-Aunque a veces me presten a Sesshōmaru, ni él ni Inuyasha & CO. Me pertenecen, si no a la gran Rumiko Takahashi-

Capitulo I

La bestia albina poso sus fieros ojos azules teñidos en carmín sobre una madre llena de pánico y gruñendo ligeramente con autoridad, señaló la espesura del bosque con un ademan de la cabeza.

A la joven de cabellera azabache le destellaron en tristeza y desasosiego los ojos de chocolate apenas comprendió.

Apretó la mandíbula y los ojos procurando mantener su llanto al margen, con poco éxito.

"Ya veo, no tenemos ninguna posibilidad de victoria"

El agarre maternal de sus brazos se estrechó protector alrededor de la niña que sostenía.

Luego levantó el rostro bañado en lágrimas y dio un asentimiento determinado al gigantesco perro blanco. Sin voltear la vista, echó a correr.

Un rugido colérico sobresaltó a la mujer.

"No debo mirar atrás, no debo retroceder"

Más lágrimas corrieron por su rostro, incremento velocidad a su carrera.

La pequeña, alterada por cuenta del escándalo, levantó sus ojos achocolatados del escondite en el hombro de su madre, justo a tiempo para ver a un colosal perro abatir el suelo con dureza.

Dio un respingo alarmado.

— ¿Mamá a dónde vamos? —Llena de pavor aferró los pequeños brazos al cuello de la Miko.

Debajo de su propia piel, podía sentir los latidos desenfrenados de la sacerdotisa y su respiración jadeante. El sudor frio empapando su pulcro Haori, ahora lleno de tierra y manchas de sangre.

Un potente bramido detonó a sus espaldas, y aunque sin duda fue algo que tomó por sorpresa a ambas, la peor parte se la llevó la menor de ellas cuando un Inu-Youkai en su verdadera forma, mucho más grande que el que había visto ceder antes, rugía a su contrincante; mostrándole los gigantescos colmillos goteantes de sangre ajena y se abalanzaba sobre él nuevamente para terminar el trabajo.

—¡Mamá, tengo mucho miedo! —Aferrando sus manitas al cuerpo de su madre, ocultó el rostro en la clavícula tibia de Kagome para sofocar un gritito e intentar borrar de su mente esa aterradora imagen.

Su mente infantil recordó los cientos de veces que Padre había mostrado su verdadera forma: Una imponente bestia blanca de mortíferos colmillos y ojos carmín. Una bestia que no le inspiraba terror, ni le causaba pesadillas.

No había motivos para temer. Ella había acariciado con vehemencia el hermosísimo pelaje albino, y se había recostado contra su peludo cuerpo calentado por los rayos del sol mientras Padre dormitaba en los jardines.

Otras veces, ella habría ayudado a su madre a curar profundas heridas de batalla en el cuerpo maltrecho del príncipe de las tierras occidentales, cuando la sangre perdida y el agotamiento eran demasiados para retomar su figura humanoide.

El otro Inu-Yokai, sin embargo, tenía las mandíbulas clavadas con sorna en la yugular de Padre, halando y desgarrando la carne y vida de este; y esa escena le perseguiría durante cada una de sus noches siguientes.

Un grito de puro terror se acumuló en su garganta, detenido por el nudo que parecía quitarle el aire y convertirlo en lágrimas que empezaron a correr silenciosas por sus mejillas sonrosadas.

— ¡Shirōumaru! ¿En dónde estás? — La sacerdotisa gritó. No obtuvo contestación. — ¡Shirōumaru!

Llamó de nuevo entre jadeos, sin parar de correr.

Una flecha se disparó, atravesó el bosque cortando el aire a su paso precipitado.

Kagome luchó por no perder el equilibrio cuando sintió la punta filosa impregnada en energía espiritual impactar de lleno contra su hombro.

Sus ojos se abrieron desmesurados ante la punzada cortante, entreabrió sus labios para exhalar un gemido silencioso. Desistió de gritar, expresar la quemante sensación que rasgaba su musculo y asustar a la niña. Pero a pesar de sus esfuerzos, la voluntad de la Miko flanqueo junto con sus piernas; se dejó caer sobre sus rodillas al suelo; ya no le quedaba ni fuerza física ni espiritual para continuar aquello, estaba desolada y muy herida.

