Ya estoy aqui cerrando esta historiaaaaa! ^^ La verdad es que me da muchisima pena. Ya lo dije en el anterior capi, pero de verdad. Estos desafios que te encuentras de vez en cuando molan mucho :P. En serio, deberiais probar a hacer uno jaja. Que decir, que muchas gracias por leer todos y cada uno de estos capitulos, vosotros tambien sois una parte muy grande de estos pequeños relatos ^^. Bueno, no os entretengo mas. Espero que el ultimo capitulo haga justicia al resto de la historia y tal. No estoy acostumbrada a escribir este tipo de cosas pero... lo he intentado jaja. Espero que no se os haga demasiado desagradable jajaja.

Pd.: si, eso es una M. Sí, os podéis imaginar el contenido de este capi :P.


Día 30: Calor

La cosa en sí ha empezado siendo difícil. Muy difícil. Quedarse encerrados en un ascensor de poco más de un metro cuadrado, en julio, cuando la temperatura mínima a la sombra roza los 40º C no es solo tener mala suerte. Es sentir que el mundo, repentinamente, se pone en su contra. Y cuando, casualmente, se es claustrofóbico, la situación empeora progresivamente. Ya ha tenido una mala experiencia con los ascensores anteriormente, no la recuerda con la mayor alegría del mundo. Jura que podía ver su vida pasar en forma de imágenes a través de sus ojos. Y ahora las ve mucho más claras. Casi enfrente, como si fuera una película y no le gusta nada la sensación que le produce verse envuelto en todo ese panorama.

Para colmo, Castle no ha nacido con el don del optimismo. Si la situación tiende a desenlazarse con algo posiblemente funesta, él también pensará de forma funesta. Su punto más fuerte nunca ha sido dar ánimos. Lo intenta, pero no lo es. Y ahora no hace más que autosugestionarse constantemente que este es el fin de su vida y va a morir dentro de esas cuatro paredes. Bien por falta de oxígeno, hipertermia o porque le va a dar algo. O descolgándose, como la última vez.

No sabe cuándo exactamente, peor empieza a hiperventilar, no tardando en marearse. Excluye la posibilidad de relajarse y que el ambiente se alivie un poco, así que se resigna, se deja caer deslizando su espalda por el cálido acero y se sienta, con las piernas cruzadas, abatido. Puede percibir cómo su camisa se va humedeciendo con cada segundo que pasa. Se imagina a sí mismo sudando como un cerdo.

Todo esto es demasiado agobiante para él.

-Castle, relájate. Ya hemos llamado a emergencias, no tardarán en llegar.
-Vamos, Beckett. ¿Tú has visto el atasco que nos hemos tenido que comer cuando veníamos? Hemos tardado dos horas y eso que tu casa está a normalmente veinte minutos –resopla, abanicándose con su mano derecha. Beckett se sienta a su lado-. Vamos a morir.
-Solo se ha parado, y punto. Vendrán, nos sacarán, subiremos a mi casa y todo como antes –el escritor la dirige una mirada escéptica, casi burlándose de lo que dice, y ella le observa con desaprobación- Oye, podría ser peor. Al menos no estamos esposados, ni hay un tigre entre nosotros.
-Oh, sí. Eso me consuela muchísimo –rebufa, con pesadez. Apoya el codo sobre su muslo para descargar el peso de su rostro contra su mano abierta, aburrido-. ¿Esta cosa se ha descolgado alguna vez? Porque tendrá sus años.
-No creas, solo un par de veces –Castle la mira de golpe, aterrado. Casi se ahoga con su propia saliva. Está seguro de que, al paso que va, hoy le da un ictus o algo parecido. Ella le devuelve la mirada y al principio parece totalmente seria, como si lo que hubiera dicho fuera certero. Pero no tarda en dejar que sus intenciones la delaten, sus labios empiezan a temblar, dejando soltar pequeñas carcajadas.
-Eso no ha tenido gracia, Kate. Ninguna –suspira, acalorado, lo único que quiere es salir de ahí. Y, por una vez, maldice el macabro sentido del humor de su compañera. Quizá en otro momento hubiera funcionado, por no ahora.

