Estiré mi brazo y estreché su mano en despedida; yo iba a ser una mujer fuerte, no lo necesitaba ni iba a hacerlo, y si lo hacía, , tampoco iba a decírselo.
Le dí la espalda y comencé la marcha: caminando orgullosa, paso firme, pecho erguido y frente en alto; pero al doblar la esquina rompí a llorar amargamente, sabía que ese era el fin, el último adiós. Quise asomarme discretamente, sólo para ver si seguía ahí, pero algo dentro de mi me decía que era tarde, que su presencia se había esfumado ya de aquel lugar.
Entonces sequé mis lágrimas, y seguí caminando decidida y sin rumbo...