La pequeña soltó un chillido estrangulado cuando su madre golpeo el suelo y el peso completo de su cuerpo la cubrió.

"Kikyo"

—¿Mamá? —la niña la sintió desfallecer, se arrastró por debajo del cuerpo de la Miko, lo suficientemente lejos para poder buscar el motivo de su dolor; encontrándose con un líquido carmesí corriendo libremente por su espalda

— Estás sangrando… tenemos que buscar a la abuela Kaede! ¡Mamá, levántate! ¿Mamá?

—Vamos...ya casi hemos llegado, ya falta poco— declaró con voz rota, su cuerpo tembló de frío e impotencia. Apretó la mandíbula y peleó contra su cuerpo, tratando de regularse la respiración agitada y sentarse sobre sus rodillas.

El crujir de las hojas caídas del otoño se dejó escuchar a lo lejos, intensificándose conforme el avance de un fluido caminar las aplastaba contra el suelo.

La pequeña heredera del Oeste miró por encima del hombro de Kagome, y ahí entre las penumbras distinguió una estilizada silueta femenina que se aproximaba grácilmente sosteniendo un arco, sus lacios cabellos negros se mecían al compás del viento tras ella.

"Kikyo - Sama" su mente infantil reconoció aterrorizada al mirar los profundos ojos negros de la sacerdotisa. Sombríos, decididos y ausentes.

La mirada de una marioneta.

El corazón se le encogió con el semblante inexpresivo de la mujer

—Mamá, ¿Qué le sucede a la señorita Kikyo?

Aferró sus bracitos a la cintura de Kagome y escondió el rostro en sus ropajes humedecidos.

— ¿Por qué, Kikyo? ¿Por qué estás haciendo esto? —con la voz quebrada y los ojos aglomerados en lágrimas, Kagome gimió lastimeramente.

—Este es el camino correcto, lo puro se ensucia y lo sucio se purifica, este es el único medio para corregir tantos errores. Para limpiar la impureza que le has traído al mundo—Firme declaró observado fijamente a la menor. — Ellos exigen el alma de esa niña como compensación. No tenías que haber interferido Kagome, derramar tu sangre resultara un acto meramente innecesario...ah, una verdadera lástima. Aun cuando estaban dispuestos a perdonar tu desfachatez.

Habló con voz profunda, su mirada calculadora centelleo ligeramente con tristeza y culpa, su alma luchaba contra las ordenes de sus crueles maestros.

Tensó el arco nuevamente apuntando a Kagome directo al corazón: esta vez no fallaría, la mataría de una vez. Una lágrima rodó silenciosa por su mejilla, pero su gesto astuto y frío no cambió.

Entonces Kagome perdió cualquier ánimo de razonar con Kikyo.

Su temple se tornó furiosa, decisiva, la actitud de una madre que está dispuesta a todo con tal de proteger de sus hijos. La calidez de su alma fue cegada por una rabia inmensurable.

—N-no…—Tambaleante logró ponerse en pie. Temblando de impotencia y de dolor, habló. — No sé cómo fue que Naraku consiguió mancillar tu alma de esta manera, pero a ella, a mi pequeña Rin ¡No voy a permitir que le hagas daño!

En respuesta, la otra sacerdotisa soltó una risa sin humor.

— ¿Naraku? ¿Acaso consideras a las piezas del juego como iguales de la mano maestra que las acomoda?—Kikyo tomó otra flecha.

Kagome flexionó un brazo hacía su espalda, presurosa para alcanzar una flecha y acomodarla con certeza en el mismo arco que segundos después, tensó hacía su encarnación pasada.

— ¿Mamá? — los puños diminutos que se mantenían cernidos sobre el hakama de Kagome se apretaron preocupados, al tiempo que inquiría alzando la carita sucia para mirar a su madre.

— Rin, por favor cuida muy bien de Sota y el abuelo…— pidió la joven mujer, sonriendo con una alegría que no llegó a sus ojos mientras acariciaba con ternura el pómulo infantil. Rin dio un respingo comprendiendo al instante el significado de aquello: Cruzar el pozo.

Y negó. Con los ojos anegados de lágrimas.

