Los personajes de Twilight no me pertenecen, son propiedadd de Stephenie Meyer (a excepción de Melanie). La trama es mía y está prohibido su uso sin mi autorización.

Capítulo 14:

Inspiro profundo por la nariz al sentir una brisa de aire fresco colarse en la habitación y darme de lleno en el rostro. Saboreo por unos breves minutos la frescura del aire, aún con los ojos cerrados, que permite que mi cuerpo se relaje por completo. En mi cabeza hay paz, un enorme vacío… y eso, para mí, es un enorme alivio. Estoy cansada de las jaquecas.

Hace mucho tiempo que no despierto así, con la mente en blanco, sin ningún pensamiento oscuro o doloroso que impida mi tranquilidad. Los últimos días han sido un suplicio con todas las jaquecas, los dolores y las emociones potencialmente fuertes que han abarcado mi cuerpo, con cada recuerdo. Pero ahora estoy en paz, tranquila… al fin.

Me remuevo en la cama, sintiendo la suavidad de la superficie mullida en la que me encuentro, y al instante me percato de un cálido cuerpo recostado a mi lado. Suspiro aliviada al reconocer esa peculiar electricidad que me recorre el cuerpo al contacto de su piel. Sé muy bien quién allí.

El silencio se prolonga por unos cuantos minutos.

––Puedes relajarte ––susurro, no queriendo romper la tranquilidad que nos rodea––. No voy a entrar en pánico.

––¿Cómo te sientes? ––La voz de Edward contiene una extraña mezcla de emociones; entre nerviosismo, preocupación y miedo––. ¿Necesitas algo?

––Estoy bien. Sólo un poco cansada. Siento mi cuerpo… pesado, como si hubiera corrido una maratón.

De pronto, el cuerpo de Edward, a mi lado, se tensa rápidamente. Es entonces cuando decido abrir los ojos, ya que su reacción ha abierto mi curiosidad por completo.

Como lo sentí, está a mi lado, mirándome con aquellos ojos verdes abiertos de par en par y con un extraño brillo en ellos. Parece preocupado, con su constante ceño fruncido y su boca convertida en una mueca ladina. Abre un par de veces la boca, intentando musitar algunas palabras, pero de sus labios no sale sonido alguno. No puede hablar.

––¿Qué sucedió está vez? ––pregunto, en un intento de sacar aquella extraña expresión de su rostro. Miro a mí alrededor, dándome cuenta de que me encuentro en la habitación de Edward, en su casa––. ¿Cómo llegué aquí?

El cuerpo de Edward, en respuesta, se encoge de una manera extraña, hundiéndose en la cama. Es como si, de pronto, un dolor hubiera atacado su cuerpo, provocando aquella reacción en él. Hace una mueca con sus labios y aparta la mirada de mi rostro, dirigiéndola hacia el techo de la habitación y cruzando sus brazos sobre su pecho. Se queda así por unos cuantos minutos hasta que por fin puede hablar.

––¿No recuerdas nada? ––inquiere, en un susurro tan bajo que tengo que esforzarme para poder oírlo.

Niego con la cabeza, frunciendo el ceño con curiosidad ante su extraño actuar.

–Eso intento…, pero no.

Edward suelta un sonido ahogado desde su garganta. Sorprendida, lo miro con los ojos abiertos de par en par. No sé qué es lo que le sucede, e intento averiguar qué pasa, pero no puedo observar su expresión pues él tiene su rostro volteado hacia arriba, impidiéndome poder observarlo con claridad. Entonces, se pasa ambas manos por su rostro, restregándolas en él una y otra vez, con una desesperación palpable en sus movimientos.

En un acto reflejo, alzo mis manos y tomo las suyas con suavidad, deteniendo al momento sus bruscos movimientos. Él se queda quieto en su lugar, con sus manos unidas a las mías pero negándose a encontrar mi mirada. Solo observa sus manos, nada más.

––Edward ––lo llamo con suavidad––, ¿qué sucede?

No responde a mi pregunta. En lugar de eso, se inclina hacia nuestras manos unidas y deja un casto beso en las mías, en ambas, provocando que aquella electricidad me recorra los brazos de manera instantánea, hasta la punta de mis dedos, donde queda como un leve cosquilleo. Luego, separa sus manos de las mías y se endereza en su lugar, colocándose de pie con desenvoltura, sin echarme una mirada de reojo siquiera.

Al ver esto, mi corazón se encoge en mi pecho, adolorido. Sus acciones me lastiman, pues presiento en ellas una distancia e indiferencia que nunca antes había sentido a su lado. Está distante, ido, y aquello produce un dolor irremediable en mi pecho.

