Debido a ciertas circunstancias, tengo que anunciarles lamentablemente que pondré la publicación en un hiato de mínimo dos meses. Tengo ciertas responsabilidades que me demandan demasiado tiempo y que no me dejaría escribir como me gustaría, y antes que hacer un mal trabajo por apurado, mejor esperar y asegurarse de que salga bien. Espero poder avanzar por mi cuenta en estos dos meses para volver a arrancar con todo a mediados de noviembre.

Así que nos volveremos a leer dentro de unas cuántas semanas, desde ya, agradezco el apoyo de todos los que han leído y que, espero, sigan leyendo.

Capítulo ochenta y ocho:

Guerra (III): Caída

Una lluvia de marfil descendía sobre los dos hermanos, no tenían escudo para repeler las infinitas flechas de Cosmos que caían sobre ellos. No les quedó más que levantar su puño, y se lanzaron a correr contra la muerte.

Dodékathlos!

Kerynîtis élaphos!

(¡Doce trabajos!

¡Cierva de Cerinea!)

Kerynîtis élaphos, el tercer trabajo de Heracles consistía en cazar a la cierva más veloz del mundo, tanto que tomó a Heracles un año atraparlo. La habilidad permitía a Meygar y quienquiera que estuviese en contacto con ella alcanzar velocidades extremas, utilizadas por un Santo de Plata como Folo, no tenían qué envidiarle a la de un Santo de Oro.

Sin embargo, el trabajo de Heracles requería que la cierva no fuese herida, y este era el sacrificio por la rapidez que sobrepasaba las capacidades humanas. Meygar no podía ser herida mientras Folo avanzaba, si no, la habilidad misma cesaría, y más que perder velocidad, Folo podría sufrir de un estrés cardíaco fulminante…

Meygar estaba totalmente en contra de utilizar esta técnica con sus hermanos, pero no podía decir que no a la determinada mirada del Centauro, que no vacilaba en dudar en el poder de su hermana pequeña. La Santo se aferró contra el pecho de su hermano, tratando de guardarse las lágrimas…

– ¡Frena, Meygar!

– ¡Pero aún no estamos cerca!

– ¡Si no frenas, moriremos!

Las zancadas de Folo se acortaban a cada minuto, Meygar nunca pudo ver qué estaba ocurriendo, pero sabía que realmente había algún problema para que su hermano se pusiese nervioso. Descendió la intensidad de su Cosmos, haciendo que su habilidad también se desvaneciese poco a poco, prestaba atención al corazón de su hermano, para asegurarse de que el impacto de la aceleración y la desaceleración no fuese tan fuerte.

– ¡Nos atraparon, Meygar! ¡No están lanzando ráfagas de Cosmos, esperaban que nos acerquemos!

– ¿Son muchas?

– ¡Suficientes como para marearme!

Las lanzas de Cosmos que se habían extendido por el cielo de nácar y sal se quedaron como lámparas de luz gris, iluminando a través de la niebla. El color no ayudaba en nada a los hermanos a diferenciar el Cosmos de sus enemigos de del gigantesco cúmulo de Cosmos que se arremolinaba en torno al centro.

– Déjamelo a mí, Folo, tú ve y le partes el culo al tipo con el hacha.

– Meygar, no pensarás que voy a…

– Sí, sí pienso. No, de hecho, quiero que te esfumes, yo me encargo. – Folo se le quedó mirando, confuso – Yo también tengo miedo de que salga mal.

Folo miró una única voz con el ojo del corazón, un ojo que había perdido su órbita y su luz hace mucho, Meygar sabía qué significaba que Folo mirase a alguien con ese costado de su rostro, era en el momento que estaba más vulnerable…

Un pequeño empujoncito de una mano igualmente diminuta. Pero Folo sintió que el mismo Heracles había bajado desde las estrellas y le había dado tal palmada que le tendría que haber puesto los pulmones de sombrero.

