INTERCAMBIO

Capítulo 50

Disputas


Annabeth se cruzó de brazos y, con los labios fruncidos con desaprobación, miró con disgusto la escena frente a ella. Honestamente, ella hubiera pensado que los hechiceros se llevarían bien con los hijos de Hécate, pero ahora que los veía frente a ella, la cosa no pintaba bien ("Mi madre es la diosa de la brujería, ¡yo soy más poderosa!" "He estudiado brujería durante siete años, tu no pareces mayor de doce"), y sus discusiones hace tiempo que habían dejado de ser comparación de hechizos hasta atacar la cantidad de poder de la otra. Hacía a Annabeth vacilar sobre decirles que, según el libro que había encontrado en su cabaña, era más sobre la voluntad y habilidad de quien ejerce la magia, que la cantidad de poder que posee.

Ellos no eran los únicos.

Una chica de Ravenclaw —la casa estudiosa de Hogwarts, aparentemente— había mencionado "casualmente" que ellos "obviamente eran más inteligentes que la cabaña de Atenea", cuando se habían juntado y Harry y Percy se habían ido. Probablemente la había reconocido como la diosa de la sabiduría y batalla estratégica. Como podía esperarse, la cabaña de Atenea no lo tomó muy bien, y Annabeth no pudo hacer gran cosa para —no es que estuviera de humor, después del insulto— para impedir una discusión entre ambos grupos.

Travis y Connor Stoll parecían haber decidido que este sería un ejercicio para su cabaña, ya que Annabeth los vio hablando en privado con el resto de la cabaña y, unos momentos después, los hijos de Hermes se habían esparcido por la multitud. Era sorprendente, Annabeth lo admitiría, eran casi indistinguibles si no los buscabas, pero ella podía verlos serpenteando por las personas, robando sus carteras, collares y cualquier cosa de valor a la vista.

Con un resoplido, Annabeth giró su cabeza para darle la espalda a la arena. Por desgracia, Clarisse la Rue había llegado antes que ella a la afrena, así que tendrían que entrenar en el claro del bosque. No lo ideal, ya que las ninfas abundaban ahí, pero cualquier otro lugar obstruiría el paso o las cosas podrían romperse con la torpeza de sus invitados. Annabeth se figuró que compartir espacio durante unas horas con las dríadas, las ninfas del bosque, no sería tan grave, pero no podía pasar del disgusto que les tenía que había adquirido al ver, en el transcurso de los años, a las náyades coquetear con Percy.

Con un suspiro de frustración, ella abrió la boca.

—¡Travis, Connor, Malcolm y Lou! —llamó. Cuando ninguno se inmutó, ella silbó. Un pequeño truco que Percy le había enseñado. Definitivamente no era tan alto ni ensordecedor como el de Percy, pero era decente, mejor que muchos. Era lo suficiente para llamar un taxi y fue lo suficiente para volver a todo Ravenclaw y las cabañas de Hermes, Atenea y Hécate a mirarla—. Travis, Connor, Malcolm y Lou —repitió—. Aquí.

Annabeth señaló al piso a su lado.

Travis y Connor le dieron guiños y sonrisas cómplices a sus compañeros de cabaña, respectivamente. Malcolm y Lou, por su parte, dieron un bufido debajo de su aliento y levantaron la nariz, girando su mentón lejos de sus propias discusiones.

Annabeth, con un suspiro, esperó a que llegaran y miró a los hechiceros con cuidado. Honestamente, no quería tomar lados en las discusiones. De una manera u otra, alguien la acusaría de haber sido influenciada. Por su familia si tomaba el lado de los semidioses, por Percy si tomaba el lado de los hechiceros. Si fuera por ella, ella diría que, al menos la discusión Atenea/Ravenclaw era culpa de los Ravenclaw. Había sido uno de ellos quien había comenzado a insultar la cabaña de Atenea y, Annabeth lo admitiría, estaban acostumbrados a tener razón.

Era irrazonable esperar de ellos que se quedaran parados sin discutir de regreso.

Annabeth vaciló un poco, recordando lo que Percy dijo sobre los prefectos. Cada casa tenía dos. Ella no quería llamarlos, pero la cara de Percy apareció en su mente y Annabeth dio un suspiro resignado.

—Si no les importa, también me gustaría que vinieran los prefectos de Ravenclaw —anunció desganadamente, su mano en su cintura.

