Antes de nada, queria pedir perdon porque he dejado a este fic huerfano prácticamente y me siento una escritora de mierda por ello, pero bueno. IT'S SUMMER!11!111!111

Vale, es una excusa muy pobre PERO lo he intentado. Perdón. Y ahora sí, aquí dejo el capitulo 14. Espero que despues de todo este tiempo (que no quiero contar porque me voy a deprimir) este capi merezca la pena, aunque... bueno, me ha salido flojillo, lo siento mucho xdd. Aun con esas, espero que os guste! ^^

Dislciamer: blablabla, papa Marlowe es un genio y la ABC es una mala puta.


Capítulo 14

Actualidad

Al menos el viaje de vuelta no se nos hizo tan pesado.

¿De verdad, Castle? —protesta con suspicacia— Dime que no es lo primero que se te ha venido a la mente.

Como para no. Tienes que admitir que nos coronamos.

Pero tú… —suspira, masajeándose las sienes con pesadez—, a estas alturas no sé ni por qué me sorprendo.

Por favor, soy una caja de sorpresas, detective. Sobre todo para ti.

Relájate, Narciso.

Ambos sueltan una carcajada, mirándose con una complicidad que Beckett creía perdida. El viaje de vuelta. Para qué negarlo, fue más que conmemorativo. Se recuerda sí misma en aquel momento, agradeciendo mentalmente que el alcalde se la jugara al escritor. En la ida se mostró reacia, pero aquello era otra historia.

Hubiera sido demasiado incómodo para ellos dejar rienda suelta a su imaginación en una cama individual.

¿Te acuerdas? Estabas muerta de miedo porque pensabas que en cualquier momento el avión se vendría abajo.

Tenía motivos de sobra para preocuparme.

Agonizabas, Beckett —le corrige, mirándose las uñas.

Preocuparme —enfatiza, con fingida irritación. Él alza una ceja, observándola con escepticismo.

Castle sonríe, provocador. Ella se limita a sacudir la cabeza, mirando al cielo con exasperación. Y, sin darse cuenta, empieza a sonreír ampliamente. Como hacía antes con más costumbre, cuando la razón no eran únicamente los chistes malos de Ryan.

Parece mentira que haya pasado un año desde la última vez. Nada nuevo entre ellos; las brechas temporales suelen desaparecer tan rápido como aparecen.

No me imaginé que iba a echar tanto de menos Japón cuando subimos a ese avión —dice el escritor, balanceándose suavemente—. Me imaginé que sería ligeramente distinto, muy ligeramente. Que lo único difícil de sobrellevar sería no tener tanto tiempo libre.

Ya, yo también. Pero ya sabes lo imprevisibles que hemos sido siempre. Incluso intentaba convencerme para dejar de echarlo tanto de menos, ¿sabes? No quería que un recuerdo cobrase tanta importancia.

Y… ¿funcionó?

Agacha la cabeza, observando el vaso de café, agitándolo suavemente haciendo círculos en aire y sonriendo con triste dulzura. La cuerda sobre la que caminan se tensa otro poco más. En ese breve momento de debate interior, llega a una importante conclusión.

No. No funcionó. Ni en ese momento, ni ahora ni… —se muerde el labio, inspirando aire profundamente. Castle la escruta con intensidad— Todo siempre desemboca en Japón. Todo lo que hago, cada recuerdo bueno, malo o agridulce… todo acaba parando en Japón.

Y se hace el silencio. Beckett mantiene la cabeza agachada, observando el café, esperando y no al mismo tiempo que Castle acabara de tensar la cuerda hasta que se rompiera. En cualquier caso, va dando pequeños pasos. Se está acercando a la meta que se ha propuesto hoy.

Yo también lo echo de menos —confiesa en tono nostálgico—. Todos los días. Siempre hay algo que me recuerda a Japón —se agita suavemente, mordisqueándose el labio como si estuviera poniéndose a prueba. Finalmente añade—: Y a ti.