No cuando siente que su alma le abandona por momentos. Además, el calor empieza a asfixiarle y se siente pegajoso con todo ese sudor embadurnando su camisa. Y los vaqueros también están empezando a encharcarse con esa sustancia y es demasiado incómodo pensar en algo positivo y esperanzador cuando ni siquiera su situación física se pone a tu favor. Porque Castle se siente hastiado tanto por fuera como por dentro.

Sigue hiperventilando.

-¿Sabes? Me acabo de acordar de aquel caso en el que te tragaste eso de que te había caído una maldición maya. Tenías que haberte visto.
-¿Por qué siempre te tienes que reír de mis desgracias? –ella suelta una carcajada, él sonríe al verla así. Algo de su tranquilidad se contagia. Piensa que podría haber sido peor, porque al menos está con ella- No sabes el infierno que viví. ¿Sabes lo que es salir de casa y tener la sensación de que en cualquier momento vas a palmarla?

No tarda más de medio segundo en darse cuenta de que su pregunta retórica también ha sido innecesaria, y desea no haber tenido la ocurrencia de abrir su desmesurada boca para seguir con su tema de conversación. Se muerde la lengua, autoflagelándose mentalmente. Es lo único que le falta para que el momento alcanzase un nuevo nivel de catastrofismo, que se vuelva a recrear esa atmósfera de tensión y hastío entre ellos de la que tanto les ha costado deshacerse. La mira, con preocupación, tragando saliva. No está siendo un buen día, para nada. Beckett está absorta, mirando al suelo como si le fuera la vida en ello. En cualquier otra circunstancia se habría callado, y hubiera dado por finalizada la conversación.

Pero no es cualquier otra, y las cosas han cambiado. No sabe de dónde, pero saca las suficientes fuerzas como para llevar una mano a su barbilla, levantarle el rostro y dirigirlo hasta que consiguen establecer el contacto visual. No sabe si se guía porque últimamente derrocha valentía o porque su nivel de estupidez se ha incrementado notablemente en los últimos meses. Pero lo hace, y además se las apaña para decirle, casi en un murmullo:

-Perdóname. No quería… –suspira, no sabe qué decirle. No hay una excusa para eso-. Lo siento, en serio.
-No, no es nada. A estas alturas ya debería haberlo superado.

Castle se acuerda de lo que pasó hace una semana, y le quita toda la razón, negando con la cabeza. No hay forma de que lo supere, como ella dice, a estas alturas. No cuando lo sabe todo y no puede hacer nada, solo esperar. Lo que ya soporta, de por sí, es admirable, no ve ningún motivo para echar por tierra todo eso. Se muerde el labio, y, como si fuera producto de su instinto, se inclina lo suficiente como para atrapar los labios de la policía. No sabe cómo reconfortarla, así que deja que sus acciones hablen por sí solas. El beso es rápido, corto. Quiere sentir su piel sobre la suya de esa manera tan especial. Quiere que se dé cuenta, una vez más, de que no está sola y de que la adora. Porque es así, la adora y su mayor preocupación ahora mismo es conseguir hacer que sonría más a menudo.

Cuando se separan, deja apoyada su frente contra la de su novia. La acaricia las mejillas, las puntas de sus narices se rozan, como si estuvieran jugando y un hormigueo se explaya a lo largo y a lo ancho por su estómago.

-Eres extraordinaria, ¿vale? Y no te convenzas de lo contrario, porque tiene demasiado mérito lo que has conseguido. Soy yo el que debería tener más tacto con estas cosas, ¿sabes? Empezar a pensar antes de hablar y esas cosas.
-¿Más tacto todavía? Castle –unen sus labios de forma fugaz, produciendo una pequeña descarga en su cuerpo. Adora esos momentos, esa pequeña brevedad, porque es lo que suele dar paso a algo mucho más grande-, ha sido gracias a ti. Si he conseguido levantar cabeza es porque me has ayudado.
-No vamos a llegar a una conclusión lógica nunca, ¿verdad? –ambos se ríen, se vuelven a besar. Son besos cortos, pero intensos- Dejémoslo en mitad y mitad, ¿vale?
-Me parece justo.

