Y Draco dejó caer pesadamente su cuerpo junto a Harry. Estaba agitado y ya exhausto, pero ni por todo el oro del mundo lo admitiría. No admitiría jamás que eso desde hace mucho había dejado de ser sólo sexo, como habían pactado en un primer momento. Él lo sabía y su amigo de ojos esmeralda también.

Recordó cómo habían iniciado su relación en Hogwarts, cuando el rubio había ofrecido su mano de una forma poco educada y Harry la rechazó por haber quedado embobado con el rubio, a eso le sucedieron varios años de peleas y hechizos en los que muchas veces ambos terminaron en la enfermería con algún hueso roto o una colita de gato. Así se hicieron amigos, así luego, a los quince, pactaron el acuerdo de jamás romper el lazo de amistad que habían construido con un enamoramiento, ya que los dos coincidieron en que era algo estúpido y cursi, una excusa tonta para no lograr lo que uno quiere.

Y así llegaron a ese momento, finalizando el quinto año de Hogwarts, en el que podían encerrarse en una habitación sin llenarse de marcas (o al menos éstas no eran ya causa de golpes o embrujos) durante horas, para disfrutar.

Y Draco no pudo más que cerrar los ojos y sonreír, sonreír por sentir la piel de Harry pegada a la suya, por sentirlo aún más cerca de lo que el físico les permitía. El sentimiento fue mutuo y no necesitaron ponerlo en palabras (en realidad, fueron los orgullos los que no permitieron que sus cuerdas vocales trabajaran en ese momento), no necesitaron siquiera mirarse para saber qué estaba sintiendo el otro. Fue una cuestión de segundos, milésimas de éstos lo que les tomó el darse cuenta de que estaban más cerca que nunca, de que por primera vez y en adelante, serían uno.