Aclaraciones:

Este fanfic es un universo alterno basado en el mundo del libro NEVER LET ME GO de KAZUO ICHIGURO, el cual es un libro maravilloso y les aconsejo lo lean si es que les llama la atención ésta historia.

Los personajes con los que se narra la historia pertenecen a la creación de la maravillosa HOSHINO KATSURA, autora de la serie -man.

Los títulos de los capítulos son inspirados por las canciones de la banda HOT CHELLE RAE.

Mis agradecimientos a mi querida hermanita que hizo de mi beta para corregir mis errores.

Ahora sin más interrupciones, los invito a leer y a por favor dejar algún comentario para mejorar la narración de la historia, o ver si continuarla. Gracias.

WITHOUT YOU:

HEART

Es difícil pensar en un futuro, cuando se sabe cómo ha de acabar. Ésa era la situación de nosotros, los alumnos de la orden oscura, pero a pesar de ello, aún conociéndolo, nadie acababa por aceptar del todo nuestro destino, aun cuando sabíamos que no podríamos hacer nada contra este. Nuestro destino había sido sellado desde el momento en que nos habían traído a éste mundo. Yo mismo, aunque en el fondo era consciente de cómo todo iba a acabar –no era como si fuese algo que se pudiera evitar, ya que se nos recordaba a diario cuán importantes éramos, cuán diferentes a otros niños de nuestra edad que no fueran parte de la orden-, el tener conocimiento de ello no me impedía sonreír. No llevaba mucho tiempo en ése lugar, a diferencia de otros alumnos yo había sido transferido hacia poco, más bien, había sido abandonado en éste lugar por mi maestro, que a pesar de ser supuestamente mi cuidador, en lugar de protegerme lo que hacía era meterme en sus problemas, por lo cual para mí fue un gran alivio llegar a la orden.

El lugar era verdaderamente siniestro a los ojos de un extraño; un lugar frio y con muros grises de piedra, sin embargo para sus habitantes resultaba lo suficientemente acogedor como para ser llamado un hogar; durante mi llegada no había sido recibido con los brazos abiertos, sino por murmullos en los corredores, miradas mezcla de temor y desagrado y una en particular que incluso ahora con el paso de tantos años, no consigo descifrar. Fue esa mirada, fueron ésas dos orbes oscuras las primeras en acercarse a mí, por un momento pude ver en ellas una emoción tan fuerte que sus ojos parecían irradiar las llamas del mismísimo infierno, aunque en el cabo de unos segundos, se volvió tan fría como un iceberg. Ese chico de rasgos finos, sin dejar de ser masculinos era Kanda; quién a diferencia del resto, no dudo en acercarse a mi e incluso llegar a amenazarme con una katana. Antes mi maestro me había mencionado que en la orden oscura le otorgaban gran importancia a los deportes, gracias a los beneficios que éstos brindaban a la salud de los alumnos; yo mismo era bastante ágil y esperaba hallar lo mismo en los alumnos del lugar, sin embargo, no esperaba encontrarme con una persona como él. Apenas pude evadir su katana, preguntándome mientras gotas de sudor se empezaban a formar en mi rostro, cómo era que permitían a sus alumnos poseer armamento, siendo que la principal preocupación de la orden era la salud de sus alumnos. Trague saliva, suspirando aliviado al ver como una chica de dos coletas separaba al chico japonés de mí, sonrojándome un poco al pensar que siendo mi primer día en el lugar no había empezado nada bien.

