Título: El apartamento de la calle Marshall

Fandom: Harry Potter

Pareja: Harry/Draco

Advertencias: anteriores Draco/Astoria y Harry/Terry Boot.

Número de palabras: ~62,000 en 11 capítulos.

Rating: NC-17

Beta: Loredi
Fanart de la portada: Aradira

Disclaimer: Los personajes del universo de Harry Potter pertenecen a JK Rowling y han sido utilizados en este fanfiction sólo por motivos de diversión y sin ningún fin de lucro.

Resumen: Un deprimido y solitario Harry Potter alquila un apartamento en Londres que es perfecto en todos los sentidos… menos en uno: el fantasma de Draco Malfoy que llega un día a incordiar a Harry con el cuento de que el piso es suyo.

Notas: Basado en la película Just like Heaven (Como si fuera cierto) y escrito para el FluffyFest 2012. No es precisamente un AU. Más bien intenta ser un EWE.

Dedicatoria: Con todo cariño para mis amigas drarryescas que pacientemente esperaron mi retorno a este fandom y que se alegraron de verme volver.

Agradecimientos: A Lore, que fue quien me dio el empujoncito que necesitaba en el Drarrython y luego me apoyó durante toda la creación de este monstruito; y a Aradira por los hermosos trabajos gráficos que con tanto amor me hizo para este fic.


El apartamento de la calle Marshall

Prólogo

Si salió a ligar esa tarde, no fue en absoluto debido a que fuera el estúpido 14 de febrero. Lo hizo porque era su rutina, porque solía hacerlo cada viernes (y sábado y domingo y martes y miércoles y siempre que podía). La única diferencia fue que ese día, antes que cualquier otra cosa, le envió por lechuza un regalo a su esposa. Después de eso y fiel a su costumbre, Draco se arregló y salió del apartamento marcado con el número 13 que él idolatraba casi como a la mansión de los Malfoy en Wiltshire, sitio que Astoria cuidaba con tanto celo y cariño como si se hubiera criado ahí desde pequeña. Esa era una de las cosas que a Draco le gustaban más de su mujer… aunque, ahora que lo pensaba, quizá era la única cosa que le gustaba de su mujer.

Sonriendo muy pagado de él, Draco cerró con magia y bajó por las escaleras a pesar de que el lujoso edificio de la calle Marshall tenía su propio ascensor. Draco nunca confiaría lo suficiente en la tecnología no mágica como para poner su vida en manos de semejante vejestorio muggle.

Ya en la calle, Draco ignoró el frío y la llovizna vespertina y caminó el par de manzanas que lo separaban de su destino: The Edge. Siempre llegaba así, sin compañía, pero jamás dejaba el lugar en esas mismas condiciones. Saludó al musculoso del cover, arqueándole una ceja y apenas dibujando en sus labios un amago de sonrisa. El hombretón lo reconoció como el cliente habitual que era y lo dejó pasar sin intercambiar una palabra.

Ya dentro del famoso pub londinense, Draco se detuvo un momento, se reacomodó su costosa chaqueta negra —aplicándose un silencioso tergeo para absorber las minúsculas gotas de agua— y miró a su alrededor. La planta baja estaba a reventar: parejas danzando, embriagándose, sonriendo. Seduciéndose. Pero ese era un ambiente demasiado ruidoso y congestionado para Draco; él no iba ahí a bailar, sólo a beberse un par de cocteles mientras caía el ligue de la noche. Arrugando la nariz en una mueca de desdén ante el colorido despliegue hormonal de la pista de baile, Draco se encaminó a toda prisa al bar VIP del piso superior. Estaba seguro de que ahí sí encontraría lo que había venido a buscar.

Subió los escalones lentamente sin percatarse de que un hombre alto que no le había quitado la vista de encima abandonaba la barra de la planta baja para salir en pos de él.


Capítulo 1

Casi dos meses después.

Desde el momento en que Ernie le dijo el costo del alquiler, Harry había estado convencido de que era demasiado bueno para ser cierto. ¿En pleno centro de Londres, a ese precio? "Vamos, Ernie. Como el experto en bienes raíces que proclamas ser, sabes que eso no es posible. O es un fraude, o tal vez tenga una terrible e incontenible plaga de doxies, o vete tú a saber".

Pero Ernie Macmillan, su antiguo compañero de colegio, que ahora era uno de los agentes inmobiliarios mágicos mejor conectados, le había jurado que la oferta era totalmente en serio.

—¡Es increíble! —le dijo Ernie mientas los dos observaban la fachada del edificio victoriano de apenas tres pisos ubicado en la calle Marshall—. ¡En pleno Soho, dos habitaciones, chimenea conectada a la red flu y lujosamente amueblado!

Harry lo miró con desconfianza.

