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Soñar con él

11

Hogar


"Aférrate, a mí mientras vamos,

Mientras recorremos este camino desconocido,

Y aunque esta ola nos encadene a lo largo,

Entérate que no estás sola,

Porque voy a hacer de este lugar, tu hogar."

Phillip Phillips "Home"


Corría

A través del polvo, de las personas que pululaban de un lado a otro, indiferentes a las preocupaciones del detective, incluso indolentes al sufrimiento del doctor. Porque sufría. Seguramente lo hacía.

No había otras razones para haber huido.

Él sabía que el doctor había huido. Lo vio, lo vio más de una vez en la mesa. Lo vio intermitentemente a través de sus ojos azules. Pero no hizo nada al respecto. No dijo nada. Y la única tontería que fue capaz de decirle fue "Te abrazaré cuando estemos en casa, ¿de acuerdo?".

Tonto, tonto, ¡tonto!

Las calles de Londres eran tan normales, tan cotidianas y el efecto que tenían en Sherlock era apabullante: le recordaban la constante ausencia del doctor. El sentimiento que había tenido cuando se dio cuenta de que lo extrañaba más de lo que había imaginado. A través de las calles y del polvo constante recordó el momento en que, dormido al lado de su doctor —como tantas veces antes—, éste pronunció en sueños el nombre de Mary. Hacía ya un tiempo de aquello. Mucho tiempo; antes de que el doctor se comprometiera con ella, antes de siquiera entender que él se había "enamorado", que se había hecho a la idea de que casarse era la forma correcta de proceder en su vida.

Antes de que Sherlock entendiera lo mucho que amaba a John.

Por eso lo dejó ir. Por eso, a pesar de hacer intentos torpes por sabotear el compromiso, nunca los hizo con la inteligencia o dedicación que hubieran bastado para lograr que John no se casara. Después de todo, él era Sherlock Holmes, así que ¿era tan imposible para él diseñar algún plan que echara por la borda los planes de matrimonio? La respuesta era sencillísima: no.

Lo entendió esa noche. Esa noche en que él dormía en brazos del doctor. Porque así lo quiso John.

—John, tranquilízate —le había dicho Sherlock.

Estuvieron bebiendo toda la noche, después de haber resuelto un caso absolutamente complicado; Sherlock ya hasta había olvidado de qué se trataba. Lo que recordaba más de ese día, con una persistencia exorbitante, como un trazo perfecto en medio de una pintura grotesca.

Después de beber hasta no poder más, Sherlock ayudó a John a caminar hacia el hotel más cercano. Pidió una habitación y subió con él a cuestas por las escaleras.

Para Sherlock había sido más fácil tomar; el constante consumo de la morfina y la cocaína lo habían insensibilizado un poco a los estragos del alcohol y sus efectos. Así que después de llegar a la habitación que les habían designado, introdujo sin problemas la llave en la puerta y abrió.

John iba ligeramente turbado. Los efectos en él eran desastrosos, pero ese peculiar día parecía tener cierto control sobre sus acciones, aunque no lucidez sobre lo que hacía o decía.

—No quiero dormir —dijo John, como un niño pequeño.

—Bueno, entonces recuéstate —le dijo Sherlock con tranquilidad. Con la paciencia normal que hay que tenerle a una persona ebria.

—Vamos por más whisky, Holmes.

—Tomábamos ginebra. Sabes que detesto en whisky.

Hizo sentarse a John.

—No tengo sueño —dijo el doctor.

—Te quitaré los zapatos, ¿de acuerdo?

John asintió, y Sherlock procedió a quitarle los zapatos y las calcetas. También le quitó el cinturón a su amigo, el saco y el chaleco.

—Hace calor —dijo John.

—Te quitaré la camisa, ¿quieres tomar un baño?

—Sí.

Sherlock comenzó a desabrocharle los botones de la camisa, pero John lo detuvo.

—No, yo puedo… —balbuceó.

El doctor Intentó hacerlo, más de dos veces, pero fue incapaz de regresar cada botón por el ojal en el que había entrado.