––Tengo que ir con Mel ––susurra.

Entonces, camina en dirección a la puerta de la habitación y desaparece tras ella dando grandes zancadas.

Los ojos se me llenan de lágrimas pero me niego a soltarlas sin saber con exactitud qué es lo que pasa. El actuar de Edward se me hace tan extraño, tan insólito, que me es difícil asimilarlo a pesar de sus obvias acciones. Algo dentro de mí me dice que todo tiene una razón, que algo extraño está sucediendo con él, y quiero saber qué es exactamente.

Por lo mismo, cierro los ojos e intento concentrarme al cien porciento. Respiro lentamente y centro mi mente en los recuerdos de la noche anterior. Sin embargo, solo veo destellos borrosos de lo que pudo haber sucedido ayer; yo junto con Jacob en La Push, los dos conversando seriamente sobre algo, aunque no puedo recordar con claridad de qué hablábamos… Luego, yo llegando a mi casa, intentando recordar algo…. Un extraño sueño que provoca mi llanto inmediato… Tomé un taxi, llegué a la casa de Edward…

Bufo frustrada cuando ya no consigo recordar algo más. Las imágenes comienzan a distinguirse borrosas, con una oscuridad en ellas que no me permite observar algo más. Solo hay destellos borrosos y oscuros, nada más.

Suspiro y ruedo en la cama, enterrando mi rostro en la almohada para ahogar mis sonidos de frustración. Es entonces cuando escucho el sonido de muchas voces, que provienen del piso de abajo. Alzo la cabeza y pongo un poco más de atención pues distingo entre aquellas voces la inigualable vocecilla de Alice, tan alegre y llena de vida como siempre.

Frunzo el ceño. ¿Qué están haciendo aquí?

Luego de unos cuantos minutos, en los cuales me doy una relajante ducha y me visto con la ropa que supuse que Edward ha dejado para mí a los pies de la cama, salgo de la habitación, dispuesta a ir al encuentro con los demás. Camino lentamente por el pasillo que conecta todas las habitaciones de la casa de Edward, siguiendo el sonido de las voces que provienen del piso inferior. Y, al llegar al pie de las escaleras, comienzo a bajarlas lentamente, escuchando con atención.

––Estoy tan nerviosa ––dice la voz de Alice, con un pequeño quiebre al final de la frase.

––Ya somos dos ––le contesta Rosalie, soltando unas leves risitas nerviosas, lo que da énfasis a sus palabras––. ¡Esto es fascinante!

––Han pasado meses desde la última vez ––murmura una voz desconocida para mí, la de una mujer––. Pero nunca perdí las esperanzas. Siempre supe que esto pasaría.

––Lo sabemos. Nos lo repetías siempre ––le responde con cierto tono divertido Jasper.

¿Qué hacen todos aquí? Me pregunto, al llegar a las escaleras y mirar a hurtadillas, escondida en la pared superior de la escalera, hacia la sala, donde están los demás. Rosalie y Alice se encuentran de pie, dando vueltas alrededor de la alfombra de la sala, con visible nerviosismo. Jasper y Emmett están sentados en el sofá, el primero moviéndose nerviosamente en su lugar, con la mirada clavada en su prometida, y el segundo retorciendo sus manos en su regazo, casi con desesperación.

Detrás de las chicas hay un par de personas más, lo distingo por los zapatos que se ven en el suelo, a unos cuantos pasos de distancia. Sin embargo, soy incapaz de reconocer aquellas figuras ya que los cuerpos de Alice y Rosalie los ocultan con perfección al moverse de un lado a otro. Solo distingo las sombras de sus siluetas.

Entonces, decido salir de mi escondite, llevaba por la curiosidad que me embarga en esos momentos.

––¿Qué hacen todos aquí?

Al escuchar mi voz, todos en la sala se tensan y voltean sus rostros hacia mí. Sus expresiones son de sorpresa e incredulidad, lo que me confunde cada vez más. Pareciera que ellos están sorprendidos de verme a mí en la casa. Entonces, cuando miro por sobre el hombro de Alice, para poder fijarme al fin en las desconocidas figuras que se encuentran a su espalda, casi me caigo de bruces al suelo cuando reconozco a una de ellas.

––¿Carlisle? ––jadeo, sorprendida.

Los ojos de mi querido doctor, de inmediato, hacen contacto con los míos. Parece expectante, esperando algo de mí que desconozco por completo. Y, cuando se da cuenta de mi confusión, suspira y se pasa una mano por su cabello, bajando la mirada hacia algo que se encuentra a su lado.