—¿Estás seguro? ¿Ya lo viste por dentro?

Ernie le regaló una amplia sonrisa de vendedor.

—No. Pero confío completamente en la palabra de la familia que lo alquila. Magos, por si te lo estás preguntando. Grandiosa ventaja, Harry, porque no tendrás que molestarte en aplicar encantamientos contra muggles y todas esas cosas. Además, la chimenea está conectada a la red flu.

Harry lo miró largamente, preguntándose si valdría la pena hacerle notar a Ernie que ya le había enumerado lo mismo una docena de veces, y que si volvía a mencionarle lo de la red flu, no respondería de sus actos. Decidió que no. Además, Harry se sentía en deuda con su ex compañero. Ernie era de los pocos magos que realmente parecían no saber lo que había sucedido entre Terry y él (o al menos no le había hecho ningún comentario al respecto) y eso, era algo que Harry valoraba muy bien.

Entraron y Harry cada vez estaba más y más convencido de que ahí tenía que haber trampa. No podía ser que un apartamento ubicado en un bellísimo edificio antiguo y que incluso contaba con su propio ascensor, pudiera alquilarse a ese precio. Ernie, en cambio, seguía sin perder su sonrisa de "Qué feliz soy porque te estoy haciendo creer que te estoy otorgando la oportunidad de tu vida"; y así, con esa mueca en la cara, condujo a Harry por el ascensor hasta el último piso. Salieron a un bonito corredor alfombrado y finalmente llegaron hasta la puerta marcada con el número 13. Harry, derrotistamente, meneó la cabeza sin poder evitarlo.

Pero entonces Ernie abrió la puerta y la quijada de Harry llegó hasta el suelo. Vaya, era cierto. Nadie había mentido ahí: ni los arrendadores, ni el agente de ventas, ni el lujoso exterior del edificio. Sin poder creerse su buena suerte (menos después de lo que le había pasado con Terry), Harry se internó por el apartamento.

El sitio se encontraba amueblado de manera moderna —lo que marcaba un reconfortante contraste con la arquitectura— y decorado con tanto gusto y con objetos tan costosos que Harry estaba seguro de que si rompía algo tendría que trabajar bastantes horas extra para pagarlo.

Con pasos lentos (como si temiera encontrarse de repente con algo horrible que justificara el bajo precio), Harry recorrió el piso por completo. Pronto tuvo que reconocer que tal vez sus miedos eran totalmente infundados; no halló cosa alguna en todo el piso que pudiera ser motivo de queja. Las dos habitaciones eran perfectas (una de ellas, muy varonil y lujosa), los sofás en la sala de estar eran comodísimos y acojinados, el baño tenía tina y la cocina estaba totalmente equipada con lo último en tecnología muggle y mágica.

Sin embargo…

—No hay televisión —mencionó un apesadumbrado Harry mientras, parado en medio de la sala, miraba para todos lados.

—Bueno, no —respondió Ernie observándolo con un gesto incrédulo —. Los dueños son magos sangre pura. Dudo que sepan siquiera que existen esas cajas idiotas.

Harry se encogió de hombros y decidió que, ya que no podía estar sin llenar sus horas vacías con el incesante parloteo de la TV, él mismo iría a comprarla en cuanto tuviera firmado el contrato de arrendamiento y las llaves a buen resguardo en el bolsillo del pantalón.

Y exactamente eso fue lo que hizo.

Cuando la noche llegó a Londres, el apartamento de la calle Marshall ya tenía, entre otras cosas, un nuevo inquilino, una enorme TV de alta definición en la sala y el refrigerador lleno de cervezas.

Harry, quien la verdad no poseía mucha ropa y mucho menos le importaba si se le arrugaba o no, llegó y simplemente dejó su maleta en el corredor. Ya se encargaría después de acomodarla. Compró comida tailandesa para llevar, sacó una cerveza y se despatarró en uno de los sofás a mirar la televisión. No perdió el tiempo llamando al servicio de cable; sencillamente usó un poco de magia no demasiado honesta para robarse la señal de su vecino más cercano.

Harry no estaba seguro si al final de cuentas resultaba gracioso no encontrar graciosos los programas cómicos de la TV. Ante él desfilaron The Simpsons, The Big Bang Theory y How I met your mother sin conseguir hacerlo sonreír ni una sola vez. Aunque ciertamente su meta no era esa. Lo único que Harry quería era evitar que su mente trabajara en pensamientos conscientes; eludir la desesperación y la desbordante vergüenza que lo invadían cada vez que recordaba lo que Terry le había hecho. Lo único que quería era que las horas en casa transcurrieran raudas; beber cerveza hasta que los ojos se le cerrasen, no poder contener más el sueño y caer rendido en la cama.

Que pasara el tiempo, era todo que deseaba.

