Uyyyy, hola a todos again :) xd. Vale, ahora ya en plan formal: hooooola ^^. Es la segunda vez que me pasó por el fandom de Sherlock (que taaaaan absorbida me tiene, pero es que dios, estos dos son TAN canon y TAN adorables T.T), y ya que empecé con un shot, quería que esta segunda vez fuera algo más... fuertecito. Un fic. Un proyecto que llevo pensando desde hace un mes y algo mas, mas o menos (se ve que me ha llevado mi tiempo, verdad? xd).

Es algo bastante distinto a lo que estoy acostumbrada a escribir y no sé si complacerá a todos tanto como a mi me gustaría xd pero es un intento y lo he hecho con todo mi corazon *-* xd. Bueno, solo decir que espero que os guste mi coso raro y que... bueno, ahí va la historia ^^.

Ps.: sí, la he vuelto a subir. Es que ha pasado una cosa muy rara, no me llegaban los mensajes, se ha liado toda la historia xd. En fin, que ahora si va la buena. Siento las molestias y todo lo demas xd.


El método de reducción al absurdo es un recurso utilizado como argumento lógico, con el que se pretende llegar a una conclusión verídica a través de una concatenación lógica válida, con la que se obtiene un resultado absurdo, precedente para argumentar la hipótesis que queramos demostrar.


Bum, bum. Bum, bum. Bum, bum.

Otra vez.

Otra vez ha vuelto a quedarse dormido sobre el sofá.

Otra vez ha vuelto a revivir el amargo recuerdo que le lleva pesando en la conciencia desde hace cinco días. Esa jodida paranoia que de buenas a primeras ha decidido hacerse algo habitual.

John Watson nota cómo un agudo dolor de cabeza se extiende desde la nuca, dando golpes y pinchazos en cada una de las paredes de su cráneo, hacia su columna, y como si fuera una epidemia se extiende en cada una de las vertebras para llegar hasta las costillas. Y así por todo el cuerpo. John se siente como si le hubiesen tirado un camión encima. Con la respiración entrecortada, irregular, al borde de un paro cardiaco y con un escalofrío constante provocando que no haya coordinación con ninguna de sus articulaciones, corre como si le fuera la vida en ello hacia el servicio, tambaleándose de un lado a otro. Tiene el estómago que cree que en cualquier momento va a cobrar vida propia y junto con todos los órganos va a salir por patas por algún lado de su cuerpo. Es la famosa sensación de que todos tus males, inquietudes, pesares y esas cosas deciden aglomerarse en distintos puntos de tu cuerpo.

John los tiene por todos los puntos que uno pueda encontrarse en su propio cuerpo, y todavía no es consciente de cómo es capaz de moverse y ver por dónde anda. O igual es por inercia, porque ahora mismo tiene sus ojos agarrotados e hinchados, le duele el simple movimiento de entreabrirlos aunque solo sea un poco.

El camino del salón al baño nunca le ha parecido tan interminable. No hasta ahora. En cualquier momento se le abrirá el abismo a los pies.

Cuando consigue llegar a la puerta del baño, el cuerpo decide dejar de responder así por las buenas, haciendo que se caiga sobre el piso. Apretando los dientes del dolor, a tientas va arrastrándose por el suelo frío hasta conseguir llegar al váter. Se arrodilla ante él y, tras dar dos o tres inspiraciones, vomita.

No puede más. No puede. No le sale del alma seguir aguantando esa sensación tan insostenible, esa vida tan descompuesta, tan vana. Tan sinmotivos.

Ahí va lo poco que ha conseguido meterse al cuerpo ese día. Las tres galletas del paquete que le ha traído la Sra. Hudson y que se comió por no hacerle el feo. Las cuatro o cinco tazas de los cortados que se ha bebido antes de dormir. Y a este paso, toda su vida se le saldrá por la boca para no volver.

Aunque ya lo hizo en su día.

Por la garganta le recorre un sabor ácido que le está quemando todo afán de supervivencia. Siente cómo la boca le sabe a sangre, cómo la garganta empieza a escocerle y picarle. El dolor de tripa cada vez se hace más intenso y lo único que quiere hacer es acabar con todo ese calvario, de alguna forma u otra.