Solo entonces, me percato de la figura femenina que se encuentra a su lado, sentada en una silla. Es una hermosa mujer que aparenta la misma de edad de Carlisle, más o menos. Posee un hermoso cabello color caramelo, con unos brillantes ojos de un increíble color verde intenso. En el regazo de aquella mujer, se encuentra el cuerpecito adormilado de Melanie, quién está acurrucada entre sus brazos, completamente cómoda y con una sonrisa satisfecha en sus labios.

Alzo la mirada para poder observar a la desconocida mujer que tiene a Melanie entre sus brazos y de inmediato me topo con su mirada fija en mí.

Los ojos de la desconocida mujer se me hacen familiares, aunque no puedo recordar donde los había visto anteriormente. Aun así, me siento extraña ante la mirada penetrante de aquella mujer, que me mira fijamente con una expresión dulce en su rostro en forma de corazón. Me reconoce, sabe quién soy… pero yo no recuerdo quién es ella.

––¿Qué haces aquí? ––Me volteo hacia Carlisle, frunciendo el ceño.

––Vengo a darte algunas respuestas ––dice mi doctor, colocando una mano sobre el hombro de la desconocida mujer que está a su lado––. Todos estamos aquí por eso.

Miro a mí alrededor en respuesta. Todos están pendientes de mí, observándome fijamente y eso me pone inevitablemente incómoda e intimidada. Seis pares de ojos están fijos en mí…

––No… no comprendo ––balbuceo, sacudiendo mi cabeza.

––Una vez que vuelva Edward, podemos explicarte todo ––dice Alice con un suspiro, sentándose al lado de su prometido––. Solo hay que esperarlo.

Asiento con la cabeza y hago una mueca con mis labios. Mi corazón comienza a encogerse dentro de mi pecho al recordar la extraña actitud de Edward hace unas horas conmigo. De inmediato, intuyo que todo esto tiene que ver con su actitud y, por alguna extraña razón, comienzo a sentirme nerviosa.

¿Qué será tan importante que provocó aquella reacción en él? Mi estómago, al pensar aquello, se agita en evidencia de mi miedo y nerviosismo. Intento, aún así, convencerme a mí misma que no hay nada de qué preocuparse, que en cuanto Edward vuelva y me explique lo que sucede, todo volverá a la normalidad, a aquella normalidad que inundaba mis días luego de haberlos conocido a todos ellos. Sin embargo, una parte de mí sabe perfectamente que, después de esto, ya nada será igual. Es como un extraño presentimiento que me dice casi a gritos que todo cambiará, que desde hoy todo será distinto… Y la verdad, no sé si eso es para bien o para mal.

––¿Dónde está Edward? ––pregunto, en un hilo de voz.

––No lo sabemos.

Frunzo el ceño al escuchar la respuesta de Rosalie y me volteo hacia ella.

––Bajó ––comienza explicar ella, al observar mi mirada confusa––, nos dejó a Melanie a nuestro cargo, pidiéndonos que la cuidáramos por unos minutos, y luego solo… se fue. Nadie sabe dónde está y no contesta su móvil.

Un extraño y desagradable sentimiento cosquillea en mi pecho al escuchar aquello. Mi corazón comienza a latir desbocado contra mi pecho, en reacción a esto. Entonces, mi cuerpo actúa por sí solo, por mero acto reflejo, y busco con la mirada a Melanie, para luego soltar un suspiro de alivio, inexplicable, al verla en los brazos de aquella desconocida mujer con dulce rostro.

Me acerco a ella lentamente y, al llegar a su lado, me agazapo en frente suyo para poder observar con claridad el suave y hermoso rostro de Melanie, que descansa tranquilamente en los brazos de la mujer. Parece tan ajena a todo, estando en su propio mundo de los sueños…

––Estaba dormida cuando Edward la trajo con nosotros ––me informa Carlisle, inclinado hacia mí.

Alzo una mano lentamente y con ella aparto un mechón del cabello de Melanie que tapaba su rostro. Por alguna razón, necesito ver su rostro para poder sentirme tranquila.

Extrañamente, siento, de pronto, que la actitud de Carlisle conmigo es diferente. Esta vez, me trata de una forma distinta, inesperada. Sigue siendo amable y cariñoso, pero la diferencia radica en su forma de hablarme. Hay una familiaridad y confianza extraña, una que nunca antes había sentido. Es como si yo fuera, de pronto, otra persona; una persona conocida desde hace muchos años para él, como un familiar que se alejó de la familia por un tiempo y luego vuelve a casa al fin. Es extraño y no sólo con Carlisle, sino también con los demás. Incluso con aquella mujer desconocida que está sentada en frente de mí. Hay un tipo de lazo con ella, demasiado fuerte para ignorarlo y demasiado palpable para poder sentirlo.