Tiempo después llego el director de la institución con una sonrisa tan enorme que llegaba a resultar intimidante a pesar del tono bobalicón de su voz y la amabilidad de sus palabras. Se hallaba en mi propia naturaleza el desconfiar de las personas, en parte por la historia de vida que llevaba hasta ése momento. Creo que la infancia te marca irremediablemente e influye enormemente en como serás años después, en mi caso, incluso ahora conociendo por años y años a las personas que frecuento me es difícil confiar del todo, pero por aquellos años, ésta característica de mi persona estaba mucho más marcada y al mismo tiempo se mantenía mucho más oculta a los ojos de los demás. El director, Komui Lee, hizo su breve aparición para darme la bienvenida a la orden negra, la cual sería la única bienvenida que recibiría. Momentos después sería su hermana, Lenalee Lee, quien había resultado ser la chica que me había ayudado hacia unos momentos y también la que me guiaría mostrándome todo el lugar con una sonrisa cordial, escoltándome hasta mi cuarto para luego marcharse deseándome suerte. En aquel momento no comprendí porque la necesitaría, pero días después sus palabras comenzarían a cobrar sentido para mí.

Al ser un nuevo alumno no comprendía del todo como todo funcionaba en el lugar por lo cual cometí bastantes errores que tuve que pagar después, notando cuan diferente resultaba del resto, no solo por mi aspecto físico, sino por las diferencias que existían conmigo y los demás alumnos. A diferencia de ellos, yo me hallaba informado sobre de quién procedía mi cuerpo, cual era la ocupación de esa persona e incluso su nombre: Neah Walker, a pesar de ello y de manejar tanta información sobre mi procedencia a diferencia del resto, no tenía la menor idea de que ocurriría conmigo en el futuro; pero el resto de los alumnos no veía aquella desventaja, sino todas las diferencias que existían entre el chico nuevo y ellos. En primer lugar, debido a mi aspecto físico era imposible pasar desapercibido, por más que hubieran ocasiones en que lo único que deseaba era volverme invisible y fundirme con las paredes del lugar; mi cabello era blanco con reflejos platinados, mis ojos grises y mi piel pálida, con una cicatriz surcando la mitad de mi rostro, acabando en forma de una estrella de cinco puntas invertida; no resultaba una imagen muy común en aquel lugar –ni en ningún otro-, además de ello, estaban las condiciones diferentes en las que se me trataba; no es que hubiera diferencias en el trato de los maestros, pero yo, a diferencia del resto recibía a la enfermera en mi propio cuarto para la realización de los exámenes físicos de salud y poseía una pequeña habitación para mí mismo, mientras que ellos debían compartir cuarto entre tres personas lo que les quitaba la privacidad y debían pasar mucho tiempo haciendo fila para la realización del chequeo médico y de la enfermera, lo que despertó el inicio de su odio hacia mí.

Cada vez que caminaba por los pasillos se formaba silencio, mientras sentía miradas furiosas posándose sobre mi; por aquellos tiempos para evitarlo solía usar una chaqueta con gorro y caminar mirando hacia el piso, lo que no resulto muy bien, pues solía chocar contra los demás alumnos de la orden, dándoles con ello la excusa perfecta para golpearme y desquitar así parte de su odio hacia mí y de sus propias frustraciones. A pesar de ello y de todos los abusos sufridos de su parte, no guardo rencor alguno hacia ninguno de ellos, su forma de reaccionar, por muy ilógica que resultara, era más bien la mejor solución que podían encontrar para liberar la tensión con la que vivían día a día y el dejarme en el piso, les ayudaba a perder el temor que se ocultaba tras sus miradas, el temor a tener cercano a ellos algo distinto al resto. Se preguntarán que tenían en común los alumnos de la orden oscura, pues bien, en el lugar que me hallaba era el cuartel general de esta institución y en ella todos sus alumnos eran educados en las ciencias básicas y con mayor ahínco en las artes y deporte, ya que se pensaba, fomentaban la armonía y beneficiaban la salud de los alumnos, y la salud, como ya he dicho era lo principal en ése lugar, pues de ésta dependían las donaciones.

