Hola! Eh querido hacer este fanfic porque me a gustado y espero que los pueda complacer ;3 pero antes debo decir algunas cositas

Nota 1: el fanfic no me pertenece solo quise hacer esta adaptacion porque es un gran fanfic que eh leido en toda mi vida me encanto demaciado y espero que les guste

Nota 2: el fanfic tiene temas muy delicados como la brujeria, violacion, zatanismo y esas cosas si lo quieren leer abtenerse

Nota 3: tiene un OoC con respecto al personaje de Sesshoumaru pero con Kikyo no porque para las personas que no leyeron el manga les digo que de hay saque su personalidad

Nota 4: quiero hacerle un pequeño honor a la creadora de este hermoso fanfic mi tia hermosa y adorada SessKagome and Shade Shaw ella misma me dio permiso de hacerlo y esta encantada espero que te guste como me quedo la adaptacion tia hermosa 3

Nota 5: para los que quieran leer el original aquí les dejo el link s/7883699/1/Servant_of_Venomania, sin mas nada que decir disfruten del hermoso fanfic :3

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Cada vez que sientas que la tristeza llegue, déjala entrar a tu vida, que solo así aprenderás a ser fuerte.

Los leves rayos de la luz del sol eran lo único que mas o menos iluminaba aquel desolado paisaje; aun a la temprana hora una densa neblina había rodeado el lugar y la temperatura había bajado bastante. Era un día sumamente triste para el pintoresco pueblo de Matsue, que ya estaba sufriendo las consecuencias del otoño, con las últimas cosechas del verano ya empezando a perderse. Algunas veces se oía, distante, el sonido de los cuervos y urracas sobrevolando los amarillentos campos de trigo, ya convertidos en maleza podrida.

El joven InuYasha Taishou corría por el suelo sin pavimentar del bosquecillo que se alejaba del pueblo y conducía al hogar del señor feudal de esta tierra, y también, su amo: El duque de Venomania, un hombre joven, heredero de un cuarto de millón de piezas de oro. Corría tanto como sus piernas se lo permitían. Si llegaba tarde otra vez, su amo podría castigarle y ya había entendido suficiente con los 2 latigazos que le propino en la espalda cuando había olvidado echarle azúcar a la taza de té una tarde.

Pronto divisó los ventanales de una edificación extremadamente lujosa y bien cuidada, medio oculta entre el bosque y un lago, lo que la hacía difícil de ver, a no ser que lo vieras desde las montañas. InuYasha sacó una llave y abrió la alta reja negra que custodiaba un amplio y elegante jardín lleno de cedros y rododendros, entre los cuales paseaban ufanos pavos reales y faisanes. Subió las escaleras de piedra y abrió la pesada puerta. Entró al vestíbulo con las suelas de las botas llenas de barro y con flato en un costado, como si tuviera un cuchillo enterrado entre las costillas, pero no podía esperar a que se le pasara.

El oscuro vestíbulo, apenas iluminados con velas recostadas en la pared, estaba tapizado de una lujosa tela morada oscura. Finalmente penetró en una enorme sala, también tapizada de la misma tela morada, con una chimenea tan grande como para asar un buey; en las paredes había cientos de objetos bañados en oro y plata, cuadros exquisitos y tapices. En un amplio sillón descansaba Naraku, con la cabeza apoyada en una mano, con los ojos cerrados, como si aparentara dormir.

― Casi llegas tarde... otra vez.

― Le ruego que me perdone, mi señor-respondió InuYasha haciendo una reverencia― .Tenia que hacer un recado a...

― Si, si. Ya se a donde estabas, tonto sirviente― le interrumpió Naraku con aburrimiento― .Pero eso no justifica que llegues tarde... Lo descontaré de tu sueldo y aras horas extras― sentenció mientras tomaba una copa de vino medio vacía y terminándola de un solo sorbo―; ¡Ah, si! InuYasha prepárame a Midoriko y a Kagome para esta tarde ¿quieres?― le pidió a InuYasha, sonriendo de manera morbosa y relamiéndose los labios. Los ojos negros del sirviente se ensombrecieron―. Ya puedes retirarte.