— ¡Mamá yo no quiero dejarte aquí sola! ¡Por favor, ven conmigo! — insistió halando de los ropajes.

— Adiós, Kagome. — En un murmullo irrumpió la otra pelinegra con profundo dolor en su alma y soltó la flecha. La aludida regresó la vista al frente, cerró los ojos y disparó su tiro certero a la par de Kikyo.

Un par de árboles frondosos se sacudieron violentamente a su costado, un rugido estruendoso corto el aire y de entré la obscuridad surgió un perro grande de pelaje negro, con una luna menguante blanquecina estampada en la frente

Miró retador a Kikyo, gruñó erizando su pelaje y se lanzó por ella al instante en que está disparaba la flecha.

Con una pata bien provista de garras, intercepto el ataque destinado a la Miko, sin detenerse se abalanzo sobre ella y la lanzó con los dientes contra un árbol antiguo y rugoso.

Un cuerpo de barro se rompió, crujiendo simultáneamente con el corazón de un Inu hanyō que se acercaba corriendo frenéticamente.

— ¡Kikyo! — gimió desgarradoramente el hombre de orejas blancas.! —¡Maldito!, ¿Por qué lo hiciste?

El susodicho gruño en protesta hacia su emisor, ¿¡Cómo que por qué!? ¿Es que era ciego, o sencillamente imbécil? Mentalmente maldijo los lazos de sangre que lo relacionaban con la mitad bestia.

— ¡Bastardo, esto no te lo voy a perdonar! — siseó entre dientes, fulminándolo con la mirada, levantó velozmente a Tessaiga sobre su cabeza sosteniéndola con ambas manos, un viento de energía amarilla se arremolinó sobre la espada. — ¡Kaze no Kiz...!

" Inuyasha"

— ¡Osuwari! —Soltó la Miko a todo pulmón cuando reconoció la voz dura del muchacho. La mitad demonio se estampó contra el piso por voluntad de Kagome y del collar.

El colmillo de acero perdió su transformación y el hanyo sus ganas de venganza.

"Kagome" pensó derrocado.

El perro de pelaje negro lo miró con prepotencia, luego giró la cabeza para observar minucioso a su madre, ella gimió sujetándose las costillas rotas y volvió a caer de rodillas, el semi- demonio gimoteo al ver su estado, caminó cabizbajo en su dirección y rozó su nariz húmeda contra la mejilla sucia de Kagome para obligarla a mirarlo.

— ¡Oni-chan! — con alivio, reconoció la niña hincada junto a Kagome.

—Shirōumaru… Qué alivio, te encuentras bien —Al mirarlo intacto, su alma perdió un peso considerado que le agobiaba. — E-escucha, tienen que marcharse, llévate a tu hermana; crucen el pozo— suplicó mirándolo llorosa entre sus pestañas— Por favor, huyan de aquí

Pero él gruñó, empujándole un hombro suavemente con el hocico, incitándole con gestos a tomar su lugar junto a la niña.

Ella meneo la cabeza en negación, le dedicó una sonrisa llena de ternura maternal. Retiró una mano que cubría su costado, y develó una creciente mancha negruzca y carmín.

"¡Madre!"

La bestia rugió histérica, ¡Su madre estaba muy mal herida! ¡Su padre apenas ponía mantenerse en pie! ¡A él ya no le quedaban fuerzas! ¡Inuyasha era un imbécil y se había vuelto en su contra! ¡Y ni Naraku ni Inu-no-taisho parecían desistir! ¡Una y mil veces maldición!

El can gigantesco se encogió en una esfera luminiscente, que al cabo de unos instantes volvió a expandirse, dejando a la vista a un adolescente pálido de duros rasgos, gélida mirada de oro y desgarbada cabellera azabache.

—Ven conmigo, Rin. — extendió una mano.

Ella lo miró fijamente sin moverse o saber que hacer; Cuando su hermano estaba cerca cualquier rastro de miedo desaparecía. Él siempre la cuidaba de los monstros grandes. Nadie le hacía daño. Se sentía a salvo. Pero esta vez el príncipe de cabellos negros estaba cubierto de sangre y raspones, débil y herido al igual que su madre, a la cual por supuesto no tenía intención alguna de abandonar en ese estado.

