No Te Vayas Sin Mí

Jueves, Julio 2013. Mystic Falls, Virginia.

Salí de la casa y me subí a mi Charger. Un auto plateado muy bonito que había sido mi regalo de graduación. Esa tarde me tocaba hacer algunos mandados para la decoración del baile de verano que la universidad realizaba todos los años. Más que un baile formal, con maestros y el personal docente de la universidad, era una fiesta que los alumnos organizaban a mitad de vacaciones porque se había vuelto una tradición. Cabía destacar, que yo había sido la responsable de organizar y planear el evento en mi primer año en la universidad y como presidenta del club de eventos, seguía al mando de aquella tarea. Era un poco cansado, pero me daba algo que hacer en vacaciones.

Tenía que pasar a ver lo de la comida. Por lo general, alguien más se encargaba de aquello, pero la chica responsable había enfermado y no había nadie más que pudiese encargarse. Todo mundo había decidido largarse de la ciudad y yo tenía que hacerme cargo. Así pues, me dirigí al restaurante con el cual la universidad tenía un cierto trato para contratar banquetes en los eventos organizados. Después de haber encargado cuatrocientos platillos, me arrepentí pensando que el año anterior a ese, mucha comida había sobrado, ya que la mayoría de los estudiantes iban a ponerse borrachos hasta no poder caminar y dejaban la comida a un lado. Aun así, deje la orden como estaba y me dirigí al Grill a encontrarme con una de mis dos mejores amigas.

Estacioné el Charger frente al Grill y entré. Un bar/restaurante que tenía unas mesas de billar y servía como punto de reunión con todos mis amigos. Elena estaba sentada de espalda y le reconocí por su cabello largo y café.

Elena Gilbert; una chica muy calmada, unos dos centímetros más baja que yo y de un cabello largo muy lacio y muy largo, en un color café chocolatoso muy bonito. Tenía unos ojos cafés muy grandes y una sonrisa bonita. Era una chica extremadamente paciente y bondadosa. A veces me preguntaba de donde sacaba tanta calidez y tan buenos sentimientos, es decir, la chica era demasiado buena. Yo le decía que era malo ser bueno y pensar bien de todos. A pesar de eso, Elena seguía siendo un corderito y era una de las personas más inocentes que había conocido en toda mi vida.

Caminé hacia ella y le susurré al oído haciendo que se asustase. Ella pegó un gritó y yo lancé una carcajada.

― ¡Eres una maldita! ―me dijo enojada―. Casi muero.

Yo no podía dejar de reír.

―Casi te caes de la silla. Que graciosa eres ―me limpié una lagrimilla que había salido y suspiré sonoramente.

Ella me fulminó con la mirada.

―No es gracioso. ¿Dónde estabas? Llevo aquí más de veinte minutos.

―Lo siento, Lena. Tuve que hacerme cargo del banquete de la fiesta. La chica encargada de eso enfermó y no había nadie para ocuparse. Tuve que hacerlo yo ―dije de mala gana―. Si quieres que algo salga bien, tienes que hacerlo tú mismo ―suspiré cansada y rolé mis ojos, molesta.

Ella sonrió.

―Está bien, no te preocupes ―dijo comprendiendo―. ¿Quieres ordenar algo? ―preguntó viendo el menú.

―Papas a la francesa ―respondí sonriendo―. Muero por unas.

Después de que una mesera que era muy torpe, nos tomara la orden, Elena y yo hablamos de trivialidades y nos reímos por otras.

― ¿Dónde está Bonnie? Hace más de una semana que no la veo ―dije comiendo papas―. Hablé con ella hace rato, pero no me dijo mucho.

―También me habló. Me dijo que su padre seguía en casa y que estaban pasando tiempo de calidad ―dijo.

Yo asentí.

― ¿Dónde está Matt? ―preguntó ella.

Matt Donovan era mi novio. En realidad, ya no había mucha chispa y los dos lo sabíamos. Pero no nos atrevíamos a romper la relación, por miedo. Era un chico muy guapo, alto, que había sido capitán del equipo de futbol americano desde que yo tenía memoria y lo seguía siendo en la universidad. Era rubio, de ojos azules y era el tipo chico norteamericano, con una camioneta Chevrolet de doble cabina, del año de la cachetada*. Tenía muchos problemas con su madre y su hermana, ya que las dos eran un desastre en todos los aspectos. Aun así, Matt se las ingeniaba para sonreír, a pesar de que su vida fuese un desastre. A veces, yo me ponía a comparar su vida con la mía, y me daba cuenta que yo estaba siendo egoísta e inmadura al quejarme de mi vida perfecta, que en un punto, lo era.

―No lo sé, Lena…creo que las cosas entre él y yo no funcionaron después de todo.

Ella suspiró viéndome, con una expresión un tanto triste.

― ¿Estas segura? ―preguntó―. Yo sé que Matt te quiere. Me lo ha dicho.

―Yo también le quiero, Lena. Pero creo que siempre ha sido un amor muy fraternal. ¿Sabes? Es mi mejor amigo. Creo que me siento de la misma forma que tú te sientes con él…ya sabes, ustedes han sido mejores amigos desde bebés y después decidiste darle una oportunidad como algo más y tuvieron un noviazgo. Pero después se dieron cuenta que no les llevaba a ninguna parte. Creo que es la misma situación de nuevo.

Elena suspiró. A pesar de que Matt y Elena hubiesen tenido una relación en el pasado, y que ella fuese mi mejor amiga, no tuvo ningún problema en que yo empezase una con él. Me dijo que ella le veía como a un hermano y que no le molestaba en lo absoluto, que estaba feliz por mí. Así que lo hice. Empecé una relación con mi mejor amigo, al igual que ella lo había hecho. Y ahora, la historia se volvía a repetir.

―No quiero que Matt vuelva a sufrir ―dijo ella desviando la mirada.

Claramente, no quería que Matt y yo termináramos nuestra relación.

―Tampoco yo ―confesé―. Pero las cosas no están funcionando.

Ella asintió.

―Entiendo.

Nos quedamos unos segundos en silencio.

―Por cierto, ¿te has enterado de una familia nueva que llegó a Mystic Falls? ―preguntó ella.

Yo asentí.

―Sí, ¿Los Mikaelson, cierto? ―Elena asintió―. Me llegó el chisme hace poco. Escuché que es una familia muy numerosa. ―dije.

―Yo escuché que fue la primera familia en instalarse en Mystic Falls. Son algo así como…

―Los primeros fundadores ―dije―. ¿Raro no?

― ¿Qué?

―Que hayamos tantas familias fundadoras y que de repente lleguen los primeros.

Ella rió.

―Bueno, si lo pones de esa manera supongo que nosotros nos llevamos el crédito por seguir viviendo aquí. Ellos se fueron después de todo.

Yo asentí.

Después de platicar un poco acerca de aquella familia, Elena recibió una llamada de su madre.

― ¿Estás segura que te quedaras aquí? ―me preguntó ella poniéndose de pie.

―Sí, sí. Ya le he mandado un mensaje a Bonnie, no te preocupes. En casa estoy aburridísima. Además, extraño a la enana.

Elena sonrío.

―De acuerdo, tal vez más tarde les marque para ver si siguen aquí. Te quiero.

―Te quiero más.

Pagué las papas mientras Elena salía del Grill.

Estábamos a mitad de las vacaciones y ya había terminado todas mis tareas de la universidad. No tenía mucho que hacer más que encargarme del evento de la universidad. Era en realidad una carga pesada. Es decir, no me molestaba, ya que disfrutaba tanto dirigir todo aquello y dar órdenes a todos. Pero me gustaban las cosas perfectas y a tiempo, lamentablemente, muchas chiquillas no sabían aquellos significados, y yo terminaba haciendo las cosas. Es decir, era un trabajo que dependía de mucha disciplina, o hacías las cosas bien, o las hacías perfectas. Y perfectas, estaba lejos de lo que yo quería. Mi modo de trabajar, requería de mucha exactitud y precisión. Las cosas salían mejor de ese modo. Pensaba tanto en las muchachitas poco responsables que se inscribían en el club de eventos, pretendiendo hacer un buen trabajo y tratando de impresionarme cuando lo único que lograban era enojarme. Me frustré por un momento, ahí, sentada en una mesa del Grill.

Mi celular sonó y todos aquellos pensamientos se esfumaron. Era Matt. Suspiré poquito y respondí el celular.

― ¿Care? ―habló el.

―Hola ―respondí.

Nuestras conversaciones se volvían más y más incomodas.

― ¿Qué haces? ―me preguntó con un tono dudoso.

―Estoy en el Grill.

― ¿Sola?

―No, bueno sí. En unos minutos Bonnie viene para acá. ¿Por qué? ¿Pasó algo?

―No…no, solo quería saludarte.

¿Saludarte? ¿Enserio? Parecíamos más amigos que novios.

―Sí, bueno…estoy bien. ¿Cómo estás tú? No te he visto desde…la fiesta de Jeremy.

―Bien…estoy bien. Te extraño ―dijo apenas.

Yo tragué en seco.