― Si señor...―repuso InuYasha; haciendo otra reverencia y retirándose a otra habitación. Bajó las escaleras de madera que daban a la parte mas baja de aquel palacio, donde estaban las "huéspedes" para traerle a su amo las mujeres que deseaba para hoy.

InuYasha Taishou ya llevaba 8 años cumpliendo sirviendo en esa casa; y en esos mismos años aprendió a obedecer sin protestar ni hacer preguntas a su amo, aunque siempre se guardó para si, desde lo mas profundo de sus entrañas, una disimulada y muy bien justificada aversión:

El Duque Naraku Fujiwara bien podría parecer un señor feudal como cualquier otro, pero tenia un oscuro y retorcido secreto que hizo que InuYasha se santiguara muchas veces: En el sótano de su casa habitaban una cantidad escalofriante de mujeres, a las cuales el Duque hechizó de alguna manera, formando así su propio harem, cual Sultán de las Mil y Una Noches. Todas las mujeres usaban una vestimenta parecida: un ligero vestido amarrado al cuello, que dejaba al descubierto sus brazos y piernas, decoradas con rosas de diferentes colores, para deleite del Señor. Cada día y cada noche, Naraku escogía a la que se le antojara, llevándose de a una, de a dos, incluso de a 4, conforme le gustaran, y para cuando terminara de poseerlas, la dejaba por otra. Así siguió hasta entonces, con cada semana apareciendo otra mujer inocente para caer en las garras de Naraku. Nadie sospechaba del él, por supuesto, pues este, astutamente se hizo ver a la vista del pueblo como un justo y agradable señor feudal, carismático y generoso.

El trabajo de InuYasha como mayordomo incluía preparar a las jóvenes que el Duque apeteciera para ese momento y llevarlas hasta él; y luego, después de que su amo se halla hartado, las devolvía a sus habitaciones. Era un trabajo horrible y desagradable, pero Naraku logró silenciar a InuYasha, dándole una cantidad extra a su bolsa de piezas de oro mensual, o bien empezaba a insinuarle sutiles amenazas de despido. Era en esos casos que InuYasha dejaba de hacer preguntas y callaba.

Porque en realidad, InuYasha no tenia ningún lugar a donde ir.

Sus padres habían muerto ya hace mucho tiempo. Su padre nunca lo conoció ya que este murió cuando apenas el era un bebe, su madre murió de una epidemia desconocida que azoto al pueblo de Matsue de hace casi 10 años. Casi no recordaba (Ni quería recordar) esa época, en la que se olía y veía por todas partes la enfermedad, y diariamente cadáveres eran arrojados a fosas comunes del ya abarrotado camposanto. En esa misma epidemia hizo que su madre cayera presa y se postrara en cama, teniendo fiebre altísima y finalmente sucumbiendo a la muerte, pues él no era mas que un niño asustado, tratando inútilmente de controlarse y ser fuerte.

Fue llevado a un orfanato del pueblo, donde vivió con los otros niños y monjas cerca de dos años. Hay conoció a una hermosa niña llamada Kikyou de largos cabellos negros y ojos chocolates, que lo cautivo a primera vista, con el pasar del tiempo se hizo su amigo y confidente, juro protegerla de todos hasta de los niños busca pleitos de aquel orfanato. A mitad del segundo año llegaron noticias: InuYasha fue, "adoptado"por el Duque Naraku, quien lo apadrino y le dio trabajo como mayordomo en su elegante palacio, mientras que a la joven Kikyou fue becada para ir a un conservatorio donde entrenaban sacerdotisas en la región de Enbizaka a 5000 kilometros de Matsue.