Cuando sus bocas se encuentran, nuevamente, lo hacen con más intensidad. Castle desciende con sus manos desde sus mejillas hasta su cintura, atrayéndola hacia él para profundizar el contacto. Sus bocas se abren, sus lenguas se buscan y vive el recuerdo de la semana pasada. Sonríe sobre sus labios mientras se besan, le parece un sueño. Aún no se acostumbra al tacto de su piel contra la suya, a cómo se mueve. Y le parece aún más exquisito, porque es como si todo fuera nuevo, aunque se repitiera.

Beckett se mueve lo suficiente como para acabar a horcajadas sobre él. Se separan y ella busca el hueco de su cuello, recorriéndolo con sus labios, húmedos. El escritor ahoga un gemido, admirando la capacidad de su novia para hacerle volar y sentirse como si fuera el dios supremo del universo. Se siente fuerte, poderoso. Y piensa que el amor nunca ha sabido tan bien, ni tampoco le ha sentado de esa manera tan maravillosa. Aunque también supone que, viniendo de su experiencia, no puede sacar muchas cosas en claro. Lo de Beckett es explorar algo totalmente desconocido, y ese factor sorpresa juega a su favor, cosa que le encanta aún más.

Castle se ha olvidado prácticamente de que están encerrados en un ascensor cuando desliza sus manos por debajo de la camiseta de la detective. Su piel está húmeda, cálida y se da cuenta de que el calor se ha convertido en un enemigo común. Va subiendo por su cintura, con las yemas de sus dedos y nota a Beckett estremecerse sobre él. Sus labios bajan desde su cuello hasta su camisa, besando esa porción de su pecho que la camisa deja al descubierto. Los dedos del escritor rozan los aros del sujetador y sonríe, casi maliciosamente. Sigue ascendiendo, hasta tener los pechos de la detective entre sus manos. Cuando los acaricia, oye a Beckett soltar un pequeño gemido.

-Castle, espera –masculla, levemente sofocada, separando su rosto de su cuello. Su respiración es entrecortada, pero suplicante-. ¿En el ascensor? ¿De verdad?
-Sí, tienes razón –se detiene, quitando sus manos de su pecho-. Pero… ¿nunca te has imaginado hacerlo en un sitio así? –inquiere, tentador.

Vuelve a acariciar suavemente esa zona de la detective, provocándola soltar unos quejidos. Suenan como si le gustara y él aprovecha para morder suavemente entre su cuello y su clavícula. Beckett se zarandea sobre él, evasiva pero juguetona. Entre carcajadas, en uno de sus amagos provoca que el escritor retroceda bruscamente, dando con su espalda un golpe en la pared del ascensor. Es fuerte, hace que tiemble y él da un respingo, asustado. Pero resulta tan eficaz que, por arte de magia, el ascensor da un pequeño tumbo y vuelve a hacer su recorrido anterior. Después de media hora y justo en la parte interesante.

Castle odia el oportunismo de aquel cacharro. En realidad, odia al aquel cacharro en sí, y jura que, a partir de ese momento, los ascensores van a pasar a ser uno de sus némesis más infalibles. Pero, por otro lado, lo agradece, porque no tardan ni cuatro segundos en llegar al piso. Y antes de que puedan ponerse en pie correctamente y prepararse para salir, Castle ya está sosteniendo a Beckett entre sus brazos, por la espalda, devorando cada milímetro cuadrado de la piel que hay en su nuca. Ella se inclina levemente, jadeando, y se dirige casi corriendo hacia la puerta de su casa.