Tras llegar a un punto en el que no puede expulsar nada más de su cuerpo –salvo la sangre que se le apelotona en la boca a causa del esfuerzo y una futura úlcera en el estómago-, el pobre doctor se tumba sobre el suelo, boca arriba. Está vacío, literal y metafóricamente. Ya no sabe si vive por instinto o simplemente porque es lo que él hubiera deseado. Pero está muy cansado. Muy cansado de vivir todos los días la misma historia. Y harto. Harto de tener que tirar de todo tipo de bebidas excitantes para quitarse todo resquicio de sueño. De pasarse las horas en vela, de buscar algo con lo que entretenerse con tal de no cerrar los ojos más de cinco segundos. De descuidarse y caer en la cuenta de que otra vez vuelve a vivir la puñetera causa por la que está así.

No hay día en el que, si accidentalmente se haya quedado dormido, haya soñado de una forma u otra con tal imagen. Un escalofrío baja desde su coronilla hasta los pies y otra vez vuelve a formarse ese nudo en la garganta. Los ojos empiezan a escocerle y saben que es porque se preparan de nuevo para lo peor. Déjà vu.

John Watson vive en una historia circular. Todo empieza de la forma en la que acaba y acaba en la forma en la que empieza. Ya no hay nada nuevo. Ya no ve el campo de batalla sobre él.

El desamparo se cierne sobre su historia y empieza a murmurar oraciones como si de verdad algún milagro fuese a ocurrir. Como si esas cosas existiesen. Debe de ser cosa de tanto café, o de que está desorientado y no sabe si su cabeza está en alguna parte de su mundo onírico y no totalmente en la vigilia.

Le gustaría que por un momento fuera así. Que solo se quedase en pesadilla. Que todo vuelva a ser lo de antes.

Una sensación de mareo hace que parezca que todo alrededor de él dé vueltas. La respiración tiene un pulso inconstante, e hiperventila. Cierra los ojos y aprieta con fuerza las palmas de sus dos manos sobre éstos.

No quiere llorar más. No quiere que se convierta en lo único que hace desde que se levanta hasta que se acuesta. Pero bueno, eso es un esfuerzo inútil, porque ahora tiene el típico berrinche desconsolado con el que te cuesta hasta respirar ya que tus balbuceos son demasiado exagerados. Como los de un niño.

En un esfuerzo por intentar cerciorarse de que todas esas plegarias funcionan de alguna manera, saca su móvil del bolsillo. John escribe algo tiritando de la ansiedad, probablemente, y teclea y borra constantemente porque no escribe lo que quiere. Le cuesta sudor y lágrimas conseguir lograr que sea algo entendible. Y cuando ya lo ha hecho, lo envía.

"Eres un capullo, Sherlock", dice, poniendo toda la confianza del mundo en que va a servir de algo.

"Estás haciendo que se me parta el alma, maldito egocéntrico. Estás arruinando mi vida".

John sigue llorando. Cree que se está volviendo loco, que el trastorno post-traumático por el que pasa está siendo demasiado trascendental. Ve normal tirarse un mes entero llorando por lo mismo, después de todo ha sido alguien muy cercano. Pero enviar mensajes a seres difuntos, ¿de qué va? John nunca ha caído tan bajo. En un último intento de comprobar si de verdad da resultado, vuelve a escribir algo. Con esfuerzo, un poco más y las yemas de los dedos le dolerán a modo de castigo. John está sudando por todos y cada uno de los poros de su cuerpo y no sabe ni lo que le está diciendo. Solo se deja guiar. Solo escribe lo que siente.

"Te echo de menos, Sherlock. Por favor, vuelve. Por Lestrade, por Molly, por la señora Hudson. Por mí". Como si todos esos mensajes fueran a alguna parte. Como si de verdad fuesen a servir de algo.

Tira el móvil a algún punto del baño y se recuesta de lado, acurrucándose, haciéndose una bola, abrazándose a sí mismo. Parece que intenta protegerse de algo o alguien. Pero sabe que no se puede proteger de nada más. Que lo que más miedo le daba, lo que de verdad iba a matarle, el cáncer de los cánceres ya había venido a por él. Le jode mucho que fuese así, que en ese momento él no tuviese en cuenta que ese qué que John tenía que hacer por él es algo que queda lejos de ser soportado por cualquier humano. Escapaba de su voluntad. John recuerda con indeseada claridad cómo pasó todo. Tan rápido. Tan… atroz. Era como ver el fin del mundo afianzándose sobre ti. Sherlock precipitándose hacia el vacío. En ese momento podía oler como se acercaba el punto y final de toda su existencia. De todo lo que habían vivido. Y luego el sonido del cuerpo impactando contra el suelo de cientos de huesos rotos. Y la sangre saliendo a borbotones.