La dama del Oeste tosió escandalosamente a su lado, de sus rosados labios brotó la sangre más roja que Rin alguna vez vio, y aun cuando Kagome cubrió su boca con una mano, la situación escabrosa no le pasó por alto a ninguno de los herederos.

Shirōu apretó la mandíbula y enterró sus garras en las palmas de sus manos, que temblaron de impotencia.

"Shi-chan, estás siendo muy duro contigo mismo en los entrenamientos. ¿Por qué no te lo tomas con calma? Coleccionar cicatrices no te hará más fuerte ¿Sabías?"

El niño se removió incomodo del agarre de su madre, que sostenía su rostro con una mano mientras con la otra trataba de limpiar las heridas de espada que tenía en la mejilla.

"Auch…No necesito ser calmado, ¡Necesito ser perfecto!"

Kagome suspiró. Oh, indudablemente Sesshomaru tenía que ver con aquel comportamiento.

"Nadie puede ser perfecto, Shirōu, no te mortifiques persiguiendo algo que no existe."

"Yo puedo intentarlo." Su tono frio y decidido le dieron escalofríos a la sacerdotisa, aquello no debería ser propio de un niño de 8 años.

Kagome presionó suavemente la esponja improvisada con hierbas medicinales ahí donde la carne rasgada no paraba de sangrar.

"¡Aah, mamá, ya basta, duele! "Su queja infantil y sus muecas exageradas la hicieron sonreír.

Claro, una cortada profunda en la mejilla con una espada no eran motivos para lloriquear, pero una esponja medicinal sí.

Le dio un suave beso en la frente, sobre la luna menguante, recibiendo una mirada ofendida de él.

"¡Ya está! Ya hemos terminado."

Desde que tuvo uso de razón, Shirōu recordaba a Kagome como una buena madre. Siempre cuidaba de él. No. Siempre cuidaba de todos. Excepto de ella misma. Y ese mismo comportamiento irracional, esa falta de egoísmo y de amor propio era lo que por fin habían terminado dejándola en el suelo con los pulmones perforados y las costillas rotas.

Era injusto, y malditamente triste. Pero el adolescente no cambio su expresión, ni derramó ninguna lagrima.

El labio inferior de Rin tembló y sus ojos se llenaron de agua.

—No —Sollozó. — ¡Mamá yo no quiero verte morir de esta manera, por favor no te mueras!

La madre de los cachorros la rodeó con sus brazos fríos acercándola a sí.

—Rin-chan, no llores, shh…

Apoyó la mejilla en la cabecita castaña de la pequeña que lloraba, y Canturreó entre sollozos también, meciéndose con suavidad.

"El padre ha dicho, que la mano del youkai es la mano que protege."

Un aura azul las cubrió a ambas debilitándolas simultáneamente, a la sacerdotisa por gastar lo que le sobraba de energía, y a la niña en efecto del hechizo que desvaneció y selló la herencia youkai de su padre.

"La madre ha dicho, que la mano del ser humano es la que da consuelo."

La vista perfecta que la sangre de bestia le otorgaba se esfumó dejándole a cambio una débil visión humana. Las penumbras la inundaron. Su olfato y su oído superdotados le abandonaron dejándola en completa vulnerabilidad y una percepción del mundo diferente y perturbadora.

"Ambas manos encajan juntas y abren la puerta en el retorno del carmesí. Y piden a la luz que proteja a los niños, que proteja a los niños"

— Mamá… N-no puedo ver nada, ¿Ni-chan? — empezó a gritar desesperada, ajustando las manos a las muñecas de su mamá para que no la alejaran, alguien tiraba de su cuerpo para llevársela — ¡Aah, suéltame, Mam-

Con poca delicadeza, el mayor de los hermanos lanzó a la niña sobre su hombro, mientras esta continuaba pataleando al aire.

—Shirōumaru, no pueden m-marcharse así, no tendría ningún caso si los descubren, por favor acércate para que también pueda…

—Madre — Interrumpió él sin emociones en la voz — Yo no tengo intensiones de saltar épocas al lado de mi hermana. Únicamente estoy dispuesto a llevarla a salvo del otro lado, no hagas deducciones precipitadas.