—Déjame a mí —le pidió Sherlock con amabilidad, y después le desabrochó el resto de los botones de la camisa.

—Quítate el sombrero, Sherly —le dijo John, como un juego, y le quitó el sombrero y lo tiró a un lado—. No es justo que sólo me estés desnudando a mí —rio sonoramente. De alguna forma la paciencia con que Sherlock lo trataba le era graciosa al doctor.

En ese momento el detective desabrochó el pantalón del doctor, y se lo quitó.

—Ven —le dijo Sherlock, y lo condujo a través del cuarto hasta el baño. Ahí le dijo que se quitara la ropa interior y se metiera a la tina, pero el doctor era incapaz de ponerse en un solo pie, así que Sherlock tuvo que ayudarlo a quitársela.

—Una chica y no tú debería estar quitándome la ropa interior —bromeó John.

—Sólo no hagas demasiadas expectativas, amigo. Creo que esto terminará muy diferente a como si yo fuera una chica —le dijo Sherlock.

John estaba sentado en el borde de la tina, con Sherlock en cuclillas entre sus piernas. Miró a Sherlock de una forma extraña, y por un momento el ambiente se tornó tenso.

—Entra a la tina —le dijo Sherlock al cabo de un momento, y John obedeció—. ¿Necesitas que te enjabone?

John rio, pero no dijo nada, así que el detective tomó la esponja y comenzó a tallar el cuerpo de su doctor con tranquilidad.

—Quítate la ropa —dijo de pronto el doctor, al cabo de unos minutos.

Sherlock rio, creyendo que se trataba de otra de las bromas del ebrio John.

—No es justo que sólo yo me bañe, o que sólo yo esté desnudo, métete a la tina.

El detective examinó el gesto de John, tratando de adivinar sus intenciones. Pero ese John era voluble y un tanto impredecible, así que Sherlock tomó la invitación por una real y así lo hizo. Entró a la tina, que era suficientemente grande para los dos, pero en el momento en que el detective iba a sentarse del lado opuesto que John, éste lo haló por una mano y lo hizo sentarse entre sus piernas.

—Me toca enjabonarte —dijo John.

Tomó la espalda de Sherlock como a un lienzo y comenzó a hacer con la esponja y el jabón varios círculos. Después echó agua a la cabeza de Sherlock.

—¿Te sientes mejor? —le preguntó Sherlock, sin voltear a ver al doctor.

—No. Tengo mucho sueño —contestó el otro.

En ese momento el detective hizo ademán de levantarse, pero John lo detuvo y lo envolvió en un abrazo desde atrás. Y se quedaron ahí, sentados en el agua por un rato, sin que John hiciera o dijera algo, ni tampoco Sherlock.

El doctor descansó su quijada en un hombro de Sherlock, y suspiró.

Después de un momento, el detective pudo sentir en la parte baja de su espalda la hombría de su amigo creciendo. Pero no dijo nada, ni hizo algo. Era, después de todo, una reacción natural al roce de otro cuerpo, sobre todo en el agua caliente.

—Vamos a dormir —dijo al cabo de un rato Sherlock, pero se llevó una sorpresa al darse cuenta de que su amigo estaba dormido.

Lo despertó, y con cuidado y mucha más dificultad que para subir las escaleras lo llevó hasta la cama, y así, desnudo lo arropó. Sherlock regresó por sus ropas al baño, y dobló todo y lo puso en una mesa. Él también se recostó bajo la misma sábana, sin nada puesto. Hacía demasiado calor, así que se alejó lo más posible de su amigo, y se dispuso a dormir mirando de frente hacia la pared. Entonces la voz de John lo sorprendió.

—Sherlock —dijo—, acércate.

El detective así lo hizo, se acercó un poco, pensando que quizá John deseaba decirle algo, pero en lugar de eso se encontró a sí mismo apresado entre los brazos del doctor de nuevo. Esta vez un brazo lo jaló hacia él y recostó la cabeza de Sherlock sobre su pecho.

—¿Podemos dormir así? —le preguntó el doctor.

—Lo que tú quieras amigo.