Entre la multitud —la mayoría no se había inmutado— dos personas de deslizaron hacia la dirección de Annabeth, lejos del resto. Uno de ellos era un chico. Su piel era bronceada y el chico era alto, para tener quince años, que eran los que aparentaba. Sus ojos eran castaño oscuro y su cabello negro, peinado cuidadosamente hacia atrás. Del otro lado era una chica. Era bastante promedio, también de la edad de Annabeth. Su piel era clara y su cabello café chocolate estaba en una trenza larga hasta su espalda media, sus ojos azul grisáceo mirando a Annabeth con curiosidad.

Lou Ellen fulminó a la chica con la mirada, y lo que más pareció enfadarla fue la manera en que Paisley la ignoró. En cambio, Malcolm y el chico se fulminaron el uno al otro con la mirada y Annabeth reconoció al chico como uno de los chicos que había estado discutiendo con la cabaña de Atenea. Gracias a dios que él no había comenzado la discusión, Annabeth no creía haber podido ser civilizada de ese ser el caso. Y la chica podía no estar asesinando a Lou Ellen en su mente, pero definitivamente si a los Stoll.

—Me recuerdan a unos gemelos en Hogwarts —esnifó, alzando su barbilla y luego levantó una de sus manos en dirección de los hermanos, después de arremangarla, ya que las mangas eran unos diez centímetros más largas de lo que deberían—. Quiero mi dinero —exigió.

Travis miró a Connor.

—¿Tú tienes su billetera, Travis? —preguntó, intentando confundir a los presentes con sus nombres.

—De ninguna manera, Connor —aseguró Connor inocentemente, pero Annabeth podía ver el brillo travieso en sus ojos—. No me atrevería.

—Stoll —gruñó Annabeth. ¡Esto no iba bien! Ella ajustó su mirada en Travis, quien continuaba toqueteando su bolsillo derecho con las puntas de sus dedos—. Travis.

—¿Si? —inquirió Connor casualmente.

—Tú eres Connor —espetó Annabeth, luego girando su de regreso a Travis—. Dale su billetera, Travis.

Travis, suspirando resignadamente, alargó la una bolsa —no una billetera, una pequeña bolsa con monedas dentro— a la chica, quien le dirigió un mohín indignado antes de mirar a Annabeth. Entonces, la chica, codeó al chico a su lado, al que fulminaba a Malcolm con la mirada, quien le dio una mirada molesta a la chica.

Annabeth reconocía esa mirada. Básicamente, significaba «compórtate». La había visto muchas veces en su madrastra a sus hermanastros. Encontraba divertido que ahora la chica la usaba en el chico.

—Tenemos un problema —dijo Annabeth gravemente, sus manos entrelazadas frente a ella.

Las seis personas frente a ella desviaron la vista. Sabían que era verdad. Pero antes de que Annabeth pudiera continuar y solucionar el asunto, Lou Ellen abrió la boca.

—¡Es su culpa! —exclamó Lou Ellen, señalando a la multitud. La figura a la que señalaba era pequeña y diría que le recordaba un poco a un duende, con su cabello corto y oscuro y nariz pequeña.

Annabeth rodó los ojos y se cruzó de los brazos, girando su cuerpo ligeramente para mirar a Lou Ellen.

—¿A qué te refieres? —inquirió.

—Yo me acerqué para saludarla. Le dije que éramos casi hermanas, una broma, pero en lugar de reír ella escupió hacia mí que no nos burláramos de ella y que sin duda, los hechiceros eran mejores que los hijos de Hécate —bufó Lou Ellen.

Annabeth miró sus manos, retorciéndose a la espalda de la chica y alzó una ceja hacia ella.

—¿Segura que eso es todo? —preguntó.

Lou Ellen se retorció un poco, incómoda y ladeó su cabeza. Con una mueca, ella respondió—: No.

Annabeth suspiró.

—¿Qué le dijiste, Lou? —gimoteó. Esto iba de mal a peor. Si seguían así, Cronos y Voldemort no tendrían que hacer nada, solo sentarse y verlos pulverizarse unos a otros. Si las cosas se salían demasiado de control, entonces era guerra. No era bueno.

La mueca en la cara de Lou se mantuvo en su cara.

—Bueno, le dije que no se preocuparan porque los hijos de Hécate fueran más poderosos, porque éramos sus hijos. —Ante la mirada de reproche de Annabeth, Lou Ellen se apresuró a excusarse—: ¡Pero fue su culpa! Estábamos justo detrás de ella cuando se formaban los equipos, y ella dijo «¿Qué podrían enseñarnos unos hijos de Hécate? Sabemos de magia mucho más que ellos».