El día de la despedida fue muy triste. InuYasha ignoraba cuanto tiempo duró abrazando a Kikyou, pero no le importó, pues quería conservar su esencia siempre. Kikyou lloró acurrucada en su pecho, pidiéndole que jamás la olvidara y que se mantuvieran en contacto. InuYasha se lo prometió con un beso en la frente y dándole el guardapelo que una vez su difunta madre uso en sus tiempos de vida, adentro tenia una pequeña foto de el y al costado, en relieve, las palabras: mi alma te pertenece

Hoy, 8 años después, InuYasha sentía la misma sensación de vacío y abandono que en el primer día. Se sentía incompleto sin su amiga Kikyou,sin su hermosa sonrisa y su actitud algo seria, pero generalmente dulce, su olor a campanillas y su risa de reguero de frutas. Esperaba con ansias la siguiente carta. Desde su partida, InuYasha y Kikyou se enviaban cartas de una región a otra, contándose como la pasaban y dejando en claro lo mucho que se extrañaban. Esta mañana, aprovechó la salida que su amo le daba una vez por semana de la casa para ir al pueblo, para dejar a la oficina de correos la siguiente carta:

Querida Kikyou:

Espero que estés bien.

Aquí enMatsueno se ha acabado el otoño y ya tengo que andar con la chaqueta y la bufanda puestas, por que si no parezco una estatua de cera; me muero de envidia: allá en Enbizaka debe de ser mas cálido que aquí.

¿Como te va en el conservatorio? En tu ultima carta dijiste que te habías convertido en una de las mejores sacerdotisas, gracias a tus habilidad, potencial y dedicación. Estoy orgulloso de ti. Hubiera dado un brazo para ir a verte, mi princesa.

¿Cuanto hace que no nos vemos? ¿8 años? A mi me parecen 8 siglos. 8 siglos eternos sin verte sonreír ni estrecharte entre mis brazos, te extraño muchísimo, amiga mia.

Espero con ansias la promesa del Duque de dejarme tiempo libre esta primavera para ir a visitarte, tanto así que ya tengo ahorrado cerca de 1000 piezas de oro para el viaje. ¡No puedo esperar para divertirnos!

Te quiere muchísimo,

Tu amigo InuYasha.

Cada vez que InuYasha dejaba la oficina de correos, se le escapaba el mismo gesto triste. Oh, cuanto daría por tomar alguno de esos carruajes y llevarlo a la tierra de esos monjes y sacerdotisas que era Enbizaka, para entrar al conservatorio, navegar entre las diferentes muchachas, hallar a Kikyou y estrecharla entre sus brazos para no dejarla ir nunca mas...

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Hace un ventoso día. Las mujeres están desayunando dulces manjares. Naraku no ha salido de su habitación. InuYasha pasaba la escoba por el salón estudio de su amo, una habitación agradable, llena de libros aquí y allá. Al sirviente le gustaba mucho esa habitación, ya que podía pasarse las horas leyendo alguna obra que le llamase la atención, después de haber limpiado. Era de esa manera que pasaba el invierno en el palacio, pues cuando era primavera y verano, a InuYasha le encantaba pasearse por la caballeriza del amo, sacar alguno de los corceles y dar una vuelta por el frondoso bosque.

InuYasha marcó cuidadosamente la página de una obra de Tennyson que lo tenía atrapado. Esos poemas lo hacían pensar en Kikyou, sentada en un tronco, cantando una hermosa melodía. Pasó el trapo por la mesa de trabajo de su amo, en la que se veía una pila de papeles ordenados. De pronto notó una hoja manuscrita doblada, asomada en una enciclopedia. La sacó, la alisó y la acercó a la vela.

Querido InuYasha:

¿Como has estado? Yo también te he extrañado, ¡y mucho!

El conservatorio es extremadamente aburrido. Solo hay reglas, reglas y mas reglas. Extraño esos días en que le jugábamos bromas pesadas provocándoles dolores de cabeza a las monjas en el orfanato, eran tiempos divertidos que pase a tu lado. Aquí ni siquiera puedo deslizarme por las barandillas de las escaleras sin que alguna de las sacerdotisas me regañen.