Declaró firme y la voz conocida del muchacho calmo a Rin.

Kagome miró llena de orgullo a su primogénito y suspirando con resignación profirió:

—Supongo que no puedo persuadirte, pero ¿Sabes? tampoco siento miedo por tu seguridad. Eres tan fuerte y arrogante como tu padre después de todo.

Sonrió nostálgica. Sin fuerzas.

En su interior, sus pulmones se contrajeron dolorosamente. Respirar se volvía cada vez más difícil.

— Llévatela, Shirōumaru. No dejes que la encuentren.

Kagome venció su peso al frente. Sosteniéndose sobre las palmas de sus manos comenzó a hiperventilar, temblando. Su respiración errática y dificultosa tratando de llevarle oxígeno a los pulmones inundados del líquido caliente que le quemaba el interior.

— ¿Mamá…? —Inquirió cuando escucho la voz de la Miko desvanecerse, trato de enfocarla, pero las penumbras de la noche nublada y su nueva vista humana se lo impidieron...aquel nuevo sentido de la visión no le gustaba en lo absoluto. — Hermano, ¿A dónde vamos?

No obtuvo respuesta, pero ya la sabía.

Él echó a correr para quedar de pie al borde del pozo traga huesos, bajó cuidadosamente a la pequeña, y ahora humana, niña.

Se inclinó sobre una rodilla para quedar a su altura. Su mirada dorada se clavó en las inocentes orbes asustadas de ella. Con la voz más suave que encontró, habló:

—Escúchame bien, Rin, quiero que cruces a la otra época. —Hizo una pausa, ella asintió atenta. Estaba pálida, sucia y temblorosa. —Una vez que llegues al otro lado mantente lejos del pozo hasta que yo pueda encontrarte, ¿Has comprendido?

Tragó saliva dificultosamente. Estaba asustada. Más que cuando los lobos la habían atacado. Más que cuando un Youkai del sur le había secuestrado para vengarse de su padre.

—E-está bien, Oni-chan

Shirōu se mordió la lengua para que su semblante se mantuviera tal y como Sesshomaru siempre le enseño. Pero ver a su pequeña hermana, sola, indefensa y bajo el conocimiento de que nunca estaría realmente a salvo le revolvía las entrañas.

La madre de ambos moriría: la gravedad de sus heridas y su condición humana no dejaban paso a dudas. El estado de su padre era incierto, pero podía sentir su Yoki a la distancia, debilitado. Ahora sólo eran Rin y él. Y Rin tenía que irse a un mundo en donde no existiera la obscuridad. Sola y vulnerable.

Le coloco una mano sobre los castaños cabellos alborotados.

—Voy a volver por ti. — Finalizó, un grito lejano de dolor lo puso alerta de nuevo, gruñó mirando el fondo y profirió — ¡Vete, rápido!

Ordenó desenvainando su espada, corriendo en dirección a la batalla.

Unas pocas nubes grisáceas desistieron de sumir el Sengoku en tinieblas, ahuyentadas por el frío viento nocturno se alejaron de la luna menguante que coronaba el cielo y permitieron a la niña ver a su hermano alejarse corriendo, ondeando su cabello y estola azabache al aire.

—Shirōu...— susurró con voz quebrada. Y con el silencio como única respuesta, se quedó de pie, completamente sola entre la obscuridad interminable.


Un cuerpo pequeño se revolvió con molestia entre el futón sobre el que dormía, apretó los ojos y murmuró un par de incongruencias-

Un colosal perro del color de la nieve abatía el piso con rudeza, una severa herida desangraba su cuello.

— ¡Aah! ¡Sesshomaru- Sama! —gritó desesperada, sentándose de pronto, violentamente sobre la cama.

— ¿Rin-chan? —Asomada desde la cortinilla de madera, inquirió Kaede ante el grito de su nueva pupila. Abandonando su labor de recoger hierbas medicinales se precipitó hacia la choza donde Rin descansaba.

—Sólo...sólo se trató de una pesadilla. — murmuró desconcertada para sí misma, pasándose una mano por la frente perlada de sudor frío. — Fue ese sueño raro otra vez.