Y así se recostaron. Sherlock tuvo que abrazar a John para poder ponerse cómodo, y, de algún modo, eso le hacía sentir reconfortado, se sentía seguro, y sentía una calidez extraña, totalmente diferente al calor de la noche.

Entonces sintió el movimiento del cuerpo de su amigo, que se acomodó para acercarse un poco a su rostro de Sherlock. Sintió su aliento muy cerca de su rostro. John empujó el cuerpo del detective contra el colchón y se acercó a él. Olía a alcohol; mucho. Pero Sherlock sintió un miedo estúpido, y luego una emoción extraña.

El doctor abrió sus piernas y brazos para poder sostenerse del colchón, encima del detective.

El rostro de John se movió lentamente cerca del de Sherlock, y sólo entonces el éste comprendió que John tenía intenciones, en medio de ese arrebato inducido por el alcohol, de besarlo, y quizá de hacer algo más con él. Tuvo miedo. Porque no sabía qué hacer, porque sabía que ese no era el John consciente y porque, muy dentro de él, algo le impedía moverse.

Pero John no lo besó. Se dejó caer y sus extremidades se flexionaron, y quedó sobre Sherlock. Con su cabeza sobre su hombro.

—No puedo —dijo.

Y simplemente se quedaron ahí. Sherlock con John sobre él, y el doctor con sus extremidades encogidas. Sherlock volvió a sentir la hombría del doctor, pero esta vez sintió cómo poco a poco ese "no puedo" lo imposibilitaba, y cómo el sueño se apoderaba del cuerpo de su amigo.

Se quedó dormido. Y Sherlock también.

A la mañana siguiente John lo despertó muy asustado.

—¡Holmes! —le decía entonces. Sherlock reaccionó y se encontró de frente con su amigo desnudo, recién despierto y bastante exaltado—. ¿Qué pasó anoche? —preguntó y Sherlock entendió la preocupación de su amigo. Se sentó en la cama y después de frotarse los ojos respondió.

—Tomamos mucho y…

—¡No puede ser, Holmes! —gritó John, asustadísimo.

—… y te traje aquí para que descansáramos, tomaste un baño y te quedaste dormido en la cama. Después tomé yo el baño y vine a dormir, ¿por qué preguntas?

John evaluó la respuesta de Sherlock, y después la expresión en su rostro.

—Es que… no recuerdo nada, y pensé que… yo estaba sobre ti… ¡Dios santo! —se llevó la mano a la cabeza—. ¿En qué estaba pensando?

—Ya hemos dormido juntos, Watson. Y ciertamente nos hemos visto faltos de ropa más de una ocasión.

—Sí, pero…

—¿Pero?

—Nada… Creo que imagino cosas. Disculpa mi actitud si fue indecente.

—No lo fue. Tranquilízate, Watson.

»Y ahora, si no te importa, déjame dormir.

Dicho eso, se recostó, pero no se durmió. Entendió entonces que lo que había pasado era algo que sólo quedaría en su memoria.

John se acostó también y se durmió, pues era bastante temprano. Después de algunas horas fue Sherlock quien se despertó. Se bañó y se cambió. Revisó la nota que llevaba en el saco, era de Mary, en aquel entonces una clienta, de quien habían resuelto un caso. Hizo el papel una bola y lo tiró a la basura, era sólo un "gracias".

Entonces se sentó en el borde de la cama, para observar dormir a su amigo. No dijo nada, ni siquiera recordaba haber pensado algo en ese momento. Ese cruel momento en el que el doctor se dio la vuelta en la cama y pronunció el nombre de "Mary".

En ese momento Sherlock entendió que cuando el momento llegara debía dejarlo ir. Para que fuera feliz, porque una mujer y, sobre todo, una esposa, podrían darle lo que él no.

Londres perdió entonces algo de su belleza.

A medida que Sherlock corría las nubes se pronunciaban férreas y grises. La gente se tornaba ácida, y el suelo era cada vez más imposible.

Llovía.

Llegó a Baker Street, agitado. La señora Hudson le preguntó qué sucedía, porque John había llegado solo y había subido molesto. Había escuchado golpes en el piso de ellos y estaba preocupada.