Y su cara. Su expresión. Blanca, fría. Y los ojos aún rojos, hinchados y con lágrimas porque antes del fatal momento había estado llorando. Ahí estaba Sherlock, tendido en el suelo, tieso, y la gente apelotonada viendo tal espectáculo, como si fuera algo entretenido. Toda esa curiosidad, todo ese morbo le pone enfermo. Mientras ellos tenían una anécdota curiosa y chocante que contar, él estaba ahí, sentado sobre el asfalto sin poder sostenerse, sintiendo cómo todo el cielo se le venía encima.

-Fuiste un egoísta, Sherlock. Después de casi dos años juntos y me llamas por teléfono como sugiriendo que te vas a quitar la vida, y me dices que todo es verdad, que eres un farsante, que me has investigado para impresionarme y me mientes y…

Y John no termina la oración, porque el llanto no le deja más. El llanto solo le deja encerrarse en el recuerdo de la espantosa escena de días atrás y no levantar cabeza. Aunque, de todos modos, él ya sabe cómo acaba esa oración. Con la misma respuesta que ha dado a todo el que se ha atrevido a preguntarle qué pensaba al respecto. La misma respuesta breve y concisa, que lo dice todo.

"Y yo como un gilipollas sin causa, repito a diestro y siniestro que fuiste mi mejor amigo y que siempre confiaré en ti."

John no vuelve a dormir en lo que queda de noche.


-¿Cómo está?

-Mal. Nunca le había visto así. Hace dos semanas fui a darle un paquetito de galletas para ver si comía algo, porque se está quedando muy delgado. Me preocupa mucho, señor Lestrade, mi pobrecito no levanta cabeza.

-Ya. Supongo que tampoco querrá salir de casa.

-Qué va. Le intenté pedir que me acompañara a comprar unas cosas, a ver si así se despejaba. Incluso le dije lo de mi cadera a ver si así reaccionaba y solo me negó con la cabeza, me dijo que lo sentía y se despidió. Me miraba con unos ojos que…

-¿Qué?

-Daban mucho miedo.

-¿… Miedo?

-No, por dios, señor inspector. Me refiero a esa mirada tan… vacía que tiene. No ha vuelto al apartamento desde que paso eso.

-Pues yo no le veo desde hace tres semanas o así, cuando Sherlock…en fin, eso. Me tiene preocupado, no sé nada de él y siento que en gran parte es culpa mía.

-Esto no es culpa de nadie, querido. Son cosas que pasan.

-Sí, señora Hudson. Sí lo es, porque si una persona más, una sola persona más hubiese confiado en Sherlock, las cosas habrían acabado de otra manera. En lugar de eso, todos les dimos la espalda. Y sin quererlo, acabamos con su vida y también con la de John Watson.


-¿Diga?

-Buenos días, John. ¿Te encuentras mejor?

John suspira. Toda esa palabrería le hace sentir como si todo fuera un chiste. Y no hacía gracia. Ninguna.

-Si has llamado para hacer preguntas absurdas nos ahorramos la charlita, el tiempo y colgamos. Va a ser mejor, Mycroft.

-Discúlpame, John. De verdad.

A John le empieza a entrar el lapso este que hace que te sientas medio culpable de las cosas. De esto que es demasiado bueno y aunque se la tenga jurada al mayor de los Holmes no es capaz de mostrar animadversión o algo así. No le sale. No va con él. Y después de todo, él toma muy en cuenta pequeños detalles como estos. Que una persona le llame cada dos días preguntando por su estado es algo que no hace mucha gente. A todos nos gusta sentirnos queridos.

-No, lo siento. Últimamente estoy… ya sabes.

Silencio.

-Ya. Entiendo.

Silencio. Diez segundos. John suspira. Mycroft también.

-Bueno… y…

-¿Necesitas algo?

-No.

-¿Seguro? Puedo pasarme por ahí cuando quieras. Si por algún casual… no sé.

-Mycroft –John carraspea, le cuesta coordinar sus palabras-. No me apetece hablar contigo, la verdad. Ni con nadie. No te lo tomes como algo personal ni nada, es que… bueno, sí, tómatelo como algo personal. No voy a olvidar de la noche a la mañana lo que le hiciste a tu hermano, y me va a costar mucho hacer borrón y cuenta nueva, pero no.

