Ella poseía una piel de hielo y unos ojos de cristal, casi transparentes, pero en su helado pecho yacía un corazón ardiente de pasión.

Una mañana de invierno fue a su encuentro con el dulce e inocente amante y corrió a su lado, le rodeó el torso con sus brazos y recostó su escarchada mejilla en su hombro. ¡Oh, desdichada mujer maldita! ¡Un simple ser humano no puede soportar tanto frío! apenas tuvo contacto con su cálida piel, su gélidoo abrazo congeló su corazón, y el antes tierno amante, le aparto bruscamente sosteniéndole una mirada de profundo rencor.

-La frialdad y la ternura no pueden coincidir... eso no existe- vociferó.

-¡Claro que existe! ¡yo existo!- respondió ella con lágrimas inundandole sus ojos.

-No es así... ¡nunca más!... no para mí- sentenció él con frialdad y desprecio. Entonces se dio vuelta, montó su caballo negro y se marchó...