Sherlock la pasó por alto, tenía que alcanzar a John. Decirle que no había nada que temer, que no tenía por qué haberse ido del restaurante. Debía darle el abrazo que le prometió.

Las ropas del detective escurrían cuando entró por la puerta principal y se encontró a John acarreando sus maletas hacia el vestíbulo del piso.

Se miraron un momento, agitados ambos. Sin respiración, por la carrera, las prisas, el esfuerzo o quizá sólo por encontrarse frente a frente.

—Te pedí que me esperaras —dijo Sherlock después de unos momentos, sin moverse de donde estaba—, creí que querías hablar.

—No quiero hablar —respondió John.

—De acuerdo. No hablemos de esas cosas, ¿podemos hablar de otras?

—¿De qué más?

—Necesito decirte algo.

—No lo digas. No creo que sea tu culpa, pero… últimamente mucho de lo que dices me lastima.

—Entiendo.

De nuevo se quedaron en silencio.

—¿No quieres pasar y secarte? —le preguntó John.

—No. Temo que si me aparto de la puerta, o que si te doy la espalda saldrás corriendo…

—Yo no huyo.

—No dije que sí.

—Pero no huyo.

De nuevo el silencio.

—John…

—No.

—¿Por qué viniste, John?

El doctor arrugó el ceño. Miraba hacia las maletas, determinado a irse de una vez de Baker Street.

—Yo… Te soñé. Varias veces. Creí que te extrañaba.

—¿Creíste?

—¿Qué quieres que diga?

—Yo te extrañé, John. Te extrañé muchísimo. Cada día, cada noche, en cada viaje y en cada trabajo que tenía. Te extrañé a la hora del desayuno, del almuerzo, del té, de la cena y la merienda. Extrañé tus conversaciones, tu risa, tu voz… Me has hecho mucha falta.

Silencio.

—No lo digas —dijo John con dureza. Tenía los ojos llorosos y respiraba con mucha dificultad—. No te atrevas a decirlo. Tú me dejaste ir, tú mismo lo dijiste. Tú querías que yo me fuera…

—No. Yo te quería conmigo. Siempre a mi lado. Pero tú querías ser feliz, y yo de ninguna forma iba a poder darte lo que tú necesitabas.

—¿Qué sabes tú de lo que yo necesitaba? No necesitaba el amor de una pareja, no era necesario que me amaras, Sherlock… No es necesario que me ames.

—Yo no iba a poder darte una familia.

—Tú eras mi familia.

Fue como un golpe dado de lleno en la cara, y después como una ola que te atrapa y te revuelca a su antojo. Era cierto.

—John…

—No.

—John…

—No.

—John…

—¡No!

Los ojos vidriosos de Sherlock se encontraron con los ojos anegados en lágrimas del doctor.

—Yo te amo, John.

El doctor tragó saliva y se dejó caer en el suelo. El golpe había sido más duro para él.

—¡¿Por qué me dejaste ir, entonces?! —gritó.

—Porque quería que fueras feliz.

—¡Yo ya era feliz!

Sólo entonces Sherlock se acercó a él. John se aferró a las piernas del detective, como para no caer, y rompió en llanto. El detective se agachó para levantarlo, pero no pudo, y se quedó ahí, abrazando a su amigo fuertemente.

—¿Qué voy a hacer? —preguntó John, desesperado.

Sherlock estaba aterrorizado.

—Sea lo que sea, tienes que saber que estoy contigo.

John lo miró de frente, llorando, con auténtico miedo y vulnerabilidad. Y entonces, sin que Sherlock pudiera hacer algo para advertirlo, John lo besó. Durante un rato. Con la pasión y el amor acumulado a través de los años. Desde aquel "no puedo". Ambos se besaron con libertad.

Sherlock limpió las mejillas húmedas de su amigo con su pulgar. Se dejó por fin caer al suelo, con John abrazándolo aún. Su sombrero rodó algunos centímetros por el suelo y cayó sobre la alfombra. John sostuvo su cuerpo con sus codos, encima del detective. Se miraron fijamente, con ternura, con pasión, con un auténtico sentimiento de miedo; el mismo que sienten dos niños que recién experimentan el contacto físico uno del otro.