Y Castle se acerca también, al mismo ritmo, bajo la misma sintonía. Aspirar porquería nunca había sido tan llevadero. Mira a Castle, sintiendo que caminan de la mano hacia el mismo sitio. No sabe si al cielo o al infierno, pero van juntos.

No sabe si para bien o para mal, pero ahí está. A su lado. Como antes. Como siempre.

Míranos, Beckett —se ríe amargamente, negando con la cabeza—, atascados en el pasado. Deberíamos volver a ver El Rey León.

Ya, bueno —suelta una pequeña carcajada—. ¿Y cuándo ha sido diferente?

Buen punto —responde, encogiéndose de hombros.


Primera hora de la mañana y la situación empieza siendo insostenible.

Al salir del ascensor la gente ya la miraba raro. No eran ni las siete y ella se dirigía a su escritorio con una incontenible sonrisa que se había esforzado en borrar delante del espejo antes de salir de casa. La gente puede amar su trabajo hasta cierto punto, pero la devoción y el altruismo no siempre van de la mano y menos cuando el sol ni siquiera había salido.

La detective repara en eso y se le desvanece de repente al ver a Gates observándola desde su despacho y levantando su barbilla a modo de saludo, y se da la vuelta con el ceño fruncido y agitando su cabeza. Beckett suspira.

El inminente choque de realidades se produce cuando Ryan y Esposito se acercan a ella lentamente, provocándola con esa sonrisa socarrona y alzando sus cejas fingiendo saber más de lo conveniente y ella sacude su cabeza, con reprobación.

Esto no es Japón. Es Nueva York.

—No. No empecéis, ¿vale? —levanta su dedo índice, señalándoles— No empecéis.

—Si todavía no hemos dicho nada —se defiende el moreno, abriendo sus brazos.

—Y a no ser que sea algo sustancial sobre el caso que estáis llevando, no quiero oírlo —les avisa, demasiado autoritaria para lo que a ellos están acostumbrados. Antes de que sus miradas resulten instigadores, pregunta—: ¿Cómo va todo, por cierto?

—Buenos días —saluda enérgicamente una voz detrás de ellos, interrumpiéndoles.

Beckett cierra los ojos con fuerza, conteniendo la respiración. La poca estabilidad que había conseguido se esfuma en cuestión de segundos. Se da la vuelta lentamente, encontrándose cara a cara con un Castle que le tiende un vaso de café, sonrisa de oreja a oreja radiante como si le hubiera tocado la lotería, alzando el brazo mientras mira a Ryan y a Esposito.

Es su primer día y ya se siente caminando sobre arenas movedizas.

—¿Qué has desayunado hoy, Turbo? —inquiere el moreno, cruzándose de brazos— Y por cierto, ¿qué haces aquí?

—¿Cómo que qué hago aquí? —alza sus hombros, mirando a su alrededor— ¿Documentarme?

—¿Después de cinco meses sin dar señales de vida?

La detective suspira, dejando caer el peso de su cabeza sobre sus manos. Después de ver el comienzo, augurar el final es tan sencillo como aterrador.

—Ah, eso… —Castle se tensa, Beckett le observa por el rabillo del ojo. Éste le devuelve la mirada, nervioso— Hemos… hemos hecho… ¿las paces? —señala su cuerpo y el de ella con su dedo índice.

—¿Las paces? —pregunta Ryan, sonriendo con fingida inocencia— Sí que ha dado bastante de sí el viaje, ¿no?

—Chicos, voy a poner a Castle al corriente de todo. Vosotros seguid investigando ese homicidio del que me habéis hablado antes de que parezca una broma el que forméis parte de los mejores de Nueva York.

Beckett agarra a Castle por el antebrazo apurada y camina tan rápido hacia la sala de descanso que parece que lleva al escritor a rastras. Él mira el suelo, intentando no tropezarse hasta igualar el paso de la detective. Una vez dentro, ella cierra la puerta a sus espaldas, apoyándose sobre está y observando al escritor con exasperación.