La boca de Annabeth se torció. Ella también se habría enfadado. Su venganza hubiera sido menos de acercarse a insultar en la cara y más de insultar sutilmente, pero, en cierta manera, ella también lo habría hecho.

—¿Qué provocó la discusión con la cabaña de Atenea? —cuestionó a Malcolm y a chico, procurando mantener el disgusto fuera de su mirada al mirar al chico—. ¿Y cuál es tu nombre?

—Carter Forbes —contestó, reluctantemente ofreciendo su mano a Annabeth. Ella la aceptó, reaciamente.

—Una de las hechiceras estaba hablando (gritando) que no había manera de que Atenea supiera más que Rowena Ravenclaw —dijo Malcolm, su tono rezumando sarcasmo, como si no pudiera obligarse a decir esa frase seriamente.

Annabeth sintió su cara hacer un mohín e intentó reprimirlo. Rowena Ravenclaw era la fundadora de la casa, si sus deducciones eran correctas, entonces también era uno de los fundadores de Hogwarts.

—¿Sobre hechizos, Malcolm? —se forzó Annabeth a preguntar.

Malcolm arrugó la nariz y escupió—: Arquitectura.

Las manos de Annabeth se hicieron puños y se obligó a no fulminar a Carter con la mirada. ¡Eso era un insulto! ¡Ese era un campo expreso de Atenea! ¿Y alegaban que una mortal —y una mortal sin ayuda de los artículos modernos— sabía más sobre la arquitectura, que la diosa de la sabiduría?

—Están equivocados —sentenció ella hacia Carter. Annabeth pudo ver que Carter quería discutir, pero agradeció que, al menos en este tema, fuera más maduro que Annabeth, porque ella seguiría discutiendo.

—Yo soy Paisley Terrence —se presentó la chica, remangando su brazo hasta la muñeca y ofreciendo su mano a Annabeth, cuando el ambiente se volvió demasiado tenso.

—Annabeth Chase –dijo Annabeth, aceptando la mano de Paisley.

—¡No puedo enseñarles, Annabeth! —se quejó Lou Ellen—. ¿Oíste lo que dijeron sobre mi cabaña?

—Tú eres la que fue buscando problemas, Lou —le recordó Annabeth.

—Porque ellas~

—No importa —la interrumpió Annabeth—. Tenemos que trabajar juntos. —Ella miró a los prefectos—. Necesitamos un plan si ustedes quieren aprender algo.

Mientras observaba la escena, por primera vez, a Carter se le ocurrió que ellos no eran los únicos que tenían problemas con el trabajo en equipo. Si se lo hubieran preguntado a él, la única razón por que vino Ravenclaw era porque tenía sentido. Hace unos años no habían escuchado a Harry cuando los advirtió y eso los retrasó en los preparativos de guerra por años, aun si al final ganaron. Y eso solo había sido porque Harry se había preparado.

Ahora, un verano después, aparecía este chico alegando que Voldemort había vuelto. Honestamente, en otras circunstancias, Carter no le habría creído, pero no solo era el chico, era Harry. Y aunque Carter podía pensar en unas cuantas enfermedades mentales que explicaran el hecho de que Harry o Percy dieran una falsa alarma de Voldemort, no explicaba el por qué Percy apareció cuando Harry desapareció, o como, por su cuenta, parecían tener ideas parecidas.

Sería solo terquedad el no querer aprender de ese error.

Así que Carter y Paisley convencieron a los otros prefectos y a su propia casa de viajar a una isla de la que, según la leyenda, nadie sabía su ubicación. Pero perfecto, Carter intentaba ayudar a salvar Hogwarts, no a impedirlo. Iría a una isla mitológica si debía hacerlo

Cuando llegó no solo se encontró con dos dioses, sino con trescientos semidioses, armados hasta los dientes, con una pequeña aldea en la que habían estado, según la cabaña de Apolo, con los que había dormido, solo un día y medio.

No era /probable/.

(¿Cómo demonios habían instalado una aldea en menos de un día y medio sin magia?)

De repente, cientos de cosas que habían sido imposibles para los magos, y aún más ridículas para ellos que para los muggles, eran reales y Carter se esforzaba por no soltar pregunta tras pregunta —o cuestionar la inteligencia de la cabaña de Atenea.