Y el tiempo pasó. Pronto, Harry cumplió una semana en ese apartamento y de repente se dio cuenta de que ya no tenía ni un solo plato o vaso limpio en la cocina, que el baño ya olía mal y que las sábanas de su cama merecían un cambio urgente. Pero lo peor era que tenía bloqueada la vista hacia la pantalla de la TV por culpa de la pila de cajas de comida para llevar y las botellas vacías que atestaban la mesita de la sala. Suspirando con pesar y tomando la decisión de que al día siguiente se dedicaría a limpiar, Harry le dio un manotazo a la superficie de la mesa para despejarla del montón de basura acumulada. Sonrió satisfecho cuando las cajas de comida china cayeron sobre la alfombra y, ya teniendo más espacio sobre el mueble, colocó con decisión una helada botella de cerveza en la superficie de madera.

—¡POTTER! —bramó alguien junto a él.

—¡JESUCRISTO! —gritó Harry al mismo tiempo que brincaba del sofá.

Se había puesto de pie tan rápido que casi se cae de boca sobre su basurero, y a pesar de eso tuvo tiempo de sacar la varita de uno de los bolsillos de sus jeans. Así que cuando ya estuvo completamente erguido y con la varita al ristre, se dio cuenta de que el mago que le estaba pegando el susto de su vida era nada más y nada menos que Draco Malfoy.

—¿Pero es que acaso en la familia muggle donde te criaste no creen en los beneficios de los posavasos? —lo regañó su inesperado visitante mientras usaba las dos manos para señalar frenético hacia el tiradero que Harry tenía en la mesa de la sala.

—¿Malfoy? ¿Qué… qué haces aquí? —jadeó Harry—. ¿Cómo entraste? —le preguntó con voz estrangulada al pensar que era prácticamente imposible que alguien hubiese podido atravesar las protecciones mágicas que Harry había añadido al apartamento y que se sumaban a las que los anteriores dueños habían dejado.

Malfoy lo ignoró mientras pasaba revista al lugar. De pronto, pareció notar las cajas de comida recién caídas y comenzó a berrear todavía más fuerte.

—¿QUÉ DIABLOS SIGNIFICA ESO, GRANDÍSIMO MARRANO? ¡MIRA CÓMO HAS DEJADO MI ALFOMBRA PERSA!

Harry abrió mucho la boca sin saber si se sentía más indignado por los gritos, los insultos o la intromisión. Decidió que era todo junto y ya.

—¿Tu alfombra? ¡Querrás decir MI alfombra, Malfoy!

Malfoy se cruzó de brazos en esa postura de arrogancia que Harry tanto le detestaba y le sonrió condescendientemente.

—¿Tú fuiste personalmente hasta Kashan a adquirirla? Porque yo recuerdo haberlo hecho como si hubiera sido ayer. Un viaje de ensueño, debo agregar.

Harry lo miró entrecerrando los ojos. ¿De qué demonios hablaba este imbécil?

—Yo pago el alquiler y por lo tanto, ESTA alfombra y todo lo demás es mío. Si tú acaso la compraste y luego decidiste regalársela a… —Harry enmudeció de pronto, cayendo en cuenta de qué era lo que podía estar pasando ahí—. ¿Eres amigo de los dueños? ¿Es por eso que pudiste entrar?

Malfoy soltó un bufido de burla.

—Potter… yo no soy amigo de los dueños. Yo SOY el dueño; este es mi apartamento. —Echó otro vistazo alrededor y arrugó el gesto con asco—. Y tú lo has dejado más sucio que una cueva de troll. No dejaré que te marches sin que lo limpies antes, así que… ¡Hazlo!

Con esas palabras, Malfoy se dejó caer graciosamente en un sillón enfrente de donde Harry había estado sentado, con la expresión de quien tiene todo el tiempo del mundo y no cree que ahí esté pasando nada raro. Y fue entonces cuando Harry comenzó a preguntarse si eso que tenía ante él no era más que una indeseable alucinación. Sí, eso debía ser. Una alucinación. Porque no había manera de que ese histérico sentado en su sala, que miraba horrorizado los restos de chop suey desperdigados por la alfombra, fuera el verdadero Draco Malfoy, ¿verdad que no? ¿Cuántas cervezas se había bebido? Bastantes, según podía recordar.

—Dios mío, Malfoy. Que tú, de entre toda la gente, seas mi delirium tremens es la peor broma cósmica que me ha jugado en el universo —gimió Harry y, decidido a no dejarse arrastrar por la demencia, se volvió a sentar y hundió la cara entre las manos. Contó hasta diez, intentando respirar con profundidad, y de nuevo levantó la cara.

Tal como lo había supuesto, Malfoy ya no estaba ahí.