Le encanta cuando se pone así. Cuando para ella también es una prioridad, tanto que el ansia puede con ella. A Castle le hace gracia, detrás de esa mujer sosegada entre papeles y pistolas se esconde toda una depredadora. Y solo para él, que es lo mejor –y bueno, para delincuentes también, pero Castle tiene un privilegio mucho mayor.

Abre la puerta a la segunda, no es capaz acertar con nada que le ponga por delante, está demasiado ofuscada y embriagada por el momento. Castle la nota tan cerca de su piel que puede notar cada escalofrío que da. Esas convulsiones producidas por la lubricidad y pasión contenidas en su cuerpo, que las percibe como una súplica. Ahí está, Katherine Beckett, sucumbiéndose a él progresivamente.

Cierra la puerta con su cuerpo, y tiene un momento de déjà vu en el que siente cómo se derrite por dentro. Se muerde el labio, el recuerdo le embelesa. No hace más de una semana estaba haciendo lo mismo, en su casa. Solo que ahora es mucho mejor, y cuando lo piensa percibe todo tipo de sensaciones en su estómago. Mira a Beckett, le está sonriendo. Con esa sonrisa, mientras se relame los labios, sugerente, para luego entreabrirlos. Se acerca lentamente a ella, y con la misma velocidad se apoya, descargando su cuerpo sobre el suyo con delicadeza, pero acorralándola, lamiéndola el labio inferior con deliciosa seducción. No tarda en encontrarse con la de Beckett, y vuelven a disputarse en una lucha por ver quién lleva el control de la situación. En ese juego tan sabroso.

Castle agarra el borde de su camiseta y lo va subiendo, con impaciencia. Beckett acompaña ese gesto, ayudándola y terminando por quitársela ella misma. Separan sus labios y Castle busca el cuello de Beckett, degustándolo. Adora cuando el sabor de su perfume se le queda impregnado en sus labios. La siente mucho más cerca, y es algo que le maravilla.

Lleva sus manos a sus muslos, ayudándose de su fuerza y su cintura para levantarla y sostenerla contra la puerta. Beckett suelta un sensual quejido sobre su boca y le da la sensación de que ella le está metiendo prisa. Controladora, como siempre. Incluso cuando Castle quiere llevar el mando Kate ya le está diciendo cómo llevar el mando. Es algo de ella que cada vez le enamora más.

-A la habitación –le cuesta hablar, y se percata de ello. No es capaz ni siquiera de pronunciar un verbo. Le resulta demasiado adorable cuando la torpeza empieza a invadirla, es sinónimo de que está empezando a perder el raciocinio-. A… la habitación, Castle.

Y él sabe que ser víctima de la Beckett sin raciocinio es un regalo de dios. O mejor.

Se dirigen a la habitación, Castle la sigue sosteniendo entre sus brazos, de la misma manera que sigue saboreando sus labios. Prácticamente no ve nada, pero ya se sabe ese camino de memoria. A Castle le encanta ir a la comisaría, le encanta creerse un policía, actuar como un policía. Pero también le encanta cuando Beckett está suspendida, porque prácticamente de eso consta un día a su lado. De memorizarse su casa de los largos paseos que se dan de una esquina a otra por el mismo motivo de ahora, deleitarse del sabor del otro entre besos.

Da gracias a su gran capacidad memorística, porque ya están enfrente de la cama. Castle la empuja suavemente, tumbándola sobre el colchón para después él sentarse a horcajadas sobre ella. Beckett le atrae más hacia ella, agarrándole el cuello de la camisa, para bajar sus manos y abrir su camisa, sin detenerse en los botones. Castle oye todos los botones de su camisa desperdigarse por el suelo, chocando contra los muebles pero le da igual. Merece la pena comprarse otra camisa solo por ver a Beckett devorada por la impaciencia. Y cuando le mira por los ojos y la ve, observándolo con deseo jura que ha perdido todo resquicio de ser humano en su persona.

Y por un momento se acuerda del servicio de emergencias al que han llamado. Se compadece levemente de ellos, pero sabe que no van a salir a darles una disculpa.