Por supuesto, él jamás lo diría en sus caras, ellos también estaban armados —aun si más discretamente.

Pero cuando Camille saltó a discutir con uno de los chicos de Atenea y estos no comenzaron a lanzar sus espadas, dagas y jabalinas hacia ella, Carter decidió ayudarla, tantear el ingenio de los semidioses.

Fue más difícil de lo que pensó. Mucho más difícil de lo que creyó. Y solo hasta que fue víctima de la mirada fulminante de la chica frente a él, se dio cuenta de lo estúpido que fue al subestimarlos por no ser hechiceros —por no tener magia, porque no eran Ravenclaws. Como los mortífagos subestimaban a los muggles, comparó Carter con un estremecimiento.

La chica era una hija de Atenea, Carter estaba seguro. Tenía el mismo cabello rubio miel que sus hermanos y hermanas, y los mismos intimidantes y tormentosos ojos grises. Era preciosa, Carter lo sabía, pero no planeaba acercarse a ella pronto. No solo parecía dispuesta a atravesar su corazón con su daga, sino que también era la novia de Percy Jackson.

Así que, si. Los hechiceros lo tenían difícil en un lugar que no controlaban, pero los semidioses estaban permitiendo intrusos en su hogar —temporal, pero justo ahora, era su lugar más seguro.

Carter no los subestimaría o haría menos, aun si solo en su mente.

No era inteligente.

Paisley, a un lado de Carter, asintió y Carter, aun si reluctante por trabajar con la chica de Atenea, asintió reaciamente.

Annabeth respondió con un asentimiento.

—Lo único que deben hacer es controlar a sus estudiantes. Nosotros nos encargaremos del resto —prometió ella, apurando a Carter y a Paisley lejos de los líderes de cabaña.

Cuando ya no estaban a la vista, Annabeth se giró a Lou Ellen, Travis, Connor y Malcolm.

—Tenemos que hacer algo con ellos —dijo Annabeth, mirando por el rabillo del ojo a Carter. Continuaba viéndolo enviarle miradas despectivas y si eso no se corregía pronto, alguien lo tendría que hacer entrar en razón. Probablemente Annabeth.

—Ellos comenzaron —replicó Lou Ellen.

—No puedes culparnos, Annie —insistió Connor.

—Está en nuestra naturaleza —continuó Travis, con una sonrisa.

Annabeth los fulminó con la mirada.

—Claro que puedo culparlos —gruñó—. ¡Saben lo importante que es esto! No solo para ellos, para nosotros. Les estamos ayudando a derrotar a su propio enemigo, pero ellos nos están ayudando con el nuestro. Ellos no pueden exactamente irse, pero al menos deberíamos hacerlo más sencillo para ambas partes.

Lou Ellen miró sus zapatos culpabilidad, mientras que los Stoll intercambiaron miradas y muecas y Malcolm le dio a Annabeth una mirada de disculpa. Los tres comprendían que su furia no venía por haber entorpecido las actividades entre ambos grupos, sino porque haber entorpecido las actividades de ambos grupos, /cuando el precio fue la perdida de Percy/.

Annabeth giró la cabeza y se forzó a retener las lágrimas. Percy estaba de vuelta, él regresaría al final del día. Con una exhalación profunda, ella volvió su mirada a los líderes de cabaña y a su hermano.

—Traigan a sus cabañas. Son sesentaitrés hechiceros y debemos hacerlos decentes con la espada en dos días. Son Ravenclaws, se supone que ahí dejan a los hechiceros "hambrientos de conocimiento", así que si son inteligentes y lo suficientemente rápidos, envíenmelos para enseñarles a usar una daga. Necesito a —Ella hizo una pausa e inclinó la cabeza durante un segundo, pensando— seis personas de cada cabaña. Los dividiremos en grupos de diez y cada persona le enseñará a alguien. Malcolm, tu trae a Tessa, Wendell, y Reidon. Ustedes, solo traigan personas que crean adecuadas para enseñar, sino el lío será peor —ordenó Annabeth.

Está vez, los cuatro solo asintieron calladamente y fueron a hacer lo que Annabeth les dijo y ella se apoyó contra uno de los árboles en el extremo del claro.

Esto debía funcionar

—Sabía que la subestimarías —dijo Paisley con voz presuntuosa.

Carter de dio una mirada irritada.