"A veces, una niña tiene la fuerza de Grecia en un puño."

Folo se irguió correctamente, y, firme, dio un inmenso salto que le dejaba acariciar las nubes. En un pequeño impulso, tenía en frente al sujeto del hacha, que le devolvía una mirada profunda, hambrienta, del color del plomo.

"Eres raro, pero me agradas más que Yolao…"

Con una sonrisa, el Santo de Centauro desvió el hacha espectral que le cruzó por la mejilla, dejando no más que una pequeña marca de sangre. El guerrero no demostró sorpresa alguna, sus ropajes negros y púrpura se desenvolvieron como pétalos oscuros que nublaron la vista de Folo un instante.

"¡Mierda!"

El puñetazo le acomodó la nariz, los nudillos de acero le resquebrajaban el rostro. Folo no pudo en ningún momento devolver el golpe.

Oyó la cadena de Cosmos descender hasta el suelo. Los dedos férreos lo tomaron por el cuello…

El pecho parecía que le iba a estallar. No veía más que luces de tintes plateados y dorados cruzar un firmamento negro y convulsionante.

– Esta vez, no te dejaré huir. – El tiempo se fragmentó. Folo solo recordó tres momentos con exactitud. Primero, la aplastante fuerza que los llevaba hasta el suelo, que parecía comerle la cabeza de a poco antes de darle el mordiscón final. Segundo, la sensación de muerte que emanaba de esos ojos de tempestad… Y la última, la sonrisa que tenía antes de ganar.

Dodékathlos!

Zóni tis Ippolýtis!

(¡Doce trabajos!

¡Cinturón de Hipólita!)

Siete infinitos haces de luz atravesaron la niebla, disipándola en distintas direcciones. Tenían un color verde brillante, parecían árboles interminables que se elevaban hasta los cielos, abriendo pequeñas, grandes, inmensas hojas. Todas nacían desde las puntas del cabello de Meygar. Las arrancó y las sostuvo en su mano.

Folo había apostado su vida en esto. Y no hay que mentir, tuvo su recompensa.

– Te tengo. – Solo bastó que mirase un instante a las luces verdes que se enrollaban, perforando el cielo, Folo le apretó la boca con sus gigantescas manos, apretó sin dudas, pero por alguna razón, se detuvo antes de que los dientes de su enemigo cedieran ante la presión y se quebrasen. Algo detuvo sus dedos, pero no podía saber bien por qué.

"¡Pero aun así, ganaré! – Centauro cambió de posición, ahora él era quien llevaba a su enemigo contra el suelo, no dudo en rápidamente asestarle dos puñetazos que le invalidasen las muñecas, pero nunca le dejó caer contra el suelo. Folo aterrizó con las piernas, abriendo un agujero en la tierra de nácar y sal. Con su enemigo entre sus dedos, meditó qué hacer – No entiendo por qué, pero no quiero matarte."

El único ojo vivo de Folo se entrecruzó con los de su enemigo, sin saber qué decirse. Folo ya no podía entenderse a sí mismo, quería ganar, pero no quería causarle daño… Pero también había algo más en juego.

"Mi hermana se puso en peligro para esto, no puedo defraudarla."

– ¿Cuál es tu nombre?

– … Hilas – contestó.

La mirada de Folo y su mano dijo el resto. Suavizó el agarre, hasta dejar que toque el suelo con las puntas de los pies. No dio tiempo a que apoyara por completo la planta del pie que ya los ojos habían perdido luz, y su mente cayó inconsciente junto a su cuerpo, no obstante, jamás dejó que Hilas se lastimase contra el suelo, en cambio, lo apoyó con cuidado y calma…

"Habría sido tonto matarte cuando hay mucho que quisiera saber de ti, Hilas… Espero algún día nuestros caminos vuelvan a encontrar…"

Algo atravesó su cerebro de lado a lado. Su consciencia sintió una mano que le rozaba lo más profundo de su cerebro, algo escarbaba dentro de su alma, y le destruía por completo cualquier tipo de sensación… Su mente estalló, Folo cayó instantáneamente de frente, a un costado de Hilas.