Coge el elástico de sus pantalones, buscando su botón y la cremallera y desabrochándolos, para luego descender por sus piernas mientras se deshace de la incómoda prenda. Ahí la tiene, solo en ropa interior. Vuelve a hacer el mismo viaje, buscando ahora sus bragas. Antes de proceder a bajárselas, coloca su rostro frente sus genitales, dejando un lento beso en esa zona que hace que tiemble aun más. Puede comprobar el hambre que tiene, y eso hace que él tenga más hambre también. No tarda en deshacerse mucho de ellas.

Antes de que se centre en su sujetador, ella ya se lo ha quitado. Ahí tiene a Kate Beckett, como dios la trajo al mundo, entregándose a él. Se quita ahora sus propios pantalones, con ansia, y después van los bóxers, que tira al aire sin reparar en donde caen. Mañana será como jugar al escondite cuando busquen su ropa, pero eso ahora le da igual.

-¿Sabes? Normalmente eres preciosa. Pero cuando estás desnuda haces que me muera –confiesa, analizándola con la mirada. Solo poder admirar esa obra de arte ya hace que se derrita del placer.

Esta es una de las razones más por las que cree que está viviendo un sueño. Castle nunca ha tenido tanta perfección cerca de él. Eso, sumado a que no recuerda muy bien cuándo fue la última vez que hizo el amor antes de estar con Beckett. Ahora todo es diferente, todo es mejor. Él se siente mejor, y jura que nunca ha tenido tanta vida dentro de él.

Se mueve entre las piernas de Beckett, deslizándose suavemente por el colchón para volver a tumbarla. Recorre su estomago con su lengua, desde el ombligo hasta su pecho dejando un rastro de saliva, como si fuera su caramelo. Y su sabor es excepcional. Marca Beckett, su favorito, piensa.

Beckett resopla. No dice nada, solo gime su nombre de vez en cuando. Le emboba ver cómo se tambalea bajo su cuerpo, cómo se deja manejar. Cómo normalmente lleva ella la iniciativa y ahora se deja llevar por él. Se siente demasiado especial cuando ve a Beckett así, dejándole que la conozca y que la sorprenda.

Cuando llega a su pecho, se dirige hacia su derecho. Mira la cicatriz brevemente, acariciándola con ternura con las yemas de sus dedos, para luego dejar un dulce beso. Han perdido tanto tiempo y han sufrido tanto para llegar hasta donde están. Para, por fin, poder consolarse mutuamente. A Castle le recorre una sensación extraña por su cuerpo, de preocupación y anhelo, son estas las situaciones en las que se da cuenta de lo mucho que adora a su musa, y de lo absurdamente necesaria que es en su vida. Tanto que le da miedo.

Desde su cicatriz hasta su pezón traza otro recorrido, ensalivado, para luego hacer ese mismo recorrido por su aureola, hasta posas sus labios sobre ese punto y succionar. Beckett casi grita, y suena tan placentero que hasta Castle suelta un gemido. Eso es música para sus oídos. Se ayuda de su lengua para intensificar más el contacto, y por cómo se mueve Beckett sabe que lo agradece.

-Castle –jadea, le cuesta respirar. Le vuelve loco cuando se pone así-. Ya, por favor.

Se separa, mirándola. Está sudorosa, impaciente, ansiosa. Asiente y se inclina levemente para abrir el cajón de su mesilla, buscando la caja de preservativos y sacando uno. Lo abre, con cuidado, y lo extiende a lo largo de su pene. Vuelve a centrarse en ella, abriéndose sitio entre las piernas, con toda la delicadeza de la que es capaz de hacer uso en estos momentos. Se acomoda sobre ella, pasando sus manos por debajo de sus brazos y agarrándola de los hombros por detrás, mientras la busca a tientas.