––Iba a recostarla en su habitación antes de que bajaras ––murmura suavemente la hermosa mujer de cabellos color caramelo, clavando sus ojos en mí. Yo la observo en silencio––. ¿Quieres hacerlo tú? No creo que duerma muy cómoda en mis brazos.

Asiento con la cabeza lentamente.

Ella alza los brazos hacia mí, con una pequeña sonrisa en sus labios. Yo de inmediato acepto su gesto, alzando mis brazos a la vez para poder recibir el cuerpo de Mel en ellos. Y, cuando al fin lo obtengo, no puedo evitar soltar un suspiro de satisfacción. El tener a la niña en mis brazos, una vez más, me proporciona una calma y tranquilidad infinita e instantánea. De pronto, me siento más segura y todo aquel extraño sentimiento que estaba en mi pecho desaparece de inmediato. Es como una medicina a todos mis males.

––Gracias ––susurro, acomodando a la niña en mis brazos.

––¿Por qué? ––pregunta Carlisle, sorprendido.

––Por cuidarla.

Todos en la sala sonríen al escucharme y sus expresiones se suavizan de inmediato. Les sonrío de vuelta a todos para luego voltearme hacia Carlisle y su compañera, que me miran con fijeza. La familiaridad de aquellos ojos verdes es tal, que me siento cómoda y segura, de la misma manera que cuando estoy en compañía de Carlisle y los demás.

––Soy Esme, cariño ––musita ella, al ver mi mirada.

Le sonrío abiertamente al escuchar su nombre. ¡La esposa de Carlisle!

––Al fin ––digo, alzando una ceja en dirección a Carlisle. Este se ríe por lo bajo al ver mi gesto y yo, luego de unos momentos, añado hacia Esme––. Un placer… de nuevo. Tengo el presentimiento de que nos hemos visto muchas veces antes.

Los ojos de Esme se llenan de lágrimas al escucharme y solo atina a asentir con la cabeza, conmocionada. Carlisle en ese momento le coloca una mano en su hombro, en un intento de consolarla.

Sin decir una palabra más, doy media vuelta sobre mis talones y comienzo a subir las escaleras en dirección al cuarto de la niña que llevo en mis brazos.

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Acaricio con suavidad el sedoso cabello cobrizo de Melanie, que cae en forma de abanico en la almohada de su cama. Estoy recostada a su lado, mientras la niña duerme plácidamente sin interrupciones de ningún tipo. Intento que mis caricias sean leves y casi imperceptibles, para no despertarla.

Han pasado dos horas desde que subí con ella dormida en mis brazos para recostarla en su cama. No sé si los demás siguen abajo o se han ido a sus casas, pero no he escuchado ruido alguno de abajo desde que subimos. Tampoco sé si Edward ha regresado, pero no me creo lo suficientemente preparada para verlo en estos momentos. No aún.

He intentado en vano recordar que fue lo que sucedió la noche anterior para que, de pronto, todo estuviera tan distinto, tan… ajeno. Sin embargo, no he recordado nada. Mis recuerdos están borrosos y oscuros, impidiéndome poder comprender cualquier cosa. Es algo frustrante, a decir verdad, pero no nuevo para mí. He pasado por esta sensación miles de veces durante estos dos años después del accidente.

Y, al estar al lado de Melanie, con su cuerpecito aferrado al mío y con su dulce expresión suave frente a mí, me es imposible poder concentrarme en algo más que eso. Mis pensamientos están tranquilos y sosegados, rondando alrededor de la hermosa niña que descansa a mi lado, a pesar de saber que hay muchas cosas más por pensar, muchas cosas por meditar e intentar recordar… Pero mi mente se niega a pensar en eso, solo se regocija en la paz que me proporciona el estar con la niña en mis brazos y alza barreras impenetrables en mi cabeza para evitar pensamientos oscuros. Y yo solo me dejo llevar, porque no deseo otra cosa, porque estos momentos con Melanie son irremplazables para mí.

Entonces, escucho el sonido de una puerta abriéndose en el piso inferior.

Mi corazón da un salto bajo mi pecho, pues sé quién ha llegado. La mano que acaricia el cabello de Mel se queda en el aire, parando su movimiento inmediatamente, y comienzo a sentir ese cosquilleo en la boca de mi estómago que siento cada vez que Edward está cerca. Casi puedo sentirlo, casi puedo sentir la presencia de su cuerpo en la casa, con esa electricidad inigualable…

Cierro los ojos con fuerza y dejo caer mi cabeza en la almohada, con suavidad para no despertar a la niña. Sé que tengo que bajar ahora, sé que debo ir en busca de Edward y pedirle que me explique todo, que me diga qué es lo que sucede, pero por alguna extraña razón estoy nerviosa, y aquello me impide moverme de mi lugar.