Se había sobrepasado con ellos. Ahora tendrían una razón más para sospechar.

—Guau —exclama él, arrugando los labios—, a lo mejor también quieres bajar los estores —sugiere en tono tentador, caminando hacia ella

—¿Qué estás haciendo aquí?

—¿Tú también?

—No, medita sobre la situación, Castle. Llevas cinco meses sin aparecer, es como si hubiéramos estado cinco meses sin vernos.

—La diferencia es que hoy he dormido en tu casa —protesta, bajo el mismo tono. La detective resopla, revolviéndose el pelo.

—¿Podrías dejarlo ya?

—Venga ya, Beckett. He podido volver por cualquier motivo. No sé, falta de inspiración, vida monótona, algún tipo de redención… Lo que sea —se acerca a ella, mirándola con seguridad—. Eh, no tienen por qué enterarse.

—Son detectives.

—¿En serio? Estamos hablando de Ryan y Espo.

—No se trata sólo de eso.

—¿Entonces?

Ella aprieta su mandíbula, insegura de si debe seguir por ahí o cortar el hilo de la conversación. Castle la observa, curioso, manos metidas en las bolsillos y esperando una respuesta. Definitivamente, no va a ser nada fácil. Toma aire antes de seguir, intentando tratar la situación con la mayor delicadeza que es capaz de usar.

—Ya no es como antes. No… somos como antes —el escritor alza una ceja—. No he terminado de acostumbrarme a lo nuestro, Castle. Es algo muy nuevo para mí. Además, eres mi compañero; las relaciones sentimentales están prohibidas entre compañeros.

—Oh, vamos. Ni siquiera trabajo oficialmente.

—Cosa que a Gates no le importa. Y lo sabes —resopla, girando sobre sus talones con ambas manos juntas sobre sus labios—. Mira, Castle, yo… necesito un poco de margen hasta volver a normalizar todo, ¿vale? Y tenerte por aquí–

—Espera —, la interrumpe, alzando sus manos abiertas y sonriendo con confusión—, no estarás sugiriendo que soy un estorbo, ¿verdad?

La detective traga saliva, empalideciendo ligeramente. Sacude la cabeza suavemente e intenta mantener la compostura, aguantando la cara de Castle sin desplomarse, como si el escritor se estuviera culpando de todo. Para colmo, la espalda le ha empezado a sudar.

—No, no —niega—. No es eso. No eres un estorbo. Sólo… necesito un poco de tiempo, ¿vale? Hasta que deje de sentirme rara.

Castle suspira, frunciendo el ceño mientras agacha su cabeza. Ella sigue a la expectativa, rezando para que no fuera el principio de algo de lo que acabaría arrepintiéndose en un futuro, por lo visto, no demasiado lejano. Y cuando empieza a desesperarse, el novelista alza la mirada, sonriendo con despreocupación.

—Vale. No pasa nada, lo entiendo. Volveré al loft y… bueno.

—No te lo tomes a mal, ¿vale? Además —sonríe con timidez—, ¿tú sabes lo difícil que tiene que ser mantenerme centrada en el caso y aguantarme las ganas de besarte una y otra vez?

—Sí, claro. Tú convéncete de que sería difícil y no imposible, básicamente.

—¿Perdona?

Se ríen silenciosamente, ambos con la mirada fija en la boca del otro. Beckett se muerde el labio inferior con fuerza, intentando contenerse las ganas de hacer la estupidez de turno enfrente de toda la comisaría.

—¿Te llamo esta noche? —pregunta Beckett, conteniendo el aliento.

—Esta noche —asiente, agitándose y apretando los labios, con incomodidad—. ¿Me acompañas fuera?

—¿De verdad ha pasado tanto tiempo como para que te olvides de dónde está la puerta? —le dice, con sorna. Él sonríe sarcásticamente.

—Muy graciosa. En realidad es porque no sabes el esfuerzo sobrehumano que estoy haciendo por no besarte ahora mismo y dado que este es un lugar de trabajo y tenemos que destacar nuestra profesionalidad…

Beckett casi se ríe.