―También yo, Matt ―le mentí, sabiendo que tal vez, él también estaba mintiendo―. Bueno, te dejo. Bonnie acaba de llegar ―volví a mentir―.Te…quiero, te veo luego.

―Si…, bueno adiós.

Y corté la llamada. ¡Por dios! Ya no aguantaba estar así. Me molestaba que el Matt del que me había enamorado, se hubiese convertido en un chico que me juzgase tanto por mi forma de ser. Decía que era muy celosa, ¡pues claro que era celosa! Matt era el capitán del equipo de futbol. Todas las chicas se le lanzaban como prostitutas. ¿Qué se suponía que debía de hacer? ¿Dejarlas? Matt tenía tan buen corazón, que ni siquiera se daba cuenta de quienes coqueteaban con él y quiénes no. ¡Era un pan de dios! Por esa razón, fue que me enamoré de él. Por su bondad, por sus buenos sentimientos, porque éramos polos opuestos y él era un chico que me tenía mucha paciencia y era bueno con todos. Era igual a Elena. Podía jurar que aquellos dos eran hermanos. No por nada habían sigo mejores amigos desde bebés. Era tan, pero tan buen chico, que a veces, me sacaba de mis casillas. Es decir…me gustaban los chicos malos un poquito.

Ya había experimentado una relación así con otro chico. Era el malo de la escuela, hacia un poco de drogas y era también muy bueno en futbol americano, pero no era el capitán. No era Matt, era Tyler. Tyler Loockwood. El hijo del alcalde de Mystic Falls. Un chico rudo que se las daba de malote, pero que era un hijo de papi y de mami, que tenía mucho dinero y muchas chicas por detrás, al igual que Matt. Y con Tyler, las cosas habían salido peor; él se dejaba de las chicas, se dejaba de todas. Terminó engañándome con una tal Hayley y yo quedé destrozada. Después, me armaba escenitas de celos con Matt o con cualquier otro chico con el que me viera. Eventualmente, pararon. Siempre lo hacía cuando estaba tomado, me llamaba, me lo encontraba por 'casualidad', y me reclamaba de todo, cuando yo era la que tenía que estar enojada por todo el asunto de su infidelidad. Yo también me cansé de sus celos tontos, y dejé de enojarme y solamente le seguía la corriente.

De repente, acordarme de todo eso y por encima tener a Matt como novio, y saber que no me estaba llevando a ninguna parte, me hizo sentir mal. Me sentí tonta e inservible. ¿Qué es que no había un hombre de verdad ahí afuera? ¿Alguien que me hiciese sentir muchas mariposistas y que me acelerara el corazón al mismo tiempo? No, parecía que no había nadie. Así que aunque sabía que todavía no era mayor de edad, y que probablemente no me diesen alcohol en el bar, decidí pararme y caminar hacia ahí. Había poca gente en el Grill y dos hombres en el bar sentados con las cabezas bajas. Nadie sabría que la hija del sheriff de la ciudad estaría tomando alcohol como una total borracha en el lugar más concurrido de Mystic falls, ¿o sí? Me importó muy poco y me aventuré a sentarme ahí, frente al bar.

― ¿Caroline? ―una vocecilla chillona me habló.

― ¿April? No sabía que estabas trabajando aquí ―le sonreí.

Ella sonrió también un poco apenada y después se sonrojó como una chiquilla.

―Sí, entré a trabajar hace poco. Me distrae de todo ―se encogió de hombros.

April Young era la hija del pastor Young. Una chica de preparatoria muy bonita, menuda y con un cabello muy, muy negro. Tenía unos ojos muy grandes de color verde y una piel como de blanca nieves. Pero era un poco rara. No tenía mamá y tal vez, eso la hacía un poco tímida y distinta a los demás. Y ahí estaba April; sonriéndome como solía sonreírle a todos y tras de la barra. Así que la vi como la oportunidad para tomarme unos tequilas sin tener que coquetear con los bartenders.

―April…podrías…

―Oh no, Caroline ―se excusó de inmediato―. Tu madre es el sheriff. Si se entera…

―No pasara nada ―dije riendo―. Está bien, ni siquiera está en la ciudad ―mentí descaradamente―. No te preocupes.

―Pero…―dijo de nuevo.

―No perderás el trabajo, confía en mí. Soy la hija del sheriff ―le guiñé un ojo.

Ella suspiró.

―De acuerdo… ¿Qué quieres?

Le di aquella sonrisa que tenía cuando conseguía lo que quería. Una que usaba muy a menudo y que a pesar de ello, no se agotaba para nada.

Ahí, tras la barra del bar, me tomé un momento para deprimirme y tomarme dos shots de tequila. Mi menté empezó a formular preguntas tontas como, ¿Por qué papá se fue de la casa? ¿Fue mi culpa? ¿Por qué Tyler me engañó con una chica tan corriente y vulgar? ¿Por qué mi relación con Matt no estaba funcionando? ¿Por qué los hombres me veían como a un objeto y como a una mujerzuela solo por ser bonita y rubia? ¿Enserio se tomaban los estereotipos de que las rubias éramos tontas? Pues no éramos tontas. Éramos igual a las morenas y a las pelirrojas y a todas. Había tantos chicos que se me habían acercado solo por ser un 'blanco fácil' con eso de que era rubia y bonita. Es decir, yo sabía que era bonita. No estaba en mi belleza, no era mi exterior…era mi interior. Algo…algo había en mí, ¿había algo mal en mí? ¿Era mi necesidad de ser perfecta? ¿Mi personalidad neurótica y superior? ¿Por qué tenía que estar sola con la hija del pastor viéndome con una mueca de lastima, ahí sentada en un bar? ¿Estaba tan jodida? Carajo…si lo estaba. Lo estaba, estaba realmente jodida y nunca había tenido el valor para reconocerlo. Todas esas peleas que había entre mis padres, el desplazamiento que hubo cuando Daniel llegó, la falta de atención de mis padres, el querer ser mejor que todas las chiquillas de la primaria y de la secundaria y de la preparatoria y la urgencia de querer ser la numero uno en todo. El toparme con chicos que no me sabían valorizar y que no me tenían paciencia…con chicos tontos y malos. ¿Enserio era yo? ¿Enserio yo estaba mal? ¿Pero porque…?

Sentí a alguien sentarse a mi lado derecho. De reojo vi a un hombre con un perfil perfecto. Con una nariz respingada y fina. Vi a April que también lo veía y después me vio a mí, sonriéndome. Niña tonta, pensé.

― ¿Qué le ofrezco? ―dijo ella, tímidamente.

Yo sonreí ante aquello, sabiendo que el hombre de perfil bonito le había gustado.

―Scotch ―le escuché hablar.

¿Whisky?, pensé. ¿No era un poco temprano para esa bebida tan amarga? ¿Y cuantos años tenía? ¿Cincuenta? Solo las personas mayores tomaban eso. Papá lo tomaba, mi abuelo también. Me sentí tonta y sonreí viendo mi vaso. Escondí mi rostro con mi cabello rubio. Viendo mi vaso desde arriba, sonreí como estúpida. Yo estaba tomando tequila y no era el lugar, ni el momento para hacerlo. Mamá podría entrar en cualquier momento, y todo mundo conocía a la hija rubia de la sheriff Forbes. Era como una maldita celebridad en esa ciudad.

Levanté mi vista solo para encontrarme a April viéndome.

― ¿Estas bien? ―me susurró muy bajito.

―Sí, estoy bien. ¿A qué hora sales? ―le pregunté.

Esa chica me daba mucha curiosidad y tenía muchas ganas de hacerla mi proyecto. Algo así como un cambio radical de todo.

Ella me sonrió emocionada. ¿No tenía amigas?

―Salgo a las ocho ―me dijo en un tono más alto.

―Bien, pasó por ti y vamos a una fiesta. ¿De acuerdo? ―le ordené sin siquiera pedirle su opinión.

Ella asintió muy alegre.

―Sí, me parece genial ―dijo, ocultando su tono emocionado lo más que su voz se lo permitió.

Después, atendió a otro cliente y la solicitaron como mesera. Me sonrió mientras salía detrás del bar e iba a atender las mesas. Mi celular vibró y un mensaje de Bonnie, apareció en la pantalla.

Bonnie: Lo siento, Care. No podré ir al Grill. Papá me tiene encerrada en casa, dice que me extraña y que quiere pasar tiempo conmigo. Tal vez más tarde me escape. Te amo.

Bah, ahora mi mejor amiga me dejaba plantada. ¿Enserio, Bonnie? ¿Enserio? ¿En mi momento de depresión masiva, donde me quería dar un tiro con una de las armas de mamá y quería atascarme de tequila y de vodka?

Caroline: Esta bien, Bonnie. No te preocupes, pásatela bien con tu papá y dile que le mando saludos. Te amo más.

¿Qué le podía decir? ¿Mala amiga? ¿Por qué no me acompañas en mi momento de jodidencia? Claro que no, además, me di cuenta que podía usar un tiempo sola.

Suspiré.

―Una chica de tu edad no debería de estar triste ―escuché decir al hombre de al lado―. Ni siquiera tomando.