John vuelve a suspirar. Cualquier imagen que se haga en la cabeza sobre el menor de los Holmes le duele. Le duele saber que esto podría salir de otra manera, y John es un tipo muy nostálgico. Le cuesta desprenderse de los recuerdos.

-No soy de ese tipo de personas. Solo necesito estar solo. Espero que lo entiendas. Y si no lo entiendes… bah, me da igual. Ya hablaremos en otra ocasión.

-Vale. Siento las molestias, John. Adiós.

-Adiós.

Cuelga.

No es él mismo. Es consciente de que no es él mismo y es algo a lo que ya se ha hecho a la idea, aunque no le guste. En el fondo es el que más culpable se siente, de todo. Aún no sabe por qué. No sabe qué ha hecho mal, si debería haberle dicho algo más profundo a Sherlock cuando estaba a puntito de decir adiós a todo. O haber nacido con más luces para estar no a la altura del maravilloso detective, pero sí pisándole los talones.

Es temporada de arrepentimiento, supone. Se te muere un ser querido y piensas en lo típico: qué he hecho mal, tendría que haber ido con él a…, tendría que haberle dicho que…

Tendría, tendría, tendría. Y uno no se compadece de sí mismo ni lo busca. Lo que busca es auto castigarse para algún fin inservible.

Cierra los ojos, acomodándose sobre su sofá. Ella le ha dicho que, como terapia y hasta que las cosas se calmen un poco, debería buscar alguna vía para canalizar toda esa energía negativa que rezuma. Algo para que John no se lo guarde todo dentro y acabe por explotar, dijo que sería lo mejor para él. John sabe que Ella se teme que él vaya a hacer alguna locura. Hartarse de sedantes, meterse en algún lío o caerse por la Tower 42, siguiendo los pasos de su amigo.

John se limita a asentir como un perro para hacerle entender que todo está bien, en realidad. Que lo está llevando con relativa facilidad.

No, mentira. En sus adentros se muere de la risa. Ni él mismo se lo cree. Pero va a hacerle caso, así que se mete la mano dentro del bolsillo y saca su móvil. No le apetece abrir otro blog –John pasa de relatar un parrafazo lleno de sus intimidades más profundas en un blog que todo el mundo lee-. Va a la bandeja de mensajes. Sherlock no ha contestado ninguno –normal, piensa, mientras suelta una carcajada.

Abre un nuevo mensaje y aunque piensa que ni la virgen lo va a leer, se pone a escribir. Como hace dos semanas.

"Hoy ha llamado tu hermano. Me ha preguntado qué tal estaba por lo de… ya sabes"

Otra vez no. John nota como le empieza a costar ver, sus ojos se están embadurnando de lágrimas. Esto ya es demasiado. Para todos. Para él.

"Se siente muy culpable. Se le nota. Dicen que cuando alguien muy querido se nos muere tendemos a castigarnos por lo que no hemos podido decirle"

John se frota los ojos, resoplando.

"Te quiere mucho, Sherlock. Siempre lo ha hecho. Los dos decíais que el cariño no era una ventaja, pero en el fondo os contradecíais vosotros solos"

Y deja el móvil en el suelo. Cuando se quiere dar cuenta, ya está tirado sobre el sofá. El infierno se ha abierto a sus pies, de nuevo. No tiene mucha idea de cómo parar todo eso. Se siente indefenso, pequeño, inútil e incapaz de hacer frente a sus problemas. Como si siempre se viera necesitado del apoyo de una persona. Y lo peor, se siente solo. Y solo es el peor de los recuerdos que viven dentro de su cabeza, porque le recuerda a su vida antes de conocer a Sherlock, esa vida tan monótona y vacía, y parece que nada ha cambiado, nada.

Bueno, sí. Se ha vuelto más gilipollas.


Ya ha pasado un mes.

-Ha pasado un mes, John. ¿No crees que ya va siendo hora de… uhm, intentar levantar cabeza? –John no responde, solo traga saliva como puede-. No voy a pedirte que lo superes. Estas cosas llevan su tiempo. ¿Has hecho lo que te pedí?

John asiente.