Las donaciones eran el destino inevitable de todos y cada uno de los alumnos del lugar al cumplir los dieciocho -y una vez hubieran finalizado su trabajo de cuidador- consistía en realizar su primera donación, a menos que fuera decidido por los altos mandos que tras cumplir con los requisitos, continuaran siendo cuidadores durante una mayor cantidad de tiempo, en éste caso, aplazaban el tiempo de sus donaciones mientras se encargaban de cuidar a los donantes. Eso era algo de lo que no se podía escapar, era parte del conocimiento general y sin embargo era un tema prohibido para todos sus alumnos, por un acuerdo mutuo y silencioso del que yo, como alumno externo, carecía de conocimiento, pero que no tardaría en aprender a la fuerza.

Durante una de las clases del maestro Tiedoll, éstas habían sido nombradas mientras éste realizaba un caluroso discurso sobre la importancia del arte como medio para mostrar nuestra alma, que era algo tan importante para las donaciones como lo era la salud de nuestro cuerpo, ya que sin el correcto equilibrio físico y mental no se podría conseguir éxito en éstas. Por aquel entonces solía escuchar el tema de las donaciones una y otra vez, y me sentía incómodo al notar que nadie hacia preguntas al respecto, por lo que asumí que todos debían estar enterados respecto a qué se trataban –y así era, en parte- por lo cual me arme de valor sin pensarlo dos veces, levantándome de mi asiento para preguntarle:

-Señor Tiedoll, he escuchado mencionar una y otra vez el tema de las donaciones, pero ¿Qué son las donaciones?

El maestro Tiedoll era uno muy querido dentro de la orden, no solo porque a todos les gustara la clase de arte y la oportunidad de crear con sus propias manos, sino porque el maestro era extremadamente amable y era visto para muchos, sino la mayoría, como una figura paternal; por lo que no tarde en notar mi error al sentir las miradas dirigirse nuevamente hacia mí, mirándome con furia como si hubiera dicho el peor de los insultos al maestro favorito del lugar. El maestro se conservaba apacible como siempre, soltando un suspiro, mirándonos a todos con cariño, aunque sus ojos demostraban algo de dolor.

-No se molesten con Allen-kun, supongo que todos se lo preguntan-murmuró, recorriendo los rostros de todos lentamente con la mirada, sin cambiar su expresión serena. – Ya se les ha dicho, que ustedes son jóvenes especiales, que deben poner mayor atención que a las ciencias a cuidar de su salud, también saben que esto tiene que ver con las donaciones, pues bien, hasta aquí no creo que tengan dudas. Respecto a las donaciones…-se mantuvo en silencio por un momento en el cual me atreví a observar a cada uno de mis compañeros notando como se tensaban para luego relajarse un poco y cuando pensaba que no seguiría hablando, recobro el habla-Se les ha dicho que comenzarán a hacerlas en su mayoría a los dieciocho años, mis niños, a partir de entonces comenzaran a cumplir con la razón con las que se les trajo a este mundo… y eso es que empezarán a donar uno a uno sus órganos vitales, hasta que…

El maestro volvió a callar, esta vez porque estaba llorando. Abrí los ojos sorprendido, siendo ésta la primera vez que veía a un hombre mayor llorar, aun procesando la información que se nos había entregado y comprendiendo recién entonces el porqué de ese acuerdo silencioso entre los demás de no tocar ese tema jamás. Me mordí el labio inferior al ver como el maestro anunciaba el fin de la clase y abandonaba la habitación, giré el rostro para ver al resto de mis compañeros, sintiendo un escalofrío recorriendo toda mi columna; parecía que todo el ambiente animoso de la clase se hubiera arruinado, el aire se sentía pesado y el silencio reinaba en el lugar, un silencio como el que sigue tras la muerte de una persona.

-Che, viejo idiota, no dijo nada que no supiéramos

Mire a Kanda sorprendido de verlo hablar, rara vez alzaba la voz para decir algo, mucho menos cuando el ambiente estaba tan silencioso como ahora, ya que parecía agradable y sin embargo, era él quien ahora cortaba de algún modo el ambiente de tensión, cuando en general esa era la función de Lavi, quien se hallaba curiosamente silencioso. El pelinegro dirigió su mirada hacia mí, mirándome por unos momentos para luego abandonar igualmente el salón, seguido de lejos por el pelirrojo que había vuelto a la normalidad y lanzaba gritos para hacer que el japonés lo esperara sin logro alguno en ello.