Reconoció cavilante, aquella pesadilla le inquietaba las noches cada vez con más frecuencia desde que Kagome había regresado al Sengoku; Luego de ausentarse durante tres años desde la derrota a Naraku.

Ya había soñado antes todo ese drama, cuando aún se encontraba viajando con Sesshomaru en busca de Naraku, pero ahora que convivía diario con la Miko de cabellera azabache esa pesadilla le aterrorizaba más.

Al principio solo se trataba de escenas sin orden ni sentido específico, sin sonidos claros. Ahora veía todo nítidamente, pero todavía había diálogos distorsionados que no alcanzaba a comprender.

— ¿Pequeña Rin, te encuentras bien? Creí escucharte gritar...— pregunto la sacerdotisa desde la puerta, apartando la cortina de madera con una mano.

Los insistentes rayos matutinos deslumbraron su vista sensible, pero le brindó un gesto alegre a su nueva guardiana en bienvenida.

— ¿Uh? ¡Sí! No se preocupe Kaede-sama! Es que sólo que tuve un mal sueño.— respondió sonriendo dulcemente, la abuela la miro suspicaz.— Pero no se trata de algo malo, descuide.

Exclamó poco convencida de sus palabras, podía sentía algo removerse en su interior cada mañana luego de sus pesadillas, cada vez que veía juntos a Kagome y a Inuyasha su corazón le gritaba que algo estaba terriblemente mal ahí, y ella se reprochaba internamente, regañando a su mente traviesa por pensar así de la linda señorita Kagome y su prometido el divertido Hanyo.

—De acuerdo. Mmp, ¿Por qué no te levantas y vienes conmigo afuera Rin-chan? —propuso recelosa.

—¡Sí, está bien! — contestó con ánimos renovados, dio un salto para ponerse de pie y se apresuró a cambiarse el kimono por el último que su adorado Señor Sesshōmaru le regaló. — ¡Vamos!

Y se marcharon al maravilloso Sengoku, ahora en paz, decorado en verdes follajes, esplendorosas flores de lucidos colores, aldeanos alegres y familias felices.


Dentro de un reino destrozado, en un mundo de crueldad, por en medio de cadáveres desechos de personas queridas, una mujer malherida caminaba trastabillando. Intentando detener con una delicada presión sobre su costado una de las hemorragias fuertes que le estaban arrebatando la vida.

A pesar de todo el dolor que implicaba tener el tobillo luxado, la espalda perforada y el cuerpo inyectado en miasma venenoso de Naraku, la única cosa que causaba lagrimas caer de los preciosos ojos chocolate de Kagome era la agonía de ver a esa persona, en ese estado.

A escasos metros de ella, destrozado, tendido sobre un charco de espesa sangre negruzca que resbalaba directo desde su pecho, estaba Sesshōmaru: Lord del oeste. Príncipe Daiyoukai y herededo de la casa del viento; recostado sobre un montículo de madera y tierra que antes fue la vivienda de alguien que ahora no era más que un cadáver incinerado.

En un momento de su caminata perdió la fuerza y se vino abajo. Kagome cayó completamente sobre su cuerpo, incapaz de mantenerse en pie un segundo más. A pesar de ello, utilizó sus brazos para acercarse al Youkai.

Sesshōmaru...—gimió la sacerdotisa, arrastrando su cuerpo para llegar hasta él.

Comenzó a llorar apenas lo tocó, recargando su cabeza contra el pecho herido de este. Aferro sus brazos al cuerpo maltrecho del demonio y sollozó incontrolablemente por lo bajo.

El albino olió su sangre, oyó su llanto y sintió su pena. Abrió los ojos con cansancio.

—Creí haberte ordenado que te pusieras a salvo — llamó con voz plana. La aludida levantó el rostro, miró a Sesshōmaru, y le brindó una sonrisa de disculpa. —No tolero la desobediencia.

La sangre dulzona de Kagome le llegó a la nariz, mezclada en el fuerte aroma a oxido y a putrefacción que Naraku se había encargado de revolver dentro de ella. Con su fino oído pudo escuchar la dificultosa respiración de la sacerdotisa, con cada inhalación un gorgoteo pesado se dejaba escuchar desde el interior de su pulmón, ahora perforado.

Ella no viviría por mucho más tiempo.

