de unos minutos Bella rompió el silencio.

-¿Cómo está Alice? – Le preguntó por su hermana, Isabella era así, siempre preocupada por todos aun cuando su vida estuviese de cabeza.

-Bien, después de conversar con ella y James logré entender su decisión y estuve a su lado cuando le informó a los invitados la cancelación de la boda, y después hablé con Irina – le respondió y sintió como ella se tensaba momentáneamente –, pero eso ya lo hablaremos mañana, es hora de descansar, además que estás invitada a pasar el día con ella y conmigo.

-Edward, no puedo, y no lo tomes como un rechazo – le aclaró cuando lo sintió tensarse a él – debo prepararme bien para la presentación de mi trabajo de grado…

-Cierto, entonces lo pasaremos en casa ayudándote – resolvió determinado a pasar el día con su hija y su esposa.

-En ese caso Irina tendrá razón de molestarse conmigo por quitarle un día especial de paseo con su padre. Sal con ella, recupera el tiempo perdido, yo me reuniré con ustedes para la cena – le propuso y Edward se admiró una vez más de su mujer.

-Gracias. – No había mejor palabra para expresar lo que sentía en ese momento, ella sin palabras le estaba otorgando una segunda oportunidad a él y a su hija.

Isabella suspiró repitiéndose internamente que ésta vez todo sería distinto, que ahora todo funcionaría… al menos eso era lo que ella esperaba, en caso contrario, tendría que soportar a Bree diciéndole "Te lo dije".

=:=

Muchas gracias por sus reviews, alertas y favoritos, me disculpo por no haber respondido todos sus reviews pero ando castigada sin Internet en casa =(

Chicas, debido a que mi tiempo se limita bastante en esta fecha por el trabajo en mi oficina como en mi casa, no garantizo que pueda actualizar semanalmente como tenia planeado en un principio, lo mas seguro es que las actualizaciones sean cada quince días, esperemos que el tiempo sea bondadoso conmigo XD.

Gracias a mi Beta querida, Betzacosta, por aguantar mis crisis de ansiedad XD

Te quiero amiga ;D

Un agradecimiento especial a mi amiga Lakentsb, por su orientación psicológica en estas semanas de locura, besos XD

Las quiero

Gine ;D