Entonces tenía catorce años y llevaba casi un año en la orden, a pesar de ser amable con todos no lograba entablar amistad con nadie, principalmente por las diferencias que existían entre nosotros. La diferencia que marcaba en gran parte el muro que nos separaba era que yo había estado afuera, mientras que ellos habían estado en la orden negra desde que tenían memoria, pero ellos no sabían que mis memorias de afuera eran más bien agridulces, aunque la mayoría de mi infancia la había pasado llena de abusos trabajando en un circo, hasta ser encontrado por Mana, el hermano de Neah, hasta que éste murió y fue entonces cuando quede a cargo de Cross, mi maestro, hasta llegar a la orden. Al igual que el resto de los alumnos de la orden, yo también había sido un experimento de la compañía Inocencia, que según me había dicho Cross, se encargaba de crear clones humanos de otras personas de grandes ingresos económicos, ya fueran científicos, figuras políticas, o famosos de la música y el cine, para que en caso de éstos tener algún tipo de accidente o de tener falla en algún órgano, brindarle los órganos compatibles que residían en nuestros cuerpos. En mi caso, mi cuerpo había sido diseñado para poder realizar un mayor número de donaciones que el resto, era un modelo de prueba simplemente, por ello tenia aquella marca en el rostro; por lo que sabía Neah había invertido mucho dinero para que fuera creado de ese modo y es que al parecer su hermano tenía múltiples fallas orgánicas, por lo que necesitaría varias donaciones en el futuro. Además de ello se encontraba su brazo izquierdo que siempre ocultaba debido a su coloración rojiza y aspecto deforme, eso había sido consecuencia de las mismas alteraciones que le habían hecho a su cuerpo en la compañía.

Mi relación con Kanda había sido desde el inicio diferente a la que tenía con los demás, de algún modo, siempre acababa metiéndome en problemas con él, ya fuera por ocupar su asiento en el comedor, por chocar en el pasillo con él, por pasar delante de su cuarto, siempre había alguna excusa para discutir. Nuestra relación no era de las mejores y no se podía definir de ningún modo, solo nos dedicábamos a discutir cada vez que nos veíamos o a hacer competencias en la clase de deportes –aún cuando yo fuera menor que él, compartíamos las mismas clases-, pero de un modo u otro, acabo siendo la única persona con la que más me relacionaba durante mi primer año en la orden negra. Cuando cumplí quince años, ya llevábamos un largo tiempo llamándonos por motes como "Bakanda" y "Moyashi", y fue entonces también que empecé a relacionarme con más personas; al llevar más de un año en la orden, mis compañeros se habían acostumbrado a mi constante presencia y las miradas de odio por los pasillos se habían reducido, ahora también conversaba con el amigo de Kanda, Lavi y la hermana del director Komui, Lenalee.

-¡Moyashi-chan! –gritó anímicamente el pelirrojo corriendo con los brazos extendidos por los pasillos chocando a una que otra pareja que se estaba besando por el lugar. Yo iba caminando lentamente junto a Lenalee que me mostraba un disco de música que había conseguido en los saldos. Los saldos eran el lugar en el cual podías conseguir cosas del exterior, la mayoría eran objetos usados o rotos, pero si tenias suerte podías encontrar algo verdaderamente bueno como al parecer era lo que había conseguido Lenalee gracias a los tickets que había recibido por sus trabajos de arte.

-Allen-kun, tienes que escuchar esta canción-me dijo apuntando a la parte posterior del disco animosamente, sin notar que Lavi ya había llegado y se encontraba ya en medio de nosotros mirándonos con una sonrisa picara.

-¡Oh!, ¿arruino su momento a solas?-preguntó con una sonrisa burlesca, haciendo que Lenalee y yo nos sonrojáramos, mirándonos el uno al otro. Solté un suspiro negando con la cabeza.