—Vale, vamos al ascensor.

La detective se premia bastante en abrir la puerta y salir de la sala de descanso, dirigiéndose en grandes zancadas a decirles a sus dos compañeros que tiene que acompañar a Castle abajo —una urgencia de última hora con su hija, esa es la primera excusa que se le pasó por la mente— y con la misma velocidad sale hacia el ascensor, prácticamente corriendo. Pulsa el botón dos o tres veces, taconeando con nerviosismo.

—Tranquila, detective. Ya sé que soy irresistible, pero… ¿tanto? —se ríe silenciosamente. Ella suspira aliviada al oír el tintineo del ascensor llegando a su planta— En serio, sé discreta. Conseguirás que no volvamos a trabajar juntos.

—Culpa tuya por haber aparecido aquí —entra en el ascensor, apretando el botón de la planta baja y apoyando su espalda sobre la pared, con los brazos cruzados.

Le parece interminable el tiempo que tardan las puertas en cerrarse y suelta un Dios cuando terminan de hacerlo. Y en ese momento en el que ya no hay peligro, le falta un tiempo que Castle usa a su favor para acorralarla entre pared y pared y presionar su cuerpo, buscando sus labios a tientas. Ella se deja llevar, encorvándose hacia él y pasando su mano por su nuca, acariciando su pelo y profundizando más el beso. Castle gime sobre su boca, buscando su lengua con fervor y haciendo que la detective se agite al punto de perder fuerza en las piernas y deslizarse.

Castle aprieta su cadera contra la de ella, sin despegar sus labios como si no fueran capaces de pasar más de dos segundos sin tener el sabor del otro impregnándose en su lengua. Pero tienen que hacerlo. Como si lo hubieran premeditado, se separan repentinamente, acicalándose lo justo y necesario antes de que las puertas del ascensor se abrieran, intentando regular sus respiraciones. Caminan con normalidad hacia la salida, dedicándose miradas furtivas. Sonrisas fugaces. Suspiros que intentan apagar aquel fuego interior sin ningún éxito.

La detective no sabe en qué momento ha rejuvenecido quince años, pero lo recibe de buena manera.

—Madre mía —resopla el novelista una vez ya están fuera—. Hay que repetir eso.

—No, Castle. Me he quedado a medias y odio —enfatiza— quedarme a medias.

—Bueno, tu casa está libre a jornada continua. Tal vez… —sugiere, mirándola de arriba a abajo con tentación.

—Tengo que trabajar.

—Dile a Gates que te has dejado encendido el gas.

—Buen intento —se acerca a él, mordiéndose el labio inferior—, a lo mejor el pequeño Castle podría… convencer a su madre para que le dejara salir una noche de estas.

—Un respeto, detective. Soy mayor que tú —ella arquea sus cejas, punzándolo con esa mirada provocativa con tal intensidad que cree haberle oído tragar saliva con dureza—. Y respecto a eso… la semana que viene se va a Los Hamptons. Y Alexis empieza la Universidad; no la voy a ver en toda la semana, ya sabes. Y me voy a sentir muy solo, Beckett. Quizá puedas venir a hacerme compañía y evitar que me vaya a la cama triste.

Beckett se relame los labios y asiente con lentitud mirando al horizonte, fingiendo que lo está ponderando. Castle entorna sus ojos con confusión, frunciendo el ceño y le hace gracia que ante una situación tan obvia siga reaccionando con esa inseguridad.

—Hablamos esta noche —determina, dándose la vuelta y dirigiéndose hacia las puertas de la Decimosegunda.

—Eh, ¿qué pasa con lo que te he dicho? —se ríe silenciosamente— ¿Hola? ¿Beckett?

—Ten el móvil encendido.

Y Beckett vuelve a reírse al oírle resoplar.


