Notas de la autora:

¡Hola a todos de nuevo! Como comenté durante la publicación del penúltimo capítulo de mi otro fic, a lo largo de este mes iba a comenzar con la que sería mi próxima historia y, como lo prometido es deuda, aquí tenéis este pequeño prólogo. Como ya es la costumbre, es InaGo y TakuRan, aunque, esta historia es un tanto... distinta en temática de lo que fue la anterior (No es bueno repetirse, ¿no?)

Antes de leer, sólo tres cosas importantes.

Disclaimer: Ni Inazuma Eleven/GO ni ninguno de sus personajes me pertenecen, sino que son propiedad de Level-5 y del simpático de Hino Akihiro, al cual siento muchas ganas de atizar de cuando en cuando, pero al que quiero mucho igual.

Advertencia:BL/Shounen-Ai/ChicoxChico, etc. A quien no le guste, por favor, que no lea.

Dedicatoria: No es algo que sea habitual en mí hacer, pero en esta ocasión quiero dedicarle el fic a la señorita, SoundlessxAya, no sólo porque tengamos un montón de maravillosos headcanons y un amor por Kirino (y Shindou) en común, sino porque estaba hablando con ella cuando se me ocurrió la idea de cómo enfocar la que probablemente sea una de las escenas más importantes de este fic. Así que aquí lo tienes y espero que te guste.

Y una vez dicho esto, ya puede comenzar la historia.


Prólogo: Sin mirar atrás.

Kirino siempre había sabido cómo ocultar lo que dolía.

Lo había hecho de niño, cuando había estado seguro de que debía ser fuerte, de que, tal vez debido a su aspecto, tal vez porque tenía miedo de no dar la talla, tenía que demostrar que podía ser igual o mejor que sus compañeros de clase. Había seguido haciéndolo al crecer, guardando la calma de puertas afuera, intentando no exteriorizar lo que le pasaba por dentro. No se trataba de cerrarse en banda, ni de no ser amable, ni de comportarse de modo cortante con los demás, sino de esconder lo que lo hacía sentirse inseguro en un lugar donde nadie pudiese encontrarlo y seguir adelante, sin mirar atrás.

Siempre lo había hecho mejor que nadie. Sabía mentir, y nadie se daba cuenta de que no estaba diciendo la verdad, de que tal vez no estuviera satisfecho del todo. Lo había hecho con sus padres, con sus amigos, con sus compañeros de clase. Y lo había hecho con Shindou.

Sobre todo con Shindou.

La situación entre los dos era complicada. Había sido su mejor amigo desde los seis años, su amor no correspondido desde los trece, su novio desde los catorce. Había sido su primer mal de amores, su primer beso, su primer te quiero, su primera vez. Y si ya era complicado sentir algo tan fuerte que lo asustaba por otra persona, el odiar a una parte de ella al mismo tiempo era infinitamente peor.

Shindou parecía satisfecho, y Kirino era estúpidamente feliz con él a su lado, pero, a pesar de todo, había algo que dolía. A cada año que pasaba, su amigo era una estrella más y más brillante y él, incapaz de seguirlo, se convertía en el peso que lo hacía quedarse atrás, apagado por su luz, cegado, consumido del todo. Era bochornoso. Era desesperante. Y a Shindou no parecía importarle, pero a él sí. A él le importaba más que nada. Y por eso, quizás, se lo callaba con tanta ansia.

La angustia comenzó a surgir a los quince años, se quedó allí hasta los dieciséis, se hizo insoportable hasta el punto de ahogarlo. Entonces fue cuando Kirino, casi por casualidad, vio la carta de admisión de la beca en casa de Shindou; la misma beca que su amigo había querido desde niño – dos años y tres meses de piano en Europa – y su respuesta por escrito, rechazándola, aún sin enviar; y supo que se estaba negando a ir por él.

Y aquello no podía ser, bajo ningún motivo, ningún concepto, así que decidió dejar de ser un peso muerto; decidió ceder y sacrificarse. Porque a pesar de todo, aquello habría acabado pasando tarde o temprano y, de todas formas, estaba seguro de que él quería a Shindou mucho más de lo que Shindou llegaría nunca a quererlo a él.

Así que se lo dijo, en plena calle, una noche en la que los dos se habían quedado solos, de vuelta a casa desde el instituto. Y estaba tan acostumbrado a ocultar la verdad que apenas le tembló la voz cuando habló, diciendo algo que, en el fondo, odiaba, pero que tenía que ser así.

-No puedo seguir con esto, saliendo contigo así. Creo que deberíamos terminar.

Al principio, Shindou no dijo nada. Simplemente lo miró, como si hubiera algo que no entendiera, como si le costase procesar la información.

-Ranmaru... – comenzó, y dio un paso al frente, tratando de hablar, pero él no le dejó. Pasara lo que pasara, no podía dejarle hacer preguntas.

-Llevaba mucho tiempo queriendo decírtelo, pero no sabía cómo. Es lo que hay, supongo; lo siento.

-¿Mucho tiempo?

-Sí.

-¿Por qué?

Kirino calló. En parte, había esperado aquella pregunta, pero a la hora de la verdad no supo qué responder. Con Shindou mirándolo a los ojos, con tanta intensidad como si necesitara saber aquello, era imposible inventar excusas. Pero no podía decirle la verdad. No podía decirle que buscaba quitarse de su camino porque estaba seguro de que sería lo mejor para los dos, así que, a pesar de todo, decidió seguir hablando.