Tenía un acento de Inglaterra, o tal vez de Australia, total y era casi lo mismo. Le di un trago a mi tequila y mis ojos se asomaron por la mata de mi cabello. Ahí estaba, el hombre más hermoso y más guapo de la existencia. Tenía un cabello entre rubio y miel, con unos caireles preciosos. Su piel era blanca y sus ojos eran verdes, o tal vez azules,…tal vez una combinación de los dos. Sonreía apenas, y unos hoyuelos divinos se formaron en sus mejillas. Parecía que él también estaba algo así como deprimido y sentí unas ganas enormes de abrazarle y susurrarle que fuese lo que fuese, iba a estar bien.

El me vio y sonrió un tanto más. Yo fruncí mi ceño pero también le sonreí. El alcohol se empezaba a esparcir por mi cuerpo y las pantorrillas me empezaron a cosquillear. Nos quedamos viendo por unos segundos. Tenía una expresión triste y cansada, como si algo en realidad le molestara.

―No eres el único con problemas ―le respondí simple.

Él sonrió de lado.

―Supongo que tienes razón ―volvió a hablar con ese acento tan sensual―. ¿Puedo preguntar cuál es la razón?

Yo levanté una ceja. ¿La razón?

― ¿De qué?

Mi borrachera estaba empezando a surgir y mi subconsciente me prohibió ser grosera, tonta o decir estupideces delante de semejante monumento de belleza y de sensualidad humana.

El volvió a sonreír, como pensando algo que obviamente yo no supe.

―De que una chica tan joven y bella como tú, tenga razones para estar tomando tequila a las cuatro de la tarde, en una barra donde hay hombres que podrían propasarse.

Yo sonreí sintiéndome tonta y empezando a disfrutar de su acento.

―Mi respuesta depende ―dije.

― ¿De qué? ―preguntó y levantó una ceja que era del mismo color que su cabello, muy poblada y extremadamente sensual.

―De si tú eres uno de esos hombres.

El volvió a sonreír, una sonrisa enorme todavía más ancha que hizo que sus hoyuelos se acentuaran más. Tenía un rostro tan adorable y a la vez unos ojos que irradiaban descargas sexuales.

Después negó con la cabeza.

―No. No lo soy. Nunca me propasaría con una chica. No hay razón, no se disfruta del momento.

― ¿Entonces tú qué haces para conocer chicas?

―Simple. Empiezo a hablar con ellas, les sonrió un poco ―sonrió―. Mi sonrisa las mata ―dijo arrogantemente.

Yo solté una risita tonta que hizo que el sonriera más y me perdí en sus lagunas aquas. Eso era, ese era el color de sus ojos. Un color aqua muy profundo e hipnotizante.

― ¿Y después? ―pregunté interesada.

De una forma u otra, mi grado de ebriedad me hacía más curiosa de lo que ya era.

―Es todo. Mi trabajo está listo ―dijo mientras le daba un trago a su bebida.

― ¿A si?

El asintió con la cabeza, sonriendo.

―Con eso basta.

Y sobra, pensé.

―Ya veo. Entonces, te gusta ir por los bares sonriéndoles a chicas bonitas ―dije.

El soltó una risa irónica que me hizo sonreír.

―No. Solo a las que son en realidad hermosas.

En ese momento, volvió a sonreírme y alzó su vaso hacía mí. Un brindis, supuse. Por mandarme la indirecta de que era en realidad hermosa.

―Me gustaría responderte y coquetear contigo, pero estoy un poco ebria y no quiero decir cosas tontas ―me disculpé siendo muy directa.

El volvió a sonreír.

―Me llamo Klaus ―dijo él.

― ¿Klaus? Es un nombre extraño ―habló mi ebriedad.

El asintió, sin sentirse ofendido o algo por lo parecido.

―Lo es. Me llamo Niklaus, pero todos me llaman Klaus. ¿Cuál es tu nombre? Si me permites preguntar ―añadió educadamente.

―Caroline, todos me llaman Caroline o Care ―sonreí como estúpida.

―Tienes una linda sonrisa ―me dijo dándole un trago a su bebida.

―También tú ―le solté descaradamente. El levantó una ceja y trató de no sonreír. Yo sentí que mis mejillas empezaban a arder y supe que estaba roja de la pena―. Lo siento, yo…te he dicho que no estoy en mis cinco sentidos. No debería de estar hablando con nadie ―bufé para mí misma mientras tomaba de mi vaso de vodka que April me había servido al irse.

―Está bien ―se encogió de hombros―. Es bueno platicar con alguien que te dice la verdad. Podría usar algo de sinceridad en este momento.

Yo suspiré y me preparé mentalmente para aquello.

―Suéltalo ―dije, y supe que esa sería una de esas platicas de borrachos en donde las cosas son directas y la sinceridad es el punto de partida.

Sonrió vagamente.

―Hay…hubo, una chica ―le dio un trago a su whisky―. Una…una mujer que jugó con mi hermano y conmigo.

― ¿Los quería a ambos? ―pregunté sorprendida.

―Algo así.

―Zorra ―dije sin importar y le di un gran trago a mi vaso con vodka.

Él sonrió muy grande.

―Y los dos peleamos por ella, los dos discutimos por su atención, por su cariño, incluso creo que él llegó a enamorarse profundamente de ella.

― ¿Y tú? ¿Tú te enamoraste también?

Negó.

―No sé, nunca lo supe. No lo quise averiguar ―terminó su trago y le pidió al bartender que estaba en turno que le sirviera otro.

― ¿Por qué no?

―No pensé que fuese a tener algún sentido, en realidad. No…estoy acostumbrado a apegarme a las personas ―dijo con un tono de voz más sombrío y con un rostro más serio. Como si algo le trajese memorias que intentaba borrar.

―Estas equivocado ―hablé de inmediato―. Si no averiguaste en ese momento, siempre te quedaras con la duda. Siempre te preguntaras, ¿Qué hubiera pasado si…? Y es un cuento de nunca acabar.

El suspiró.

―Tal vez supe que no valía la pena. Además, sabía que mi hermano la amaba. Yo no la amaba. Nunca me he permitido eso, es una debilidad ―soltó con un tono de voz totalmente duro.

Noté que aquel tema le parecía de lo más incómodo y que era verdad lo que decía acerca de que el amor le parecía una debilidad. De una forma u otra, el que los dos estuviésemos tomando bebidas alcohólicas a mitad de la tarde, y platicando como dos personas patéticas, le hacía sentirse cómodo aunque no me conociese.

―No creo que amar sea una debilidad ―dije―. Creo que nos hace fuertes.

El soltó una risa irónica, casi burlándose de mis palabras. Como si le causase gracia todo aquel rollo que yo decía de que el amor nos hacía fuerte.

― ¿Qué? No sé qué te da risa ―arrastré las palabras un tanto y me di cuenta que era mi señal para dejar de hablar y escuchar.

― ¿Cuántos años tienes? ―preguntó con cautela, con educación, con un tono casi precavido.

―No me molesta que me pregunten mi edad ―exclamé divertida―. Tengo diecinueve.

―Eso es ―asintió con su cabeza―. Eres muy joven, no sabes nada del amor ―sus ojos tomaron un brillo opaco.

― ¿Crees que porque soy joven no sé nada del amor? ―el asintió de nuevo. Yo rolé mis ojos, molesta―. ¿Y tú cuántos años tienes? ¿Ochenta? ―él sonrió―. No puedes subestimar a alguien por su edad, o por su sexo, o por el color de su cabello ―dije eso, más para mí, que para él. Ciertamente, él no había hecho ninguna referencia hacia el color de mi cabello o algo por lo parecido.

― ¿Alguien ha hecho comentarios inapropiados acerca de ti por el color de tu cabello? ―yo asentí―. Es un color hermoso. Parece que tienes...luz propia.

Yo me sonrojé, posé mis ojos en otra cosa y me hice mantequilla en el taburete del bar.

―Gracias ―le vi y él me sonrió.

― ¿Qué tal tú? ¿Crees saber tanto del amor como dices? ―me retó.

―Pfft. ¿Qué si se del amor? ¡Claro que se del amor! ―él sonrió como si se divirtiera viéndome―. ¿Sabes que se del amor? Que es tonto, y que todos pierden algo. Nadie es fiel, nadie dice la verdad, las chicas morenas se llevan a todos los chicos. Todos piensan que las rubias son para un rato y después se van ―empecé a tomar más de mi vodka, sintiendo arder la garganta―. Así que salud porque a pesar de ello y de muchas cosas más, todos somos demasiado masoquistas al buscar enamorarnos una y otra vez. Claro, excepto por ti ―levanté mi vaso y me tomé el vodka que quedaba de un solo trago.

―Salud ―dijo y él también se terminó su vaso―. Así que…

― ¿Qué? ―solté de mala gana.

El levantó sus manos en señal de inocencia y sonrió. Yo apenada bajé mi mirada.

―He hablado de mi vida personal, es tu turno. ¿Qué chico se atrevió a lastimarte?

Frunció su ceño de una manera muy extraña. Pero yo estaba tan borracha que me importó un pepino y solté toda mi maraña de asuntos amorosos.

