Hoooooooola :D.

Uhm, veamos. Aunque no lo parezca, soy la cosa más inocente y puritana que os vayais a echar la cara (en serio xdd) y... bueno. Nunca se me han dado bien estas cosas. No sé si es o no una mierda, en el caso de que si, lo siento T_T quería darle un buen final a esto y no se si con este pecado iba a conseguirlo xd. Pero bueno, que al menos lo he intentado u_u xd. Bueno, solo queria deciros que muchas gracias por todos los reviews que me habeis dejado desde el principio, que me animaban mas y mas a seguir escribiendo ^^ y que he disfrutado muchisimo escribiendo esta historia, asi que muchas gracias tambien por haberos tomado vuestro tiempo leyéndola :3.

Bueno, sin más dilación, aquí os dejo con el séptimo y último pecado capital. Espero volver a veros por aquí pronto (depende de las ganas de mi imaginacion xd) y... bah que no os entretengo mas xd. Espero que os guste! ^^

Ps.: si, he subido el rating a M, no es dificil averiguar por que e.e xdd


Lujuria

Esa manera con la que Watson mira los ojos de su compañero es tan unfunfdios. Es una de las pocas, poquísimas cosas que al detective se le quedan demasiado grandes como para poder buscarle y encontrarle una deducción lógica. Porque directamente, no tiene lógica alguna, lo mires por donde lo mires. No es que sea algo nuevo para Holmes. Claro que no. Una relación esporádica que surge de tres o cuatro copas es algo que sabe llevar al pie de la letra y no le supone atadura alguna, porque no la encuentra. Se hace por el afán al morbo, no por sentirse querido y/o algo especial. Y todo ha ido bien. Todo va bien.

Salvo ahora. El tener sexo sin compromisos es algo a lo que no es que esté acostumbrado, pero sabe cómo reaccionar ante él.

El tener sexo sintiéndose comprometido hasta con el aire no. Eso ya no. Eso es terreno sin pisar.

No es que Holmes piense que tiene miedo –está temblando del pánico-, más bien piensa que está desorientado. Que esto no tiene nada que ver con los misterios a los que él se ha enfrentado. Quién es el asesino de tal caso. O dónde han podido esconder unos gandules lo que hace rato se han llevado. Este es otro enigma mucho más grande.

Es el enigma de intentar deducir y comprender por qué ese par de ojos, abiertos, mirándoles con demasiadas emociones, con ese jodido color turquesa que se le clava hasta el tuétano de los huesos es capaz de hacer que se sacuda de esa manera. Que no quiera intentar nada y a la vez quiera hacerlo todo.

-Shhh. Relájate, Sherlock. Estoy contigo.

No. No puede pedirle así por las buenas que se relaje. Es todo muy diferente, mucho. En un mes ha pasado de tener esa relación de amistad y confianza –sin abandonar el trato de usted- con el doctor a tenerle encima de él, devorando ese cuello con todas esas ganas y deseo que solo John Watson puede poner, usando el , que hace que le sienta aun más cerca. Para él es fácil decirlo, con Mary y otras tantas más ya está más que acostumbrado a ese tipo de noches –y por fin le ha dejado de incordiar la conciencia el acordarse de eso-. Pero Sherlock Holmes no está acostumbrado a sentir a la persona que más quiera de esa manera. Tan cerca. Tan… dios.

-Claro, para ti es todo tan sencillo –tiene que hacer una pequeña interrupción al notar como el doctor empezaba a darle mordisquitos suaves por el pecho, sin poder evitar soltar un gemido- uf. Ya lo veo, esa boca es menester tanto para acabar con mi persona a base de placer como para dejarme a la altura del betún.

Watson deja escapar una carcajada, suspirando en el torso del detective. Toda la carne se le pone de gallina- Dejemos eso a un lado, señor Holmes y présteme atención, por favor. Le estoy ofreciendo una consulta en horario extraordinario sin cobrar ningún tipo de cuota, no sea desagradecido.

-¿Una consulta? ¿Sin ningún tipo de cuota? Pero si me va a matar con esos métodos de los que hace uso para hacerme un estudio, señor Watson.

-¿De qué se queja? –Watson desliza sus labios desde el pectoral derecho de Holmes lentamente hacia su cuello, ascendiendo por su barbilla hasta encontrar los del otro, atrapándolos.

Holmes podría jurar que cada uno de los besos que Watson le eleva a una dimensión diferente y mucho mejor que la anterior. Podría jurar que es el mejor sabor que ha tenido el placer de degustar en todos esos años, que la forma que tiene Watson de abrirse paso por la boca del detective con una lengua de tal desparpajo hace que se le caigan todos sus cielos encima, que adora todas y cada una de las sensaciones que le hace sentir y ¿sabes? No estaría jurando en vano.

