Estaba regresando a casa y escuchando Royal Garden Blues y las imágenes de Daryl y Merle, escuchando esa misma melodía, alrededor de una chimenea, esperando que la alegría nunca se termine, se me hizo tan lejana como imagino lo fue para ellos una vez empezado todo el problema de los caminantes. Esas escenas que pensé, ese universo inventado en el que por momentos vivía, se sienten lejanos. Y armaba estas oraciones en ese momento, y me criticaba por cometer el error de principiante de haberme olvidado la libreta (y believe me, tengo muchas), porque ya no recuerdo mis pensamientos del momento, pero sí siento aún la extrañeza con la historia. Y supongo que eso es lo que pasa cuando se deja de hacer algo o de ver a alguien por mucho tiempo. Hace mucho que no veo a éstos dos, hace mucho que no sé de ellos, ni lo que hacen o dejan de hacer. Especialmente Daryl, que sigue aún intentando sobrevivir el mundo. Y es extraño porque hace bastante pareciera que el mundo lo sobrevive a él y a su grupo.

Repaso las viñetas y me doy cuenta de cosas que creo que en su momento no sabía. La relación que Andrea establecería con Merle a través de sus escritos, cuando él ya no está presente. Y la cuasi-nula cuando sí lo estaba. Glenn espiando a Daryl y Merle emparejándolos mentalmente. Amy y Dale, vivos, por ahí. El desprecio de Merle hacia las personas con dinero, que contrasta con lo que quiere a su familia. Cómo quería explicarme a mí misma las habilidades de supervivencia de Daryl y el dotarlo de una inteligencia que ni él sabe que posee. Cómo ignoré a personajes sin los cuales hoy no escribiría, como Shane, más cosas…

Pero estoy frente a la hoja en blanco y me gustaría hacer algo para quedarme tranquila. Y saber que esto no ha terminado, aún.


Te escucho

Las escobillas no cesaban de acariciar los toms de la batería. Daryl miraba embelesado la monotonía del músico. Podía ver la contradicción entre estar haciendo lo mismo una y otra y otra vez y no aburrirse nunca, no cansarse, nunca. Pues los demás integrantes de la banda no repetían sus melodías y el baterista, inalterable, no hacía más y hacía todo, enmarcando los sonidos creados por los demás instrumentos. Era la base de todo el sistema.

—¿Te gustaría volver a casa? —le preguntó su hermano sacándolo de sus pensamientos. Como respuesta se volteó y lo miró y Merle sacó un cigarrillo. —Sólo pieza más… —advirtió antes de esconder la mitad de la cara entre las manos, protegiendo la llama del encendedor del viento que corría cada vez que alguien abría la puerta del Sótano.

El Sótano, con mayúscula, era un lugar que James y Dolly solían frecuentar cuando eran jóvenes. Y que ahora era atendido por los hijos de los dueños, con la misma esencia, vocación de servicio y, sobre todo, el mismo amor por el jazz. Merle se preguntó si alguna noche el viejo James se habrá sentado en la silla en la cual él estaba en ese momento. Probablemente sí, pues la misma era tan dura e incómoda, que concluyó debía datar de aquella época.

El piano lanzó los últimos acordes y la mano de Merle se levantó para llamar al camarero. Dejó diez dólares en la mesa y comenzó a caminar hacia la salida. Una vez fuera, se quedó de pie junto a la puerta. Sabiendo que Daryl continuaba dentro, encendió otro cigarrillo.

En el interior del bar, Daryl se bajó de la silla y comenzó a caminar hacia el escenario. En él, algunos músicos comenzaban a guardar sus cosas y otros subían para acomodar las propias. A uno de ellos se le cayó un cuaderno de partituras, que se apresuró a tomar. Cuando estaba a punto de devolvérselo notó que el hombre llevaba gafas oscuras, y que usaba un palillo más largo para tocar el piso, buscando la libreta caída. Daryl bajó la vista hacia las hojas y observó que sobre los pentagramas había varios puntitos excavados en la hoja, que se sentían rasposos al tacto. El bajista se acercó y le dijo algo en el oído al baterista, que se agachó y le hizo una seña con la mano para que se acercara. Daryl, algo temeroso de ser reprendido, obedeció.

—¿Te gusta la música, pequeñajo?

—…

—Descuida, no te veo, pero sí te escucho… —le explicó sonriendo y le extendió la mano.

Daryl le devolvió el cuaderno, sin mediar palabra y el hombre lo tomó y lo apoyó en el escenario, a la vez que le acercaba su otra mano. Merle apareció por detrás de Daryl, lo tomó por las axilas, lo subió a su hombro y le dio la mano al músico, que parecía sorprendido. Probablemente esperaba contactar con una mano más pequeña. Sonrió y dio media vuelta hacia las escaleras.

Merle caminó con Daryl hasta la salida y mientras lo acomodaba en la Triumph lo oyó decir, con los ojos entrecerrados.

—Dijo que no veía… pero escuchaba…