Sí todo cambia desde hoy, ¿será para bien o para mal?

Esa es la maldita pregunta que ha rondado por mi mente desde hace horas. Esa es la pregunta que provoca que mi estómago se agite dolorosamente bajo mi piel y que en la garganta se me forme un nudo de pronto. ¿Podré soportar el cambio? Si es para mal, ¿podré soportar no ver a Edward de nuevo, ni tampoco a Melanie?

La sola idea produce que el pecho se me contraiga de dolor. Es insoportable, dolorosa, y tengo que abrir los ojos, mirar a Mel y asegurarme de que está a mi lado para que esa agría sensación desaparezca del todo de mi cuerpo. ¡Es impensable siquiera!

Inspiro profundo por la nariz un par de veces, aún con los ojos puestos en Mel, para intentar darme el valor suficiente que requiero. Entonces, me enderezo suavemente en la cama y me coloco de pie. Le hecho una última mirada al cuerpo de la niña que descansa en la cama para luego caminar hacia la puerta y salir por ella hacia el pasillo.

Igual que la vez anterior, sigo con sigilo los sonidos que proceden del piso de abajo, para poder saber con exactitud dónde está Edward. Y, los sonidos me dirigen hacia la cocina del primer piso, donde había estado en anteriores ocasiones, así que me voy hacia ella con paso confiado y seguro… pero paro inmediatamente al entrar a la cocina.

Edward se encuentra sentado frente a la encimera de la cocina, apoyado por los codos e inclinado hacia adelante. Su cabello está más rebelde de lo normal, lo que me da a entender que se ha estado pasando las manos por él muchas veces. Sus ropas, como nunca, se encuentran un poco desaliñadas y desordenadas, pero eso le proporciona un aire rebelde y hermoso. En la encimera, frente a él, hay una botella de vodka y en sus manos se encuentran un vaso medio vacío, con dos cubos de hielo, que sus manos balancean circularmente, con aire distraído.

Cuando sus ojos se percatan de mi presencia, se quedan fijos en mí, sin pestañear. Hay un brillo oscuro y lleno de dolor en ellos que hace que mi corazón se encoja, adolorido. Es como la primera vez que observé sus ojos, es el mismo brillo lleno de dolor que atormentaba sus pupilas el día que nos conocimos, cuando estaba tocando el piano. Es el mismo dolor que lo ataca de nuevo.

Me acerco con lentos pasos hacia él, pero no parece inmutarse. Sus ojos me siguen sin pestañear mientras da un trago largo a su vaso. Intento no hacer una mueca ante eso, ya que al verlo así me produce un dolor irremediable.

––¿Y los demás? ––susurro, muy bajo.

Sin embargo, él me escucha a la perfección.

––Se han ido ––responde. Tiene la voz ronca.

––¿Por qué?

Se encoge de hombros, aún mirándome con fijeza. En respuesta, mis mejillas adoptan un sonrojo instantáneo.

––Yo se los pedí. Es tarde.

Frunzo el ceño al escuchar sus palabras pero no hago comentario alguno. Él suspira y, al ver su vaso vacío, frunce el ceño y se dispone a servirse un poco más de vodka en el vaso…

…Pero yo detengo sus movimientos, tapando con mi mano la boca de la botella, y tomando su mano, que agarra el vaso, para poder moverlo al lado contrario, lejos de la botella.

––Edward ––murmuro suavemente, mientras alejo su mano de la botella––, ¿qué sucede?

Entonces, explota.

Suelta un sonido ahogado con su garganta y apoya la cabeza en la encimera, enterrando sus manos en su cabello cobrizo. Su cuerpo comienza a estremecerse violentamente y puedo escuchar el sonido de su pesada respiración, que se agita al intentar respirar con normalidad.

Asustada y con el corazón encogido, rodeo la encimera para llegar a su lado. Y al instante en que hago eso, siento sus manos rodear mi cintura y jalarme hacia su cuerpo. Jadeo, sorprendida ante el movimiento, pero no tengo tiempo para reaccionar ya que siento como me aprieta contra su cuerpo y esconde su rostro en mi vientre.

––Ya no puedo más. No puedo… ––balbucea contra mi piel, con la respiración agitada.