Harry miró a su alrededor, sintiéndose bastante aliviado al no encontrarlo a la vista. De todas maneras, para asegurarse, se levantó del sillón y buscó hasta en el último rincón del apartamento. Nada. Revisó las protecciones y las encontró puestas e inalteradas. Regresó a la sala y de nuevo se derrumbó en el mismo sitio donde había estado sentado antes.

Sin encender la televisión y olvidándose de la cerveza cuya condensación estaba formando un charquito en la lujosa mesa de caoba, Harry se quedó varios minutos sentado, pensando en qué demonios era lo que acababa de pasar. De las muchas alucinaciones que había sufrido durante su vida —la gran mayoría, cortesía de Voldemort—, ésta, la de Malfoy, era la más vívida que podía recordar.

Parpadeó varias veces y luego miró fijamente el punto donde Malfoy había estado parado —o dónde Harry había creído verlo parado—, sin poder creer todavía lo nítido que se le había presentado para tratarse sólo de una alucinación. Incluso había notado que presentaba los rasgos adecuados para un hombre de su edad, y eso lo sorprendió. Harry se habría esperado "imaginarlo" como lo había visto la última vez, hacía varios años ya, y no como tendría que estar en el tiempo presente.

Se rascó la cabeza, sintiéndose mucho más sobrio que un momento antes. El susto le había bajado la borrachera. Estiró la mano hacia delante y cogió la olvidada botella de cerveza. Definitivamente, tenía que poner orden en ese piso ya. Los remordimientos por no cuidar ese apartamento tan bonito, su reciente y galopante alcoholismo, y toda la ingente cantidad de televisión basura que se recetaba día a día terminarían por mandarlo a San Mungo. Y lo peor, con la amable alucinación de Malfoy como único compañero en su locura.

Harry suprimió un escalofrío y se levantó, volviendo a dejar olvidada la ya tibia cerveza. Se encaminó al baño dispuesto a darse una buena ducha para despejarse la cabeza y comenzar la labor de limpieza de inmediato.


Como cada martes, Ron llegó bastante puntual a visitarlo (y hacía mucho tiempo que Harry había dejado de sentirse ofendido por el hecho de que su amigo lo hiciese solamente ese día de la semana. Mientras continuaran transmitiendo Glee, Ron estaría presente sin falta. Harry tendría que agradecer que no hubiese TV en La Madriguera y que su amigo tuviera una —a veces— preocupante obsesión por las porristas del programa). Entre los dos se encargaron de meter al refrigerador todas las cervezas que el pelirrojo había comprado para después tomar cada quien una y, con ella en mano, dirigirse a la sala a encender la televisión.

Ron pareció titubear un poco antes de poner la botella sobre la mesita y le preguntó a Harry, mientras echaba un vistazo alrededor:

—¿No tienes posavasos?

Harry miró a Ron un tanto extrañado; seguramente tanto juntarse con Hermione estaba volviendo a su amigo un ser humano cada vez más responsable y educado. Harry se encogió de hombros y se dejó caer pesadamente en el sofá, mientras que con movimiento de cabeza le señalaba a su amigo otra de las mesitas presentes en la habitación, donde se encontraba un magnífico estuche con media docena de posavasos. No que Harry los usara nunca; sencillamente se dio cuenta de que existían porque un día tuvo la suficiente curiosidad de abrir la cajita para mirar qué había dentro.

Ron fue hasta donde Harry le indicaba y sacó un par. Soltó una risita que Harry pudo escuchar aun por encima del ruido de la TV.

—¿Slytherin, Harry?

Harry lo miró sin comprender.

—¿Slytherin, qué?

Ron le mostró los dos pequeños cuadros que llevaba en la mano al mismo tiempo que se sentaba a su lado. No necesitó explicarse: Harry pudo mirar por él mismo a qué se estaba refiriendo. Los posavasos, hechos de una hermosa madera oscura —tal vez ébano—, tenían tallado en el centro el escudo de Slytherin.

Harry entrecerró los ojos, de pronto acordándose de algo que había olvidado por completo.

—No son míos —le explicó a Ron—. Todo lo que hay aquí, a excepción de mi ropa y la televisión, es de los dueños del apartamento.

—Pues es obvio que son magos y que pertenecieron a esta casa en Hogwarts. ¿Sabes cuál familia es?

—Ni idea —negó Harry. Se quedó pensativo durante un momento antes de agregar—: Hablando de Slytherin… acabo de recordar que el otro día tuve una espantosa alucinación con Malfoy.

Ron se giró a verlo; cosa sorprendente tomando en cuenta que en ese momento Glee mostraba todo el esplendor de sus lindas porristas bailando en la pantalla.

—¿Alucinación? ¿No querrás decir pesadilla?

