III- Cuatro casas en un castillo.

¿Cómo se llamaría? Se preguntaba Freddie mirando embelesado hacia la mesa Gryffindor. Era virtual, pero aun así no podía dejar de verla y no entendía la razón. Era una sensación extraña, como un embrujo. Sacudió la cabeza… ¿para qué preocuparse tanto por entenderlo si podía mirarla hasta cansarse? Sólo que algo o alguien no estaba de acuerdo con sus planes. Un pedazo de pastel o algo parecido cayó sobre su cabeza sacándolo bruscamente de su ensimismamiento.

- ¿Qué? – preguntó al tiempo que buscaba con la mirada al causante de semejante desaguisado. Y vaya si lo encontró. - ¿Sam? – preguntó viendo a la chica en cuestión, de pie, frente a su mesa, sacudiéndose como si tal cosa, las manos. En tanto, una serie de risas y silbidos se dejaba escuchar desde la mesa Slytherin mientras los demás alumnos, sorprendidos, los observaban para después cuchichear entre ellos.

- Me hiciste desperdiciar ese pastel de calabaza – le dijo Sam con insolente altivez – pero tenía que ayudarte.

- ¿Ayudarme? – Le preguntó Freddie bastante confuso y enojado - ¿por qué razón un pedazo de pan en mi cabeza podría ayudarme?

- Por la simple razón de que pareces un tonto mirando como bobo hacia allá. – Contestó Sam señalando hacia la mesa desde donde Carly los veía avergonzada intentando desaparecer si eso fuera posible.

- ¡Oye, yo tengo derecho a mirar a donde se me dé la gana!

- ¡Señorita Puckett! – Le riñó McGonagall desde la mesa de los profesores - ¡haga el favor de regresar a su mesa! ¡Tiene diez puntos menos por agredir a un compañero de distinta casa!

Una exclamación de protesta siguió a las risas. Sam se dio media vuelta y regresó a su lugar. Nevel la miró de arriba abajo y después con un mohín le dio la espalda. Sam se encogió de hombros y tomó otro pedazo de pastel, esta vez para comérselo. El chico rubio, a su lado, no dejaba de mirarla con algo de simpatía y admiración.


La cena terminó y a su pesar tuvo que despedirse de Carly. No sin antes escuchar a McGonagall advertirles que no quería problemas (haciendo énfasis en ella) y que tenían que llevar sus túnicas de forma obligatoria. Al darse cuenta de que no contaban con los aditamentos necesarios para Hogwarts, sufrió una confusión tremenda por no entender como estaban ellos ahí en semejantes circunstancias, después lo resolvió diciendo que les conseguiría todo, empezando por los uniformes y las varitas, pedidas expresamente como un favor especial al heredero de Ollivanders. A Sam no le interesaba nada de eso. Y ahora estaba ahí. En su "casa".

Al principio supuso que dormiría en un calabozo subterráneo por la cantidad de escaleras que tuvo que bajar y eso no le hacía ninguna gracia. A su lado, Nevel se quejó de que contraería una pulmonía. Al llegar su expectativa cambió. El lugar era algo así como un barco hundido, con ventanas por dónde se podía ver el interior del lago en su esplendor. Le recordaba al Titanic. Las luces verdosas daban un tinte siniestro. En definitiva, le gustaba.

- Así que Slytherin, ¿de qué familia vienes? ¿Eres de las afueras de Londres?- La voz altanera la hizo volverse. El chico rubio que durante la cena se sentara a su lado la miraba con intriga. Sam descubrió entonces que tenía ojos grises.

– No, soy de América, y créeme, no querrás saber de la familia que vengo.

El chico la estudiaba con los ojos entrecerrados, parecía evaluarla y eso a Sam no le gustaba en lo absoluto. - ¿Qué? ¿Tengo monos en la cara? – le dijo de forma ruda.

- ¿Qué? – preguntó el rubio platino sin entender, Sam masculló un aburrido "olvídalo" y se dio la vuelta.

- Puckett, espera – le dijo el chico deteniéndola por un brazo. Sam obedeció pensando que tal vez pronto alguien tendría una nariz rota. – Sé tu nombre, ¿no quieres saber el mío?

- No, en realidad no… no hago migas con niñitos– le dijo y soltándose comenzó a andar hacía la habitación donde dormiría.

El chico se quedó un rato parado, luego le gritó - ¡eres extraña! ¡Y estar en primer grado a tu edad no te hará tener muchos amigos!

- ¡Viviré con eso! – le respondió con ironía. El chico no cedió.

- ¡Si cambias de parecer búscame! ¡Sólo pregunta por Malfoy! ¡Scorpius Hyperion Malfoy!

Sam se detuvo en seco. Se giró rápidamente pero ya el chico se había ido. Scorpius Malfoy, ¿no venía ese nombre en el libro?


Carly estaba emocionada. Entrar a la casa Gryffindor a través del retrato de la señora gorda era como vivir un sueño. Ni siquiera el subir siete pisos a pie y no en elevador la había desanimado. Al día siguiente tendría su túnica y su varita. Sólo esperaba que el viaje no terminara antes de tenerlas en sus manos. Echó una ojeada a la sala común. Grupos de alumnos estaban dispersos por el lugar pero todos se volvían a mirarla con curiosidad. A Carly no le importó mucho. Buscaba con la vista a alguien.