Pestañeo un par de veces y alzo mis manos para colocarlas en su cabello, enterrando mis dedos allí. Puedo sentir como su cuerpo se sacude levemente, arrastrando mi cuerpo en sus sacudidas, y el pecho se me contrae dolorosamente. Los ojos me pican, pero intento alejar las lágrimas para poder concentrarme en él y en lo que le sucede.

––Edward, ¿qué…?

Su agarre fiero en mi cintura me impide continuar con mi pregunta. Como puedo, alcanzo el asiento que hay detrás de mí para acercarlo hacia nosotros con una sola mano. Luego, inclino mi cuerpo hacia adelante. Edward capta mi intención y suelta a regañadientes mi cintura para permitir que me siente en el asiento, a su lado.

Al sentarme, él inclina su cabeza hacia abajo, pero yo me niego a perder el contacto de su mirada, así que me inclino hacia él, buscando sus ojos. Le tomo con fuerza y determinación el rostro entre mis manos y lo alzo a la altura suficiente para poder quedar los dos frente a frente. Un sonido extraño escapa de mis labios al observar sus ojos verdes que están bordeados de rojo, reteniendo las lágrimas que amenazan con salir de sus ojos.

Oh, Edward…

––Dime qué sucede ––pido, con voz ahogada.

Me mira, con aquellos ojos enrojecidos por las lágrimas no derramadas, y el corazón se me encoge dentro del pecho. Su pecho baja y sube, al compás de su acelerada respiración, y por un momento parece vacilar, entre contarme o no qué es lo que sucede…

Pero entonces, se coloca de pie, no sin antes separar mis manos de su rostro. Me da la espalda y se apoya en la pared de la cocina, usando sus manos como ancla. Sus hombros se mueven lentamente, de arriba abajo, mientras él toma respiraciones profundas por la nariz. Lo puedo escuchar desde aquí y eso me pone nerviosa. Mi respiración parece acoplarse al ritmo de la suya mientras espero a que me conteste.

Por inercia, debido a mi nerviosismo y temor, me froto las manos en mis pantalones. No me sorprendo al observar que tanto mis manos como piernas tiemblan.

––Creí que iba a poder soportar más ––murmura Edward y yo alzo la mirada hacia él, prestando atención a cada una de sus palabras. Se voltea y me mira fijamente, inspirando por la nariz––, pero me equivoqué. Ya no puedo seguir así, Bella. Esto… Esto… ––tartamudea y vacila, desviando la mirada hacia un lado y se pasa una mano por su cabello alborotado––. Esto me mata. Me lastima y me mata lentamente. Es insoportable.

¿Qué es lo que le hace tanto daño? No puedo evitar preguntarme, inspirando lentamente por la nariz ante la sensación de aprieto que me embarga el pecho. Su dolor es mi dolor. Esa es la realidad.

––Y no solo es a mí ––prosigue, en un bajo susurro. Sus ojos vuelven a mirarme––. También a Melanie. Esto no le hace ningún bien a la niña, solo la lastima y la marca de por vida, de un modo que no debería hacerlo a su corta edad. ¡Es como una bomba! Te lastima a ti, lastima a Mel y me lastima a mí… ¡como un efecto dominó! Y no puedo seguir así. ¡No puedo!

Por un momento, parece que se va a desvanecer frente a mí. Pero sus manos se alzan hacia al frente y se apoyan en la encimera, de tal forma que impiden el que su cuerpo caiga al suelo. Su respiración es pesada, errática, y sus hombros tiemblan levemente, al compás de sus jadeos dificultosos. Entonces, inclina la cabeza sobre la encimera y esconde su rostro con una de sus manos, apoyando sus brazos por sobre sus codos.

Me paro de mi asiento, dispuesta a acercarme a él para rodearlos con mis brazos y poder ofrecerle algún consuelo. Se me hace terriblemente difícil el tenerlo así frente a mí, tan abatido y vulnerable. Estoy desesperada por encontrar algún consuelo que lo ayude con su dolor, que lo saque de aquel sufrimiento y que le devuelva su felicidad natural. Quiero poder ayudarlo, quiero poder comprender lo que está sucediendo para poder ayudarle a sonreír de nuevo.

Entonces, veo su mano libre, que descansa en la encimera y juguetea con un brillante objeto que llama de inmediato mi atención. Aquella cosa da vueltas y vueltas en su mano y por un momento para. Ahí es cuando puedo observarlo a la perfección.

Es una argolla. Una argolla de oro.

Jadeo y doy un salto hacia atrás cuando miles de imágenes pasan rápidamente por mi mente. Es como si al observar aquel anillo, un interruptor se ha encendido en mi cabeza, trayendo consigo miles de imágenes y flashes que poco a poco comienzan a tener sentido dentro de mi cabeza.