―Tuve un novio hace un año ―empecé―. Muy lindo y tierno ―rolé mis ojos―. Y de repente, decidió engañarme con una chica vulgar y que se vestía muy mal ―él sonrió con la misma expresión que supuse yo tenía; cansada, demacrada y ebria―. Me dijo que yo había sido una chica de un rato. Que nunca intentó tener nada serio conmigo y que era una 'rubia estúpida'.

A pesar de que estaba completamente ebria, sabía dónde estaba, con quien estaba y hablaba, a la perfección. Ser la hija del sheriff tenía sus pros y sus contras. Solía tomar mucho cuando tenía problemas con chicos, claro que, mi madre tenía buen ojo para esas cosas y varias veces me había sorprendido totalmente ebria. Así que decidí practicar unas cuantas veces más, con mis amigas y con mi hermanito, que le daba igual si yo hacía o deshacía el mundo. Después de un tiempo, perfeccioné mi técnica y lo único que tenía que hacer era mascar chicle y cambiarme de ropas para no apestar a alcohólica.

―Un chico así no merece vivir ―dijo con un ceño fruncido.

Su rostro era tan hermoso, o tal vez, yo estaba muy ebria y le veía de una forma diferente. Sus ojos eran preciosos, me perdía en ellos como si fueran mares azules y suponía que mis ojos eran de borrego y él se estaba riendo en su mente de mí.

―Claro que no. Debí de haberle cortado el pene cuando tuve la oportunidad ―el soltó una carcajada que le iluminó el rostro, y ya que los dos nos habíamos volteado para tenernos frente a frente, me permití reír también. Nos reímos unos segundos, juntos. Ajenos a todo el mundo ahí afuera―. Dime, esa chica… ¿estás seguro que no la amabas? ―pregunté curiosa.

Se me quedó viendo escéptico. Sabia que no sabía que responder.

―No me tienes que responder ―aclaré de inmediato―. Solo pienso que una chica que juega con los sentimientos de dos hombres y en especial de dos hermanos, no merece el amor de ninguno de los dos ―el me veía fijamente a los ojos―. Es lo que pienso…

―Y tienes razón.

―Oh, lo sé. Créeme ―me encogí de hombros―. Usualmente tengo razón.

―En realidad eres segura de ti misma ―dijo con una sonrisa que me causó curiosidad.

― ¿Yo? No. Tal vez sea la persona más insegura que llegues a conocer ―dije con nostalgia y enojo.

―No lo creo así ―respondió de inmediato―. Tus palabras muestran determinación, me agrada eso en una mujer. No creo haber conocido a una chica que hablase tan segura de todo, en…nunca.

Yo sonreí con nostalgia y los recuerdos ni siquiera me provocaron llorar.

―Yo…no soy quien parezco ―dije―. Las apariencias engañan, Klaus.

―No creo que toda esa luz que irradias pueda engañar a nadie, Caroline.

―Estoy ebria ―dije sintiéndome patética.

―Aun así ―sonrió―. No puedo esperar a verte en tus cincos sentidos. Estoy seguro que tus ojos seguirían igual de hermosos.

Yo tragué en seco ya que mi bebida se había terminado. Pero de nuevo, me sonrojé.

El pidió otro Scotch y como April ya no estaba ahí, me quedé con las ganas de otro tequila.

― ¿Quieres algo? ―preguntó de repente, sacándome de mis ensoñaciones―. Normalmente, no le compro bebidas a jovencitas ―dijo bromeando y me hizo sonreír como tonta―, pero me agrada tu compañía y creo que esta plática nos va a durar un rato más.

―No tienes porque…molestarte ―dije.

―No es molestia ―respondió sonriendo.

¡Maldita sonrisa hermosa matadora y sensual! Era cierto, solo una jodida sonrisa bastaba para que me hiciera pipi en los calzones. ¡Era demasiado para Caroline borracha!

―Te lo pagaré ―arrastré un tanto las palabras.

El rió.

―No es necesario.

Pidió una botella de tequila y una de vodka y yo levanté una ceja preguntándome con quién demonios estaba platicando.

―Eres…un mafioso, ¿o algo así? ―pregunté cuando teníamos las botellas frente a nosotros.

Supuse que eso le había causado mucha gracia, ya que sonrió con mucho entusiasmo y negó un tanto la cabeza, más para sí mismo que para responder mi pregunta.

― ¿Qué harías si te dijera que si?

Yo levanté una ceja.

―Seguir tomando ―dije sin que me importara mucho.

El rio viéndome y yo le di una miradita de reojo mientras me servía tequila en un vasito pequeño de vidrio y muy sofisticado.

―Entonces, sigamos tomando.

Después de, tal vez una hora, de estar hablando tonterías de la vida y de quejarnos de la gente tediosa de nuestro alrededor y de la chica que no supo si amó y de Tyler y su chica vulgar, nos encontrábamos un poco más ebrios y sonreíamos por todo.

― ¿Eres de Inglaterra? ―pregunté.

Ya eran alrededor de las seis de la tarde y dentro de mi mundo, no había nada más que el hombre llamado Klaus, de ojos preciosos y acento sensual frente a mí.

―Sí ―dijo simple.

―Me gusta tu acento ―le confesé sonriendo, y sin verle a los ojos.

Me serví otro vaso de tequila y empecé a tomarlo, esta vez, con limón y sal.

―Gracias. Me gustan tus ojos ―dijo y yo encontré su mirada pegada a la mía.

Sonreí.

―Estoy muy ebria ―dije riendo un poco―. ¿Estas igual de ebrio que yo? ¿O soy la única? Cuando estoy borracha, tiendo a pensar que soy la única que lo está. Una vez, me monté en el carro de un chico que estaba más ebrio que yo y como yo estaba igual de ebria, supuse que él no lo estaba.

―Eso fue irresponsable de tu parte ―dijo con un tono de voz paternal que me recordó a mi madre―. Y no, no estoy tan ebrio. Parece que tengo un grado de resistencia más alto que el tuyo ―me guiñó un ojo.

―Así parece ―suspiré.

― ¿Pasa algo Caroline? ―habló con su perfecto acento inglés.

―No…solo… ¿alguna vez…te has sentido desplazado dentro de tu propia familia? ―el me miró fijamente. Al menos dentro de la borrachera que me cargaba y de que veía todo en tercera dimensión, podía verle perfectamente bien. Sus ojos, sus cabellos rubios, su nariz, sus labios gruesos y comestibles…―. Es decir…

―Sí.

― ¿Si lo has sentido? ¿Enserio?

―Si ―asintió―. Aquí entre nos…―susurró un tanto, haciendo que mi curiosidad moviese a mi cuerpo solito y se acercara a él, interesada en lo que iba a decir―. Soy algo así como…adoptado.

Yo levanté ambas cejas, un poco sorprendida.

―Pfft ―bufé―. Ser adoptado es mejor que tener unos padres divorciados y vivir en una casa en donde prácticamente, vives sola. Es como si no tuviera padres en lo absoluto.

―Creo que preferiría tu situación a la mía.

― ¿Eso crees tú? ¿Qué hace tu situación más miserable que la mía?

Rió con sorna, le dio un trago a su whisky y su mirada se perdió en algún lugar dentro del bar.

―Muchas cosas, querida. Más de las que tú y yo podríamos contar.

―Dímelas, no tengo prisa. ¿Tu si?

Negó.

―Nada me gustaría más que quedarme a contar las miserias de mi vida a una completa extraña.

―Me parece perfecto. Soy buena dando consejos, recuerda que siempre tengo la razón ―le guiñe un ojo que le hizo sonreír.

Para ese entonces, el hombre ya me había lanzado seis bombas, me había clavado nueve estacas al corazón y probablemente, me había azotado cien veces. Su sonrisa en realidad funcionaba.

―Sí, parece ser que tienes el don de la perfección.

―Lo tengo ―asentí tomando vodka―. Empieza. A mis oídos ebrios les gusta escuchar desgracias. Después es mi turno de desahogarme con el extraño de sonrisa bonita.

El me vio y trató de contener una sonrisa que le salió muy mal y terminó soltando una carcajada y yo quise que me tragara la tierra.

―Lo siento ―dije apenas y mi mirada se dirigió a mi vaso.

―Eres adorable cuanto te sonrojas.

Yo le volví a ver y de repente me sentí como una chica sin armas. Sin nada que decir, ni responder. Me sentía realmente apenada y no sabía si era porque un chico en realidad guapo y educado me estaba diciendo eso o porque estaba muy, muy ebria. O tal vez, un poquito de los dos.