- Oh, lo siento – dijo un muchachito de ojos verdes que chocó con ella. Carly ya lo había visto en la mesa antes del espectáculo de Sam y Freddie.

- No te preocupes - le dijo sin prestarle mucha atención mientras miraba más atentamente el lugar. ¿No estarían ahí? Durante la cena no los había encontrado. – Un momento – dijo en voz alta – Dumbledore ya no es director, ahora lo es McGonagall, y no están ni Snape ni Hagrid, a menos que sean distintos, entonces…

- ¿De qué hablas? – preguntó el chiquillo que seguía ahí, a su lado.

- De... no, de nada – murmuró Carly reflexionado y comenzando a comprender porque no había visto ni a Harry Potter, ni a Hermione ni a Ron.

- Hace años que Dumbledore murió, ¿no lo sabías? Severus Snape también y Hagrid ahora está en…

- ¿Los conocías? – preguntó Carly mirando con interés al pequeño. Tal vez él podría informarle sobre qué personajes interesantes podría encontrarse en ese sitio. El pequeño negó con la cabeza y una mirada extrañada.

- Claro que no, soy muy chico para eso. Pero mi papá si los conoció. – Dijo con orgullo.

- Ah, vaya, fantástico…

- Eres Carla Shay, ¿verdad? – preguntó el niño con una sonrisa tímida.

- Sí, pero puedes decirme Carly.

- ¿Y por qué estarás en primero?

- Por problemas con el correo, ya sabes, las lechuzas… - respondió con una sonrisa de apuro, repitiendo lo que le había dicho a McGonagall – bien, pues, tengo que retirarme – se excusó Carly tratando de evitar más preguntas – me dio gusto conocerte… eh…

- Albus… me llamo Albus Potter.

- ¿ALBUS SEVERUS POTTER? ¿EL HIJO DE HARRY POTTER? – exclamó Carly con voz demasiado alta. Tanto, que los demás voltearon a verlos y Carly se llevó aparte al niño para no pasar más vergüenzas.

- Sí – le dijo el niño algo asustado – lo soy.

- Lo siento – murmuró Carly al ver la cara de susto del chico– por lo regular no soy así, pero es que tu padre es muy famoso.

- Lo sé, pero prefiero que no me lo recuerden.

Carly lo miró un momento, parecía muy tímido – entiendo, debe ser molesto que te hablen nada más por saber quién es tu padre.

- Ajá – dijo el niño retomando algo de confianza.

Guardaron silencio. El niño la observaba detenidamente y Carly sonreía, sin embargo, una pequeña incomodidad comenzó a importunarla - ¿qué? – preguntó al niño, pero este no alcanzó a contestar porque alguien llegó golpeándolo en un hombro.

- ¡Vaya! ¡Así que al fin me haces caso y empiezas a conquistar chicas! – un chico simpático de mirada pícara era quién se dirigía al niño. Este enrojeció mientras el otro se alejaba diciendo – pero un poco grande para ti, ¿no te parece? – y comenzó a reír estruendosamente.

- No le hagas caso – le dijo el niño sin que el rubor bajara de sus mejillas – es mi hermano Jimmy que siempre me hace bromas.

- Ah, vaya… - dijo Carly con una enorme sonrisa.

- Tengo que irme. – Se despidió el chico tímidamente – espero que nos veamos mañana.

- ¡Por supuesto! – exclamó Carly emocionada. Después de todo el viaje no estaría tan mal. Siguió a los alumnos que comenzaban irse a sus habitaciones y pensó, simplemente, que Sam por una vez, había tomado una buena decisión al sabotear el trabajo de Freddie.


¿Por qué siempre tenía tan mala suerte? Para llegar a su "casa" tuvo que pasar cerca de las cocinas y para acceder tuvo que golpear unos barriles rítmicamente. Lamentablemente se equivocó al hacerlo y quedó bañado en vinagre ante la hilaridad de todos sus compañeros. Si hubiera estado en Gryffindor hubiera sido mucho más sencillo, además, por cierto, de tener más facilidad de contactar a la hermosa chica rubia. El lugar era muy parecido a una madriguera, tal vez por eso el símbolo de la casa era un tejón. Todo el sitio se caracterizaba, además de tener muchas plantas, en el predominio de los colores negro y amarillo, como de abeja. Así que él parecería una al día siguiente, puesto que ese sería su uniforme. Ya imaginaba los comentarios mordaces de Sam al respecto. Miró a su alrededor y se encogió de hombros. Subió resignado hacia su habitación. Por lo menos ahí, nadie lo molestaría con simulacros contra incendios en la madrugada.


La torre de Ravenclaw quedaba en el ala oeste del castillo. Así lo podría haber informado si tuviera el más mínimo interés en ello. No lo tenía. En cambio, se fascinó con la sala de la casa, redonda y con ventanas de arcos desde donde se podían admirar los terrenos de Hogwarts. Era increíble. Pertenecer a la casa de los más inteligentes en ese colegio. Vaya, al menos ese sombrero sabía distinguir a las personas. Lanzó un gritó jubiloso "¡Gibbyyyyyyyy!" y acto seguido, se quitó la camisa ante la mirada atónita de los demás, y se puso a bailar sobre una de las mesas sin recato alguno. Eso sería divertido.