Capítulo 1

Arthur pasó los dedos temblorosos por el vidrio del retrato. La pequeña rubia en la foto le sonrió con ternura. Suspiró cansado.

—¿Aún recordando, Señor?

Se dio media vuelta para ver de pie a su lado a su mayordomo. Volvió a fijar su vista en la fotografía.

—Dentro de unos meses sería su cumpleaños –imágenes de glorias pasadas rodaron tras sus ojos–. Mi pequeña tendría 22 años…sería toda una mujer.

Walter afirmó su mano sobre el hombro de su jefe y dio leves palmaditas sobre él.

—Lo sé, Sir Arthur, lo sé. Pero debe afrontarlo. Ya han pasado más de 18 años.

El anciano le devolvió una mirada cansada. En sus marchitados ojos azules se refleja la tristeza de décadas de preocupación, y la agonía de un padre cuya vida va llegando a su fin y aún no ha conseguido hallar lo que con tantas ansias busca. Dejó el retrato enmarcado sobre su mesa de noche, sus manos colgaron vacías un momento antes de hacer el ademán de levantarse. Walter lo ayudó a incorporarse, y le alcanzó el bastón.

Tosió.

—Hagamos esto cuánto antes.

Su mayordomo asintió y lo secundó hacia el pasillo, bajaron las gradas hasta el último piso, y se internaron en el sótano frío.

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Cortó su dedo con un cuchillo y dejó la sangre rezumar hasta alcanzar el cuerpo inerte del vampiro atado contra la pared. En unos segundos, el cadáver volvió a la vida, lamiendo las gotas que cayeron sobre su cara y abriendo los ojos como si se abriesen dos ventanas directas al infierno. Rojo sangre.

—Cuantos años sin vernos, Amo –su voz gruesa inundó la habitación como si siempre hubiera pertenecido allí. Sus ojos rojos chocaron con los azules y gastados del anciano.

—Bienvenido de nuevo, vampiro.

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Después de pasar años encerrado en las mazmorras, por fin su amo lo había puesto en libertad nuevamente. Las cosas habían cambiado bastante: Arthur ya no era aquel joven orgulloso de entonces, ahora solo era un anciano más, y se le veía bastante cansado. Los mismos años habían pasado también por su antiguo camarada de armas, el Ángel de la Muerte parecía menos peligroso ahora que hace 40 años, pero Alucard sabía que su apariencia engañaba.

Lo que sí encontraba extraño, era que no había conocido aún al heredero al mando. Arthur Hellsing no le había presentado a su hijo. ¿O es que no había ese hijo? No hizo falta demasiado tiempo para darse cuenta del enorme detalle. Su Amo no tenía descendencia. Por eso lo había despertado.

—¿A quién vas a delegarle el mando, viejo?

Arthur levantó los ojos de sus papeles y le dirigió al vampiro una mirada dura, viéndolo recostado cómodamente contra una pared.

—Aún sigo siendo tu Amo, insolente.

—Sí, sí. Cómo olvidarlo –se quitó el sombrero rojo–. Entonces… ¿A quién dejarás a cargo de tu mascota, Maestro?

—No tengo herederos. El mando pasará a la segunda línea de familia. Sir Robert Wallace y sus herederos continuarán con la Organización.

—O sea, que ya no serviré a los Hellsing…que interesante –el nosferatus hizo girar su sombrero en uno de sus dedos largos, y sonrió lacónicamente.

—Sigues al servicio de Inglaterra, Alucard. No olvides eso.

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Al poco tiempo, Alucard llevó a una nueva integrante a la familia. Una chica policía que ahora era un vampiro. Arthur lo reprendió por no salvar la vida de la chica, condenándola a un mundo de oscuridad. Pero el vampiro había argumentado que esa era precisamente su forma de darle una nueva vida. Además, una presencia femenina añadiría una gota de color a esa casa tan aburrida.

