Heloooooou! :D Vuelvo con una historia... "nueva" (lleva ya tiempo escrita jajaja). No sabia muy bien si subirla o no, pero he decidido tirarme a la piscina :P. Es el prologo, flojito y tal, pero ya ire subiendo los capitulos :). Y nada mas, solo decir que espero que os guste! ^^

Disclaimer: ojala Castle y Beckett fueran mios, pero no. Son del señor Marlowe. Y creedme, mucho mejor, porque si estuvieran en mis manos lo emitirian en HBO y en la sesion golfa :P xddd.


Prólogo

El vaso de café que sostiene entre sus manos le ayuda a que el duro invierno neoyorkino se haga un poco más llevadero —jura que la sensación térmica esta tan por debajo de lo soportable que si no tuviera ese regalo de dios ya se habrían empezado a caer la piel— mientras se deja llevar por un agradable recuerdo.

Hacía mucho que no le invitaba a un café. Demasiado. Casi tanto como el tiempo que llevaba sin verle.

Casi se le caen las lágrimas cuando le tiene enfrente de ella, cediéndole el cálido recipiente con esa sonrisa de medio lado, dolida pero bien gesticulada, al menos lo necesario para no hacer la situación más difícil. No llega a dejar que salgan porque no quiere hundirse delante de él y añadirle ese toque dramático y derrotista que quedaría fatal en este momento –y muy probablemente acabarían congelándose sobre sus mejillas, quemándolas y haciendo que todo sea aún más insufrible-. Simplemente sonríe ella también, bajando levemente la mirada y después se sientan uno al lado del otro.

Lleva dos pares de calcetines y aun así el frío de la nieve consigue traspasar sus botas y estos. Y es como si estuviera destinada a mandar todo a la mierda en aquel día porque todas las posibilidades se barajan en su contra.

—Kate —ella le mira, con timidez, como si hubiera hecho algo malo—, estás temblando.

Ha dicho eso para acabar con aquel silencio sumamente incómodo. Se lo huele. Es obvio que está temblando, y él también lo está. La temperatura probablemente roza los -10º C. Es un acto puramente reflejo. Aún así, agradece que haya tenido ese estúpido, pero adorable detalle de romper el hielo, aunque haya hecho que la tensión se eleve un poco más.

—Sí, bueno, es que… hace frío.

Él suelta una carcajada, nerviosa— Sí, hace… mucho frío.

La conversación de besugos nace entre ellos y se levanta. Ahí, ralentizando el ambiente. Lo que más falta les hace en esos momentos.

—Siempre me ha gustado este lugar, ¿sabes? —murmura Beckett, irracionalmente.

Si hoy va a ser el día en el que todo está predestinado a irse a la mierda, le va a dar igual sufrir un poco más o un poco menos. La detective dará las gracias en el caso de que vuelva a su casa llorando, porque llegará un poco más desahogada después de dar rienda suelta al bagaje emocional que se ha ido guardando durante todo ese tiempo. Si ella se hunde, también lo hará su excesiva y prácticamente inútil vulnerabilidad. Y le dará igual seguir hablando.

Lo usará como una última voluntad o algo así.

El otro la mira con tristeza, minando un poco la curva de sus labios, y ella nota cómo su corazón se va haciendo papilla progresivamente. Abre y cierra la boca varias veces, como si intentara decir algo y Kate espera que el mundo se acabe ahí mismo.

—Ya. A mí también —replica, con la boca pequeña, y a ella le cuesta creérselo. Abre sus ojos como platos como si eso fuera a ayudarla a procesar mejor lo que el escritor dice, mientras se relaja un poco, encorvando su espalda ligeramente.

No pensaba que esa fuera la respuesta que le iba a dar. Ella se esperaba el sermón del año, se esperaba a Castle mandándola al carajo, o decirle con la mayor suavidad que es capaz de usar en esas condiciones que le está inflando las narices y no es lo que más le apetece. Algo a la altura de lo que cree que se merece, pero él siempre ha sido una persona demasiado buena y paciente. Como si no fuera capaz de hacer daño a los demás y se alegra de que no haya abandonado ese hábito.

Ella se muerde el labio, apartando la mirada para centrarse en sus pies cubiertos de nieve, balanceándose sobre su asiento.

Ese siempre ha sido su lugar. El de los dos. Directa o indirectamente, las mayores decisiones que han marcado un antes y un después en su vida se han llevado a cabo sentados sobre ese columpio. Como si fuera la Meca de toda la mierda que reflota nuevamente y sirviera para sanearse a ellos mismos. Esas pequeñas confesiones abiertas con él o consigo misma las ha tenido justo ahí, donde está sentada ahora mismo.

Por eso supone que, inconscientemente cuando iban paseando, han ido a parar justo a ese sitio. Hace parecer que el destino tiene un sentido del humor muy negro.

—¿Qué nos ha pasado, Rick? —se aventura a preguntar, sin dudar y asombrándose de lo poco que le importa hablar de ese tema cuando es evidente que todo está perdido.

Lo que sí tiene claro es que, si hay que volver a tomar una decisión de fuerza mayor, este es el lugar indicado. Y hoy quiere zanjar ese tema tan poderoso antes de dejar que acabe con ella de todas las maneras, así que va a coger al toro por los cuernos.

—La pregunta no es qué nos ha pasado. La pregunta es por qué hemos dejado que nos pasara algo.

Hay demasiadas cosas que le encantan de Richard Castle. Pero una de las que más es que sabe qué clase de preguntas hacerse, sin andarse con rodeos. Sabe cuándo y cómo ir al grano y agradece que esté en plan cooperativo.

Los dos se miran a la vez, en una sincronía perfecta, y se produce la magia. Esa conexión tan fuerte y tan típica de ellos que siempre han tenido pero no han sabido establecer hasta ahora. Como si ese magnetismo inherente nunca hubiera desaparecido. Kate lo ve en sus ojos y deja que Rick lo vea en los suyos. Después de tanto tiempo, nota cómo todo lo que no pueden decirse mediante las palabras fluye usando ese don particular. Lo enterrado se desentierra, la tentación se consagra como algo tangible y se extiende por su cuerpo como una especie de calambre, como sucumbir al síndrome de abstinencia; algo hiriente pero a la vez delicioso.

Y se pregunta si esa es una de esas epifanías que pasan en las películas o se quedará en un bonito, pero doloroso recuerdo.

Había echado de menos tener esos momentos de ingravidez y aislamiento con el escritor en los que solo existían ellos dos, en los que el tiempo se eternizaba y volaban juntos sobre todas esas cosas que les hacían sentirse inseguros, como si estuvieran por encima de sus posibilidades.

Mientras los segundos transcurren lentamente entre ellos, se miran como si sus mentes unidas revivieran todas esas situaciones que han hecho que lleguen hasta ahí. Todos y cada uno de los pasos que daban juntos, avanzando de manera adecuada pero por el camino incorrecto.

Ese camino que eligieron hace dos años.