Pero ya no importa. ¿Sabes por que? ¡Estoy de vacaciones! Aprovecharé estas navidades para ir a verte en ese palacio enorme donde trabajas; ¡Ya quiero ver que tan grande es y ver en que podemos divertirnos! ¡Me muero por verte, amigo del alma!

Te quiere,

Kikyou Fujitaka.

InuYasha se quedó extrañado. Aunque estaba feliz por tener una carta de su amiga, pero había algo que no encajaba: "Aprovecharé estas navidades para ir a verte..." ¿Cuando Kikyou envió esa carta? Revisó la parte superior de la carta y se quedó helado: ¡La carta fue escrita dos semanas antes! Si sus cálculos eran correctos, (y no podía equivocarse, pues era bueno en matemáticas), considerando que el conservatorio estaba a 10 días de Matsue Kikyou... ¡debió de haber llegado ayer!

― ¡Kikyou!― exclamó InuYasha, muerto de la felicidad―. ¡Kikyou está aquí! –grito a los cuatro vientos.

InuYasha corrió por todos los corredores del palacio, abriendo las puertas de cada una de las habitaciones, solo encontrando a las demás amantes del duque, pero no había rastro de Kikyou; echó un vistazo a los jardines y no había señal de ella. Esperó en la puerta y nada. Después de varias horas, InuYasha empezó a sentirse abatido y desanimado. Quizás se había equivocado de fecha, pensaba mientras se recostaba boca abajo en la pequeña cama de su habitación, pero entonces...

― ¡InuYasha!― escuchó la voz de su amo, desde el interior de su habitación― .¡Ven aquí! ¡Necesito un té!

"El amo me llama" pensó InuYasha, levantándose de su cama y abrió la puerta. A continuación fue a la cocina y sirvió una bandeja con tazas de té y una jarra de leche.

Subió otra vez las escaleras, pero ya llegando a la mitad, de repente se detuvo, pensando en la carta de Kikyou... Ahora, si ese sobre era para InuYasha... ¿porque estaba entre los papeles del despacho del Duque...? Y también, ¿porque el Duque no ha salido de su habitación desde anoche...? Oh Dios... Le llegó un horrible presentimiento. Un escalofrío le atravesó la espina dorsal. Corrió rápidamente hasta el umbral de una puerta de caoba labrada que estaba cerrada. Con el corazón latiéndole a mil, InuYasha abrió la puerta...

Era una habitación inmensa, con amplios ventanales cubiertos de pesadas cortinas de color malva. La estancia estaba casi oscura, excepto por unos cuantos enormes velones que estaban apostados en la mesa de noche. A un lado estaba una enorme cama de color oscuro, con doseles transparentes en el techo al estilo medieval. En la cama estaban...

La bandeja del té cayó al suelo, rompiéndose en pedazos las tazas y la jarra, derramando el liquido por toda la alfombra.

Su amiga Kikyou, una muchacha de 17 años, de una tez de color blanco como la nieve misma, una larga y lisa cabellera negra y ojos chocolate hacian resaltar su belleza, estaba acostada boca abajo y con las piernas en alto entrecruzadas en la cama, completamente desnuda y bañada en sudor, jadeando pesadamente, con los ojos completamente cerrados. Su cabello negro caía desordenado a un lado de su cara, mientras una mano de largos dedos le acariciaban el trasero: Era Naraku.

InuYasha se quedó clavado en el suelo, completamente tieso, incapaz de creer lo que estaba viendo. Su... su adorada y hermosa amiga, a quien juró proteger de todo y de todos, hasta con su propia vida, se había convertido en otrade las adquisiciones del Duque. Y eso lo probaba la sangre presente en las blancas y revueltas sábanas, revelando su antigua condición de virgen...

― Kikyou...― susurro InuYasha, al borde de la absoluta desesperación―. Kikyou, no... No...

