Disclaimer: Escaflowne, sus personajes y lugares no me pertenecen, si fuera así Hitomi jamas hubiese vuelto a la Luna Fantasma, se hubiera casado con Van, nunca habría besado a Allen y Dilandau estaría internado en un manicomio de alta seguridad ¬¬

PROLOGO

La tranquilidad que reinaba dentro del Escaflowne y también fuera, me mantenía en alerta. Mis ojos vagando por todas las direcciones en busca de aquel guimelef dorado que debía derrotar a cualquier precio. Aun a costa de mi propia vida, como bien me había señalado Allen antes de que subiera al Escaflowne para pilotarlo.

Aunque sabía a la perfección que el dudaba seriamente de que una simple chica de dieciséis años pudiera contra un contrincante curtido en la batalla como era el piloto de aquel guimelef. Debía hacerlo y no pensaba echarme atrás aun a pesar de sentir el miedo carcomiendome las entrañas. Podía sentir como todos mis sentidos se volvían gelatina.

Inspire aire muy lentamente y después,simplemente...suspire.

—Sora, tu puedes...—me dije en voz baja, notando en mi propia voz, las notas de pánico que me consumían. Estaba empezando a hiperventilar cuando lo vi.

El guimelef dorado estaba justo delante de mi. Y dentro de el, como su piloto...Uruki.

La sangre se me heló en las venas.

El no podía ser el piloto de aquel guimelef. El simplemente no debía de estar dentro de aquella cabina. Ni estar mirándome con el dolor reflejado en sus hermosos ojos castaños, mucho menos estar intentando decirme algo aun a pesar de que sabíamos ambos de que eramos incapaces de oírnos a aquella distancia. Espera...¿me estaba intentando decir algo?

—T...e...q...u...i...e...—iba deletreando letra por letra aquello que el intentaba decirme atravez del movimiento de sus labios—...r...o

Sonreí levemente al entenderlo y no pude-ni quise-evitar que las lagrimas salieran de mis ojos. Aquel simple movimiento de labios era, quizás, lo último que podríamos decirnos antes de que comenzara la batalla. Antes de que nos convirtiéramos en enemigos definitivamente.

—Te quiero...—le dije yo también, para que fuera consciente de que mis sentimientos eran exactamente los mismo que los suyos.

El grito de Allen y de las demás personas que habían ido a ver la pelea resonaron en mis oídos, como la señal de comienzo.