Cuando vio su cabello rubio y sus ojos azules tan inocentes, no pudo menos que recordarse de su hija perdida. En parte, eso fue lo que hizo que Arthur aceptara a la chica, y naciera por ella un cariño especial. Estaba sola en el mundo, así como también él se había quedado solo después de su pérdida. Walter adivinó sus pensamientos, y así fue como Seras Victoria llegó a ocupar un lugar en la Organización Hellsing. Nunca llenaría el vacío que dejó Integra, pero era un consuelo verla pasear por la casa e imaginar que su hija hubiera tenido una amiga en ella. Un consuelo y un tormento permanente, porque le hacía recordar que faltaba su presencia.

Con la renovación de los ataques vampíricos, llegaron nuevos refuerzos a la Organización. Walter contrató a un grupo de mercenarios para las labores, poniendo fe en ellos.

La interacción entre Seras y el nuevo capitán concedieron momentos graciosos a sus días rutinarios. Era común ver a la chica correr hacia él o hacia Walter, acusando al francés de acosarla sexualmente. La verdad es que no eran acosos, pero al parecer al soldado le encantaba entonar unas canciones bastante peculiares para el gusto de la muchacha. Arthur se rió porque la actitud del joven le recordaba su propia juventud, claro que él tenía algo más de sutileza y no era tan descarado.

Así, la Mansión se llenó de vida otra vez. Pero ni todos los mercenarios juntos, ni Seras ni nadie, le hizo olvidar a su pequeño retoño truncado.

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Amelie Waters. Una joven veinteañera. 22 años exactos a decir verdad, ya que era el día de su cumpleaños.

Joven y exitosa, así la habían catalogado algunos. La verdad es que el éxito personal no le importaba demasiado, a no ser que se tratara de su trabajo. Daba la vida por ello. Trabajaba en el laboratorio de criminalística, y se había mudado hace poco a la ciudad. De padres latinos, se había criado en México la mayor parte de su vida. Sus estudios los hizo en New York, y desde allí emigró hacia el viejo continente en busca de lo que ella llamó "sus raíces". Hija única de una familia adinerada, no tardó en darse cuenta de que era adoptada. Las características eran más que obvias, no se parecía en nada a sus padres. Pero lejos de tomárselo mal, eso hizo que los respetara aún más. Si sus verdaderos padres la habían abandonado, no se merecían que ella los extrañara. En cambio, ellos le habían dado un hogar y una buena vida.

Había madurado rápido, y se había convertido en una joven independiente. Sus anhelos no concordaban con los de sus padres, pero la dejaron libre. Su camino la llevó a buscarse la vida en su país de origen: Inglaterra. Aunque jamás se le ocurrió que -ni por esas remotas casualidades de la vida- pudiera pensar siquiera en hallar alguna pista acerca de su familia biológica en la enorme isla.

Cruzó el parque andando a paso lento por el sendero. No quedaba nadie a esas horas, o solo se trataba del sendero menos transitado. A ella le gustaba ir allí. Desde que se había mudado hace unos meses atrás a la ciudad capital, le encantaba ir a pasear a ese lugar. Tenía algo "mágico" como a ella le gustaba pensar. Y no es que ella fuese de creer en cosas mágicas, solo que a veces necesitaba tomarse un relajo, y ese era el lugar ideal.

Tomó asiento en uno de los bancos, y encendió un cigarrillo: su auto-regalo de cumpleaños. A lo lejos, divisó a un hombre ya viejo caminar apoyado en un bastón por sobre el pasto.

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Arthur se adentró en el campo de césped ayudándose con su bastón. Nadie sabía que había ido hasta allí, por lo demás, no tardaría en volver. Solo un momento para recordar. Ese era el Parque en donde él e Integra solían ir los fines de semana que él tenía disponible. A la pequeña le encantaba jugar entre los arbustos y subirse a los juegos. Contempló con nostalgia aquellos lugares impregnados de recuerdos felices, que ahora solo traían tristezas. Sin tan solo no la hubiera dejado sola ese fatídico día.