-¡Lavi!-le llamamos al mismo tiempo Lenalee y yo, mientras me libraba de su abrazo ella se encargaba de jalarle la oreja. –Lenalee solo me enseñaba este disco que consiguió en los saldos-comenté inspeccionando el objeto por cada milímetro que podía ver, sonriendo al ver el brillo y los colores de arcoíris en la parte posterior del disco, lo volví a colocar en su caja, leyendo el nombre de la canción que decía Lenalee "THE DISTANCE", cuando sentí pasos tras de mí, girando el rostro. –Ah, solo eres tú, Bakanda.

-Tsk, tan temprano y armando alboroto, moyashi-murmuro, frunciendo el ceño en una expresión de molestia. Yo también fruncí en ceño, apretando un tanto fuerte el disco que por fortuna estaba en su caja. Me mordí el labio inferior, a lo largo de ese año si bien me había acostumbrado a tratar así con Kanda, había algo que me molestaba y encogía mi pecho cada vez que lo veía, aun cuando no podía definir con precisión que era aquello, y también cada vez que lo veía recordaba lo poco que le faltaba para volverse cuidador y luego donante, hasta completar. Estaba ensimismado en mis pensamientos y no repare en cuánto tiempo llevaba en silencio hasta oír a Kanda repetir aquel molesto mote y escuchar la voz lejana de Lenalee, como si se tratase de un eco. –Que es Allen, ¡A-L-L-E-N!

-Allen-kun...-murmuró Lenalee, mirándome con preocupación, pero sabía como solucionarlo: me rasque el cabello de manera despreocupada, sonriéndole dulcemente a modo de disculpa mientras pensaba rápidamente en una excusa.

-Disculpa Lenalee, me había distraído con el disco y entonces pensé en que debo poner más esfuerzo en los trabajos de arte…-comenté lo último con un suspiro algo teatral, aunque no era una mentira. Mis trabajos de arte eran dignos de un alumno de siete años pero yo ya tenía quince y mis habilidades, en lo que a pintura se trataba en realidad apestaban, no habían mejorado en lo más mínimo por más empeño que pusiera en ello, al menos era bueno tocando el piano, cosa que se daba con naturalidad para mí, lo cual no era extraño pues Mana me había contado una vez que Neah era un músico muy popular, pero, no se podía cambiar música por tickets para conseguir algo en los saldos, por lo cual el año anterior y éste mismo me había ausentado a aquel evento.

-¡Oh!, ¿en serio lo pensabas Allen?, ¿Es por los saldos?, recuerdo que la otra vez habías decidido rendirte con ello-comentó el pelirrojo que gozaba de una estupenda memoria, ensanche mi sonrisa pensando en que mi excusa no servía de mucho si Lavi estaba allí, cuando fui interrumpido afortunadamente por Kanda.

-Che, apestas en arte.

-¡Oh, lo lamento!, no todos podemos ser tan "sensibles" con el arte como tu Ba-ka-n-da-le dije con tono burlesco, y aunque lo que decía no tenía sentido alguno, sabía que obtendría una respuesta absurda de vuelta y como bonus, me libraría del interrogatorio de Lavi.

-Ahí van otra vez…-murmuró Lavi cogiéndose el cabello con una desesperación demasiado exagerada, mientras Lenalee soltaba un largo suspiro, volteándose a Lavi para hablar con él, como últimamente solía hacer mientras Kanda y yo seguíamos con nuestra discusión de todos los días.

-Qué dices moyashi…-murmuró con una voz peligrosamente baja-repítelo

-¡Que eres una señorita "sensible" Bakanda!

-Vas a morir…-le oí decir con una sonrisa, entonces trague saliva, al parecer me había metido con él cuando estaba de pésimo humor, por lo que retrocedí unos pasos con las manos en alto en signo de rendición sin perder la sonrisa mientras sentía mi corazón golpeteando con fuerza sobre mi pecho.

