-Déjame morir en tus brazos...- le dijo ella en su agonía, sujetándose de los brazos de él y con una voz débil -cuando haya partido podrás hacer lo que quieras con mi cadáver; azotalo, hundelo, destazalo, incineralo... dispón de él como quieras! tan sólo déjame despedirme de éste mundo con esa vieja idea errónea que yo solía tener sobre tí.

Vio sus ojos humedecerse y entonces la estrechó contra su pecho tan sólo unos segundos, pero al soltarla y distanciarse un poco, sólo para mirarla, disculparse por los errores del pasado, recitarle palabras de un profundo cariño, y por último: despedirse... ella se desplomó. Logró sujetarla antes de que cayera al suelo, y al contemplar su rostro, vio sus ojos vidriosos y vacíos, aún conteniendo sus lágrimas; sus labios comenzaban a tornarse azulosos y el vaivén de su pecho al respirar se había detenido. Ya había partido de esta vida, y aquellas palabras que ya no se dijeron, quedaron congeladas en el tiempo...