-Dios mío, John. En serio, un día de estos vas a hacer que me muera.

Y Holmes ahora mismo se está tragando todo su orgullo, todas las palabras y lo único que puede salir de su boca –porque es lo único que llega a concebir- es un puro manojo de galanterías y cumplidos dirigidos a Watson. Se siente un baboso. Es algo que no va con él –eso de idolatrar cuan dios supremo a una persona cualquiera-, así que Holmes llega a la conclusión de que Watson le pone del derecho, del revés, hacia arriba, hacia abajo y le moldea inconscientemente haciéndole alguien totalmente diferente, que actúa totalmente diferente.

Holmes no opone queja alguna sobre eso, de todos modos.

-No te digo yo lo que me vas a hacer un día de estos –responde el doctor, cada suave rastro de saliva que deja por los diferentes puntos del cuello y torso de Holmes es una vía más hacia el paraíso. Un paso más y el detective afirmará que el cielo ha pasado de ser una utopía a un universo tangible.

-Sorpréndeme.

-Por favor, no te hagas de rogar ahora. Lo sabes perfectamente.

-¿Y si no? –otra vez esa expresión de cordero degollado. A Watson solo le pueden traer malos recuerdos. Aunque bueno, realmente nunca ha podido enfadarse seriamente con Holmes por eso.

-Pero mira que eres ñoño, Sherlock –suelta un par de carcajadas que a Holmes le resultan fácilmente contagiosas. Luego piensa que podría hacer poesía basándose en cada una de las veces que a Watson le da por reírse.

Se quedan quietos, sin hacer nada, solo compartiendo ese momento de risas y miradas. El uno se sumerge en la mirada del otro, y ven como si fuera un film todos los recuerdos por los que han tenido que pasar para llegar hasta ese momento. Es, cuanto menos, inconcebible. Quiero decir, John Watson nunca se ha imaginado sobre Sherlock Holmes, prácticamente desnudo y a punto de hacerle suyo, y que se mueva como él quiera y le suplique en todos los idiomas posibles que le haga sacar ese animal que lleva dentro. Y si alguna vez lo ha hecho, quede claro que sería un acto puramente inconsciente o algo parecido. Y bueno, con Holmes pasa prácticamente lo mismo.

De todos modos eso ahora les da igual. Están más bien concentrados en qué van a hacerle a la otra persona; porque, por ejemplo, John ve ese cuerpo que parece esculpido por un ángel y esos ojos que se le meten hasta dentro haciéndole sentir demasiadas emociones a la vez y… virgen santísima. Los segundos le parecen horas. Podría pasarse la vida entera degustando de todas las maneras conocidas cada una de las células que componen la piel de ese hombre, que él lo haría encantado. Ni le dejaría vivir. Watson ve la lujuria encarnándose en el famoso detective. No está seguro de que sea sano todo eso que le hace sentir, pero ahora está en un momento tan suntuoso que todo lo demás que no pertenece al ámbito de Sherlock Holmes y su cuerpo ha pasado a un segundo plano. O tercero.

Y Holmes… él es otro caso aparte. Él prefiere ni pensar en qué está haciendo, porque sabe que en cuanto lo haga, se dará cuenta de que todo resquicio de lógica que había en ese capacitado, elaborado y clarividente coco se ha evaporado como si fuera tan volátil e insustancial como el polvo. Y no. Holmes vive feliz pensando que es un ser puramente racional y serio a reconocer que Watson le lleva por el camino de la amargura y le está sembrando la locura por todas y cada una de sus neuronas. Aunque dentro de más bien poquísimo rato, Holmes acabe por certificar que, de verdad, Watson ha hecho que Holmes pierda todo inicio de cordura.

De todos modos, en el fondo –y no tan en el fondo- es lo que está deseando con todas sus ganas y más.

-John –murmura, sin dejar de mirarle.

-¿Uhm?

-Hazlo.

Dios ha hablado.

Y el fondo ha decidido subir a la superficie.

-¿Dónde habías puesto el aceite?

-¿Para qué quieres aceite?

-Porque creo que te va a doler.

-Qué gentil y caballeroso te has vuelto repentinamente, ¿no? –Holmes le prueba con su expresión, sonriendo de forma socarrona.

-Cállate –suelta una pequeña y tonta carcajada-, encima que tengo un detalle bonito contigo. No lo menosprecies de esa forma.

