Arthur preparó tranquilamente su maleta mientras tarareaba una alegre canción. Realmente era un chico muy animado e inocente. Bueno, ser el menor de cinco hermanos era lo que tenia, y encima tenía que aguantar a su recién nacido hermano menor.

-Arthur, no vayas, por favor… -le rogó desde la puerta su hermano Dylan.

-Ya soy demasiado mayor como para creer en cuentos de hadas, ¿no crees? –le respondió tranquilamente mientras cerraba la maleta.

-¡Pero eso no es un cuento de hadas! Te juro que dicen que el conde está endemoniado… -dijo más alarmado al ver que su hermano no tenía ningún problema en partir.

Arthur no hizo caso y se fue. Se despidió de toda su familia para ponerse en camino a través de ese espeso bosque.

Hacia aproximadamente dos semanas que en el pueblo se había anunciado que el conde necesitaba una criada en su mansión, pero ninguna de las jóvenes del pueblo querían ir ahí. Sabían que sería la última cosa que harían en su vida.

Arthur era el primero en quien la gente del pueblo había pensado ya que no era una muchacha frágil pero si sabía hacer cualquier tarea del hogar, pues al ser el menor de sus hermanos hasta hace poco era el que tenía que hacerse cargo de la casa junto con su madre. Sabía fregar, barrer, coser… en fin, todo lo que sabría cualquier ama de casa que se respetara. Además de que para ordenar lo más cómodo para él, era haciéndolo mientras bailaba y cantaba, con lo que pronto se ganó la fama de blando y afeminado en su pueblo. Por suerte siempre tenía a sus hermanos mayores para defenderle de cualquier habladuría.

Todas las jóvenes le rogaron a Arthur que fuera él a la mansión, y es que no había creído nunca en esa leyenda que el resto de la gente sí, y por eso se encontraba en ese momento camino, ya casi atardeciendo, de esa mansión. Ya era de noche y Arthur continuaba por ese sendero en ese bosque lleno de pinos altos que cada vez le daban más miedo hasta que notó que se encendía una pequeña luz en el borde del camino. Un par de metros más lejos y al otro extremo otra, y así sucesivamente hasta que Arthur pudo ver un gran sendero de pequeñas velas que subían una ladera en un escarpado barranco. Cada vez que pasaba por delante de una, esta se apagaba, ¿quizá para no mostrar el camino de vuelta? Eso le puso a Arthur los pelos de punta. Tras un par de horas llegó a un hermoso valle… bueno, solo puso ver lo hermoso ya que estaba iluminado por miles de velas y farolillos, en el centro había una gran mansión de paredes rojas, marrones y negras, llena de torreones y rosetones. Había numerosas estatuas de demonios y ángeles caídos en el jardín, todo iluminado por velas negras que parecían flotar en el aire.

Conforme se acercaba más a esa mansión oyó unos truenos. Empezó a llover y Arthur corrió entonces hacia la puerta. Lo que más le sorprendió es que las velas solo se apagaban a su paso, no con la lluvia. Le puso los pelos de punta otra vez.

Llamo a la puerta varias veces hasta que esta se abrió… sola. Arthur se echó un poco hacia atrás al ver que nadie había abierto, pero aun así ahí fuera hacía mucho frio y si se empapaba no era plan coger los primeros días de su nuevo trabajo una baja por enfermedad.

-Que tonto soy, habrá sido el viento… -lo dijo simplemente para creérselo. Sabía que era algo peor pero el miedo recorría sus espaldas.

-Mira… ya ha llegado es... es... ¡Es un tío! –dijo el joven albino mirando desde lo alto de la lámpara que había en el recibidor.

-¿Estás seguro de que has mirado bien? –respondió su compañero de piel morena y ojos verdes.

-Maldita sea, no hay que tener una vista de lince para ver que no tiene tetas… -respondió irónico.

-No pasa nada. Yo voy a comprobarlo –dijo el tercer de los hombres que estaba sobre la lámpara observando a Arthur.