Me veo a mi misma, sentada frente en mi escritorio frente a un espejo en mi habitación en casa de mis padres, hace unas cuantas semanas atrás. Veo como en mis manos se encuentra un cofre, una pequeña cajita donde suelo guardar mis joyas más preciadas. Entonces, mis manos abren el cofre y comienzan a buscar algo dentro de él, en el fondo, y a los segundos después lo encuentran.

Es una argolla de oro, idéntica a la de Edward.

En un acto reflejo a las imágenes que se intercalan en mi mente, alzo mi mano derecha y la coloco en mi pecho, a unos cuantos centímetros del cuello. Mis dedos se topan entonces con una pequeña y delgada cadena, donde cuelga aquella argolla de oro que aparecía en mis recuerdos. Bajo la mirada para cerciorarme de que es la argolla, de que no es un sueño, y en efectiva, ahí está. La argolla cuelga de mi cuello.

No recuerdo haberla tenido. No recuerdo el momento en que me la coloqué como un collar alrededor del cuello. Pero ahí está. Y, al observarla y tocarla, me recorre una extraña sensación de familiaridad. Es como si la argolla siempre estuvo ahí, en mi cuello, solo que nunca me di cuenta de ello ni lo recordé.

Al alzar la vista, me topo con los ansiosos ojos de Edward, que me miran desde su lugar. Sabe que he recordado algo, sabe que estoy consciente del significado de la argolla… Sin embargo, no dice ni hace nada.

Comienzo a caminar torpemente hacia atrás, demasiado sorprendida para poder decir algo y demasiado conmocionada para poder asimilar todo. La cabeza me da vueltas mientras intento comprender el significado de todo esto, lo que está sucediendo, y en consecuencia mis pasos comienzan a trastabillar con frecuencia mientras retrocedo.

Entonces, unos familiares brazos me rodean desde atrás y yo jadeo.

––Shh, Bella. Tranquila ––me murmura Carlisle en el oído, mientras sujeta mi cuerpo que está siendo víctima de brutales espasmos que me dejan sin aliento––. Estoy aquí para ayudarte. Respira profundo.

Intento hacer lo que me pide, intento respirar profundamente.

Me doy cuenta, con el correr de los segundos, de que estoy teniendo un ataque de pánico y aquello hace que me desespere aún más. Mi respiración se acelera considerablemente más y mi cuerpo comienza a estremecerse con más ímpetu que antes. En respuesta, los brazos de Carlisle se aprietan a mí alrededor, intentando contener mi ataque y mis bruscos movimientos.

Rodeo la cocina con la mirada, intentando encontrar algo a lo que aferrarme para poder tranquilizarme, y es cuando los veo. Todos están aquí. Incluso mis padres.

Mi madre llora desconsoladamente en los brazos de mi padre, mientras me mira, con las mejillas empapadas por las lágrimas. Mi padre también llora, solo que en silencio, con los ojos enrojecidos y con el cuerpo encorvado. Mis amigos, a su lado, me miran en completo silencio pero con el dolor presente en sus expresiones. Incluso Jacob está aquí. Y Esme, que solloza silenciosamente y es consolada por mi moreno amigo.

Carlisle comienza a forcejear conmigo y solo entonces me percato de que mi cuerpo está descontrolado, desesperado por salir de allí, por abandonar todo y sumirse en la tranquilidad una vez más. No soy consciente de mis actos, ni tampoco de mis pensamientos, solo quiero con desesperación poder comprender que sucede y poder obtener un poco de paz. Nada más que eso.

Sonidos ahogados y distorsionados salen de mi boca y mi pecho. Mis manos se aferran con fuerza en los brazos de Carlisle. Tanto, que por un momento temo lastimarlo.

––¿Papá? ––la angustiada voz de Melanie se alza a través de mis desesperados sonidos.

Edward se envara en su lugar de forma inmediata, pero sus ojos no pierden el contacto con los míos. Nunca lo han perdido, ni siquiera cuando comenzó mi ataque de histeria.

Una temerosa y asustada Melanie se acerca vacilante hacia Edward, con los ojos fijos en mí. No parece tener temor a mí, sino a algo que desconozco por completo. Se coloca al lado de él y se aferra a sus piernas, con unas lágrimas cayéndoles libremente por la mejilla.

Mi corazón se encoge al ver eso.