-Bien, por algo se empieza. ¿Hay algo que quieras decir en voz alta? –el doctor suspira, no dice nada-. Es el segundo paso, John. Vocalizar y lanzar al aire lo que más miedo nos da. Llora todo lo que tengas que llorar, es una respuesta que el cuerpo nos obliga a dar. Nos libra de tensiones y por alguna razón creo que no te desahogas todo lo que te deberías desahogar.

-¿Por quién me tomas? –pregunta John, sin dar crédito a lo que oye. Se señala los ojos-. Mírame. Mira mis ojos. Están hinchados, me escuecen. Cuando quiero darme cuenta estoy llorando, y es algo que ocurre varias veces al día. ¿De verdad crees que no me desahogo? ¿Que no lloro todo lo que tengo que llorar?

-No se trata de llorar o no llorar. Eso es solo una parte de todo esto, que es mucho mayor. Se trata de desahogarte con alguien en que confíes. Que te abras y expliques cómo te sientes.

-Ya te lo estoy diciendo a ti.

-No. Que nos dirijamos de tú a tú y no de usted es parte del trato cálido y cercano que deben de tener psiquiatra y cliente. Y tú lo sabes. Confías en mí como si fuera el remedio de tus inseguridades, que para eso estoy. Pero nada más.

John mira para otro lado, resignado. La mujer tiene razón, John no va a llegar muy lejos. Aprieta sus puños que yacen sobre sus rodillas y oprime los dientes de su mandíbula, unos con otros. Empieza a temblar, de repente.

-He escrito cosas.

-Cosas.

-Sí. En serio. Y me va a costar mucho, muchísimo pagarlo a fin de mes.

-John.

-No creo que sirva para mucho. Ahora solo tengo ganas de cagarme en Sherlock y toda su estampa. Y las cosas que me ha hecho, y me ha dicho. Y… –aprieta sus dos puños sobre sus rodillas, tirando de la tela de su vaquero con rabia usando sus uñas como medio para intentar disipar un poco toda esa cólera que lleva dentro-. Y todo, Ella. Todo.

-Estás cabreado.

-Sí.

-Y mucho.

-Muchísimo. Demasiado. Me hace enviarle mensajes sin sentido. Estupideces que sé que no va a leer y bueno, aunque las leyese no servirían de mucho. Es un egoísta, un maldito egoísta. Nunca me ha tenido en cuenta, ni me tendrá. Y ahora probablemente se esté riendo de mí desde su tumba, lo seguirá haciendo y yo mientras tanto me estaré dejando la piel en pensar y convencerme que lo que hizo ese día fue por algún motivo bueno. Porque aunque crea que es un capullo de pies a cabeza en el fondo tengo esperanzas de que haya algo de benevolencia en ese corazón. Y ni siquiera sé si me resultaría de utilidad saberlo porque Sherlock está muerto –John se muerde los labios como acción inconsciente cuando sabe que está a punto de cogerse un berrinche.

John atraganta un balbuceo y deja que toda la pena le recubra, dejándose a sí mismo en pañales frente a Ella. No pretende dar pena a nadie, aunque sepa que el trabajo de su psiquiatra está para algo. Solo está hasta el mismísimo copón de todo.

-Eso es lo que quería que hicieras. Desahogarte en voz alta.

-¿Y de qué me sirve? –John Watson siente las lágrimas rozando el párpado inferior. A la mierda todo otra vez.

Ella se encoge de hombros- Te lo puedo decir más alto, pero no más claro. Hay cosas que tienes que aprender a superar tú solo. Tienes mi ayuda y mi apoyo, pero hay un punto que nadie puede tocar, solo tú.

El doctor cierra los ojos.

-Sé que tienes algo más que decir.

Niega con la cabeza- No. No puedo.

-John…

-Lo siento, eso sí que… no puedo. Quizá para otro momento.

-Como quieras. Pero es algo que vas a tener que sacarte de dentro tarde o temprano.

Pero tarde o temprano no puede. No. No se siente preparado, y no se trata de que nadie lo oiga o no. Es por él, porque se le queda demasiado grande ese pensamiento. Esa aflicción que le suena a pecado imperdonable. Eso que podría haber dicho, que a lo mejor habría cambiado las cosas pero no dijo por alguna razón, a lo mejor porque sentía que no debía. Que no era el momento. O que ni siquiera él tenía constancia de eso. Incluso puede que ni la tenga ahora.

Sea como sea, es algo que prefiere no contemplar.