Ira y cólera lo invadieron. Un gruñido ligero sonó desde su garganta a la par que se permitía enterrar las garras sobre la carne de sus palmas.

"Débil" su voz racional le recordó. "Culpa tuya. Desde el comienzo."

Kagome habló:

— ¿Sabes? Me siento tranquila, porque pude verte con vida una vez más—susurró débilmente, al tiempo que recostaba su cabeza dentro del hueco entre el cuello y hombro del youkai que miraba un punto ciego al horizonte, sin volverle la vista a ella. — Yo te prometí que estaría contigo hasta el final…así que aquí estoy.

Él entonces la miro ceñudo por el rabillo del ojo.

— ¿Vas a marcharte? — inquirió una voz fría, inalterable. Empañada con el tipo de tristeza que te hace sentir nada como respuesta nata a un lapsus prolongado de dolor.

— No estoy lista, Sesshōmaru, pero…duele tanto.

Él dio un asentimiento, sombrío, en un silencio cargado de cosas que nunca podría decir, que nunca podría siquiera pensar abiertamente para sí mismo.

—Se cumplirá entonces, esa innecesaria petición tuya. — Le musitó con voz ronca.

La dama del oeste rio sin humor, afirmando débilmente con la cabeza.

—Dime Sesshōmaru, en otra vida ¿Volveremos a coincidir?

En su interior, el Daiyoukai expelió con fuerza automática su respuesta: "No"

Porque él de verdad quería saber que en su próxima vida no sería tan imbécil como para emparejarse con una humana. Quería pensar que recordaría sus errores del pasado y los evitaría por completo. Quería asegurar que en el segundo en que viera el rostro de la encarnación de Kagome, daría media vuelta y caminaría en sentido contrario.

Que cuando el destino caprichoso se esforzara en cruzar sus caminos, en hacer que se encontraran de nuevo, Sesshōmaru simplemente se alejaría.

Pero se estaría mintiendo el mismo, y le estaría mintiendo a ella.

Sin embargo, tampoco estaría bien decir "Si". No del todo.

Él no esperaría a que los hilos azarosos de la siguiente vida se entretejieran para que ambos volvieran a verse; A que un evento accidental en su nueva existencia la trajeran a ella de vuelta a su vida.

Porque más grande que el arrepentimiento de sus decisiones, mayor que la debilidad que representaban Kagome y los hijos que habían engendrado juntos, era la certeza de Sesshōmaru de que no solamente se reencontraría con ella: Él la buscaría.

Entre todas las miradas, hallaría las del chocolate más dulce. De entre todas las sonrisas, localizaría la más luminosa. De entre todas las mujeres, llegaría a la más cálida.

—Te voy a encontrar. — Dijo finalmente, y la sintió sonreír.

—Bien…— finalizó con una extraña felicidad, el demonio blanco sintió los labios fríos de su mujer curvarse y su alma abandonar el mundo.

—Kagome...— Gruñó en un siseo, apretando los dientes.

El príncipe del Oeste sintió su furia acrecentarse, deseo recuperarse para ponerse en pie, buscar a los causantes y arrastrarlos sin compasión hasta las profundidades del infierno. Arrancarles uno por uno el corazón de la misma manera despiadada en que habían hecho con él al asesinar a la sacerdotisa.

De nuevo deseó jamás haberse mezclado con un cuerpo tan frágil como lo era una vida humana. Deseó jamás haber sido tan estúpido como su padre. Deseo recuperar a Tenseiga y traer de vuelta a la pequeña mujer...

Pero al final, simplemente se limitó a posar una mano sobre la suave, fría mano de Kagome.

"Sesshōmaru, necesito que me prometas algo."

"No tengo obligación alguna de hacer tal cosa. "

"Agh, deja de ser tan imposible! Además, incluso si no me lo prometes es casi certero que va a suceder, considéralo una advertencia para que no se te ocurra llevarme la contraria haciendo cosas así"

Exclamó ella, señalando las dos líneas rosáceas de su cuello, que horas atrás habían sido grandes escapes de sangre.

"¿Qué quieres?"