––Tranquila, corazón ––le dice Edward, agachándose para tomarla entre sus brazos. La niña le rodea el cuello con sus brazos y esconde su rostro en su cuello, sin dejar de mirarme. Los dos parecen aferrarse desesperadamente el uno al otro––. Ella está bien. Solo tiene que calmarse.

Con la presencia de Melanie en la cocina, y al comprender que su miedo es por mí, mi cuerpo comienza a tranquilizarse lentamente. Mi respiración se hace más profunda y calmada, mi cuerpo cesa lentamente sus sacudidas brutales hasta convertirlas en leves estremecimientos. De pronto, me siento más ligera, y mi cuerpo se encorva ante la sensación de vacío. Por lo mismo, Carlisle tiene que sujetarme y casi alzarme entre sus brazos para evitar que caiga al suelo.

––Eso es… Tranquila ––murmura Carlisle en mi cabello, al sentir como mi cuerpo se relaja––. Respira profundo conmigo. Sígueme.

El pecho de Carlisle se eleva y se hunde cuando comienza a respirar profundo y yo lo sigo, intentando calmar mi cuerpo con ello. Cuando funciona un poco, mi doctor suelta un suspiro de alivio y deja un casto beso en mis cabellos. Eso me demuestra lo preocupado que está por mí.

––¿Cómo está? ––pregunta Edward a Carlisle, alzando por primera vez la vista hacia él y aferrado a Melanie.

Carlisle me aprieta contra su pecho con delicadeza y ternura, soltando un suspiro por lo bajo. Me doy cuenta de que sus manos, colocadas en mis muñecas y cruzadas frente a mi pecho, no están allí por casualidad. Está tomando mi pulso, el cual se encuentra sorprendentemente sereno y tranquilo.

Su lado médico siempre estuvo ahí para mí.

––Está bien. Solo fue un ataque debido a la sorpresa que le causó todo. Es natural en su situación ––contesta mi doctor. Entonces, se tensa por unos breves minutos y alza la mirada hacia Edward rápidamente––. ¿Y tú, cómo estás? ––añade, con la preocupación teñida en su voz.

En los labios de Edward se asoma un atisbo de sonrisa, aunque no dura demasiado.

––Estoy bien. No me dejó beber demasiado ––dice, apuntando con su barbilla hacia mí––, así que aún tengo todos mis sentidos en alerta y en perfectas condiciones.

––Fue lo mejor. El alcohol nunca ayuda.

––Lo sé ––suspira Edward, enterrando su rostro en los rizos cobrizos de Melanie––. No comprendo qué me lo que me sucedió. Nunca antes había actuado así. Lo siento ––añade con sentimiento, mirando a todos en la cocina.

––Necesitabas desahogarte de alguna manera. Es comprensible ––le responde Esme, con una pequeña y triste sonrisa. Carlisle asiente a mi lado.

Yo cierro los ojos. Me siento fuera de la conversación, como si no estuviera en la cocina, y al mismo tiempo me siento el centro de la conversación. Es confuso y hace que mi mente se turbe durante unos segundos. Todo da vueltas…

––¿Estas lista para saber toda la verdad? ––pregunta en un susurro la voz de Edward, hacia mí.

Aprieto los labios con determinación y el mareo se desvanece instantáneamente en mi cabeza. En estos momentos, todo es psicológico para mí.

––Lo estoy ––respondo, abriendo los ojos.

Carlisle suelta lentamente uno de sus brazos a mí alrededor mientras el otro rodea mi cintura, acercándome a su costado. Edward se acerca lentamente a nosotros, con sus brazos rodeando a Melanie protectoramente y de una manera casi desesperada.

El miedo y la incertidumbre brillan en los ojos de la niña y en los de él.

––Entonces, aquí vamos… ––suspira Carlisle.

Frunzo el ceño, confusa, cuando comienza a guiarme hacia la sala de estar, con los demás pisándonos los talones. No comprendo qué es lo que hace o que quiere hacer, pero me contengo de hacer preguntas. Solo quiero saber la verdad y de la manera que sea.

Entonces, Carlisle me lleva hacia un mueble que se encuentra en la sala y en donde hay cientos de fotografías, enmarcadas y en retratos. Ahogo un gritito de la sorpresa cuando veo las fotografías.

En todas y cada una de ellas, salgo yo en compañía de Edward, en diferentes etapas de mi vida olvidada... Y en casi las últimas, colocadas en la orilla del mueble para destacar aún más, aparecemos los dos con un bebé en brazos. Un bebé de ojos azules bordeados de verde.

Melanie…


¿Qué les ha parecido? ¿Review?

El cambio de nombre es definitivo. Estoy en Wattpad para quien quiera buscarme, con el mismo nombre.

-J. D. Jones.