El detective se incorpora como puede, porque siente esa enorme sensación de pesadez por todo su cuerpo causada por alguna razón. El incipiente clímax y todas esas ansias por comérselo de todas las maneras habidas y por haber, piensa en un principio. O puede que sea tan perezoso que llega hasta el punto de no querer hacer un mínimo esfuerzo ni siquiera para llevar a cabo eso que tantas ganas tiene de hacer –o que le hagan- encima de su cama, ni estando insoportablemente rebosante de morbo o voluptuosidad. O simplemente quiere dejarse hacer como un esclavo, y punto. De cualquier modo, y respirando de forma muy torpe –tal vez por la simple idea de saber en dónde se ha metido y el siguiente paso que les toca dar, que basta para justificar por qué no es capaz de acordarse de cómo se hace, del acto de inspirar y espirar y así sentir que está vivo y no soñando- consigue levantar el peso de su cuerpo lo justo como para atrapar los labios del doctor efusivamente sin estar en una posición demasiado incómoda. Enlaza ambas manos detrás del cuello de Watson, jugando con los pequeños mechones ondulados mientras vuelve a inclinarse hacia el colchón, arrastrándole hacia donde él quiere tenerle. A Holmes todo esto le parece muy divertido. Lo está disfrutando aunque no esté familiarizado con esas explosiones de diferentes sensaciones y cavilaciones sobre lo que siente realmente.

A Watson le basta como respuesta. Sin dejar de besarle con esa pasión, casi rozando la lubricidad haciendo que parezca que sus lenguas tengan vida propia, se abre paso entre las piernas de Holmes. Parece que lo hace con impaciencia, con ansiedad –acto totalmente comprensible tanto para uno como para otro, ambos lo están deseando- y el detective accede ante la sutil petición. Tras darse ambos un momento para seguir saboreando esas bocas que pueden jurar que son algo similar a un regalo de dios, Watson se arrodilla.

-Gírate.

-No.

-De la otra forma te voy a hacer más daño.

-Quiero verte. Le quitas toda la gracia si lo hacemos a ciegas, John –Watson sonríe, preguntándose si era necesario que Holmes le pusiese la típica mirada rebosante de lujuria y sensualidad. Tampoco le hace ascos, la verdad, consigue ponerse aún más a tono.

Las ganas de someterlo a todos sus deseos y placeres van cada vez a peor. El estómago de John está por estallar de la emoción, el corazón por salirse del pecho. No sabe muy bien si quiere acabar cuanto antes o no, porque el momento es único. Es inexplicable, y el simple hecho de pensar que están a punto de… dios. Sea como sea, siente que el vapor es hielo al lado de todo ese ambiente que se ha formado en la habitación. El doctor acaricia con cariño y suavidad el estómago de su compañero, sonriéndolo. Busca a su alrededor la botellita de aceite. Y bingo, en su despacho. Se levanta como un resorte, casi corriendo para cogerlo y vuelve de la misma manera. Holmes no puede evitar soltar una carcajada.

-Uh, cuánta impaciencia veo en ti.

-Venga, no finjas que estás como si nada.

-Bueno, dejaré que saques tus propias conclusiones cuando te dejes de tanto preámbulo y vayas a lo tuyo –por Cristo, esa puñetera mirada otra vez.

Watson no se molesta en devolverle la misma expresión. Abre con hambre y angustia la botella, derramando una generosa cantidad en su mano izquierda, frotándola contra su derecha. Deja la botella a mano, en el suelo –solo por si a acaso- y extiende el denso líquido a lo largo de su pene. Después acaricia los muslos del detective mientras se acerca hacia él, acomodándose entre sus piernas. Se inclina hacia su cuerpo mientras introduce con cuidado el pene dentro de él, no quiere hacerle daño. No podría describir con palabras lo que siente cuando acaban de juntarse, como si fuese su primera vez. Holmes se muerde los labios hasta el punto de casi hacerse sangre, gimiendo por el contacto, mientras pasa sus brazos por la espalda del doctor, un poco más y clavará sus uñas en su piel. Duele, sí. Duele y bastante.

Pero eso a Sherlock Holmes no le importa. No puede compararse a esa emoción incontenible dentro de él. Merece demasiado la pena.

-¿Estás bien?

-Sí. Dios, sí. No pares ahora, por favor.

Bien, es lo único que Watson necesita oír. Pasa sus brazos bajo los de Holmes, afianzándose a los hombros del detective. Y empuja. Constante y repetitivamente, en un sensual movimientos de caderas. Watson ya de por sí está demasiado excitado y eufórico, pero oír los gemidos del detective al ritmo que el embiste y descansa es… ugh, por el amor de la virgen. Sigue haciendo el mismo movimiento, acelerando cada vez más, acompañando los quejidos y ruidos de placer de Holmes con los suyos. No tardaron ni un minuto en pasar a ser gritos. Solo esperan que en la calle no se oiga mucho.