Lágrimas gruesas amenazaron con asomar de sus ojos, cuando sintió la punzada fulminante en el lado izquierdo del pecho. Sus rodillas se doblaron y le hicieron caer hacia el piso, cuando oyó la exclamación asombrada de una persona que corrió en su ayuda. Una chica rubia.

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Amelie se preguntó en qué momento se había metido en esa situación. Ella solo estaba dando un paseo cuando se había encontrado con el anciano. Además, ¿Qué hacía un hombre de su edad paseando solo por el parque? ¿No había nadie que lo cuidara?

Llamó al número que encontró apuntado en su teléfono como "Casa". La voz al otro lado había dicho que irían inmediatamente por él. Solo habían pasado algunos minutos, de seguro tardarían en llegar algunos más. Apoyó al anciano contra su propio cuerpo, tratando de estabilizarlo. Tampoco era bueno forzarlo, y viendo su magnánima contextura física, dudaba tener las fuerzas para levantarlo.

El hombre ante ella abrió los ojos cansado y la miró. Eran tan azules como los suyos, y creyó ver en ellos algo familiar cuando se clavaron en ella. Él balbuceó un nombre:

—¿Integra?

No se esperaba que él la llamara de esa forma, pero seguramente estaba delirando.

—Mi pequeña, ¿Eres tú? Por fin te encontré –sus arrugadas manos fueron hacia su rostro y la acariciaron con ternura–. Pasé tantos años buscándote hija, aun cuando todos dijeron que habías muerto, yo sabía que estabas viva –los ojos azules brillaron con fascinación–. Eres igual a tu madre.

La muchacha no supo cómo interpretar el gesto, confusa. Pero por alguna extraña razón, el hombre seguía pareciéndole familiar, y su caricia era agradable. "Pobre viejo", pensó al verlo desvariar.

Sus ojos se volvieron a cerrar, con los labios abiertos en una sonrisa. Amelie se quedó de una pieza ante la extraña conversación. No había entendido un carajo pero al parecer el anciano la estaba confundiendo con alguien más. ¿Quién era esa tal Integra, su hija? Y ¿Por qué la había confundido con ella?

A los segundos, apareció una muchacha rubia corriendo hacia ellos, y seguida de cerca por otros hombres. Llegó hasta donde estaba ella y dio un gritito al ver al anciano inconsciente en el pasto. A su lado, un soldado con una trenza apareció para observar la escena. «Merde» había dicho cuando vio lo que veía su compañera, dejando en evidencia su acento francés.

Sin ayuda de nadie, la pequeña rubia tomó el cuerpo del hombre y lo levantó en sus brazos. Amelie se sorprendió sobremanera de su fuerza, ella misma había dudado de poder levantarlo, y esa chica era mucho más pequeña que ella. Agradeciendo rápidamente la ayuda, la rubia se había alejado camino a la camioneta con el hombre a cuestas. Por su parte, el soldado la había ayudado a levantarse y había dicho algo casi inentendible. La verdad no le había prestado atención por fijarse en la pareja que se alejaba.

—Merci, señorita. De no haber sido por ti, no hubiéramos encontrado al Comandante –y luego se había alejado dando órdenes a otros hombres, mientras se acomodaba su sombrero.

"Vaya" pensó la rubia cuando se hubo quedado sola. Eso era por lejos lo más extraño que le había tocado presenciar en toda su estadía en Inglaterra.

De camino a su departamento, pensó en las palabras que le había dicho el hombre. "Eres igual a tu madre". Se preguntó si verdaderamente él estaba delirando y confundiéndola, o a qué se refería con aquello. La aguja de la curiosidad aumentó al recordar que él le había dicho que había estado buscándola. A fin de cuentas, ella era adoptada. Se rió de sus conclusiones, ella estaba muy asombrada por el hecho aún para estar pensando de esa manera. Solo se había encontrado con un anciano medio despistado, eso era todo. Y el que sus ojos se le hicieran muy familiares no tenía nada que ver.