Beckett se quedó trabajando hasta tarde cuando el caso tomó un cariz inesperado en medio de la investigación. O más que inesperado, un punto de vista alternativo que Ryan y Esposito no contemplaron cuando el homicidio cayó en sus manos. No les culpó cuando éstos se encogieron de hombros mirando hacia el suelo con culpabilidad —en un pasado ella tampoco lo habría contemplado, era una Kate Beckett que sólo creía en las evidencias, no en las conjeturas—, sino que les dio una palmadita en la espalda y siguieron con la investigación.

Beckett bosteza una vez más, mirando su reloj de pulsera. La una menos cuarto. Hace poco más de media hora que sus dos compañeros se han ido, pero ella insistió en seguir analizando las pruebas. Vuelve a echar otro vistazo a las fotos del crimen. Una mujer de mediana edad estaba agazapada entre bolsas de basura en un contenedor, con múltiples puñaladas en el torso y ausencia de sangre. Según su estado civil, estaba divorciada. Beckett sugirió interrogar al marido, pero Ryan le dijo que ya lo habían hecho y tenía una coartada sólida.

Suspira, enterrando su rostro en sus manos. Esposito le contó que la mujer tenía una hija; una joven de veintitrés años que se graduó hace poco en medicina. Con un futuro prometedor y un pie dentro del Hospital de Bellevue, la pobre entró en shock cuando le comunicaron lo de su madre. Al parecer está ingresada en el mismo hospital en el que, casi con seguridad, podrían afirmar que trabaja.

Beckett, estudiando el historial familiar, descubrió que la mujer retiró una gran cantidad de ingresos de la cuenta de ahorros poco después de divorciarse de su marido para acabar fugándose con su amante a Chicago, con el que tuvo una relación enfermiza. Después de volver a Nueva York con deudas de leyenda apretándole el cuello, lo primero que le dijo a su hija fue que necesitaba dinero.

Ni un hola cariño. Ni un cómo estás. Sólo buscaba salir de aquel agujero que ella misma había excavado, después de haberse desentendido de todas las maneras posibles de su hija. También se enteró de la infidelidad de ésta a su marido y los problemas con las drogas que tuvo a causa de aquello. La guinda del pastel fue saber que su hija acabó haciéndose cargo del hombre.

Eso, sumado a que la joven conoce el comportamiento del cuerpo humano, les abrió la puerta hacia una nueva posibilidad. Despejaron la neblina sobre esa nueva vertiente y pensaron en el matricidio como la solución rotunda a todo aquello. Una idea que a la detective le costó asumir.

Y cuando lo hizo, sin quererlo notó un atisbo de oscuridad apoderándose ligeramente de ella. Matar a una madre. A la persona que va a ponerte por encima de todas las cosas; la que sentirá por ti un amor que no podrás corresponder ni con la mitad de esa misma intensidad. Se imaginó a la joven Christina Jones, matando a su madre a sangre fría como si su cara le produjese tanto asco que quisiera que fuera lo último que tuviera que ver en este mundo. Diciéndole adiós con una sonrisa en los labios como si se enorgulleciera de quitarla de en medio.

—Joder —murmura, dejando caer su cuello hacia atrás y mirando hacia el techo, apartándose el pelo de la cara.

Se imagina a Christina Jones optando por matar a su madre en vez de dejarla con vida. Y por una vez, no piensa en las circunstancias ni en el móvil, sólo en una madre y su hija no queriendo estar juntas. Un nudo se le forma en la garganta. Ella ni siquiera tuvo esa opción.

Sacude su cabeza, se está precipitando. Quizá ni siquiera la asesinó. Sólo son conjeturas. Probables, pero indemostrables, lo cual la consuela de una manera que no creyó imaginar y menos resolviendo homicidios. Ojalá Castle estuviera ahí, piensa.

Mierda, Castle.

—Oh, dios —mira la pantalla de su móvil. No hay ninguna llamada perdida. Ni ningún mensaje. Se lleva el puño a su boca, mordisqueando su dedo índice con ligera angustia—. No, no.