El detective lo notó, así que condujo la mano del doctor hasta su pecho, donde lo a desabrocharle los botones. John le quitó el saco, el chaleco y después, botón a botón la camisa. Se recostó un momento sobre el pecho frío de Sherlock, sin dejar de besarle los labios.

Ambos estaban mojados ya por el agua en el traje de Sherlock.

El detective le quitó a John la camisa, y quedaron pecho a pecho recostados en el suelo. El doctor acarició a Sherlock, besó su boca, luego su cuello, y bajó hasta su pecho. Probó sus pezones, y en ambos el detective gimió complacido. Bajó más, hasta llegar al borde del pantalón, que delicadamente fue quitándole. Y después se quedó un momento de frente a la hombría excitada de Sherlock, como si no supiera cómo proceder. Contempló la desnudez de su amigo, ávido de placer, y después, como saliendo del trance que le produjo, lamió la entrepierna de Sherlock, recorriéndolo con la lengua, y después introduciéndolo a su boca.

El detective gimió, una, dos, tres veces. Sujetó el pelo de John con fuerza, como para obligarlo a detenerse o continuar; era difícil saberlo. Entonces el doctor comenzó a quitarse el pantalón, sin dejar de besar a Sherlock; abrió las piernas de su amigo y se colocó en medio, con el miembro erecto, listo para penetrar al detective.

Sherlock se aferró a los brazos del doctor, como pidiéndole que se detuviera, como diciéndole que no estaba listo. Pero después de un largo beso Sherlock soltó al doctor y le dio acceso. John aceptó el regalo con mucha paciencia, se colocó en posición y lentamente fue penetrando a su amigo, sin hacer ningún movimiento extra, y arrancando más de un gemido de la boca de su amigo.

—John…

Sherlock tenía miedo.

—Tranquilo —dijo el doctor, para tranquilizarlo. Una vez que estuvo dentro completamente sintió temblar el cuerpo del detective. John lo abrazó, lo besó, y después, muy lentamente comenzó a moverse hacia adelante y hacia atrás.

Cuando Sherlock se hubo acostumbrado permitió que John lo embistiera con mayor intensidad; no podía prohibirle que se abstuviera, pues era tanta la pasión que ambos sentían que se dejaron llevar por ella.

—Voy a terminar —dijo John, agitado.

—Hazlo.

—¿Dentro de ti?

—Sí.

Y así lo hizo. John explotó dentro de su amigo, con un grito de placer que fue ahogado por el de Sherlock.

Se quedaron ahí, recostados, sudorosos y desnudos uno sobre el otro.

—Yo también te amo —dijo John finalmente.

Y no dijeron nada más, porque las palabras se volvieron insuficientes para decir lo que ambos sentían. Se quedaron dormidos, sin pensar en otra cosa que no fuera la calidez del otro, y sin decir nada más, porque ambos sabían que John estaba atrapado con Mary, que tenía que regresar a su casa en el campo, y que abandonaría a Sherlock una vez más. Probablemente se despedirían al día siguiente, y ambos sonreirían con tristeza. Pero esa noche era sólo para ellos dos.

Quizás los sueños de John sobre Sherlock regresen cuando esté en el campo. Una, dos, tres veces a la semana, o tal vez más frecuentes. Pero el doctor sabría ahora, muy en lo profundo, aunque estuviera a varios kilómetros de Londres, que allá afuera, detrás de las ventanas, estaba Sherlock, amándolo.

John sabría, que allá afuera, estaba su hogar.


By Gyllenhaal


Bueno, con esto doy por terminado este fic, que me trajo muy buenas experiencias y muy buenos reviews.

Muchas gracias a todas por seguir mi historia. Es para mí un placer compartirla con ustedes.

Seguiré por Fanfiction, aún con unas historias que debo terminar, y compartiendo muchas más.

Muchas gracias a ustedes por su apoyo y sus reviews. Muchas gracias por recorrer este viaje al lado de John, Sherlock y de mí.

¡Muchos abrazos!


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