―Veras…mi madre, tuvo una aventura con un hombre hace veinticuatro años. Pero estaba casada con este hombre…abusador, golpeador, alcohólico…un desperdicio humano ―dijo asqueado―. Ya había tenido a dos de mis medios hermanos. Pero tenía muchos problemas con ese hombre que la trataba como basura ―su rostro se ensombreció y me di cuenta que hablar de eso le costaba en realidad―. Se enamoró de mi padre, era un hombre que ya conocía, un hombre de status social relativamente bajo. Yo por otro lado, crecí rodeado de lujos que no eran míos, con un apellido que no era mío, que nunca fue mío, que no reconozco como mío frente a mi familia. Dentro de la casa de un hombre que sospechaba que yo no era sangre de su sangre y que me despreciaba por lo mismo ―yo sentí tanto dolor en sus palabras, en su mirada, en sus ojos…empecé a sentir un dolor tremendo que me terminó por derrumbar y mis ojos se empezaron a aguar―. El seguía abusando de mi madre ―dijo con rabia. Tomó la botella de vodka y empezó a tomar directo de ella―, pasé años sin poder hacer nada, siendo un niño. Sin poder defenderle, sin poder hacer nada por ella ―empecé a llorar en silencio, pero él estaba tan metido en sus pensamientos que no notó que yo me limpiaba las lágrimas rápidamente―. Quería matarlo…con mis propias manos, destrozarle como él había destrozado a mi madre. Arrancarle el corazón, causarle el dolor que mi madre había pasado por años ―finalmente, sus ojos vieron los míos. Me congelé por un momento al ver toda esa rabia y ese dolor en él. Le imaginé matándolo, con sus propias manos―. Después…él se fue, y nuestras vidas cambiaron. Todo fue diferente. Fue la primera vez que nos permitimos ser una familia de verdad. Una familia que cenaba junta, haciendo bromas y aventando comida en el comedor ―yo sonreí imaginando eso.

― ¿En dónde está él ahora? ―pregunté bajito.

―No importa. Está lejos. Lejos y ya no nos volverá a molestar.

―Deberíamos de cortarle el pene a él también ―mis ojos volaron hacia todas partes, esperando ver a alguien conocido, pero todas las personas se veían borrosas, menos el inglés que tenía enfrente. Después posé mi mirada sobre él y él tenía una sonrisa pequeña en su rostro.― Siento que las cosas hayan tenido que ser de esa forma ―le dije con toda sinceridad―. Una persona como tú no se merece eso. Y estoy segura que tu madre tampoco lo merecía.

―No soy quien parezco, Caroline ―dijo con un tono de voz sombrío y duro.

―Claro que no lo eres. Tampoco yo ―le dije. Tomé su mano y me sentí tan cercana a él, que me aventuré a decirle cosas cursis y tontas de películas que mi Caroline ebria tenía atoradas en la garganta―. No lo somos, porque todo lo que hemos pasado nos hace ser quienes somos, y después nos hace escondernos tras una bonita sonrisa o una frase de 'estoy bien'. ¿Crees que yo soy solo un rostro y un cuerpo bonito? ―exclamé haciendo que el sonriera un poco. Que sonriera después de que me hubiese contado la miseria más grande que había escuchado, me calentó el corazón―. Claro que no. Tal vez…mi historia no sea peor que la tuya, pero todo lo que hemos pasado nos hace ser lo que somos y lo que escondemos. Tú no tuviste la culpa de nada, Klaus ―le dije sin despegar mis ojos de los suyos―. No creo que seas una mala persona.

El me miró por largos segundos que parecieron minutos y me hizo reflexionar que ese hombre era igual o más parecido a mí.

― ¿Qué te hace estar tan segura de eso?

―Eres bueno ―le aseguré―. Lo puedo ver en tus ojos. Además, eres el primer hombre que no me subestima por mi color de cabello o por parecer 'chica de un rato' ―le sonreí―. Creo que eres el primer hombre que no me dice cumplidos por quererse meter entre mis piernas. Eso es decir mucho ―sonreí.

―Las mujeres no son objetos sexuales, Caroline ―dijo amargamente.

―Lo sé, y por eso eres un buen hombre ―le sonreí.

Mi mano seguía sobre la suya que era muy grande. Observé nuestras manos juntas y me sonrojé un tanto quitándola de inmediato.

Nos quedamos un rato en silencio, en donde los dos nos lanzábamos miradas tontas y llenas de algo que mi grado de ebriedad no logró descifrar, mientras que tomábamos traguitos de tequila y vodka.

―Bien, es tu turno. Te he contado cosas que nadie sabe. Comparte tus secretos con el extraño de sonrisa bonita.

Una sonrisa descarada y grande, se apoderó de su rostro y me pareció un lobo sonriéndome, una sonrisa traviesa que se divertía haciéndome sonrojar.

Negué con mi cabeza.

―Tú ganas. Tu historia es mucho más deprimente que la mía. A veces no sé de qué me quejo. Mi vida podría ser relativamente perfecta.

―Nadie tiene una vida perfecta, querida. Vamos, comparte tu sufrimiento.

Llenó un vaso de Vodka y noté que esa botella estaba a punto de acabarse y que ya había tomado más de la cuenta. Pero no me importo, me sentía tan bien en su compañía, compartiendo mis tristezas y mis tonterías de princesa.

―Mis padres se divorciaron a los dos años de que mi hermano menor naciera ―empecé recordando todo―. Se la pasaban discutiendo y gritaban a todas horas. Solía marcharme de casa a cualquier hora que ellos empezasen a discutir. Mi padre nunca le levantó un dedo a mi mamá, pero aun así, siempre sentí que todos esos pleitos eran mi culpa, ¿sabes? Yo era la culpable, mi hermano ni siquiera hablaba cuando papá se fue de la casa. ¿Quién más podría ser el culpable? ―mi mirada se centró en un limón que había en un platito. Empecé a jugar con el, tratando de no hacer mi relato tan aburrido y soso. Después de lo que él me había contado, todo lo que yo le pudiese contar iba a ser la historia de una princesa que no podía obtener una nueva mascota―. Después de que papá se fue, mamá nunca estaba en casa. Se la pasaba trabajando y mi hermano se quedaba en casa de una tía. Tuve la casa sola muchos días, muchos meses, años. Papá casi no se aparecía. Solo en mis cumpleaños, y en navidad. Supongo que…no lo sé ―me encogí de hombros―. Supongo que no fueron hechos para ser padres. Ya sabes…hay gente que no tiene madera de eso ―sonreí nerviosa.

― ¿Es por eso que dices ser insegura? ―preguntó.

Me veía directamente a los ojos y yo no pude más que desviar mi mirada.

―Sí, supongo que sí ―me encogí de hombros―. Es tonto, en realidad ―dije restándole importancia―. Yo no he sufrido tanto como tú ―mentí.

Había cosas que no le podía contar a un extraño. Cosas más turbias, secretos más oscuros. Aunque estuviese más ebria que nunca, eso era algo que ni siquiera Bonnie sabía. Solo había una persona enterada de muchas cosas de mi vida. Y ese extraño, definitivamente no iba a ser uno más.

―Tu mirada demuestra otra cosa. Vamos cariño. Yo te he contado casi toda mi vida. ¿No es justo que compartas la tuya conmigo?

―…Si, supongo que es justo. Pero mi vida es un cuento de hadas comparado a lo que tú viviste. Es…lo único.

― ¿Qué me dices de algún chico? ―preguntó en un tono que me pareció interesado.

Ya no tomábamos. Él había dejado de tomar vodka y yo deje mi vaso de tequila ahí a un lado.

―Chicos... ―repetí.

Esa era la parte que en realidad odiaba. Más que papá se hubiese olvidado de mí, más que mamá se hubiese olvidado de mí también. Más que todo. De chicos.

―Ah… ―exclamó―, he dado en el punto correcto, ¿no es así?

Yo sonreí de lado viendo hacia otra parte.

―Supongo que sí. No es nada del otro mundo. La verdad no tiene importancia ―hablé rápidamente.

Quería escaparme de ese tema lo más rápido posible. No tenía ánimos de recordar situaciones pasadas que me habían marcado de por vida.

―Vamos, comparte ―dijo de nuevo.

―Yo…no hay na-

―Claro que lo hay ―me interrumpió―. Es justo que me cuentes tus penas, Caroline.

La forma en la que su lengua desenrollaba mi nombre, era exquisita. Así que con eso caí. Y abrí mi boca para contarle un tanto acerca de mi verdadera historia de terror. Más no toda.

―Chicos…chicos…

―Si mal no recuerdo, al principio de nuestra conversación, mencionaste que nadie era fiel y que…

―Sí, que nadie dice la verdad. Se lo que dije.

Ensimismada en mis pensamientos, comencé a platicar algo que era verdad, pero que ocultaba muchas cosas.

―Creo que debido a la inseguridad que me cargué con mis padres, empecé a salir con idiotas y a enamorarme de los cabrones…―le vi sonreír―. Perdona mi vocabulario, es mi forma de hablar. Espero que no te moleste ―el negó rápidamente con una sonrisa en su rostro que acentuaba sus hoyuelos―. Tuve muchos problemas…con chicos imbéciles que se creían dueños del momento con 'la rubia de piernas bonitas'. Después de varios chicos…y tampoco creas que soy una fácil ―el negó rápidamente, con una expresión seria que me penetraba hasta hacerme sentir un poquitín incomoda―, me di cuenta que todo había sido mi culpa. Siempre quería controlar la situación, pero a muchos les llego a hartar. Nadie quería verse dominado por una rubia…idiotas ―susurré más para mí.

―Lo son.

―Lo sé. A nadie le agrado que yo fuese más inteligente, y que no solo fuera una cabeza amarilla. Soy muy inteligente. ―dije sintiéndome mareada.

―No lo dudo, querida ―me sonrió.