Desliza el dedo por la pantalla de su móvil buscando el contacto de Castle con desesperación, pero vacila al rozarlo ligeramente y valora la situación cuando se da cuenta de que está volviendo a bostezar. Nueva York, la jungla de cemento, el primer día de trabajo, un caso sobrecogedor y la manecilla pequeña del reloj rozando el número uno.

Traga saliva ofuscada, dejando el móvil sobre la mesa. Castle podría estar durmiendo ahora mismo, o a punto de hacerlo, quizá porque se ha cansado de esperar. Probablemente esté de mal humor. Si ahora mismo pulsase la tecla intercambiarían de todo menos palabras amables y no le apetece entrar en una discusión innecesaria con su novio. Además, tiene demasiado sueño y la cabeza demasiado saturada como para mantener una conversación coherente.

Beckett se levanta de la silla, recogiendo perezosa todos los papeles que hay esparcidos sobre su escritorio y apilándolos a su izquierda, con las demás carpetas. Opta por irse a su casa, darse una cálida y reconfortante ducha e intentar conciliar el sueño antes de que se amargue demasiado pensando en esa podrida relación madre-hija.

O peor, se amargue pensando en cómo estará Castle. Despierto, dormido, dando vueltas sobre la cama con el móvil en la mano y metiéndolo de vez en cuando bajo la almohada. Y antes de que ese sentimiento de culpabilidad se adueñe del resto de sus pensamientos, se defiende de aquel mecanismo repitiéndose mentalmente que lo hace por el bien de ambos.

Y que los flacos favores en esos casos no existen.


Martha Rodgers se sirve su clásica copa de vino antes de irse a dormir, sentándose en una de las butacas del salón con un libro en mano fingiendo que lo está leyendo y que le parece entretenido.

Pero en realidad lo que hace es observar paulatinamente a su hijo entre sorbo y sorbo y pasando páginas aleatoriamente casi sin mirar. Nota que la bebida mengua y sabe que, tarde o temprano, Castle se dará cuenta de que ese es un comportamiento extraño —porque Martha Rodgers es una mujer que cree que el placer se consigue a base de paciencia. Martha no suele tardar menos de quince minutos en terminarse una copa de vino.

Han pasado cinco y queda bastante menos de la mitad.

Pero es algo que no puede evitar. Es su hijo. Como la madre que es, le entra ese irrefrenable arrebato de sobreprotección. Esas ganas de convertirse en su guardiana porque, sinceramente, ¿qué madre no se alarmaría al ver a su hijo vagando por la casa, silenciosamente, mirando al infinito y casi sin pestañear?

Y podría relajarse porque Castle ha parado de hacerlo y ahora simplemente está sentado en su despacho. Pero no lo hace, porque su afán de amparo materno la obliga a seguir vigilándolo por detrás de las estanterías, entre los huecos que dejan ver sus libros y lo ve ahí. Inmóvil, inclinado hacia la mesa, con ambos codos apoyados en la superficie y sus manos cerrándose sobre sus labios. Y él pensativo, mirando un objeto en concreto bajo su cabeza. Martha arquea una ceja y da un último sorbo, terminándose la copa. Ni siquiera han pasado diez minutos.

Resopla, dejando el libro que ha cogido en una de las estanterías y aprovechando para pasar sutilmente por delante del despacho de su hijo, echando un último vistazo antes de darse la vuelta y subir las escaleras.

—Hasta mañana, Richard —le dice, con normalidad. Éste se estremece, alzando su mirada y sonriéndole con cierta inseguridad, en un falso intento de descartar cualquier anomalía emocional en él.

—Buenas noches, madre.

Cuando Castle no la ve, frunce sus labios preocupada. Era fácil de esperar, sólo había que sumar dos más dos, pero la duda quedó despejada cuando Martha, mientras colocaba el libro, se dio cuenta de que lo que su hijo estaba mirando con insistencia era su móvil.


N/A: vuestra paciencia es biblica practicamente, y si habeis llegado hasta aqui sin cerrar la pestaña os doy mil gracias. Y si encima dejáis un comentario ya os levanto una estatua.