Introduce su pene lentamente dentro de ella, como si fuera a hacerle daño. Sabe que no es virgen, sabe que no es su primera vez juntos. Pero no puede evitar tratarla como si fuera de cristal. Ella pasa sus brazos por detrás de su espalda, clavando sus dedos sobre su piel, sin llegar a hacerle daño. Entonces empieza a embestir a un ritmo lento, pero seguro.

Lo que más le gusta es ver a Beckett contrayéndose y curvándose hacia él, mientras se aferra a su cuerpo. Puede oír el sonido que hacen sus cuerpos húmedos cuando se deslizan, uno sobre otro. Busca los labios de Kate en medio de aquella danza erótica, atrapándolos en un profundo, sensual beso, y se siente tan cerca de ella, tan unidos. Es indescriptible, y Castle se deleita con todos y cada uno de sus movimientos. Es como si el cuerpo de la detective se amoldase al suyo, adaptándose a todos sus caprichos. El escritor gime con cada embestida, aumentando más la velocidad. Ella acompaña el movimiento meneando su cintura. Es todo demasiado sublime. Sentir su piel fundiéndose con la suya, ser testigo de cómo la inspectora se entrega en cuerpo y alma a elevarle de placer.

Ha soñado muchas veces con estos momentos. Muchísimas. Pero esto es mejor, con diferencia. Beckett cada día le enseña algo nuevo, podría hacer una lista con todas las cosas que la hacen perder la razón.

Se separan, está a punto de llegar al orgasmo. Deja su cara enterrado en su cuello, deleitándose con la fragancia entremezclada de su colonia y el sudor. Las uñas de Beckett se clavan sobre su espalda, y él sigue embistiendo, jadeando y murmurando su nombre sobre su piel. Ella se estremece, entre gemidos y ruegos.

-Rick.

Y el escritor llega al orgasmo, moviéndose un poco más dentro de ella, gritando su nombre antes de caer rendido, exhausto, descargando su peso sobre el cuerpo de su novia. Suspira, jadeando, es como si la siguiente vez fuera mejor que la anterior, y es algo que también le gusta demasiado de todo eso. Cómo crecen juntos.

Siente las manos de Beckett relajándose sobre su espalda, y ascendiendo en una caricia hasta su pelo. Sus dedos jugueteaban con sus mechones, masajeándole la piel. Castle puede afirmar que ahí está su pequeño hueco. Con Beckett haciéndole sentir querido de todas las maneras. Se incorpora sobre su cuerpo, para mirarle los ojos, sonriendo. Ella también sonríe, y vuelven a besarse, lentamente, para luego volver a acurrucarse. Beckett se las apaña para usar la poca energía que le queda para empujarle y cambiar posiciones, quedando ella encima de él, tumbada, abrazada.

-Castle.
-¿Sí?
-Nada, que te adoro. Que siento que, aunque solo llevemos una semana, cada día me voy enamorando un poco más de ti. Y eso me asusta –deja un suave beso en su frente, luego descansa su rostro entre su clavícula y su cuello.
-¿Asustarte? ¿Por qué?
-Porque nunca había sentido esto. Y no sé si será suficiente para ti.
Castle envuelve su cuerpo entre sus brazos, estrechando el abrazo. Le encantan esos momentos en los que no hacen nada, solo sentir el calor de sus pieles desnudas transmitiéndose y compartiendo emociones y sentimientos- No pienses. Porque todavía nos queda tiempo para comprobarlo.
-Y ese tiempo… ¿cuánto es?
Se encoge de hombros- ¿Cuánto tiempo me quieres tener a tu lado?
Ella sonríe, cerrando los ojos. Y Castle siente que, estando como están, puede morir tranquilo. Porque Beckett es la cuna de su vida- Siempre.


Muchisimas gracias por todo, de verdad T_T. Espero volver aqui con alguna historia nueva :) (de hecho, creo que no vais a tardar en volver a ver algo mio por ahi... jajaja). Bueno, que aqui llegan los 30 dias. Ojala que os lleveis un buen recuerdo con esta especie de fic ^^. HA SIDO TODO UN PLACER! *_*