El doctor entierra su rostro en el cuello de Holmes, oliendo su fragancia mezclado con su sudor. Dios, esto es mejor que bailar sobre las nubes. Nota como sus embestidas se combinan con los movimientos que hacía el detective, como él también se entrega con todo lo que tiene. Sí, tenía tantas o incluso más ganas que él. Y eso es demasiado bueno. Anima a que a Watson le salgan razones para hacer lo imposible en este mundo. Para hacerle lo imposible a Sherlock Holmes.

-De… uf, de verdad, John. Vas a… ah, ah, a matarme.

-Ugh… mmm, bueno, yo ya he caído rendido a tus pies… ay.

Ambos sueltan una carcajada. Esa, esa era la cúspide de todo lo que habían vivido. El trofeo que se merecen después de todo lo que han tenido que sufrir para llegar hasta ahí. Y lo agradecen, vaya que si lo agradecen. No quieren que se acabe nunca.

Holmes inclina su cabeza, buscando los labios de Watson, mordiéndolos suavemente y acariciándolos con su lengua, para después introducirla en su boca, besándole como –puede jurar Watson- pocas veces ha hecho en lo que llevan metidos en esa relación. John sigue embistiendo, cada vez con más fuerza y más desenfreno, todo eso hace que se sienta inmortal. Corta el beso de Holmes, para arrastrar su boca hacia su cuello, mordiéndolo de forma juguetona y con suavidad. A Sherlock se le erizan todos y cada uno de los pelos que tiene en el cuerpo. Esto no es nada comparado a las aventuras que había tenido en sus días. Dios, esto es muchísimo mejor que todo eso. Moriría y reviviría todas las veces que le fuera posible con tal de repetir esto todos los días de su vida. Ha pasado de dolerle y escocerle por la fricción a disfrutarlo solo como él podría hacerlo.

Siguen así unos minutos más, con movimientos, palabras y todo tipo de gestos eróticos, sintiendo que se perdían en los pensamientos del otro. En el cuerpo del otro. Ambos están a punto de llegar al orgasmo, los gritos y gemidos cada vez son más profundos y sonoros. Les duele el vientre del esfuerzo, el cuerpo les indica que eso se tiene que acabar para su desgracia. John sigue con sus movimientos, empujando y descansando. Sherlock enrosca sus piernas alrededor de Watson, sintiendo que estaba a puntito de acabar. El orgasmo estaba llamando a la puerta.

-John, John –le cuesta hasta respirar del cansancio-. John.

John también está exhausto. Ahí está el último movimiento. John apoya su frente sobre la de Sherlock, sintiendo su flequillo húmedo sobre su piel. Unas embestidas más. Un último empujón y…

Virgen santísima.

Suspiran y se vienen casi a la vez. Se quedan en esa postura unos momentos más, hasta recobrar el aliento. John saca su pene de Sherlock, descansando sobre su cuerpo, abrazándole. No se dicen nada, solo sienten el pecho del otro subir y bajar a la vez que el suyo.

-Lo siento –murmura John casi ahogado- lo he hecho dentro.

Holmes se encoge de hombros- Nah, no importa. Pero a la próxima me toca a mí.

Se ríen, sin separarse. John se levanta levemente, lo justo para poder ver el rostro de su compañero. Se muerde el labio inferior, está exhausto por el orgasmo y sin embargo, al ver esa expresión, esos ojos y ese físico portentoso, no le importaría volver a repetirlo ahora mismo. Le da hasta miedo todos esos sentimientos que le provoca Holmes, no sabe si es muy normal. Ni siquiera Mary ha sido capaz de hacerle sentir así. Nunca.

-¿Qué pasa?

-Nada. Que te comía de pies a cabeza, eso es lo que pasa.

-Madre mía, John. ¿De dónde sacas tú las energías?

John deja escapar una carcajada, dando un suave beso sobre los labios de Holmes. No sabe si está muy bien eso de querer poseer el cuerpo y alma de una persona. De todos modos, ya ha quebrantado unas cuantas leyes sagradas. Demasiadas. Así que el exsoldado no le da mucha importancia y decide mostrarse rebelde. Es Holmes, y no tiene otra explicación. Con eso el doctor ya sería capaz de justificarse hasta que se muriera, y eso le hace sonreír. Que por fin haya encontrado ese algo especial de lo que hablaba con sus amigos en la Universidad. Ese algo que te mueve a hacer todo lo que te propongas. ¿Y sabes?

Por Holmes quebraría todas las leyes habidas y por haber en este mundo. Todas.


Muuuuuuuuchas graciaaaaaaas por haberme motivado a escribir Pecados capitales, de verdad *-*. Os veo en los... ejem, reviews? :333 xdd