– Así que ahí fue donde se te cayó la Semilla... Solo queda acabar con aquellas dos.

"¡El Cosmos…! ¡El Cosmos de Folo acaba de desaparecer! ¿Qué…?"

Mientras Folo e Hilas se enfrascaban en combate, Meygar había utilizado el Zóni tis Ippolýtis como escudo para las incontables lanzas que venían hacia ella, repeliéndolas con unos asombrosamente sincronizados movimientos, con solo siete extensiones de su aura podía atrapar todas y cada una de las lanzas que a ella venían. Pero apenas sintió la falta del Cosmos de su hermano, se detuvo en seco…

Tres lanzas de Cosmos le rozaron la piel, desvaneciéndose instantáneamente antes de herirla.

Su oponente blandió la gigantesca cuchilla en el aire, y no dudo en ir por la cabeza de Meygar, que parecía una niña inválida y desposeída con aquella mirada perdida. Pero en cuanto quiso acercar el filo sobre el cuello de Heracles, el acero se frenó. No podía cortar a través del aire, algo denso e invisible le impedía seguir.

Entonces, un Cosmos familiar le alcanzó. Instintivamente, alejó el arma de Meygar y se puso en la defensiva.

– Lys… – dijo el hombre que acababa de aparecer, parecía reconocer a la mujer tapada en túnicas negras y blancas. La llamada Lys no pareció responder al hombre, y se le abalanzó, sin duda alguna.

Una vez más, la cuchilla fue detenida con una inconmensurable fuerza. El hombre la atrapó con su única mano viva. Al hacer contacto, una gran cantidad de líneas blancas relucieron a través de toda el arma. Ni bien la soltó, la alabarda desapareció, sin más. La mujer pareció importarle poco y nada, pues volvió a lanzarse contra su enemigo, pero de nada sirvió.

– Lys – dijo, cuando la tomó por el rostro, para luego demoler el suelo blanquecino con su cráneo –, duerme, por favor.

El lacio cabello negro de la mujer quedó sepultado en una tumba blanca, sus ojos no pudieron mantenerse más abiertos, para finalmente abandonar la consciencia.

– Solo quedas tú. – Meygar todavía no daba señales de siquiera estar viva, todo su cuerpo había quedado paralizado, incluso su respiración se había reducido considerablemente. El hombre se le acercó con cuidadosos pasos, sabiendo que Meygar ocultaba un gran poder.

– F–F… – balbuceaba, intentando decir el nombre de su hermano, pero la lengua se le había trabado.

– Ya veo, aquel tipo era importante para ti. Entiendo, entonces te mataré a ti también.

– ¿También…? – esta vez, las palabras eran claras y completas – ¿Él está…? ¿F–Folo…?

– Sí, está muerto.

El mundo se oscureció, incluso aquel lugar iluminado por incontables estrellas y Cosmos de gran intensidad, pareció que la tormenta más oscura se avecinaba sobre todos. Una tormenta sin nubes ni lluvia… La oscuridad emanaba de un cuerpo diminuto, despreciable incluso. Se expandió por doquier, empañando todo con negrura, incluso las estrellas más brillantes. Las lágrimas, como su cabello, se iban hacia arriba, en vez de caer por su mejilla. Su mirada, poco a poco, perdió luz.

"¡Esto es…! ¡Meygar, estúpida!"

"Meygar… No puedes detenerte ya. Ve, usa todo lo que tengas, no frenes ni por un instante. Pero aun así… Me pregunto si tus pies aguantarán el peso de tu dolor."

Télos apó tous Dodékathlos…

(Fin de los Doce Trabajos…)

KATAKLYSMÓS!