—No, no estaba dormido. Estoy bastante seguro de que me encontraba despierto. Y lo vi aquí, de pie en esta sala y tan claramente como ahora te estoy viendo a ti. —Un pensamiento alarmante cruzó por su mente y estiró una mano hasta tocar a Ron en la nariz—. ¿Tú sí eres real, verdad?

Ron le dio un manotazo.

—¡Claro que sí! Pero no cambies de tema, sígueme contando de ti teniendo sueños húmedos con Malfoy —dijo burlesco.

Harry puso los ojos en blanco y suspiró, intentando regresar su atención a la TV.

—Debí haber sabido que era muy mala idea contarte acerca de eso.
Ron se rió.

—No, en serio, cuéntame. Es interesante. Tal vez pueda repetírselo a Hermione y ella nos descifre su significado. Porque algo tiene que significar, digo, nadie se pone así nada más a tener alucinaciones con su peor enemigo del colegio, ¿no? —insistió Ron sin perder la sonrisa y la mirada de burla. Harry lo miró largamente, ahora sí completamente seguro de que esa era la peor idea que había tenido jamás—. ¿Malfoy te dijo algo o sólo lo viste parado ahí?

Harry se rascó la cabeza, tratando de recordar.

—Pues sí habló, ahora que lo mencionas. Me regañó por ensuciar su apartamento, según él. Y luego, con esa manera amable y linda que tiene, me ordenó que me pusiera a limpiar.

—¿Y tú qué hiciste?

—Bu-bueno —titubeó Harry—, como al principio pensé que era el Malfoy real, le dije que estaba loco, que este era MI apartamento y MIS cosas, y… bueno, luego me di cuenta de que todo era producto de mi imaginación, cerré los ojos y, ¡puf!, Malfoy desapareció. Después, me puse a limpiar por si acaso se le ocurría regresar.

Ron no dijo nada durante un largo momento.

—¿Estabas borracho, Harry?

—Un poco, sí —respondió Harry sin mirar a Ron a los ojos.

—Mira, hombre. En primer lugar, jamás de los jamases hables con una alucinación. ¿Qué no ves televisión? Ponerte a charlar con los engaños de tu mente es la manera más efectiva de correr directo a un manicomio. En segundo lugar, creo que es bueno que estés alucinando con otro que no sea Terry, ¿no crees? —Harry lo miró con indignación y Ron hizo una pausa mientras su mirada burlesca se tornaba en una de preocupación—… Y en tercer lugar, no deberías emborracharte a solas. Mejor, cuando tengas ganas de ponerte hasta las trancas… llámame y yo te cuido la espalda por si a Malfoy se le ocurre regresar —finalizó con una sonrisita.

Harry le sonrió un tanto forzadamente.

—Lo haré, te lo prometo —le mintió.

Porque lo que Ron no sabía era que Harry hacía eso un día sí y otro también, y obviamente Harry no tenía planes de molestar diariamente a su amigo para que fuera a su casa a cuidarle sus irresponsables borracheras.

Era problema de Harry y así tendría que quedarse.


Ese martes, la visita de Ron le dejó a Harry mucho más que una pila de botellas de cerveza vacías y un gran hueco en el refrigerador. Le dejó también un indeseable presentimiento y una funesta idea arraigada en lo más profundo de su mente. Estaba casi seguro de que la visión de Malfoy no sería la única que lo visitaría en los que aparentemente eran los últimos días de cordura en su vida; y no podía dejar de pensar en quién o qué sería lo que vería a continuación. Si acaso la presencia de Malfoy representaba algún patrón, entonces probablemente Harry alucinaría con todas aquellas personas odiosas que le habían hecho miserable la existencia. Imaginar a Snape o a Umbridge sentados como si nada en su sala mirando TV con él, hacía que Harry se estremeciera del horror.

En ese caso, prefería mil veces a Draco Malfoy.

Por otra parte y aun sabiendo que el exceso de alcohol podría ser la causa principal de las visiones, no consiguió dejar de embriagarse cada noche. En realidad no era que pusiera demasiado esfuerzo en evitarlo. Porque, ¿de qué otra manera iba a sobrevivir su día a día en medio de esa terrible monotonía? ¿De qué otro modo podría pasar las tardes vacías, las noches solitarias y las mañanas sin esperanza? Había creído que dejar el trabajo era buena idea (¿cómo soportar la cercanía de Terry y las burlas de toda la gente si no?), pero ahora se daba cuenta de que estar aburrido en casa sin más que hacer que mirar la televisión era como enterrarse en vida. Y que ni aun así los recuerdos de todo lo sucedido con Terry lo dejaban en paz, al menos de que estuviese tan ebrio que su cerebro sencillamente dejara de funcionar.