-¡No! –dijeron sus amigos, pero ya era tarde. El joven rubio bajo y se poso delante de Arthur a lo que este se sobresaltó enormemente.

-¡Ah! ¿Quién eres tú? –dijo el joven al ver que esa figura había aparecido de la nada. Pero no le dio tiempo a responder ya que se había sonrojado al ver que estaba tocándole el pecho. Cuando fue a pegarle una patada en la entrepierna vio que… ¡Le había atravesado! Arthur no tuvo tiempo de reaccionar, ya que se había desmayado del susto.

A las pocas horas despertó en una habitación algo fría. Dos chicos le estaban mirando. A su derecha el joven de ojos verdes y a su izquierda el de ojos azules que le había tocado antes. Se levantó corriendo pero algo desganado e intentó pegarle otra bofetada pero le atravesó como antes cayéndose al suelo.

-¡Ah! –Arthur se incorporo algo atontado aun en el suelo.

-Te recomendaría que no intentaras tocarnos, ya que solo conseguirás caerte más- dijo el chico albino que se encontraba encendiendo un fuego en la chimenea de la habitación. –Por cierto, yo me llamo Gilbert.

-Yo soy Francis –dijo el rubio con una pose que le provocó a Arthur ganas de vomitar.

-Y yo Antonio –concluyó el de ojos verdes.

-Yo… yo me llamo Arthur… Arthur Kirkland… -respondió tartamudeando.

-Y… has venido en respuesta al anuncio de hace unas semanas para trabajar aquí, ¿verdad? –preguntó Antonio.

-Si… pero claramente esto no es…

-Como te lo imaginabas –completó la frase Gilbert- ¿Verdad?

-Si… -dijo Arthur aceptando la realidad del momento.

-Ahora lo importante es que conozcas al Conde –sonrió Antonio.

Los tres extraños hombres condujeron a Arthur por esa mansión oscura, tan laberíntica hasta una sala, parecía ser la única caliente en todo el lugar. Frente a la chimenea había una figura en un sillón. Al principio no parecía algo fuera de lo común, de no ser porque es figura tenía dos cuernos negros como el carbón saliendo de su oscuro pelo y una cola moviéndose de manera juguetona para eliminar el aburrimiento.

-¿Quién es ese? –dijo fríamente la persona del sillón de la que aun Arthur no había visto la cara.

-Se llama Arthur –dijo Antonio – es el que ha respondido al anuncio…

-Iros –dijo secamente y de manera escueta la figura.

-Señor… -intentó hablar Gilbert para explicar el hecho de que no había venido una joven.

-¡Que os retiréis he dicho! –gritó esa figura casi con una voz demoniaca. El fuego de la chimenea creció y se esparció casi por toda la sala durante un segundo volviendo luego a su lugar de origen sin aparentemente haber quemado nada.

Los tres chicos se retiraron corriendo casi como si su vida dependiera de ello. ¿Tanto miedo el tenían? Eso hizo que Arthur tragara saliva, abrió la boca y fue a hablar pero la figura le interrumpió.

-Pareces interesante, Arthur Kirkland… supongo que me tomaré tu tiempo para conocerte.

La figura sonrió fríamente y se dio la vuelta.

Los ojos de Arthur nunca pudieron expresar tantas sensaciones como entonces: miedo, fascinación, misterio, alegría, pena… pero sobre todo una cosa que hizo palpitar en ese momento su corazón: amor.


Comienzo nuevo fic, esta vez de mi pareja preferida empatada con el Spamano… el UsUk!

Asi al principio parece extremadamente liosa pero con el avance de los capítulos ya veréis como todo se hace mucho maaaas claro, pero no odre subirlos taaan rápido como hice con el anterior, ya que estamos en agosto y me toca estudiar xD Me inspire en la canción "Stories" de la Bella y la Bestia 2… pero aviso que no tiene nada que ver con la Bella y la Bestia! Va a ser mi historia!