Kagome lo miró detenidamente. Se permitió apreciar sus ojos hechos de oro líquido, las marcas Youkai de su rostro y las aristocráticas, atractivas facciones de su rostro de porcelana. Sus ojos se deslizaron más allá, sobre la cascada de plata que era su cabello perfecto y aún más lejos, en su mera esencia: Inteligente, calculador. Sincero, no por una obligación social humana, si no por su naturaleza demoniaca que no encontraba sentido en mentir. Protector. Fuerte en todo sentido. Pulcro.

La miko se mordió el labio. Aquella mañana, cuando el Señor del oeste había llegado en su forma verdadera, demasiado herido para usar su disfraz humano, y casi agonizante, Kagome pensó que, si él se iba, ella moriría también.

El pensamiento la destrozó. "Egoísta" le reprochó su conciencia. Y era verdad; aún en aquel momento con Sesshōmaru alrededor, los ataques eran constantes. Hacía ella, hacia sus hijos, hacía Sesshōmaru mismo y hacía el castillo y sus vasallos. Los enemigos del Lord del oeste querían verlo muerto, y a su descendencia mancillada también.

Si conseguían su objetivo, todo se pondría peor por seguro. Y a la sacerdotisa no le preocupaba eso enteramente.

Cruzarían el pozo. Ella y sus hijos se marcharían al otro lado y encontrarían la forma de adaptarlos a su mundo.

Rin y Shirōu sobrevivirían. Pero ella no. No sin Sesshōmaru.

Kagome le colocó una mano sobre el regazo al Youkai. Lo miro con intensidad y habló con voz ligeramente ansiosa:

"Prométeme que no vas a morir antes que yo."

Sesshōmaru soltó uno de esos breves resoplidos animados que Kagome sabía, era su manera de reír.

Con absurda elegancia se pasó los dedos sobre las hebras platinadas de su cabello, peinándolo.

"Innecesario. Incluso si fuera tu voluntad, no hay manera en la que permanezcas en este mundo más tiempo que yo. Eres simplemente humana, después de todo"

Aliviada, relajó su postura. Él ya estaba del todo bien y con certeza, curado completamente.

"Oye, que engreído. Cualquiera pensaría que estar tan cerca de morir hoy te enseñaría a no ir por más de lo que puedes lidiar, y de paso un poco de humildad."

"No hay nada con lo que yo no pueda lidiar."

"Ah, ¿sí? Rin ha estado enferma, y se mantiene llorando toda la noche. ¿Qué te parece si cuidas de ella hasta que mejore?

Sesshōmaru la miro largamente sin emociones en los ojos. Una ceja ligeramente elevada en incredulidad.

"No."

La desolación brilló en sus ojos dorados.

Kagome estaba muerta. Podía sentir el peso de su cuerpo vacío recargado contra su pecho y su sangre fría empapar sus ropajes. La sacerdotisa ya no sentiría dolor.

A Shirōumaru, su primogénito, lo sentía agonizante debajo de un montón de piedras. No le quedaba mucho, probablemente. Pero estaba bien. Allá donde iría, no habría más sufrimiento.

Rin, la menor de sus descendientes, sin embargo, iba a quedarse sola en aquél sitio, a merced de sus enemigos. A ella le esperaban cosas mucho peores que la muerte.

El escozor interno que no era causado por ninguna herida corporal, continúo expandiéndose, mitigando a segundo plano el dolor físico, que extrañamente, parecía ya sentirse como nada y a fundirse con el obscuro velo espeso de la muerte que también comenzaba a cubrirlo.

—Ya todo ha terminado. — sentenció gélido.

Y el oeste quedó en un sepulcral silencio donde el único sonido reluciente era el del último aliento que el Daiyoukai exhaló.


N/A: Hello, mortales. Después de cinco largos años, eh regresado a terminar lo que comencé. Estuve re-leyendo y corrigiendo un montón de detallitos que no me terminaban de convencer, déjenme saber que opinan, los leo!

Por cierto, Shirōumaru significa "Único" ("Shiro" es blanco y "Shirō" es cuarto hijo, no lo confundan con Shirōu, please! )

Una disculpa por haberme perdido taaanto tiempo, espero poder compensárselos pronto.

¿Alguna crítica constructiva? ¿Sugerencia? ¿Dudas? ¿Review?

¡Besos, y nos leemos el próximo capítulo!