Sin embargo y aunque sabía que tal vez lo mejor para él era dejar de emborracharse y largarse al Ministerio a solicitar que lo reincorporaran al escuadrón de aurores, no hizo ninguna de las dos cosas. Continuó sin regresar al trabajo y continuó bebiendo cerveza todos los días. Finalmente llegó a la conclusión de que prefería enfrentarse a las alucinaciones que a Terry Boot y a la manera en que éste le había roto el corazón.

¿Valor Gryffindor? Sí, cómo no.


Para el fin de semana siguiente a la visita de Ron, el apartamento de Harry de nuevo estaba hecho una pocilga y a éste no podía importarle menos. La verdad era que se sentía bastante aliviado porque, aunque se había emborrachado hasta perder la consciencia varias veces durante esos días, ninguna alucinación se le había parado enfrente. "Genial, ¿no?", pensaba Harry sonriendo como maníaco mientras no dejaba de echar vistazos a su alrededor e ignoraba a la televisión. Porque eso quería decir que no estaba volviéndose loco ni nada parecido, y que…

—Pero, ¿qué demonios estás viendo en esa cosa? —preguntó de pronto la despectiva voz de Malfoy a su espalda, sacándole a Harry un susto de muerte a pesar de que justo en ese momento estaba pensando en él—. ¿Ese hombre está retrasado mental… o es el estado natural de todos los muggles?

Harry, negándose a girar la cabeza para comprobar si lo que había detrás de su sillón era Malfoy o no, comenzó a temblar tan violentamente que casi deja caer la botella de cerveza sobre su regazo. Decidido a hacer caso del consejo de Ron, Harry concentró toda su atención en la repetición de Mr. Bean que estaban transmitiendo en ese momento en la TV y en no derramar su bebida: lo que fuera con tal de no ceder a la tentación de mirar por encima de su hombro.

Le dio un largo trago a su cerveza, cerrando los ojos y deseando con todas sus fuerzas no volver a escuchar la voz de Malfoy jamás, jamás, jamás…

—¿Y por qué de nuevo tienes mi apartamento como la casa de las Comadrejas? —gruñó la voz de Malfoy de mucho peor humor. Harry se dio cuenta, cada vez con más pánico, de que aquella alucinación estaba caminando hacia él, dejando la seguridad de su espalda para ponérsele enfrente. Gimiendo de miedo, Harry subió los pies al sofá y se abrazó las rodillas. Malfoy, apareciendo junto a él y con el mismo gesto de pocos amigos que le había visto antes, comenzó a gritarle—: ¡Baja tus mugrosos zapatos de mi sillón, Potter, grandísimo puerco! ¿Pero qué demonios está pasando contigo? ¿Tu atrofiado cerebro mestizo no puede darse cuenta de que traspasar, invadir y maltratar propiedad privada es UN DELITO?

Harry no bajó los pies: al contrario, apretó más las piernas contra él en un patético gesto protector. Miró a Malfoy con horror, negándose a responderle. Vagamente tomó nota de que la cretina alucinación traía puesta la misma indumentaria que la vez anterior: una muy bonita y elegante camisa gris, chaqueta y pantalones negros.

Harry cerró los ojos y empezó a balancearse de atrás hacia delante, preguntándose por qué hasta su subconsciente insistía en vestir a su rival con mejor ropa que la que tenía él.

—Es una alucinación, no es real —comenzó a murmurar para intentar convencerse a él mismo—. No es real. No es…

—¡Potter! —continuó regañando Malfoy, cada vez más rápido y enojado—. ¡Te puedo aguantar que invadas mi apartamento, incluso puedo soportar que hayas traído esa caja idiota que te pasas mirando todo el día, pero LO QUE NO VOY A SOPORTAR ES QUE ME ESTÉS IGNORANDO!

Harry abrió los ojos, espantado de lo auténtico que se veía y se oía ese Malfoy. Le asombraba el nivel de detalle con el que su mente lo estaba recreando.

—¡Déjame en paz! —le gritó a su vez, incapaz de aguantar más esa tensión—. ¡Mañana limpiaré, te lo prometo! ¡Pero desaparece YA!

Malfoy soltó una risotada casi histérica.

—¿Que desaparezca? ¿YO? —Malfoy dejó de reír y fulminó a Harry con la mirada—. Potter, ya te lo dije: este es mi apartamento. No comprendo qué haces tú aquí irrumpiendo, pero quiero que te largues… después de haber limpiado, por supuesto —añadió mirando a su alrededor y arrugando la nariz—. ¿No tienes un elfo, un muggle entrenado o un Hagrid para que venga a ayudarte? ¿Por qué de entre todos los apartamentos de Londres y del mundo tenías que venir y escoger el mío para traer tu inmundicia y tu horrible persona? ¿Ya te viste en un espejo? —Ahora era a Harry a quien Malfoy miraba con asco—. Dios mío. En serio, Potter, ¿qué te pasó? ¿Dónde quedó el heroico auror salva-culos? Mírate ahora… ebrio, desempleado, patético y mugroso. ¡Estás hecho un verdadero esperpento!