―Entonces, ningún macho prepotente quiso salir con una chica inteligente que a la vez era bonita ―él me vio y entrecerró sus ojos apenas.

Fue cuando me di cuenta que él sabía que algo más había pasado y que era algo que yo no estaba dispuesta a platicar bajo ninguna circunstancia y mucho menos con alguien a quien acababa de conocer. Me di cuenta que ese hombre llamado Klaus, era más suspicaz de lo que no pude ver por mi ebriedad y que me asustaba que el supiese puntos tan vulnerables de mi vida.

―Yo mataría por salir con una chica así ―me vio fijamente―. Disfrutaría la compañía y la vista ―levantó una ceja picara y me guiñó un ojo.

Lo único que yo llegué a hacer fue a sonreír y sentir que mis mejillas se sonrojaron.

―Si bueno…supongo que en Inglaterra los hombres piensan diferente.

―En lo absoluto, Caroline. Las personas somos iguales en cualquier punto del mundo. No se trata del continente o de las razas, es acerca de una cultura, de los sucesos vividos a lo largo de la vida. En eso se basa el comportamiento de una persona.

―Entonces en esta ciudad no hay más que imbéciles que están muy jodidos.

Iba a tomar la botella de tequila que ya le faltaba muy poco para terminarse, pero él tomó mi muñeca al instante. Abrí mi boca un poquito, viéndole a los ojos y su agarre me quemó la piel. Es probablemente la borrachera, pensé.

―Creo que hemos tenido suficiente, cariño. Pidamos algo de comer ―me dijo amablemente.

―Yo…

―Vamos, yo invito. No nos hará mal comer después de todo el alcohol que hemos tomado.

―Supongo que no. Pero yo pago lo mío ―le dejé muy claro.

Él sonrió, pero no dijo nada acerca de eso.

―Pasemos a una mesa. Estos asientos, ciertamente, no son los más cómodos del mundo.

―No, no lo son ―sonreí.

Dejamos las botellas de alcohol ahí, y los varios vasos que habíamos usado y nos paramos para dirigirnos a una de las mesas más alejadas de las demás.

― ¿Por qué nos sentamos aquí? ―pregunté ya cuando estaba sentada frente a él en una mesa que estaba en una esquina del Grill en la que nunca me había sentado.

―Tal vez, porque alguien podría reconocerte. No quieres que nadie te vea en estas condiciones a estas horas de la tarde ¿o sí?

Fruncí mi ceño.

―Está bien. Gracias. ¿Me veo muy ebria?

El entrecerró sus ojos. Y levantó una ceja.

―No. Solo un poco fuera de ti misma.

―Es lo mismo ―le dije recargando mi cabeza en mi mano.

El rió.

― ¿Y tú? ¿No hay nadie que te pueda reconocer? ¿Alguien de quien esconderse?

El negó, con una sonrisa bailando en sus labios.

―No. Soy libre como el viento. En cambio, tu… ―me señaló con la cabeza― eres una joven menor de edad que seguramente sigue pidiendo permisos para salir a su madre. No quiero meterte en un problema.

―Yo no le pido permiso a mi madre para salir ―respondí molesta―. Ni siquiera debería de estar viviendo en casa de mi madre…―susurré.

Y suspiré.

―Estas en universidad, ¿no es así? ―yo asentí―. ¿Cuál es el problema de vivir en casa de tu madre? Tu misma dijiste que ella no se encuentra debido a su trabajo.

―El problema es, que tengo que cuidar a mi hermanito siempre. Y mamá me culpa por todo el desorden que el mocoso hace.

―Yo también tengo un hermano menor ―dijo sonriendo―. Pero es muy calmado.

―Mi hermano también es muy calmado, pero muy desordenado. ¿Te cambio? ―le ofrecí sonriendo.

―Claro. Algún día podríamos cambiar de hermanos. Sería agradable tener a alguien nuevo merodeando por los pasillos de la mansión.

― ¿Vives en una mansión? ―pregunté un poquito asombrada.

―Sí. Pero no es mía. Es de mi madre. Yo he comprado una casa más pequeña.

―Ah, casa nueva ―comenté, sonriendo.

Vi a April a lo lejos y le pedí que viniera, porque moría de hambre.

―Así es. Vivir con mis hermanos y con mi madre no ha ayudado mucho.

― ¿Cuántos años tienes? ―pregunté.

―Veinticuatro.

Solo son cinco años de diferencia, pensé.

― ¿Estás aquí por negocios? Es la primera vez que conozco a una persona inglesa en Mystic Falls.

April llegó a nosotros antes de que el pudiera contestar mi pregunta y yo ordené dos órdenes de papás francesas y él ordenó un T-bon.

―No pensé que una chica como tú comiera…

― ¿Algo tan grasoso? ―comenté sonriendo.

El asintió.

―Te he dicho…no subestimes a nadie. Las apariencias engañan.

―Sería una catástrofe si no lo hicieran ―sonrió.

―No has respondido mi pregunta. ¿Qué haces en Mystic Falls?

Levantó una ceja y ladeó su cabeza.

―Sí, vine por varios negocios. ¿Te sientes mejor? ―preguntó.

―Sí, ya no me siento mareada. Ya te puedo ver mejor ―sonreí apenada.

―Me alegra. ¿Te gusta la vista? ―sonrió y me miró fijamente a los ojos.

Yo abrí mi boca un tanto desorientada y sonreí.

―Esa fue una pregunta arrogante.

―Fue una pregunta simple, querida.

―Me agrada la vista ―respondí.

Nos miramos a los ojos unos segundos y April volvió con las bebidas. Le sonreí a April quién entrecerró sus ojos y me sonrió sabiendo que algo estaba pasando ahí.

―Ya hemos desahogado nuestras penas ―dijo―, ¿qué tal una plática más agradable? ―yo asentí, sonriendo―. ¿Cuántos hermanos tienes? ―preguntó.

―Solo uno. Se llama, Daniel. Tiene trece años y es adicto al Xbox. ¿Y tú?

Abrió los ojos un poco.

―Mi hermano menor también tiene trece años. Entrará a la escuela secundaria en este verano.

―Tal vez el y mi hermano se lleguen a conocer ―comenté―. ¿Cómo se llama?

―Se llama Henrik, es un poco callado. A veces me preocupo por él.

― ¿Por qué?

―Tiene problemas para socializar, tiene un mundo en su cabeza, uno en el cual casi nadie puede entrar.

Yo ladeé mi cabeza.

―Tal vez solo necesite que alguien se interese en sus cosas. ¿Qué le gusta hacer?

Él se quedó callado unos segundos.

―Le gusta…acampar. Y cazar. Es bueno disparando armas.

― ¿Enserio? ―pregunté sorprendida―. Mi hermano y yo también somos buenos disparando. Tal vez ellos se lleven bien. ―comenté un poco emocionada.

El levantó una ceja y sonrió.

― ¿Por qué sabes disparar un arma? ―preguntó.

―Cuando tu mamá es el sheriff de la ciudad, no te puedes escapar de algo como eso ―dije simple y me encogí de hombros.

Mi madre nos había enseñado a disparar desde muy pequeños. Era algo tan natural el saber manejar armas y el saber ser cautelosos con eso. Había chicas a las cuales les daban miedo las armas, pero a mí no.

― ¿Tu madre es el sheriff de Mystic Falls? ―preguntó con un tono de voz extraño.

―Sí. ¿Sorprendido? Supongo que se me escapó ese detalle. ¿Tu madre vive en Inglaterra?

El carraspeó un poco y agitó su cabeza un poco. Yo no pasé por alto aquello y sospeché que ahí había algo más.

―Sí. Mi madre solía vivir en Mystic Falls ―dijo―. Pero a temprana edad fue enviada a Inglaterra.

― ¿Entonces tu familia es de Mystic Falls? ―pregunté emocionada.

Este hombre se volvía más y más emocionante e intrigante.

Asintió.

―Estoy aquí por algo más que negocios. Mi familia ha regresado desde Inglaterra. Planeamos instalarnos en Mystic Falls de nuevo. Después de todo, madre siempre ha dicho que esta ciudad es nuestro hogar.

Algo hizo un switch en mi cabeza. Ellos eran los Mikaelson.

―Bienvenido al hoyo más aburrido del planeta ―le dije con ironía, sin pasar el hecho de que ellos eran los primeros fundadores de Mystic Falls.

Él me sonrió abiertamente.

―Gracias. Es bueno saber que cuento con la amistad de una chica tan bella e inteligente como tú ―dijo.

De nuevo, su maldita sonrisa, sus malditas palabras y sus ojos viéndome fijamente. ¿Quién se creía que era? ¿Por qué no había notado su arrogancia y su galantería hacía rato? Claro, porque estabas totalmente ebria, Caroline Forbes. Eso te ganas por embriagarte a mitad de la tarde y hablar con un extraño que a pesar de ser extremadamente sensual, tiene dejes de ser un tanto arrogante y de ir coqueteando con chicas extrañas por ahí.

Si bien, no supe que responder, April llegó con los platos de comida y me miró de nuevo, salvándome así de tener que responder algo indebido o tonto.