-Kanda… aparta a mugen, recuerda que lo más importante es la salud…

-Cierra el pico, voy a cortarte esa lengua tuya, seguro que nadie la necesita…-me dijo con una sonrisa sádica, estrellándome contra la pared mientras me cogía del cuello del abrigo que llevaba puesto, para luego subir esa misma mano hacia mi mentón, sosteniéndome con firmeza. Le mire a los ojos sin ningún temor, notando un brillo desconocido para mí en esa mirada impenetrable, pero que fue desapareciendo mientras aflojaba el agarre, haciendo chasquear la lengua para luego largarse del lugar.

-¡¿Yuu-chan, no te quedarás a comer con nosotros?

Le oí preguntar en vano a Lavi, pues sabía que la persona que se alejaba de nosotros con paso firme y la mirada hacia el frente, nunca miraría hacia atrás.

Luego de aquel incidente mi ya extraña relación con Kanda se había vuelto aún peor. Yo hacia lo posible para evitar iniciar peleas con él, pero al mismo tiempo no encontraba otra forma de acercarme a él que fuera distinta a esa, aunque tampoco entendía porque quería acercarme a alguien como él. Buscaba excusas para mi mismo que explicasen mi comportamiento, que si bien podrían ser totalmente veraces y parecieran objetivas, no dejaban de ser eso, una excusa. La que comúnmente me planteaba a mi mismo era la de que lo hacía porque Lavi y Lenalee ahora se habían hecho novios, luego de intentar convencer durante meses a Komui, éste había accedido ya que sería su último año antes de irse a las cabañas a redactar su informe, en donde nos quedábamos un año o más, dependiendo de las tramitaciones de la orden, aprendiendo más sobre el mundo exterior para luego prepararnos para ser cuidadores y de ser buenos en ello, aplazar un poco el tiempo hasta la primera donación.

Los cuidadores se encargan de tener en las mejores condiciones posibles a los donantes, intentar mantener sus ánimos, reducir sus temores ante las donaciones y de intentar que los donantes alcancen el máximo número de donaciones posible antes de completar.

No me podía imaginar a Kanda como cuidador por esos tiempos, sin embargo resulto ser uno bastante bueno, desconozco cuales métodos utilizara, pero sus donantes siempre llegaban hasta la cuarta donación antes de completar. Por esas fechas Kanda también había cambiado su comportamiento hacia mí, quizás fuera porque sabía que se iría pronto a las cabañas, sea cual fuese su motivo, el asunto era que jamás acababa una pelea, si bien antes terminábamos a golpes por el piso para luego ser severamente reprendidos por la enfermera jefa –una de las mujeres más intimidantes que conocería en mi vida-, ahora por el contrario, ni siquiera llegábamos a los golpes, lo máximo a lo que llegábamos era a acortar la distancia y jalar la ropa, pero nunca, nunca contacto de piel contra piel, parecía un acuerdo tácito entre ambos.

Al estar así las cosas, pasaba más tiempo solo, de un modo similar a como era cuando apenas había llegado, entablaba una que otra conversación con las personas que conocía, pero no era para nada igual a las conversaciones que tenia con mis amigos. En mis momentos de soledad los disfrutaba tocando el piano, del que me había obsesionado un poco, tocándolo día tras día, siempre la misma pieza musical que había venido a mi cabeza como si hubiera nacido con ella; había partido siendo una melodía, a la que luego le agregue la voz y paso a convertirse en una canción de cuna. Estuve actuando de la misma forma durante unas semanas, lo que me ayudo a calmar mi mente de los confusos sentimientos que me producía la mera presencia de Kanda, aunque quizás en lugar de la música, fuera el hecho de que durante esas semanas apenas nos veíamos, ya que al parecer él también intentaba evitarme, aunque no entendía el porqué de su actuar, por mi parte, poco a poco me fui dando cuenta del porqué de mi acelerado corazón.