Alucinación o no, todo eso ya era demasiado. El enojo hizo que todo el pavor que Harry experimentaba por saberse medio loco quedara en el pasado. Bajó los pies del sofá y se levantó cuan largo era —lo cual no era mucho, pero eso jamás lo había detenido—, y trató de ignorar la manera en que la embriaguez lo hacía tambalearse un poco. Malfoy lo miró con curiosidad y burla, hecho que sólo lo enervó más. Harry apuntó a Malfoy con un dedo acusador.

—Mira, Malfoy. Como MI alucinación, producto de MI mente borracha y todas esas estupideces, creo que tengo el derecho de ponerte algunas reglas —gruñó Harry con su mejor voz de "soy un puto auror y yo doy las órdenes aquí". Malfoy abrió la boca para decir algo, pero Harry lo silenció con un fuerte chitón y prosiguió, levantando cada vez más la voz—: ¿No quieres irte? BIEN. ¡No te vayas, pero CÁLLATE! ¿Vas a aparecerte cada vez que esté borracho? BIEN. ¡Aparécete, pero DEJA DE QUEJARTE! ¿No te gusta mi aspecto ni la mugre del apartamento? TANTO MEJOR. ¡Me alegro mucho de hacerte la vida imposible así seas sólo una visión!

Harry finalizó con sus gritos, dándose cuenta de que ahora, con las cosas aclaradas, se sentía muchísimo mejor. Le sonrió a Malfoy y éste se quedó boqueando unos segundos como si no pudiera creer la frescura de Harry y no supiera qué responder. Harry sonrió más y Malfoy enrojeció.

—¿Así que de eso se trata, eh? —siseó Malfoy peligrosamente mientras daba un paso hacia Harry y éste, instintivamente, se movía hacia atrás—. ¿Estás invadiendo mi apartamento NADA MÁS PARA MOLESTARME? ¿Tanto odias que no me hayan metido a Azkaban que urdiste este plan ridículo para perjudicarme? —le reclamó el rubio con las mejillas encendidas y la voz cargada de rencor—. ¿Acaso quieres volverme loco para que me encierren en San Mungo? —finalizó Malfoy con un tono extrañamente agudo e incrédulo.

Harry se río maniáticamente.

—¿Volverte loco? ¿A TI? Oh, dios mío, qué buen chiste —gimoteó Harry sentándose de nuevo—. Miren a la tortuga hablando de lentos… ¿Por qué, por qué, POR QUÉ? —preguntó a la nada, levantando las manos y la mirada hacia el techo.

—¿Por qué, QUÉ, Potter? —continuaba berrando Malfoy sin darle tregua. Harry intentó ignorarlo y enterró la cara entre las manos con la esperanza de que la alucinación desapareciera tal como había pasado la vez anterior—. ¡Ahora veo cuál es tu plan malévolo! —continuó diciendo Malfoy con el tono de quien ha descubierto el hilo negro de todos los complots—. Invades mi apartamento y tratas de hacerme creer que es tuyo y que yo soy una alucinación. Pretendes que me trague el cuento y me vuelva loco, y así poder quedarte tú con este magnífico piso. ¿En serio un cabeza de chorlito como tú puede confabular algo así? Me sorprendes, Potter —dijo Malfoy con un leve pero evidente dejo de admiración en la voz.

Harry, resignado a que la falta de contacto visual no desaparecería a Malfoy, abrió los ojos y levantó el rostro hacia su torturador.

—Es que eres una alucinación, Malfoy —le dijo con voz desesperada—. Tú no eres tú. Tu verdadero tú, o sea, el verdadero Malfoy, está —Harry hizo una pausa, dándose cuenta de que no sabía nada acerca de la vida actual de Malfoy—… en tu mansión —aventuró—, digo, en la mansión de él, con su esposa, creo. ¿Está casado, no? —Malfoy lo miró con los ojos entrecerrados y luciendo tan ofendido que Harry casi pudo creer que era el Malfoy real. Desechó el pensamiento y continuó explicando—: Bueno, donde sea que esté, estoy seguro de que está ocupándose de sus asuntos malfoyescos y no aquí, apareciéndose de repente, sólo cuando estoy ebrio, sin tocar a la puerta, en MI APARTAMENTO, que es mío porque yo pago el alquiler con MI dinero, y —se dio cuenta de que Malfoy lo miraba con lástima y se interrumpió, suspirando sonoramente—… No, esto no tiene caso. Debí haber escuchado a Ron.

Malfoy negó con la cabeza y se cruzó de brazos.