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Recostado en su habitación, luego de que los doctores se fueran y lo dejaran solo, Arthur llamó a su mayordomo a su lado para hacerle partícipe de su alegre descubrimiento.

—Walter –su voz sonó lejana–, la encontré. Hallé a mi hija por fin, estoy seguro.

Sus ojos brillaban de emoción mientras se desahogaba. Walter no recordó haberlo visto tan feliz en los últimos años, pero quizás solo se debía a los efectos de los remedios en su organismo.

—Señor, por favor no se exija demasiado, el doctor dijo que debe guardar reposo…

—No, no –negó enfáticamente con la cabeza–. Yo sé que voy a morir pronto. Pero la vi. Ahora sé que está viva. Integra está viva. Cuando me muera, dile a Alucard que la busque por mí. Él es el único que puede encontrarla nuevamente, y traerla a esta casa, dónde pertenece –tosió, y su garganta escupió un poco de sangre coagulada–. Prométeme que vas a hacerlo, Walter. Como un viejo amigo.

Su mayordomo asintió solemne, y estrechó la mano que su antiguo camarada le extendía desde los cobertores. Instantes más tarde, esa mano ya no volvería a moverse. Arthur Hellsing había fallecido.

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El cuerpo del Sir fue cremado, y puesto en el mausoleo familiar. La Reina decretó duelo nacional por un día. Entre las más afectadas estaba Seras, pero por una vez en la vida el capitán de los gansos había olvidado molestarla y se había preocupado por ser un buen compañero, consolándola en los momentos tristes.

Walter decidió que era hora de hablar con el vampiro acerca de la última orden de su Maestro, y contarle la historia de la heredera desaparecida.

—Así que el viejo tenía descendencia después de todo –Alucard sonrió sombríamente mientras Walter le contaba los hechos, dándole vueltas a una copa de sangre entre sus dedos.

—Alucard, esto es serio. Sir Arthur dejó dicho que tú debías encargarte de buscarla. Eras su última esperanza.

—Bastante desesperado tendría que haber estado como para confiarle la oveja al lobo, ¿No crees? –los ojos rojos del vampiro brillaron maliciosamente–. Arthur es un iluso al creer que su mascota buscará a la que se supone debe ser su nuevo Maestro. Si el viejo tenía razón y esa chica aún existe, lo más probable es que, de llegar a encontrarla, me la bebiera enterita, ¿No opinas igual? Al fin sería libre de los sellos –la sonrisa inhumana volvió a hacer acto de presencia sobre el rostro de alabastro.

Walter lo miró, estudiándolo con detenimiento.

—Sabes que no puedes hacer eso. Fue una orden de Arthur. Además, aun sigues atado a los sellos, solo que ahora el mando lo tienen los Wallace. Es tu deber buscar a esa muchacha si es que existe. Aunque, personalmente, creo que la pequeña Integra murió hace años, y el pobre de Arthur solo estaba delirando.

El vampiro vio al mayordomo mover los pies fuera del comedor. Parecía realmente afectado. Por su parte, él no tenía mucho que lamentar. Arthur había sido un buen amo, sí. Pero también lo había mantenido encerrado durante un buen tiempo a causa de su peligroso poder. Y ahora que lo liberaba, les delegaba el mando a otros. La aparición de un nuevo heredero añadía una nota de suspenso a la trama, tornándola interesante. Y nada menos que una chica. Sonrió. Si el viejo tenía razón y esa muchacha existía, él la encontraría…y ya vería que hacía con ella después de eso. Podría ser su carta de liberación a su esclavitud después de todo.

—Integra –ronroneó–. Prepárate para encontrarte con tu nueva mascota.

Una sonrisa lobuna atravesó su fisonomía vampírica mientras se iba internando en una nube de oscuridad, desapareciendo de la sala.

...