Empezamos a comer en silencio. Un silencio cómodo, que me resultó gracioso, ya que conocía muchas cosas de su vida, pero en realidad, le acababa de conocer. No me había percatado de sus ropas, hasta que levanté mi vista y le vi comer muy concentrado en su plato. Llevaba una camiseta negra que se añadía muy bien a sus músculos. No pude evitar recorrer su pecho y me sorprendí a mí misma observándole como una acosadora. ¿En qué estás pensando? Matt. Matt. Matt. Aja, ¿a quién engañaba? Mi relación con Matt estaba más jodida que nada.

― ¿Quieres papas? ―pregunté.

Él sonrió y después de cortar un trozo de carne con perfecta precisión y metérselo a la boca viéndome fijamente, sonrió, terminó de masticar y tragó, para después asentir con la cabeza.

Yo me quedé ahí, pegada a la silla, con los ojos fijos en su boca y me di cuenta que la borrachera ya se me había bajado. Ya era la Caroline Forbes perfecta y sensata que había sido antes de llegar a sentarme al bar del Grill. Aun así, no pude evitar bajar mi mirada, apenada. ¿Por qué me apenaba un chico? Usualmente, era muy directa y muy abierta con ellos. No me importaba lo que pensaran, no me dejaba intimidar y mucho menos por un gesto tan simple y vago como el de una sonrisa.

―Claro ―respondió a mi pregunta.

Alargó el brazo hasta tomar unas cuantas y se las metió en la boca. Asintió en modo de satisfacción.

― ¿Esto es lo que te gusta comer? ―preguntó―. Es algo poco saludable.

―La carne tampoco es muy saludable que digamos ―me defendí viendo su gran trozo de carne.

―Ah, en eso estás equivocada, querida. La carne es una gran fuente de proteína, así que podría llegar a ser el mejor alimento para mantenerte fuerte y saludable.

― ¿Sabías que les inyectan químicos a las vacas?

― ¿Sabías que la grasa que tienen esas patatas no es de origen vegetal? Probablemente esas patatas también fueron inyectadas con hormonas de crecimiento.

Yo rolé mis ojos.

―Lo que tú digas, Einstein.

Él sonrió y siguió comiendo. Yo ahogaba mis papitas francesas en Kétchup y me las comía. Todavía tenía otro plato lleno de ellas y moría de hambre.

―Esto esta delicioso. Siento que no había comido en años ―dije comiendo como mendiga.

―Fue probablemente la gran cantidad de alcohol que ingeriste.

Yo asentí con la boca llena de papas.

― ¿Tu cuantos hermanos tienes? ―pregunté, mientras le daba un trago a mi limonada.

―Cinco ―yo abrí los ojos sorprendida―. Somos muy unidos.

Lo sabía. Había escuchado a mi madre hablar un poco de la familia. Había dicho que era una familia muy numerosa y que eran extranjeros. Pero nunca imagine que fueran ingleses y que me fuese a topar con uno de los miembros tan pronto como saliera de casa.

―Eso es bueno ―dije sonriendo―. ¿Todos son hombres? ―pregunté.

―No. Está Rebekah. Es la única mujer. A veces se vuelve un poco loca estando con todos nosotros ―sonrió―. Es de tu edad. Probablemente entre a la universidad el semestre que viene.

―Entonces, tal vez también le conozca.

Me imagine a una chica hermosa, rubia o tal vez con un color de cabello como el de él. Alta con un rostro muy bonito y unos ojos de color al igual que los de él. Ni siquiera la conocía, y ya envidiaba a la perra.

―Probablemente.

― ¿Y tus demás hermanos? ¿A que se dedican? ―solté muchas preguntas, porque en realidad ese hombre me intrigaba. Quería saber todo de él, preguntar muchas cosas tontas.

―Mis dos hermanos mayores y yo, trabajamos en el negocio familiar. Kol es el hermano que sigue, es un chico rebelde que acaba de terminar una carrera de dos años, Rebekah, y después esta Henrik.

―Sería divertido tener muchos hermanos.

―No sabes de lo que hablas ―dijo con una mueca llena de diversión.

―Dijiste que eran muy unidos.

―Lo somos, pero a veces son un dolor de cabeza. En especial Kol y Rebekah.

― ¿Qué hay con ellos dos?

―Kol es un muchacho revoltoso ―dijo―. Se mete en problemas, es grosero, inoportuno e impertinente. Rebekah, por otro lado, es igual de grosera e impertinente, y es mala.

Yo reí.

― ¿Mala?

―Malvada ―canturreó con una voz que sonaba tenebrosa, pero que me hizo reír―. Siempre obtiene lo que quiere, aunque eso signifiqué que tenga que usar trucos sucios.

―Aaah ―exclamé―, eso no es ser malvada. Es ser una chica inteligente ―me encogí de hombros.

El rió.

―Entonces creo que ella llena muy bien ese trabajo.

Nos volvimos a quedar en silencio y después April llegó hacia nosotros para ver si algo nos hacía falta. Retiro un plato vació y después se fue.

― ¿Es tu amiga? ―preguntó el después de que April se fuera y supuse que nos había escuchado hablando hacia unas horas en la barra del bar.

―Algo así. Es una chica de preparatoria, no tiene muchos amigos. Creo que una salida le haría bien.

―Eso es muy amable de tu parte.

Me encogí de hombros.

―Todos necesitamos un amigo ―le sonreí.

El asintió y dejó los cubiertos a un lado del plato que ahora se encontraba vacío.

De un momento a otro, cuando yo estaba sumergiendo mis papitas en kétchup y me las comía con mucho furor y hambre, sentí su mirada sobre mí. ¿Tendría algo en la cara? ¿Estaría despeinada? ¿Mi maquillaje estaría corrido? No lo sabía. Pero fuera lo que fuera, me estaba poniendo nerviosa.

― ¿Qué me ve-

―Cuéntame acerca de ti, Caroline ―interrumpió.

Yo me le quedé viendo y entrecerré mi ceño. ¿Qué le contara de mí? No había nada interesante.

―No…no hay mucho que contar ―dije―. Mi vida es aburrida.

―Apuesto a que no lo es. ¿Qué estas estudiando?

―Administración de empresas ―respondí―. Pero seré planificadora de eventos y diseñadora de interiores.

―Yo también estudié eso. ¿Te gusta decorar y planificar?

Yo asentí.

―Soy muy buena en eso. Creo que nací para dar órdenes ―solté divertida.

El rió.

―No lo dudo ―comentó divertido―. ¿Te gustaría organizar y decorar un evento? Tendrías una paga, por supuesto.

Yo abrí mis ojos, emocionada.

― ¿Yo? ¿Enserio? ―dejé las papitas a un lado y quise abrazarle en ese momento ― ¿De qué es el evento?

―Es una fiesta que mi familia dará, un baile de bienvenida. Estaría más que encantado de contratarte para organizar.

―Oh, no es necesario que me pagues. Lo haría sin una paga. Me servirá de práctica ―sonreí.

―Me agrada tu entusiasmo, pero la paga no es algo que esté dispuesto a negociar ―dijo.

Yo suspiré.

―De acuerdo. Sera como tú quieras. ¿Me cuentas de qué es el evento? ―pregunté emocionada.

Después de unos minutos de que me platicara acerca del baile, me di cuenta que se le iluminaba el rostro cuando hablaba de su familia o cuando relataba alguna anécdota graciosa acerca de alguno de sus hermanos. El hombre era de familia, algo que yo conocía muy poco.

April volvió a la mesa para recoger los platos vacíos y los vasos también.

―Te espero aquí cuando salgas, April ―le dije viéndole.

Ella asintió.

Klaus solo me veía mientras yo hablaba.

― ¿Por qué me ves tanto? ―me aventuré a preguntarle.

―Eres muy hermosa.

Yo me quedé de piedra, pero me las arreglé para seguir hablando.

― ¿Eres así con todas las chicas? No es una pregunta grosera ―aclaré.

El negó.

―No soy así con todas las chicas. Apenas y conozco a algunas.

Yo suspiré sintiendo un repentino sentimiento de relajación.

― ¿Tienes novio? ―preguntó de repente.

Carajo. Si, si tenía novio. Un novio que no quería y que era mi mejor amigo.

―Sí ―respondí.

Su mirada cambió de una vivaz a una dura y yo fruncí mi ceño.

―Pero es algo complicado…―dije. Él se interesó en aquello y levantó una ceja, intrigado por lo que pudiera decir―, él es mi mejor amigo. Bueno, al menos lo era antes de que decidiéramos tener una relación. Y yo juré que las cosas entre nosotros funcionarían, pero me di cuenta que no le quiero como algo más. Solo como amigos.

― ¿Y él? ¿Él te quiere como algo más? ―preguntó un poco ansioso.

Yo negué con mi cabeza.

―No. No lo creo. Matt es…un chico muy tierno, educado y lindo, pero no fuimos hechos para estar en una relación amorosa. Ahora dudo mucho que podamos llegar a ser amigos de nuevo.

―Eso solo el tiempo lo dirá. ¿Planeas terminar las cosas con él? ―preguntó.

―Sí, de hecho, sí. Planeaba hacerlo esta tarde, pero saldré con April. Supongo que tendrá que esperar a mañana.