—No, esto no puede ser un elaborado plan tuyo; debí haber sabido que eras demasiado estúpido como para algo así —dijo el rubio.

Ahora fue el turno de Harry de mirar al otro con indignación.

—¿Esperas que te agradezca el cumplido? —le resopló, olvidándose por completo de que estaba discutiendo con una alucinación.

—Es obvio que lo que te sucede es que, de tanto beber, has perdido la razón —continuó Malfoy como si no lo hubiera escuchado—, después de todo, eres muy Gryffindor como para intentar quitarme mi piso a costa de mi cordura. Qué pena, Potter —dijo alegremente, mirando a Harry con todo menos con pena—, lo lamento por ti, pero me parece que por fin Lockhart tendrá un compañero de cuarto. Si me permites, llamaré a los sanadores para que te escolten a tu nueva morada.

Ante la estupefacción de Harry, Malfoy se dirigió a la chimenea. Le dedicó a Harry una enorme sonrisa de burla y levantó la mano para tomar polvos flu de un frasquito que estaba en la repisa. Pero no pudo hacerlo. Su mano atravesó limpiamente el frasco, tal como le sucedería a un fantasma. Malfoy jadeó e intentó volver a abrir el frasco. Una, y otra vez, y cada vez lo único que conseguía era atravesar el material sólido. Se giró a ver a Harry y éste le sonrió triunfalmente.

—Oh, y atravesar los objetos es TAN normal, ¿no, Malfoy? ¿Ahora me crees cuando te digo que no eres más que una mala, muy mala, jugada de mi imaginación?

Malfoy se puso de todos los colores.

—¡Primero muerto antes de ser un producto de tu cochina mente, Potter! —le espetó—. ¡No sé cuál hechizo o encantamiento has usado con mis polvos flu, pero eso no será suficiente para derrotarme! —Harry miró a Malfoy palpándose la chaqueta por fuera y por dentro, los bolsillos del pantalón y, finalmente, la camisa—. Mi varita… ¿dónde la he dejado? —murmuró Malfoy cada vez más preocupado—. ¡Potter! ¡Si me escondiste la varita, te juro que te mataré!

—¡Yo no te he escondido nada! —le gritó Harry—. ¡Si no tienes varita es porque no eres real, Malfoy! ¡A ver si ya lo entiendes de una puta vez!

Malfoy se veía verdaderamente asustado y, por primera vez, su semblante pareció reflejar duda ante las palabras dichas por Harry. A éste casi le dio lástima ver a su alucinación enfrentar así su triste realidad.

—Pe-pero… Este es mi apartamento —dijo Malfoy en voz baja, mirando alrededor con gesto desolado—. Estas son mis cosas, yo mismo las compré. Esta es mi alfombra persa, aquellos, los posavasos que Blaise me regaló cuando vino a visitarme por primera vez. —Harry miró de reojo hacia la cajita que contenía los posavasos con el escudo de Slytherin, luchando para no dudar. Después de todo, Malfoy no estaba diciendo nada que él no supiera ya—. Los vinos que están en la cava secreta, yo mismo los adquirí en Francia. Y…

—¿Cava secreta? —intervino Harry, sintiendo genuina curiosidad.

Malfoy lo miró con rabia, aparentemente molesto por haber sido interrumpido a medio discurso.

—Sí, Potter. La cava secreta que está junto al refrigerador. Se revela cuando pasas caminando frente a ella con una copa en la mano. —Se cruzó de brazos—. ¿Cómo podría saber eso yo y tú no, señor Este Apartamento Es Mío?

Harry lo ignoró y se puso de pie. Sin darle la espalda, caminó hacia atrás, hacia la cocina.

—Espera ahí, no te vayas —le advirtió a Malfoy. Éste no dijo nada y sólo lo miró enojado.

Harry tomó una copa de cristal de la vitrina e hizo lo que Malfoy le había indicado. Apenas había terminado de pasar enfrente del refrigerador cuando una puerta pequeña se materializó en la pared que estaba junto al mueble. Harry tragó pesadamente y después de titubear unos segundos, abrió la puerta y, en efecto, aquello era una cava con al menos una veintena de botellas de diferentes vinos.

Cerró la puerta con violencia y se volvió hacia la sala.

—¿Cómo demonios supiste que…? —la pregunta murió en sus labios cuando se percató de que Malfoy ya no estaba—. ¿Malfoy? —lo llamó, y al no obtener respuesta e igual que la vez anterior, lo buscó por todo el apartamento.

Nada.

Harry, todavía con la copa en la mano, se quedó parado en medio de su sala, respirando con agitación y preguntándose por primera vez si acaso ese que se aparecía en su apartamento, de alguna retorcida y extraña forma que quedaba fuera de su comprensión, sería el verdadero Draco Malfoy y no una alucinación.