-No puedo más. No soy... Supongo que no soy feliz, ¿entiendes?

-¿...Cómo?

Aquello habría podido ser verdad – era algo que podría haber sido cierto – pero tenía mucho más de mentira. Y aún así, Kirino sintió que Shindou se lo tragaba por el modo en el que sus ojos parecieron agrandarse, por cómo extendió la mano hacia él antes de dejarla caer.

-Ranmaru, yo sólo... – susurró, y el chico fue consciente de que sería incapaz de seguir con aquello si lo escuchaba pronunciar su maldito nombre una vez más. Tenía que atacar, tenía que decir algo, algo que acabara con aquello de una vez por todas. Y sabía exactamente el qué – Tienes que explicarme... Necesito que me expliques por qué...

-Necesitas que te lo explique todo, ¿verdad? Como siempre. – la voz de Kirino sonó extrañamente suave cuando habló, y Shindou se detuvo en seco, con los ojos abiertos como platos. Mentiras, mentiras, todo mentiras. Mentiras que daban exactamente donde dolía, porque él sabía cómo golpear. Y él quería golpear, meter la mano en la herida, porque quería hacer daño – Tal vez ese sea el problema. Tal vez el problema esté en que nunca te enteraste de que había algo que no estaba bien. En que tú estabas tan contento que nunca te molestaste en prestar atención a los demás, ni mucho menos a mí.

Shindou lo miró en absoluto silencio durante unos segundos que parecieron interminables. Aún parecía confuso, y sorprendido, e infinitamente dolido.

-Lo siento. – murmuró.

-¿Eso es todo?

-Lo siento mucho.

-Ya.

-¿De verdad quieres que se acabe?

Kirino se mordió el labio. Si había algo más allí, se negó a escuchar; se prohibió ver absolutamente nada cuando lo miró a los ojos.

-Sí – dijo, y sonó completamente tranquilo, tanto como si no estuviera mintiendo; tanto como si lo que dijera fuera cierto.

Shindou volvió a quedarse callado, con los ojos clavados en el suelo, las manos convertidas en puños. Parte de Kirino esperaba verlo protestar, sentirlo acercarse a él y mirarlo con aquella cara tan seria que ponía cuando quería pedirle algo que le importaba de verdad, pero no lo hizo. En lugar de eso simplemente habló, en un murmullo tan quedo y monótono que a Kirino le costó escucharlo, entender.

-De acuerdo, entonces. Si es lo que tú quieres, se acaba.

-Gracias.

Durante un instante, ninguno de los dos añadió nada más. Kirino seguía esperando un ruego, una plegaria, tristeza, furia, cualquier cosa, pero no hubo nada. Cuando su amigo finalmente habló, todo lo que obtuvo fue una pregunta estúpida, absurda.

-Es tarde. ¿Quieres que te acompañe a casa?

Y él negó con la cabeza, y dijo adiós, y se fue. Y Shindou se quedó quieto en el sitio, inmóvil como una estatua y con los ojos fijos en él. Hasta que no hubo doblado la esquina, Kirino no se atrevió a correr, llevándose una mano a los labios, tragándose las ganas de llorar y felicitándose por lo buen mentiroso que podía llegar a ser.

Había tenido éxito. Lo había conseguido. Había hecho lo que era mejor para los dos. Y ya no había vuelta atrás, porque tenía lo que quería.

A la semana siguiente, Shindou lo retuvo durante uno de los recreos para hablarle de su beca y comunicarle que se marcharía a Europa. Él simplemente le sonrió y lo felicitó – otra mentira que, en este caso, volvía a ser verdad a medias. Un mes después, le pidió por favor que acudiera a despedirlo al aeropuerto. Todos los que habían sido miembros del club de fútbol del Raimon fueron a decirle adiós y desearle suerte; él ni siquiera tuvo el valor para salir de su habitación. Días después, descubrió que él había sido el único de todo el equipo que se había quedado en casa.

Cuando se lo dijeron, algo en su interior pareció hacer un esfuerzo por obligarlo a sentirse mal por ello, pero su cerebro pronto desechó la idea, haciéndolo sumirse en el cómodo estado de apatía en el que había estado viviendo durante las últimas semanas. No valía la pena preocuparse, no merecía la pena pensar en ello porque, de todas formas, daba igual.

Fuera como fuese, Shindou ya estaba demasiado lejos.


Notas de la autora:

Y, por ahora, ya está. Como dije, la temática es un tanto distinta a mi otra historia, así que espero vuestra opinión en forma de reviews para saber qué os ha parecido este prólogo, si queréis matarme o si os ha gustado.

Como aclaración, Shindou acepta la beca y se marcha cuando él y Kirino tienen dieciséis años, y la historia en sí está ambientada dos años después de este prólogo, así que durante el desarrollo de la misma los dos tendrán dieciocho años de edad.

En cuanto al ritmo de actualización, estoy trabajando a la vez en la planificación de este fic y la finalización del otro, pero supongo que, ahora que estoy un poco más libre, podré hacerme cargo de los updates unas dos veces al mes.

Y... dicho todo esto, sólo me queda por favor volver a pedir que me digáis lo que pensáis de este fic con vuestros reviews (hay algunos puntos sobre los que me siento un poco insegura, así que me encantaría oír vuestros comentarios) y, sin más, esperar que también podamos leernos en el siguiente capítulo.

¡Muchas gracias a todos por pasaros y un abrazo!