―No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy ―dijo.

Yo entrecerré mis ojos.

― ¿Tú tienes novia? ―pregunté ignorando aquello que me había dicho.

―No ―respondió, con una voz que determinaba muchas cosas, como 'el amor es una debilidad'

― ¿Por qué no? ¿No te gusta nadie? Deben de haber cientos de chicas que estén tras de ti ―dije y me pregunté si seguía ebria.

Él sonrió de nuevo y recargó sus codos sobre la mesa.

― ¿Eso crees? ―preguntó con esa sonrisa que era traviesa.

―Si… ¿Qué tal de esa mujer que jugó contigo y con tu hermano? Me has hablado de ella hoy y parecías triste. Ha regresado por uno de ustedes, ¿o algo así?

Se me quedó viendo, pero después desvió su mirada.

―Sí. Por lo menos eso es lo que me ha dicho mi hermano. Dijo que ella le buscó y que han hablado un poco. Para ser sincero, no quise saber mucho. Es algo que prefiero no recordar.

Yo suspiré comprendiendo el no querer hablar de cosas para evitar recordarlas.

―Has tenido más problemas ―afirmé sin que el dijera nada―. No fue la única razón por la que te encontrabas con esa cara de pocos amigos frente a la barra de un bar a las cuatro de la tarde, ¿o sí?

Sonrió sin mostrar su dentadura.

―Tienes razón. Solo un poco abrumado, por el cambio de horario y de continente. Es todo.

― ¿Ya nunca volverás a Inglaterra?

―Inglaterra es mi hogar. Regresaré después. Cuando haya terminado algunos asuntos en Mystic Falls.

― ¿De tu trabajo?

―Sí. De mi trabajo ―de nuevo asentí y empecé a comer más papitas―. Cuéntame de ti ―dijo de nuevo.

Yo me pasé un cabello por detrás de mí oreja y empecé a pensar en algo interesante.

―Soy capitana del equipo de porristas desde que estoy en primaria ―dije pensando que el creería que tal vez era una chica extremadamente competitiva y egocéntrica.

― ¿Ah sí? ―sonrió―. ¿Incluso ahora que estas en universidad? ―yo asentí―. Entonces, he estado hablando con la única capitana de porristas de Mystic Falls, de hace…

―Más o menos…trece o catorce años ―respondí―. Si lo pones de esa forma…suena algo extraño.

―Creo que suena a determinación y ambición. Son actitudes que te llevaran lejos ―dijo, pero yo me sentía lejos de irme lejos.

―Sí, supongo que tienes razón ―le comenté, bajando mi mirada a mi plato ya casi vacío de papitas―. ¿Quieres mis últimas papitas? ―comenté.

― ¿Así es como ustedes los americanos les llaman? ¿Papitas?

Yo solté una risita al escuchar a un hombre que me había hablado tan correcta y propiamente, decir la palabra 'papitas'.

―Mmm…sí. Supongo que ustedes les llaman patatas ―el asintió y tomó las ultimas que quedaban―. Todo es más correcto y propio allá, ¿cierto?

―No. Algún día te llevare para que veas la locura que Inglaterra envuelve ―sonrió.

¿Llevarme? ¿El? Pero si apenas nos conocíamos.

―Eso suena bien ―dije, pero no comenté nada acerca de que era algo raro hablar de llevarme a otro continente.

― ¿Tu color favorito? ―soltó.

Yo abrí los ojos y la boca, sin saber que contestar. Es decir, sabia mi color favorito, solo que me sorprendió que esa pregunta saliera tan natural de sus labios.

―Azul, me gusta el color azul.

― ¿Azul? Ya veo… ¿y tú platillo favorito?

―Me gusta…me gustan los mariscos. ―respondí un poco confundida.

Era la primera vez en mucho tiempo que alguien me pedía que hablara de mí, o que alguien me preguntara por cosas tan tontas y tan intimas como mi color favorito.

― ¿Qué tal de tus gustos musi-

―Disculpa que te interrumpa, pero, ¿a qué vienen todas estas preguntas?

El levantó una ceja y asintió comprendiendo mi intriga. Apoyó ambos codos sobre la mesa y cruzo sus manos.

―Sucede que eres una compañía excepcional ―contestó―. Me agrada tu sinceridad y la manera en la que hablas. Nunca había conocido a nadie así. Te he dicho que puedo usar un poco de sinceridad y honestidad en estos momentos.

― ¿Alguien te ha traicionado? ―pregunté.

El entrecerró sus ojos.

―Podríamos decir…que sí. Pero esa es otra historia ―me sonrió―. Ahora creo que tu amiga está por salir y tú tienes una fiesta a la cual atender ―dijo.

Le sonreí y tomé mi celular de mi bolso para ver la hora. Eran casi las ocho.

―Tienes razón. Se pasó muy rápido la tarde.

―Así es cuando estas en buena compañía. ―sonrió.

― ¿Así eres todo el tiempo? ―pregunté.

Él sonrió aún más y no pude evitar tratar de no sonreír por ver sus hoyuelos formarse mediante su sonrisa se hacía más y más grande. Tragué en seco deseando tener un vaso lleno de agua y el ladeó un poco su cabeza.

― ¿A qué te refieres? ―preguntó, inocentemente.

―Oh, vamos. No me vas a decir que no sabes a lo que me refiero ―le contesté tratando de no sonreír.

―En realidad, no lo sé. Pero estaría encantado de que me lo hicieras saber ―comentó descaradamente.

Yo negué y esta vez me permití sonreír mientras veía sus ojos aqua verme muy fijamente.

―Así, tan…encantador ―él se permitió sonreír aún más mientras me veía batallar al hablar.

―No. No siempre soy así. De hecho, nunca soy así.

Nos quedamos viendo. ¿Por qué la mirada de un hombre me daba escalofríos? ¿Cuándo había comenzado a pasar eso? ¡Nunca! Ni siquiera Tyler, que era un macho dominante que le gustaba asustarme con su voz y con sus miradas de loco, había tenido ese efecto en mí. ¿Qué era lo que el tenia? ¿Cuál era la diferencia?

―Me alegra saberlo.

Volteé un poco para ver que April salía de una de las puertas de la cocina y me buscó con la mirada.

―Fue un gusto platicar contigo, Caroline. Espero con ansias volver a verte.

Yo abrí mi boca un poco y asentí rápidamente.

―Igualmente. Gracias por las bebidas ―comenté un tanto apenada.

―Mi gusto.

―Hasta luego.

El asintió y yo me paré de la mesa para verle de nuevo un tanto, me sonrió y caminé hacia April.

Ella me veía con una gran sonrisa en el rostro.

―April, necesito pagarle la comida a ese hombre. Gastó mucho dinero comprando esas botellas.

Ella abrió los ojos, muy abiertos y muy en grande.

―Claro, claro. Ahora mismo le digo a Jeremy que te de la cuenta. Acaba de entrar a su turno.

Yo asentí.

Jeremy era el hermano de Elena. Un muchachito de la misma edad que April, que había tenido varios problemas con la droga en el pasado. Era un buen chico que ahora se había convertido en alguien diferente.

Sabía que Klaus estaba ahí tras de mí, sentado en la misma mesa. Así que no me permití voltear por ninguna circunstancia.

―Ven, Jeremy te cobrara.

Yo asentí.

Me guio hasta donde estaba Jeremy y él ya tenía ahí papel y una pluma.

―Hola Jer ―le saludé.

― ¿Qué tal, Caroline? April me dijo que te cobre la comida de la mesa doce.

―Sí. También cóbrame diez shots de tequila y dos vasos de vodka.

El y April abrieron sus ojos en grande y yo rolé mis ojos.

―Sé que no soy la mejor influencia, pero necesito que no me juzguen y que no se lo cuenten a nadie, en especial a sus padres o a mi madre.

Ellos asintieron viéndose y le sonreí a April que me veía de una forma chistosa.

Jeremy me dio el recibo y yo pagué.

―Gracias, Jeremy. ¿Iras a la fiesta del chico nuevo? ―pregunté.

El asintió.

―Sí, me encontré con él hace rato. Es agradable. Creo que es uno de los miembros de la familia que acaba de llegar a la ciudad

―Ah, los Mikaelson, ¿cierto? ―April preguntó.

―Sí. Es una fiesta en una gran mansión. Supongo que son personas adineradas ―dijo Jeremy, con encogiéndose de hombros.

―Sí, mi padre dijo que era dueños de muchos negocios de aquí y casi dueños de la ciudad. Es como si ellos la gobernaran ―rio, April.

―Entonces, las veo en un rato en la fiesta de Kol.

Jeremy se despidió de nosotras y yo me quedé ahí parada como si mi vida dependiera de que nunca me moviera de ese lugar. Mis piernas no reaccionaban y abrí los ojos en grande.

― ¿Enserio? Esto tiene que ser una maldita broma ―dije muy bajito.

¿Qué tal si él estaba ahí? ¿Qué tal si me lo topaba de nuevo? ¿Quería topármelo de nuevo? ¿Qué era en realidad lo que esperaba que saliera de esa platica con ese extraño?