― ¡Sirviente inútil! ¡Arruinaste mi alfombra Soo-mi de 60.000 piezas de oro!―exclamó Naraku― ¿Sabes cuanto costaba, mocoso estupido? ¡Ni vendiéndote como un mugriento esclavo lograrías conseguir suficiente dinero para comprar una! Bueno... ― se pasó la mano por la cara y cambió su expresión de rabia a una sonrisa cruel, al ver la desolada cara del pelinegro― Te presento a tu amiga, InuYasha. Tuve la suerte de leer su ultima carta. Hace 4 horas que ha llegado a verte, y... bueno, semejante preciosidad apostada en mi puerta no podía desperdiciarse, ¿sabes...? Ahora retírate, ya que arruinaste mi merienda. ¿Continuamos, Kikyou...?

― Si, amo...― musitó Kikyou con voz ahogada y seductora, mirando a InuYasha, pero él no la reconoció en lo absoluto. Su voz y sus ojos no eran los mismos: Ha caído víctima del hechizo del Duque― .Tómeme... tómeme...hazme tuya todas las veces que quieras.

InuYasha salió corriendo del cuarto, con las lágrimas inundando sus mejillas y cayendo al suelo en su despavorida carrera. Entró en su habitación, cerrándola de un portazo, temblando de pies a cabeza. Aun desde allí se oían, los gemidos amortiguados de Kikyou y los desagradables jadeos de Naraku, poniendo sus asquerosas manos en la delicada piel de su amiga, profanándola, manchándola, envileciéndola... Kikyou ya no era mas Kikyou: Se ha convertido en otro de los títeres vivientes del Duque de Venomania solo para su maligno placer...

Caminó hasta el manchado y viejo espejo de cuerpo entero que estaba junto al armario. Vió su reflejo en él: Un joven de 18 años, de tez morena, ojos negros y cabello negro alborotado y largo . Usaba un típico traje de criado: una camisa blanca, chaleco y pantalón de color oscuro y una corbata gris. Su otro yo onírico le devolvía la misma expresión que él poseía: una mezcla de... horror, estupefacción, espanto, ira, rabia, dolor... y celos.

Cerró los ojos un momento, tratando de controlar la pedregosa respiración y los violentos latidos. Al volver a abrirlos, su amiga estaba al otro lado del espejo, donde brillaba el medallón en su cuello, sonriéndole. InuYasha le devolvió brevemente la sonrisa... estiró la mano para posar las yemas de los dedos en la superficie lisa del espejo, a la altura de la blanca mejilla, casi sintiéndolo de verdad... su media sonrisa se transformó en una mueca de conmoción al aparecer Naraku detrás de Kikyou, abrazándola por detrás, lamiendo su cuello y estrujándole los senos. La muchacha suspiraba complacida y echaba la cabeza hacia atrás...

― ¡NOOO...!― chilló InuYasha con voz desgarradora y por un momento logro ver sus ojos volverse color rojo. Golpeando la superficie del espejo con sus puños, así resquebrajándose y cayéndose a pedazos al suelo, desapareciendo así la horrible imagen, volando fragmentos rotos en todas direcciones, haciendo que algunas volaran a su rostro haciéndoles pequeñas heridas. InuYasha cayó de rodillas ante el destrozado espejo, preso de los espasmos, temblando violentamente, apretando sus manos que sangraban copiosamente y ahogándose vivo en sollozos...

― Kikyou... Kikyou...mi querida Kikyou― pronunciaba su nombre una y otra vez, sin poder creerlo―. ¿Por que...? ¡¿Por que, Dios, por que...? ¡¿Por qué tuvo que pasar esto?

InuYasha sollozó sin descanso ni consuelo, durante horas, jurando ver que en cada uno de los fragmentos rotos del espejo a su alrededor, se reflejaba la cara de su amo, riéndose de él, mientras jugueteaba con el cuerpo de su adorada amiga como si fuera un simple juguete...