-Por cierto, y antes de irme. Me he fijado en que ha vuelto ese temblor intermitente que tenías en la mano izquierda –John no se había dado cuenta, pero al fijarse ve que tiene razón-. ¿Y la cojera?

-No. O al menos por el momento.

-John, intenta ser fuerte. Sé que puedes. Es difícil pero no debes dejar que esto pueda contigo. Es algo que ha pasado y ya está. No puedes hacer nada para que vuelva. Siento sonar tan franca, pero no hay más vuelta de hoja.

Agacha la cabeza. Razón no le falta a su querida terapeuta.

-Nos veremos en la próxima sesión. Cuídate, John.

-Hasta la próxima.

Cuando su psiquiatra se va, John se queda plantado en su sillón, murmurando posibles conversaciones, oraciones y palabras que podría haberle dicho por teléfono, en su última conversación. Intentos de diálogo que nunca llegarán a su destinatario. John entierra su rostro entre sus manos, suspirando, rendido ante todos sus errores. Se pregunta cosas como quién es ese tipo que tiene su cuerpo. Qué le ha pasado y cómo se está dejando pisotear y abatir por un recuerdo. Cómo el hombre de guerra con los nervios de hierro que ha visto morir a cientos de sus compañeros de las formas más aterradoras está a punto de acabar con su vida de alguna manera u otra por otra más. Otra muerte, como las mil y una restantes en la otra parte del mundo.

Aunque al cabo de cinco segundos de formularse esa cuestión ya la tiene resuelta.

John tiene su móvil sobre la pierna. Se aparta las manos de la cara, lo mira de reojo y hace el gesto inútil de comprobar si hay algo nuevo en la bandeja de entrada. Gasta diez segundos de su tiempo verificando resultados absurdos. Lógicamente no hay ninguna novedad y aún así le temblaban las manos, como si estuviera nervioso por encontrarme alguna sorpresa dentro de ese cacharro. Tanta neurosis para pegarse la hostia contra el suelo.

Él ya lo había predicho, pero por alguna razón John cree en los milagros. Y en las cosas estúpidas.

Qué le vamos a hacer.

Al mismo tiempo, gasta otros veinte segundos de su valioso tiempo en teclear con rapidez y hacer una barbaridad para obtener otro resultado absurdo. Solo para desahogarse. Solo. Y de paso para hacerse sentir más vulnerable y lerdo de lo que ya tiene asumido que es.

"Te estarás mofando de mí en los cielos"

John suelta una pequeña carcajada.

"No sé si te acordarás de Ella, mi psiquiatra. Creo que piensa que me estoy volviendo loco o que estoy sufriendo algún tipo de trastorno post-traumático que acabará en tragedia."

El doctor se siente tan vacío, tan desganado por dentro que ya no sabe ni qué decir. Ni sabe por qué lo hace. Total, está muerto y no va a volver. Y John no está en pos de creer en un inminente apocalipsis zombie porque ya sería la gota que colma el vaso, y él por iniciativa propia llamaría al manicomio más cercano si de verdad empieza a sentir que por su coco circulan ideas tan descabelladas.

No existen los milagros. Nunca han existido y no van a empezar a existir por una muerte más porque, sinceramente, John lo vería demasiado egoísta hasta para él.

"Yo creo que eres tú el que me está volviendo loco."

Pero por alguna razón, va a seguir creyendo en ellos, por muy absurdo que le suene todo. Simple y llanamente porque se trata de Sherlock, y con eso John ya es capaz de explicar toda la historia de su vida. Sherlock Holmes ha sido, es y será la única persona que ha conseguido que John tenga una razón para tener algo de amor propio. Para autosugestionarse confianza. Para creer en él mismo. Y a partir de eso, lo demás empieza a dar igual.

Y cuando John trata de justificarse y encontrar una razón, se repite una y otra vez mentalmente esa misma frase.


Es flojito, ¿verdad? Es una presentación, siento si pensais que es una basura xd. Pero sabeis que? Todo review sera bienvenido *-* (adoro las criticas, eh? xd).

Ah, también quería dar un saludo a youweon por haberme dado el visto bueno al fic, que me ha ayudado bastante con sus sabios consejos (muchas gracias, nena *_*), te lo dedico! :3

Por cierto, muchas gracias a los dos reviews que me habeis enviado en la otra historia que he tenido que borrar (asdwefcdq -.-"), de verdad *_*. Y bueno, todo eso ^^.