—¿Y a ti que te importar, Paisley? —replicó.

—No deberías hacerlo —contestó Paisley, frunciendo el ceño.

Carter también frunció el ceño.

—Solo vine porque debíamos venir, Paisley, no a hacer amigos. Además, su conocimiento solo viene por su madre, no lo buscaron ellos mismo —se defendió Carter.

Paisley rodó los ojos.

—Que sean hijos de la diosa de la sabiduría les da la curiosidad para buscar conocimiento, Carter. Ellos no nacen con la información ya en su mente —informó.

Carter frunció los labios y caminó hacia la multitud.

—/Sonorus/ —él susurró, con su varita señalando su garganta, luego alzó la vista—. ¡Todos los Ravenclaw deben venir con nosotros! ¡Todos los Ravenclaw deben venir con nosotros! —Después susurró—: /Quietus/

Los Ravenclaw, torpemente por lo revueltos que estaban con los campistas, hicieron su camino hasta un extremo del claro, el contrario al de las cabezas de cabaña.

—Cuidado con lo hijos de Atenea —advirtió Paisley de nuevo a Carter, segundos antes de que el primer grupo de Ravenclaws llegara, evitando que Carter pudiera contraatacar. Unos minutos después, cuando todos los setentaitrés integrantes de Ravenclaw que habían venido a Ogygia llegaron con ellos, ella se irguió, una expresión seria en su cara—. ¿Quién comenzó las discusiones? —preguntó con voz helada.

Francamente, Paisley estaba algo decepcionada de su casa. La mayoría eran increíblemente inteligentes y competitivos en cuestiones académicas por el ambiente en que se desarrollaban, pero en algunos casos eran presuntuosos debido a ello, en otros ellos no eran competentes socialmente. Pero una casa no podía ser completamente perfecta, ella lo entendía.

—Yo sé que fuiste tú, Camille —dijo Paisley en voz baja, pero todos la escucharon—. Y tú también, Olive.

Las dos chicas dieron pasos al frente, una de ellas con la cabeza gacha, pero la otra con el mentón en alto.

—Yo no sabía que ella escuchaba —se excusó la pequeña chica de cabello oscuro.

Paisley le dirigió una mirada fulminante.

—No hay datos que digan qué lado tiene más magia, ni hemos creado algún tipo de concurso que lo compruebe. /Son parte dios/, Hailey —la reprochó ella—. Por lo que sabes, su dominio sobre la magia podría ser mayor que el tuyo y solo decirlo en un lugar en el que podían escuchar… eso fue estúpido. Si vas a hablar mal de nuestros aliados, que nos ayudan a derrotar a alguien que la última vez a penas pudimos, /por favor/ hazlo cuando nadie este escuchando.

Entonces Paisley se giró a Olive, la chica rubia y alta.

—Yo no tengo que excusarme frente a ti —ella dijo, ni siquiera mirando a Paisley a los ojos, en su lugar mirando a los pájaros en el árbol más cercano—. Soy de séptimo grado y vine para pelear por mi escuela, no para lidiar con chicos que se creen más inteligentes que nosotros y tienen delirios sobre ser mitad dioses —bufó.

—Eso no me impedirá hablar con Flitwick sobre tu conducta al regresar. Soy prefecta y los otros prefectos tienen otras cosas que hacer en este momento, así que justo ahora, Olive, tú respondes a mí. Si son delirios o no, ellos nos enseñaran a pelear, algo que nos defienda de las criaturas que vimos ayer. —La mirada de Olive se suavizó y, solo brevemente, revoloteó sobre Paisley antes de volver al árbol—. Sabes que habríamos perdido terriblemente de no haber estado Percy ahí. Sabes que todos nosotros no prestamos atención a las clases de esgrima y que solo agitábamos la espada a lo tonto, de modo que tú vas a poner atención.

Olive frunció los labios, pero miró a Paisley por el rabillo del ojo.

—Les dio magia —ella murmuró, la furia y celos evidente en su voz.

—Ellos también necesitan una manera de combatir a los mortífagos —replicó Paisley planamente, pero comprendiendo a lo que Olive se refería. Hécate era su diosa, de la que no habían sabido nada, y resultó que los poderes que los hechiceros poseían ella los daba a diestra y siniestra. Si contar que ahora tenían una especie de medio hermanos con los que competir —sus hijos.

Por supuesto, ellos podrían mantener sus caminos separados…

Pero el precio era morir.